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Ayotzinapa: una mirada ignaciana ante la crueldad y la barbarie

Tres estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa fueron asesinados por la policía en la ciudad de Iguala; otros 43 se encuentran desaparecidos. Legisladores europeos exigen que el gobierno federal investigue. La ONU también pide explicaciones. Y a nosotros, los ciudadanos de a pie, ¿qué nos toca hacer?
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Ayotzinapa espiritualidad ignaciana

El 10 de octubre de 2014, un número nutrido de europarlamentarios dirigió una carta al presidente de la República Mexicana, Enrique Peña Nieto. En la misiva, solicitan que se informe sobre los hechos ocurridos durante la noche y madrugada del 26 al 27 de septiembre, cuando tres estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, ubicada en el estado de Guerrero, fueron presuntamente asesinados por la policía en la ciudad de Iguala. Los legisladores europeos exigen que se presente con vida a los 43 estudiantes que desde ese día están desaparecidos. Todo esto ocurrió, según señalan, en presencia de la policía local, federal y de las fuerzas militares mexicanas —en particular del batallón de infantería 27 y el 3er. batallón, una unidad de fuerzas especiales a cargo, entre otras cosas, de las tareas de inteligencia y que tienen sus cuarteles muy cerca del lugar de los hechos.

Los diputados del Parlamento Europeo han hecho lo que les corresponde. A ellos se sumaron la Organización de Estados Americanos (OEA) y la ONU, entre otros organismos internacionales. Y a nosotros, los ciudadanos de a pie, ¿qué nos toca hacer? Miles de mexicanos salimos a  protestar a las calles los días 9 y 22 de octubre. Al mismo tiempo, hubo protestas ante varias embajadas de México en el mundo. Sin embargo, nos seguimos preguntando, ¿qué más podemos hacer? ¿qué sigue para los que nos confesamos como cristianos?

Una clave para responder a la pregunta anterior la podemos encontrar en la espiritualidad ignaciana. Entiendo espiritualidad como la fuente de sabiduría que le ayuda al ser humano a tratar de responder quién es y para qué existe. Además, le da pistas para encontrar caminos posibles para reconocer su responsabilidad ante la energía creadora que habita en él, y que exige ser puesta en acción ante hechos concretos.

Para Ignacio de Loyola (Íñigo), nuestro cuerpo, inteligencia y habilidades desarrolladas a lo largo de nuestra historia son don, regalo de otros y otras. Todo lo que poseemos, ya sean bienes materiales o intelectuales, nos ha sido dado. La creación entera ya estaba ahí cuando nosotros empezamos a existir. En ese sentido, nada es nuestro. En última instancia, las otras y otros que anteceden a nuestra existencia han sido creados por lo que los seres humanos desde el cristianismo llamamos Dios. Él es el Principio y Fundamento de todo lo creado. Todos somos uno en Él. El hombre comprende a Dios como Uno y Trino, es decir: Padre, Hijo y Espíritu a la vez. Cada uno hace una tarea específica y complementaria a las otras. En ese sentido, el Principio y Fundamento de todo lo que posibilita la vida es comunión, unidad de lo aparentemente diverso.

Para Ignacio, Dios se comunica con sus creaturas. Es un Dios que, ante todo, dialoga y permite que el hombre responda según lo que le ha sido dado. No impone. Esta experiencia honda de la vida lleva al hombre a reconocer en Dios la posibilidad de elegir. A esa experiencia la llamamos libertad. La libertad encuentra su realización en lo que al sujeto le ha sido dado y, por lo tanto, es capaz de hacer. Ante este hecho, el ser humano se reconoce limitado, y por ello necesitado de los demás para poder realizarse. Ahí se funda la comunidad: en la unión de dones de todos los seres humanos. En ese sentido, podemos decir que somos imagen y semejanza de Dios: somos radicalmente comunidad, como lo es la Trinidad.

En el camino que Ignacio de Loyola propone es necesario reconocer que el ser humano tiene el riesgo de acumular dones para sí mismo, es decir, hacerse rico. Esta experiencia hace que los humanos crean que pueden bastarse a sí mismos y que no necesitan de los demás. Lo que sigue a la riqueza es la vanidad, posteriormente la soberbia y todo lo contrario a la vida en comunidad: se desata un mecanismo que amenaza la vida fraterna. Ante este mecanismo podemos decir que Dios no es neutral, su respuesta ante tal fuerza destructora yace en los dones que nos han sido dados. Ante situaciones de destrucción y barbarie, Dios responde generando más vida: más humanidad, más dones, más energía creadora.

El  hecho injusto de Ayotzinapa, como cualquier otro que destruya la vida, interpela nuestra libertad. En el grito de angustia de los papás y amigos de los estudiantes asesinados y secuestrados, nuestro ser experimenta un llamado que nos quita la paz. La paz es fruto de la justicia. La paz que deseamos ante el rostro desfigurado del estudiante torturado, sólo la encontraremos si vivimos la justicia, la cual consiste en este caso en ofrecer lo que hemos recibido, que finalmente no es nuestro. Nos sentimos limitados. Por eso, compartir los dones se nos presenta como la única opción.

Ya sabemos cuál es la responsabilidad del Estado. Si no la cumple, conocemos las respuestas. Nuestra responsabilidad, por el contrario, se encuentra en lo que somos y tenemos  al servicio de la comunidad. La dispersión empobrece, la unidad fortalece. Por lo tanto, la respuesta sólo se podrá dar en comunidad. ¿Cuántas comunidades, colectivos, asociaciones cristianas, están dispuestas a dar lo que tienen y son, ante hechos de barbarie y de crueldad? En la espiritualidad de “dar lo recibido” encontramos un camino.

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