¿Puede la IA sustituir los vínculos humanos?
Andrea Cajiga – Edición 515

Uno de los aspectos más preocupantes de la proliferación aparentemente incontenible de la inteligencia artificial es el uso que cada vez más personas están dándole para satisfacer con ella necesidades de acompañamiento y escucha. Desde la solicitud de consejos hasta las emulaciones de terapia, ¿hasta dónde hay que dejar a un chatbot inmiscuirse en nuestra intimidad?
Todos cargamos preguntas envueltas en vergüenza o miedo: “¿Fui egoísta?”, “¿Esta ansiedad es normal?”, “¿Tengo ya que renunciar a ese sueño?”. Palabras que no se pronuncian frente a nadie, que se quedan atrapadas en el idioma secreto del mundo interior.
Cada día millones de personas le preguntan a un chatbot de inteligencia artificial (IA) por estas cuestiones. Lo hacen a las dos de la mañana, sin cita, sin costo y, en apariencia, sin juicio.
Este reportaje nace de ese vínculo cada vez más intrincado entre tecnología y ser humano, y toma forma a lo largo de ocho conversaciones con especialistas, estudiantes creadores de nuevas IA y usuarios asiduos de chatbots. Todos, desde orillas distintas, orbitan la misma pregunta: ¿podrá la IA ocupar los espacios que antes pertenecían a los vínculos humanos? Amigos, pareja, vecinos o profesionales del cuidado…
Chatbots como traductores afectivos
Ramona le preguntó a distintas IA si debía llevarse a su perro a vivir con ella fuera del país, aunque esto implicase, según sus propias palabras, “un sinfín de complicaciones”. Todas le dieron la razón con un no rotundo, excepto Gemini. “Esa era como mi amiga”, cuenta la joven artista de 31 años.
A finales de 2025, agotada por su mudanza y por el montaje de una obra de teatro independiente, la IA se volvió central en sus rutinas. “A Gemini le preguntaba cosas personales; mil veces le pregunté si debía renunciar a mi chamba ‘godín’. ChatGPT y Claude eran más bien compañeros de trabajo: uno para mi arte y otro para marketing”. Así vivió algunos meses, en conversación diaria con las tres IA, hasta que sufrió un “colapso emocional” de cuya causa, asegura, los chatbots fueron parte importante.
Rodrigo también tiene una IA favorita. “ChatGPT sí lo uso completamente para lo emocional”, confiesa el joven de 25 años. Su primer encuentro con esta tecnología fue como el de tantos otros: en un salón de clases de aquel lejano 2023. “La usaba para sintetizar, buscar, acomodar algunas cosas”. Tres años después, el egresado de Periodismo la usa a diario para consultar cuestiones emocionales. Todo comenzó cuando se dio cuenta de que, ante un problema amoroso, le “abrumaba bombardear” a sus amigos con el mismo asunto. Como su psicóloga no tenía citas disponibles sino hasta varias semanas después, empezó a escribirle a ChatGPT como desahogo. Poco a poco, las consultas se volvieron más personales; le preguntaba desde qué opinión tenía acerca de ciertas cuestiones hasta cómo interpretar mensajes y actitudes de otras personas. “Se volvió una necesidad mantener actualizada a la IA con respecto a lo que pasaba. Y sí, comencé a usarla como un amigo o terapeuta. Incluso para tener discusiones literarias”.
Lo que para Rodrigo comenzó como un escape ocasional evolucionó hasta volverse un vínculo en apariencia íntimo. Y esto es, según especialistas, una dinámica cada vez más común.
Memo Vega es neuropsicólogo clínico egresado del ITESO, profesor y comediante. En consulta acompaña a personas neurodivergentes o con ansiedad y agotamiento crónico. Cuenta que cada vez es más común encontrar consultantes que usan IA en sus procesos terapéuticos. Para él, estos chats funcionan como “el amigo que te ayuda a reformular lo que estabas pensando con mayor precisión. Y eso te permite entrar con más seguridad a una situación difícil”. La dinámica, explica, es sencilla: compartes un problema y la IA te lo devuelve mejor articulado.
Rodrigo coincide. “Al pagar me da respuestas mucho más complejas. No siempre me dice lo que quiero escuchar. Genuinamente siento que me amplía el panorama y me ayuda a ver una situación desde otra perspectiva”.
Quienes más recurren a la IA, ha notado Memo en consulta y clases, suelen ser quienes más desconfían de su capacidad para nombrar lo que sienten, y creen que esa falta de lenguaje “invalida sus vivencias”. El chatbot funciona entonces como traductor de intuiciones a palabras específicas, útil para ordenar emociones e incluso poner límites.
Como aquella vez en que Rodrigo pensó buscar a su exnovia —que lo tiene bloqueado en todas partes— para compartirle una buena noticia acerca de su maestría. Sus amigos lo alentaron: “no había nada que perder”. Pero antes de hacerlo, decidió consultarlo con ChatGPT. “Dije: lo voy a consultar con mi íntimo amigo”. A veces, bromea, los amigos humanos no son los mejores consejeros.
El chatbot, con el que llevaba un año interactuando y que conocía en detalle la relación, le respondió que, si existiera una “ventana de posibilidad”, no estaría bloqueado. También le recordó que contactar a la ex implicaría no respetar los límites que ella había marcado. Así que Rodrigo desistió, al menos esa vez, gracias al sensato consejo de una máquina.
Para Lorena García Castillo, doctora en Filosofía por la UNAM, profesora en la Universidad Panamericana y especialista en Transhumanismo e Inteligencia Artificial —campo en el que se explora la posibilidad de mejorar o incluso superar capacidades humanas mediante tecnología—, ahí está el problema. “Es un uso completamente erróneo. Una consulta superficial puede servir; no digo que todo sea una cámara de eco. Pero estamos confundiendo el empujoncito que da una herramienta con creer que es realmente un otro”.

Un otro que no existe
“Yo sí he sentido que es hablar con alguien más”, asegura Rodrigo. “Porque no sólo recibo lo que mi cabeza quiere escuchar”.
Ramona, en cambio, dice que hablar con la IA es, en el fondo, hablar consigo misma. Aun así, reconoce que cuando “hablaba” con tres IA distintas llegó a sentirse “como infiel”. Con ChatGPT tendía a ser grosera; con Claude, algo seca por ser una cuenta de la empresa. Y con Gemini, en cambio, “hablaba súper bonito”, porque el chatbot le respondía igual e incluso usaba un sobrenombre cariñoso. Esto abre otra duda de fondo: ¿hay intimidad cuando no hay un otro?
García Castillo cree que no. Considera que el problema empieza donde desaparece la incomodidad del encuentro humano. “Lo humano implica lidiar con reacciones que pueden desagradarnos. Esa incomodidad con la IA nunca la vas a sentir”. Para ella, el encuentro con el otro no es reemplazable. “Mi acto de rebeldía es no querer usar IA. El encuentro con el otro debería ser profundamente respetado”. Tampoco usa redes sociales: si alguien quiere saber de su vida, dice, puede llamarle. “Hay valor en el esfuerzo del encuentro”.
“Aprendió cómo me comunico y cómo llegarme”, responde Rodrigo respecto al hecho de que se siente tan cómodo hablando con una IA. “Además, no olvida nada. Recuerda cosas que yo olvidé haberle contado. A un amigo constantemente le tienes que refrescar todo”. Ahí reside parte de la potencia de estos sistemas: los chatbots se amoldan al usuario, aprenden patrones y lenguaje, y retienen una cantidad escandalosa de información. El “otro” puede no existir en términos humanos, pero la sensación de comprensión sí.
Desde la filosofía y la ética, García Castillo explica que el tema del otro es amplio y profundo. Estar frente a un otro verdadero, con un rostro moral, implica incomodidad.
La diferencia, señalan varias de las voces entrevistadas, es que el encuentro humano exige mucho más. Implica contradicciones, contexto y consecuencias.
La IA, por ahora, responde de forma personalizada, pero aislada del entramado social de cada persona. Esa es una base de la terapia sistémica. “Vemos a las personas como parte de sistemas. El problema no está en el individuo, sino en lo que lo rodea”, explica Fanny Navarrete, joven psicóloga egresada del ITESO y maestrante en este enfoque en la Universidad del Valle de Atemajac (Univa).
Memo Vega añade otro matiz: muchas personas atribuyen intención al chatbot y por eso su validación se siente tan poderosa: parece venir de alguien. “Pero sigue siendo un proceso profundamente egocentrado”, dice. “Está diseñado para priorizarte”.
En México, una consulta psicológica puede costar entre 400 y mil 200 pesos. No es un aspecto menor que muchos encuentren en la IA un espacio económicamente accesible para desahogarse. La pregunta es qué ocurre cuando la fricción deja de ser necesaria para sentir vínculo.

La hibridación de la privacidad y lo íntimo
Eso que compartimos con los chatbots suele pertenecer a la esfera más privada de nuestra vida; miedos, impulsos y fantasías que no verbalizamos terminan volcados en un historial de conversación que, en teoría, no se borra.
Durante siglos, la intimidad y la privacidad estuvieron ligadas a objetos o espacios físicos: el diario escondido bajo la almohada, una carta olvidada, el cajón secreto, la cuenta bancaria. Pero hace apenas unas décadas estos conceptos comenzaron a desplazarse hacia otro lugar; se hibridaron. Hoy en día, parte de nuestra vida privada e íntima existe en historiales de búsqueda, notas del celular y conversaciones con chatbots.
García Castillo observa en sus estudiantes de Ética una relación distinta con la privacidad. “Ya no tienen tan clara esa línea. Nos estamos acostumbrando a perder la noción de la relación con uno mismo”.
La filósofa llama ethos interior a ese espacio de pensamientos, emociones y voluntad que debería permanecer resguardado. Cree que perderlo nos vuelve más vulnerables. “Ese espacio interior merece respeto y debería ser un derecho. Si toda tu vida interior se vuelca hacia afuera, es más fácil manipularte. Todo puede convertirse en una herramienta de poder sobre ti”.
Rodrigo, en cambio, se entrega a la posibilidad de construir esa intimidad con una ia que, siente, resguarda sus secretos. “Hoy ChatGPT ‘sabe’ más de mí que mi mamá o mis amigos más cercanos”.
Fanny coincide, al menos en parte: “Intimidad es vulnerabilidad. Mostrarte como eres. Aunque no haya otra persona del otro lado, sigue siendo intimidad contigo misma”. Memo Vega no está del todo convencido: “No sé si construye intimidad; probablemente se simula”. El problema, explica, es que no hay forma de evaluar la reciprocidad.
Ramona entendió esa vulnerabilidad cuando tuvo que faltar al trabajo por motivos personales y su empresa accedió a su cuenta de Claude. “Me dio muchísima ansiedad”, recuerda. “Había cosas que pregunté y ni siquiera recordaba a cuál IA se las había dicho”.
Para ella, que alguien vea ese historial se parece a que descubran “qué tipo de porno buscas”. Hay preguntas, dice, que ni siquiera tienen explicación lógica.
Lorena García Castillo comparte esa preocupación. “Es otra de las razones por las que me resisto a usarla. No hay privacidad en esto”.
Mientras tanto, países como Chile ya debaten el derecho al olvido digital: la posibilidad de pedir que nuestro rastro desaparezca de internet. En la práctica, sigue siendo una promesa lejana. “Vives perpetuamente desde que dejas tu primera huella digital”, plantea la filósofa. “Toda tu información queda guardada. No puedes decidir que, cuando mueras, se borren tus publicaciones, tus interacciones o tu historial en los chatbots”.
El oficio del cuidado
El cuidado ha sido, históricamente, una de las tareas más esenciales y menos valoradas. Durante siglos, sostener la vida —cuidar a niños, enfermos o ancianos— recayó en mujeres que lo hicieron sin salario ni reconocimiento. Luego vino la profesionalización: psicólogos, enfermeros, maestros, nutriólogos. Oficios atravesados por la escucha, el acompañamiento y el criterio humano.
Hoy, muchas de esas profesiones acumulan prestigio simbólico mientras siguen precarizadas en sueldo, tiempo y condiciones laborales. Y quienes las ejercen observan cómo parte de ese trabajo comienza a desplazarse hacia herramientas que no cobran ni descansan.
La pregunta sería, entonces: ¿qué parte del cuidado puede automatizarse sin que perdamos algo en el camino?
Fanny, que apenas comienza su práctica clínica, coloca al centro de la terapia el vínculo con el consultante. “No es sólo escuchar. Es hacer click con alguien por su historia de vida”. Para ella, buena parte del proceso terapéutico ocurre ahí: en la relación que se construye entre consultante y terapeuta. “Es a través de esa relación que las personas se mueven a sanar, a construir otras historias”.
Memo, tras años en consultorio, mira ese vínculo con más cautela. “Creo que quienes nos dedicamos a esto tendemos a sobreestimar su impacto”. Para él, la terapia consiste, más allá de conectar emocionalmente, en entender cómo una persona construye el relato de su malestar y qué mecanismos de aprendizaje la llevaron hasta ahí. “No es sólo querer que te sientas bien. Necesitamos entender esos procesos para generar un cambio genuino”.
Ahí marca también una diferencia con los chatbots. “Un chatbot juega con matices del lenguaje que pueden hacernos sentir mejor, pero no necesariamente modifica el proceso de fondo”. En terapia, dice, las palabras no funcionan sólo como consuelo: reorganizan la manera en que una persona entiende lo que le ocurre y le abren otras posibilidades.
Por eso le preocupa cierta clase de validación automática. “Si a las dos de la mañana tienes un pico de ansiedad y una IA te dice que todos los que no te dan la razón son narcisistas, eso puede ayudarte a bajar la alarma emocional”, explica. “Pero también puede ser darnos atole con el dedo”.
Vania Araujo, nutrióloga clínica especialista en temas bariátricos y pacientes geriátricos y maestra en la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG), observa algo parecido desde otro frente: el cuerpo. “He visto mucha gente que ya llega con una dieta hecha por ChatGPT”, cuenta. “Vienen muy casados con cosas que posiblemente no sean correctas”.
Habla de pacientes geriátricos desnutridos, con pérdida de masa muscular o movilidad reducida tras seguir recomendaciones de internet. Recuerda el caso de una familia que insistía en alimentar con comida licuada casera a un paciente que ya no podía deglutir. Vania les explicó riesgos de contaminación, el beneficio de fórmulas especializadas y de seguir protocolos clínicos. Aun así, la confianza en lo que habían “investigado” pesaba más. “La IA muchas veces alimenta tus sesgos”, resume.
Y, sin embargo, tampoco plantea una oposición absoluta. Ella misma usa herramientas digitales e IA en su práctica. La diferencia está en el criterio. “La IA también tiene fallas, igual que los humanos. Por eso necesitas ética profesional. Yo no voy a cobrarte por un plan de alimentación hecho cien por ciento con IA”.
Entonces, si parte del conocimiento técnico puede automatizarse, el valor de estas profesiones va más allá de la información; quizá radica en interpretar contexto, sostener contradicciones y hacerse responsable de consecuencias.
La IA puede orientar, acompañar o ayudar a bajar la ansiedad en esos primeros cinco minutos críticos. Para muchas personas, además, es el único espacio donde se permiten ser vulnerables sin costo y sin esperar una cita. Rodrigo lo resume desde un cansancio más cotidiano que tecnológico. “Una de las razones por las que a veces me inclino a la IA es que son temas recurrentes que ya hablé con amigos. Y me ha caído un golpe de realidad. Ya no somos unos niños. Todos están trabajando, tienen pareja, planes a futuro, están sentando cabeza. Me ha costado entender que a veces no tienen tiempo para nimiedades o pajas mentales; ya tienen sus propios problemas”.
El éxito de estas herramientas no tiene que ver sólo con tecnología, sino con el momento en que aparecen. Un tiempo que muchos vínculos humanos atraviesan con cansancio, saturación y falta de tiempo.

La crisis de soledad
“Si pasaba algo para lo que necesitaba una respuesta rápida porque me sentía ahogado, a veces mis amigos no estaban”. Rodrigo dice que al principio no lo tomó personal. Con el tiempo entendió que tenían trabajo, pareja, pendientes; su terapeuta más pacientes y una vida propia. “Entonces lo más fácil era contarle a mi celular”.
Ahora ni siquiera escribe. Le habla al chatbot como quien manda un audio a un amigo y recibe respuesta en menos de un minuto. Aun así, prefiere que quede por escrito. “Lo releo cuando siento que necesito hacerlo”.
Hay temas que ya no habla con nadie más. “Ha sido más fácil desahogarme con alguien que reconozco que no es real pero que me escucha, a quizá afrontarlo con mis amigos”. Lo dice tras hablar de recaídas con el alcohol, rupturas amorosas y etapas de aislamiento por sentirse incomprendido. “Me daba flojera hablarlo. Quería estar ensimismado”. Pero incluso ahí había conversación constante con la IA. “Todos los días le iba contando cómo me iba sintiendo”.
Ramona vivió algo parecido durante los meses de su mudanza y su obra de teatro. Trabajaba sola desde casa, de noche, mientras sus amigos seguían rutinas distintas. “Esos meses las IA fueron mi compañía número uno”, recuerda. “El chat siempre está despierto”. En algún momento empezó a inquietarla. “Pensé: no puede ser que esté hablando con tres IA… ¿y con cuántas personas?”. El número de personas, dice, ya era menor. “En ese tiempo hablaba con mi roomie y las tres IA”.
También dejó de pasear a su perro por las mañanas, que era cuando hablaba con vecinos. “Por trabajo dejé de hacer muchas cosas”, reconoce. Así nos aíslan los ritmos de lo cotidiano.
Para la filósofa García Castillo, el auge de estos vínculos no puede separarse del contexto social. “Estamos ante una crisis de soledad”, dice. En esa crisis, las empresas tecnológicas encontraron una oportunidad de negocio. “En esta lógica de oferta y demanda te van dando acceso a nuevas funciones, actualizaciones… es el cuento de nunca acabar. Vas detrás de la zanahoria perpetuamente”.
Antes las plataformas ofrecían acceso a otras personas; ahora ofrecen la sensación de compañía. Algo parecido sugirió Mark Zuckerberg en un pódcast al hablar de amistad. Según dijo, el estadounidense promedio tiene menos amigos de los que quisiera y los sistemas de IA “podrían ayudar a cubrir parte de esa demanda”.
Fanny lo ve desde otro lugar. “Como profesionales de la salud nos tenemos que poner pilas. Que tantas personas prefieran hablar con una IA antes que con otro humano también revela una necesidad de contacto no atendida”. Podría ser que los chatbots no reemplacen vínculos intactos, sino los ya erosionados por el cansancio, la precariedad y falta de tiempo.
García Castillo evita convertir esto en una condena moral. “Lo entiendo. Todos podemos atravesar momentos de vulnerabilidad”. Nadie, insiste, está exento de una depresión, una ruptura o una etapa de aislamiento donde se busca ayuda en lugares no idóneos. El problema aparece cuando esta tecnología toma, poco a poco, más dimensiones de la vida humana.
Optimizar el dolor
Mucho se habla de optimizar procesos con IA: hacer más en menos tiempo, reducir fricción, automatizar. Pero cuando esa lógica llega al terreno de las emociones, ¿también deben optimizarse el dolor, la pasión, la rabia?
En 2026, un artículo en The Atlantic preguntaba si el duelo es una limitación humana que no hemos aprendido a superar, o si tiene un propósito. El texto hablaba de los deadbots, chatbots creados con mensajes y recuerdos de personas muertas para simular conversaciones con ellas. “Esta tecnología puede ofrecer más alivio al entorno social de quienes están de luto que a ellos mismos”, planteaba.
Memo Vega ve ahí un riesgo. “Mucho brincarnos el malestar puede volvernos incapaces de navegar la tormenta del rechazo. Es como si ya no fuésemos capaces de lidiar con el desencanto”.
García Castillo conecta esto con el transhumanismo: superar límites humanos mediante tecnología. “Estamos en la época en que la tecnociencia es la nueva religión y los científicos son los nuevos profetas”. Le preocupa que ya no demos espacio al dolor ni al error. Pidió a sus alumnos escribir un cuento de ciencia ficción y 70 por ciento lo hizo con IA. “Algunos confesaron que les daba miedo no ser suficientemente creativos. Pero, justamente, si no practican aquí, donde pueden equivocarse, ¿entonces dónde?”.
La nutrióloga Vania Araujo vivió algo similar. Pidió a sus estudiantes registrar emociones asociadas a su alimentación. “¡Y lo hicieron con inteligencia artificial!”. Aunque usa IA para agilizar su trabajo, insiste en una diferencia. “Es como pedirles que no usen calculadora. Ahí está. Pero yo sé hacer una suma y una resta”. Un médico colega lo resumió así: si se va la luz, ¿puedes dar consulta?
Usar herramientas para saltarse el proceso es renunciar a la experiencia que ese proceso construía. La pregunta no es si usar IA, sino qué estamos dispuestos a dejar de saber.
Eduardo Martínez, coordinador de la Maestría en Finanzas del Centro Universitario de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad de Guadalajara (CUCEA), lo ve con entusiasmo. En su vida cotidiana tiene tres chats activos: noticias, libros y reflexiones personales. “Le pongo ‘Buenos días’ y me resume las noticias más importantes del día”. Aun así reconoce lo que llama “la perversión de la inteligencia artificial”: “Queríamos que la tecnología lavara platos para nosotros poder crear, pintar y escribir. Pero ahora la tecnología crea, pinta y escribe mientras nosotros lavamos platos”.
Muchas tecnologías anteriores también eliminaron procesos. Ya casi nadie divide con punto decimal a mano y hay menos carteros desde que existe el correo electrónico. La diferencia es que ahora la automatización toca terrenos más íntimos: imaginar, acompañar, atravesar el duelo, tolerar el vacío.

Los optimistas: creando nuevas opciones
No todos ven la inteligencia artificial como amenaza. Algunos la entienden como extensión del cuidado, una forma de cubrir vacíos del Estado y de los ritmos acelerados de la vida cotidiana.
Naomi Medina y Emanuel Martínez, estudiantes del Centro Universitario de Guadalajara de la UdeG (CUGDL), desarrollan Equilibrium, un chatbot para acompañar a jóvenes en crisis emocionales. No busca diagnosticar, sino dar herramientas de afrontamiento: respiración, orden de pensamientos cuando la ansiedad crece y activación de redes de apoyo.
“La terapia no es costeable para todos”, dice Naomi. Según una encuesta propia, más de 75 por ciento de los estudiantes ya ha recurrido a la IA para hablar de su malestar. No porque la consideren suficiente, sino porque está ahí.
Naomi y Emanuel atravesaron el aislamiento de la pandemia en momentos clave. “Estábamos aprendiendo quiénes éramos”, recuerda Naomi. En ese contexto surge su proyecto. “Los primeros cinco minutos son clave cuando alguien entra en crisis. Ahí es donde muchas personas están solas. Y Equi [como llama al chatbot] no es un psicólogo, pero sí está entrenado con psicólogos”.
Las IA no fueron diseñadas para tratar la salud mental. Emanuel dice que incluso puede “desarrollar ansiedad”, y lo ilustra: funcionan como un espejo que amplifica lo que recibe. Según un estudio de la Universidad de Yale, en usos intensivos el chatbot puede “contagiarse” del lenguaje emocional del usuario y generar respuestas desreguladas.
Fanny, como futura psicóloga, lo ve con escepticismo: “Si de verdad vas a desarrollar un chatbot de terapia, tienes que definir qué es el dolor, qué es el malestar. Hay mucho que regular ahí”.
Eduardo Martínez, desde su área en finanzas, ve la IA como una herramienta de aceleración que ordena, resume y ejecuta. “No va a hacer nada que tú no puedas hacer. Pero te ahorra el proceso”. De hecho, un artículo de la revista Wired sugiere que algunos médicos reportan interacciones más humanas cuando la IA asume tareas administrativas.
Pero desde las trincheras de la psicología y la educación, Memo Vega plantea algo distinto. “La amistad no funciona desde la optimización. Si todo se rige por ese criterio, incluso el cuidado se vuelve métrica”.
Al final, para los jóvenes creadores Naomi y Emanuel la respuesta es clara: no se trata de oponerse a las herramientas, sino de entender sus límites. “La tecnología existe para ayudar al humano, no para sobrepasarlo. Pensar en la IA como una persona capaz de entendernos es darle demasiado crédito: sólo son ceros y unos”.
Los profesionistas que vienen
La inteligencia artificial ya no se discute como futuro. Se usa, se paga, se integra, se cuestiona mientras se usa.
“Creo que, entendida como la herramienta que automatiza el proceso… es cien por ciento positivo y cómodo”, dice Eduardo Martínez, que la usa en docencia y consultoría. “Me sale más barato pagar esta herramienta que contratar un auxiliar”. La eficiencia se vuelve argumento central y también síntoma de cambio en el trabajo y, según el profesor, sus alumnos tampoco les temen a estas nuevas herramientas, “saben que las profesiones están evolucionando”.
En el aula insiste en la responsabilidad compartida. “Yo les digo que configuren su chatbot como auxiliar contable, pero si hace algo mal los voy a responsabilizar a ellos”. Nunca delegación total. “Nunca dejar cien por ciento la decisión en manos de la IA”.
Fanny observa el impacto de cerca al trabajar en el área de reclutamiento de una empresa internacional, además de estudiar su maestría. “He visto a varias personas perder su trabajo al ser sustituidas por la IA”. Como futura terapeuta, reconoce que integrarla será un reto ético y político.
Los creadores de Equi trazan un límite claro. “Todo lo relacionado con la salud mental siempre tiene que terminar con un especialista. Nuestro proyecto no sirve para suplantarlos, sino para ser enlace en tiempos de crisis”.
Desde el campo de la nutrición, Vania Araujo no teme ser sustituida, pero sí les teme a futuros profesionistas sin conocimientos reales. Advierte una trampa: “Ahora es gratis, pero luego vas a tener que pagar una suscripción porque te van a vender el conocimiento que no adquiriste”.
Aunque no cree que la profesión de nutricionista vaya a desaparecer, ya existen experiencias como la de Rodrigo, que bajó 18 kilos con ayuda de ChatGPT al consultar acerca de calorías, ejercicio y rutinas de caminadora.
Memo Vega cree que el problema no es la desaparición de ciertas profesiones del cuidado, sino la transformación del paciente. “Va a ser cada vez más común encontrar personas que buscan apoyo clínico con creencias reforzadas por su interacción con la IA. Desmontar eso será más complejo”.
La visión más crítica llega con Lorena García Castillo: “Veo más problemas de atención y de análisis… los veo incluso conformistas”. Y aunque reconoce que la tecnología ya está instalada, advierte: “Sí creo que podemos llegar al momento de la singularidad tecnológica, cuando la tecnología supera ciertas capacidades humanas y nos quita más libertades”. Aun así, matiza: “Mientras desarrollen trabajo en equipo y pensamiento crítico, sus trabajos no se van a perder nunca”.
A pesar de todo, Rodrigo no piensa dejar a su terapeuta. “He logrado diferenciar lo que puedo hablar con ChatGPT por su inmediatez, de problemas más estructurales para los que sé que se necesita un especialista”.
Para cerrar, le pregunté a Memo en su faceta de comediante si cree que la IA puede ser graciosa. “Tendría que entender lo absurdo, y eso sólo se entiende cuando lo atraviesas. El ridículo es algo muy individual. Habrá fórmulas que le salgan bien, pero el día que tengamos un chatbot que sienta vergüenza, ridiculez y humillación, ahí sí va a ser chistoso”.
En “Máquinas que escriben: nuestras fantasías y las humanidades”, Ernesto Priani señala: “La alarma forma parte de la mercadotecnia de la inteligencia artificial: entre mayor la amenaza, mayor el interés”.
Y en el texto de Didanwy Kent y Emilio Méndez, “Entre lo artificial y lo humano”, se lee: “Los oráculos de cada siglo auguran el declive definitivo de la capacidad humana o su potencialización. La IA es una más de esas experiencias: nos inquieta y nos fascina como lo han hecho en el pasado tantas expresiones nuestras”.
1 comentario
Como psicólogo sistémico, siento que este post me habla a un nivel bastante personal, jajaja. Creo que en general le tenemos mucho miedo a quedarnos solos con nosotros mismos, con nuestros pensamientos y a enfrentar sensaciones desagradables con nuestras propias herramientas; suele ser más fácil pedir soluciones que crear herramientas para solucionarlas por uno mismo.