¿Los jóvenes imaginan un futuro conservador?

Jóvenes ultraderechistas durante una manifestación en Madrid. Foto: Kote Rodrigo / EFE.

¿Los jóvenes imaginan un futuro conservador?

– Edición 513

Jóvenes ultraderechistas durante una manifestación en Madrid. Foto: Kote Rodrigo / EFE.

Ante una generación que creció con películas de superhéroes, la derecha aprendió a narrar la política en clave épica. Así, el conservadurismo se renovó: se presenta como la rebeldía que lucha contra el sistema y los enemigos de la “buena” sociedad. Para algunos jóvenes, ese giro de tuerca conecta con sus valores. Otros, desencantados con la política tradicional, piensan que la salida de la precarización queda en esa dirección

Argentina. Brasil. Ecuador. Chile. Hungría. Alemania. Corea del Sur. Estados Unidos. Los nombres de estos países se repiten una y otra vez en la lista de aquellos que la última década ha visto inclinarse hacia la derecha. Estos giros, aunque no son homogéneos, sí se caracterizan por su persistencia. Tienen, además, un presunto culpable: buena parte de su impulso viene de la juventud.

Desde la primera investidura presidencial de Donald Trump, en 2017, la atención se ha posado en esta aparentemente inesperada conformación de las bases votantes de las nuevas derechas. En esa dirección, muchas personas de entre 18 y 30 años emiten una fuerza de apoyo político que materializan desde su voto, o su creatividad en internet, hasta su militancia y sus contribuciones a discursos en favor de agendas antes asociadas a sus mayores.

El fenómeno se condensa en una postal de la vida urbana: dos mujeres de la misma edad —quizás apenas han cumplido 20 años— se encuentran frente a frente en una manifestación con motivo del Día Internacional de la Mujer. Una lleva un pañuelo verde y camina por las calles al ritmo de tambores caseros. Canta y grita con sus compañeras, que han escrito carteles con mensajes acerca de sus deseos y derechos. La otra joven lleva un pañuelo azul claro y reza junto a miembros de su iglesia, una cadena humana que rodea un templo situado en la ruta de la marcha, y que llevan pancartas con imágenes de embriones y la leyenda “Las dos vidas”.

¿En qué medida ser joven hoy significa posicionarse en el conservadurismo, o incluso en la ultraderecha? ¿O estamos frente a una lectura apresurada de un fenómeno más complejo? Hay un camino de pistas claras: algo en las condiciones de vida, en las expectativas de las personas y en las formas de hacer política está cambiando. Seguir ese rastro guía hasta otra inquietud: ¿qué del conservadurismo capturó de pronto, y con tanta fuerza, la atención de la juventud?

Jóvenes se hacen una selfie con Marine Le Pen. Foto: Jean Francoise Monier / AFP.

Ser joven hoy

Si hoy reviviéramos a James Dean para encarnar al joven rebelde sin causa, quizá tendría que interpretar a un personaje conservador; algún influencer habría llenado el vacío que dejaron sus padres negligentes; en lugar de merodear por las calles de Los Ángeles, dedicaría horas a ver videos en YouTube que le predicarían cómo fortalecer sus músculos y el valor moral de la disciplina. También lo avergonzarían por llorar con la escena a menudo. En la película, Dean ya no conduciría un Mercury Coupé negro de 1949. Tal vez aún tendría un buen coche, pero necesitaría conducirlo todo el día como chofer de plataforma para poder pagar la gasolina y la deuda de las mensualidades.

La juventud no es una realidad fija, sino una construcción sociocultural. Como explica María Eugenia Patiño López, antropóloga de la Universidad Autónoma de Aguascalientes y especialista en los discursos conservadores y el activismo de organizaciones como el Frente Nacional por la Familia (FNF) en México, antes implicaba una transición relativamente clara hacia la vida adulta: terminar los estudios, conseguir un empleo estable, formar una familia. Un trayecto que solía consumarse entre los 25 o 30 años de edad. Esas certezas se han desdibujado: “Hoy en día, ¿cuántos años tienen que pasar para que un joven pueda acceder a todo esto? Puede tener 40 años y no tener nada de eso”, advierte, “ya sea por falta de recursos, cambios en el mercado laboral o transformaciones en las aspiraciones”. La falta de estabilidad se convirtió en la norma. A la par, de la globalización han emergido otras aspiraciones, como viajar, experimentar y postergar los compromisos.

Sin embargo, este cambio no es uniforme. “Los movimientos de derecha o conservadores visibilizan que hay sectores para los que el modelo convencional sigue siendo el camino a seguir”, señala. Es decir que, mientras algunos jóvenes se alejan de esas expectativas, otros las reivindican activamente. Ahí aparece una tensión clave: no hay una sola forma de ser joven, sino múltiples trayectorias que conviven, y a veces chocan, en el mismo momento histórico.

Las juventudes militantes conservadoras o de ultraderecha forman parte de este mismo entramado. Sus decisiones, aunque puedan parecer contradictorias frente a ciertos estereotipos supuestamente desmontados en el presente, también responden a condiciones, aspiraciones y marcos de sentido contemporáneos. Para algunos, casarse, tener hijos o construir patrimonio sigue siendo un horizonte deseable. “Y, si es una decisión, pues es tan legítima como cualquier otra”, concluye Patiño López.

En una investigación acerca de las preferencias políticas de los jóvenes, hace 10 años la autora llevó a cabo la documentación en Aguascalientes de un grupo pequeño, pero “bastante homogéneo e intenso con sus creencias”. Sus miembros no se distanciaban de sus marcos iniciales o familiares al crecer. Con el tiempo, se involucraron en movimientos conservadores que hoy tienen mayor visibilidad pública; algunos terminaron protagonizándolos.

La derecha y el conservadurismo se actualizaron

Hay una ironía en leer juntas las palabras cambio y conservadurismo. Sin embargo, esa yuxtaposición es la que ayuda a explicar cómo la derecha ha podido remontar en la carrera de la política global.

Luis Antonio González Tule, académico del ITESO especializado en análisis de sistemas electorales, advierte que el triunfo de líderes demagógicos y discriminatorios como Jair Bolsonaro, en Brasil; el argentino Javier Milei; o más recientemente en Chile, Antonio Kast, no son anomalías, sino señas características de “un fenómeno global que llegó para quedarse”. González Tule diagnostica que “la ultraderecha es capaz de adaptarse a las circunstancias, usar los recursos a su alcance y ganar elecciones”.

Esa capacidad de adaptación es uno de los principales aciertos históricos del conservadurismo, afirma José Manuel Morán Faúndes, académico de la Universidad Nacional de Córdoba que investiga las movilizaciones neoconservadoras contra los derechos sexuales y reproductivos en América Latina. Lejos de permanecer como un monolito estático, en los últimos dos siglos el movimiento ha sabido transitar de una base puramente religiosa hacia una configuración que se acopla a proyectos políticos de extrema derecha. Así, ha logrado asociar sus demandas morales con propuestas sociales y económicas vigentes en el actual clima político.

Foto: Francesco Militello Mirto / NurPhoto / vía AFP.

Este avance no puede aislarse de su contraparte. A los aciertos de la derecha se suman las fallas de la izquierda que identifica Morán Faúndes: “No se trata necesariamente de elitización, sino de una desconexión que impide interpretar a las bases políticas de forma lineal. Uno de los grandes problemas es esa distancia, intencional o no, con los sectores populares de América Latina. Tradicionalmente, se asumía que, si provenías de ellos, defenderías ciertos derechos laborales. Pero el trabajo cambió: para muchos, sobrevivir implica descargar una aplicación y salir a pedalear. Entonces, ¿qué puede ofrecer el Estado a alguien que lo percibe más como un estorbo que como un garante de derechos? Por eso creo que hay una crisis muy fuerte del progresismo, que también ha provocado una desconexión con los jóvenes y otros colectivos”.

Los contextos de precariedad como resbaladillas hacia la derecha

Las generaciones jóvenes son más permeables a los discursos de las nuevas derechas. González Tule, quien es coordinador de la Licenciatura en Gestión Pública en el ITESO, lo explica así: “No es que los jóvenes se vayan derechizando como tal, pero están más expuestos. Crecen en un momento en el que no tienen las mismas comodidades que tuvieron sus padres o, incluso, generaciones más cercanas. Entonces, ya hay mayor insatisfacción en ellos”. La precariedad laboral, la informalidad y la falta de estabilidad configuran un horizonte incierto a largo plazo. A ello se suma su condición de nativos digitales: pasan buena parte de su vida en redes sociales, un entorno saturado de desinformación y discursos que explotan emociones como el hartazgo o la frustración.

Ahora bien, al hablar de radicalización de derecha, cabe preguntarse: ¿es innecesario, o incluso exagerado, hacer la distinción “los jóvenes”? Cualquiera puede estar expuesto a medios de comunicación, redes sociodigitales, la propaganda electoral u otros vectores que esparcen discursos contagiosos. Sin embargo, la importancia de pensar en la edad se encuentra en el cruce entre vulnerabilidad económica y sobreexposición mediática que transitan las juventudes; en ese terreno desnivelado, estos mensajes encuentran a los jóvenes aún más expuestos.

Alrededor del mundo, mientras más jóvenes son las personas, mayor es su incredulidad frente a la democracia, observa el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) con datos del Barómetro de las Américas del Proyecto de Opinión Pública de América Latina (LAPOP, por sus siglas en inglés). En encuestas realizadas en 30 países, 57 por ciento de las personas entre 18 y 35 años prefiere la democracia frente a otras formas de gobierno, en contraste con 71 por ciento entre los mayores de 56 años. En América Latina y el Caribe esta brecha se sostiene en el tiempo y se acentúa en momentos de crisis. En 2016, el apoyo a la democracia cayó en todos los grupos de edad y, en 2021, en plena pandemia, se registró el descenso más pronunciado de la década. Aunque después hay una recuperación general, los jóvenes de 18 a 25 años se mantienen como el grupo con menor respaldo, en grados cercanos a 60-62 por ciento, por debajo de los mayores de 35 años, que rondan 63-69 por ciento.

Esta actitud se traduce también en posturas de, quizá, mayor desesperación. En 2023, casi uno de cada dos jóvenes (48 por ciento) habría justificado un golpe de Estado si ayudara a reducir la criminalidad. Aunque este tipo de respaldo ha crecido en todos los grupos de edad durante la última década, el aumento ha sido más pronunciado entre jóvenes y adultos jóvenes.

Antes de agrupar a todos estos sectores con la etiqueta “jóvenes de derechas”, conviene precisar los términos que describen al ecosistema político actual. Para González Tule, el término más atinado es “ultraderecha”. No se trata de un bloque uniforme, sino de un campo donde conviven distintas corrientes, según el doctor en Ciencia Política y Estudios Latinoamericanos, titulado en la Universidad de Salamanca. Este encuentro entre una derecha radical y una extrema comparte tres rasgos clave: nativismo (la defensa de una nación culturalmente homogénea); autoritarismo (que privilegia un orden social jerárquico y castiga las transgresiones con severidad); y, en su versión más dura, una deriva antidemocrática que rechaza principios como los derechos de las minorías, el pluralismo político y el control institucional. En algunos casos, este núcleo se combina con un discurso moral que antagoniza al “pueblo” bueno contra una elite corrupta y mala; un discurso que se puede estampar con la etiqueta del populismo.

En sus investigaciones, González Tule ha explorado por qué la ultraderecha ha logrado triunfos electorales en América Latina. De entrada, aclara que es indispensable analizar cada país en su propio contexto. Asimismo, no existe una causa única; los patrones responden a la confluencia de condiciones estructurales, partidistas y actitudinales entrelazadas entre sí. Es en esas coincidencias donde se puede explicar la fuerza actual y expansiva de los movimientos de ultraderecha.

Foto: Chip Somodevilla / Getty Images / AFP.

La economía del desencanto y el surgimiento de líderes irreverentes

El ánimo político se ha hundido en las fallas que atraviesan el escarpado territorio de las democracias contemporáneas. En ese paisaje, la ultraderecha ha encontrado su oportunidad. En un ejemplo representativo, González Tule vincula el triunfo de Javier Milei en 2023 con una crisis económica prolongada en Argentina. En la década de 2010, las ansiedades políticas de la población argentina se vieron alimentadas por “endeudamiento creciente, restricción externa persistente, inflación crónica y deterioro del mercado laboral”, explica.

La historia del desencanto argentino es narrada por González Tule en tres actos de decisiones macroeconómicas fallidas, coyunturas globales de ruina y el desplome de la confianza en el Estado. El neoliberal Mauricio Macri, que antes de la presidencia se desempeñó como personaje del futbol argentino al frente del Club Atlético Boca Juniors, contrajo un préstamo récord de 57 mil millones de dólares con el Fondo Monetario Internacional, lo que provocó una fuerte depreciación del peso argentino. La renegociación quedó en manos de la siguiente administración, con el peronista Alberto Fernández a partir de 2019. Su gestión se vio afectada por la pandemia de covid-19. Las políticas de ajuste no lograron estabilizar la economía y la inflación se volvió incontrolable. Argentina cerró 2023 con una tasa de inflación anual de 211 por ciento, en el mismo momento en que se eligió a Milei. Las crisis que caracterizaron a las presidencias de Macri, neoliberal de derecha, y de Fernández, de centroizquierda progresista, deterioraron la posición política del oficialismo y del sistema de partidos ante la opinión pública argentina. Sobre ese suelo erosionado, Milei se promovió en su candidatura como poseedor de soluciones drásticas.

Este mensaje encontró eco, sobre todo, entre los jóvenes. González Tule destaca que Milei logró una ventaja contundente frente a su rival Sergio Massa en este grupo etario, con un apoyo decisivo en todas las etapas electorales. En Argentina, las elecciones presidenciales se dividen en tres momentos (las primarias obligatorias para seleccionar a los candidatos, luego la elección general y, finalmente, una segunda vuelta –o balotaje– si ninguna fórmula alcanza la mayoría absoluta). Para que Milei alcanzase el total de 14.5 millones de votos con los que resultó electo en la segunda vuelta, el respaldo de los jóvenes fue fundamental, señala González Tule. En las primarias, 29 por ciento de sus votantes tenía entre 18 y 29 años. Casi un cuarto eran estudiantes, en su mayoría varones, y más de 90 por ciento provenía de sectores socioeconómicos bajos y medios. En contraste, el electorado de Massa se concentró en la población adulta: 75.3 por ciento de sus votos provino de mayores de 43 años y sólo 10.2 por ciento de estudiantes. En el balotaje decisivo, la tendencia se volvió más intensa: Milei obtuvo 68.9 por ciento de las preferencias entre jóvenes de 16 a 24 años y 54.1 por ciento entre quienes tenían entre 25 y 34.

Esta generación, cuya inserción laboral fue perjudicada por la pandemia, sigue persiguiendo posibles salidas de la precariedad. En Argentina, como en otros países, una porción colocó su confianza en un candidato que vendía un techo al gasto público (y, en general, el empequeñecimiento del Estado) como solución a sus dificultades laborales y económicas. En un discurso en el Congreso, el presidente argentino dijo haber recibido “el reto de conducir la nación en lo que es posiblemente el momento económico más crítico de su historia”, atribuyéndolo a “más de 100 años de insistir con un modelo empobrecedor” que olvidó “las ideas que hicieron grandes [sic] a nuestro país”. Describió las últimas dos décadas como “una orgía de gasto público”. Esto apeló a la inseguridad económica de amplios sectores de la población.

Algunos indicadores recientes parecen darle margen a las declaraciones agrandadas del presidente; según censos retomados por El País, la pobreza en Argentina descendió a 28.2 por ciento en el segundo semestre de 2025, su nivel más bajo en siete años. Sin embargo, el mismo contexto muestra tensiones persistentes: en Buenos Aires, la población sin hogar creció 57 por ciento en dos años y el endeudamiento familiar, al que recurre para cubrir necesidades básicas, se ha incrementado de forma sostenida. Más que una mejora estructural, los datos sugieren un vaivén dentro de una crisis más profunda. Los matices, no obstante, parecen tener poco peso frente a un relato político que promete certezas en medio de la incertidumbre.

La competencia entre partidos tradicionales ha producido una forma de abandono político. En su intento por atraer al “votante medio”, moderan sus posturas y se desplazan hacia el centro, diluyendo las diferencias que dan sentido al sistema partidista. Según González Tule, estas “fuerzas centrípetas” aplanan la oferta política y dejan sin representación a sectores con demandas más definidas. Ahí se refuerza la percepción de que “todos los políticos son iguales”.

De ese vacío emergen líderes que se presentan como outsiders y “antihéroes”, dispuestos a confrontar a una elite desacreditada. Milei la llama “la casta de políticos ladrones”; Donald Trump habla de un deep state o de un “pantano” burocrático que traiciona a la ciudadanía. Su fuerza radica en canalizar el hartazgo y, al mismo tiempo, en ofrecer posturas contundentes: la reducción drástica del Estado, la desregulación del mercado y una ofensiva contra agendas de derechos. En esa línea también coinciden figuras como Jair Bolsonaro y Nayib Bukele.

La derecha también se siente rebelde

Hay una frase que se convirtió en estandarte de las izquierdas latinoamericanas desde que se pronunció por primera vez, en 1972. En un discurso en México, Salvador Allende, el entonces presidente chileno, afirmó: “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”. Un año después, Allende fue orillado al suicidio durante un golpe de Estado que dio paso a la dictadura de Augusto Pinochet. La represión dejó más de 61 mil víctimas de desaparición forzada, exilio, tortura y otras violaciones de derechos humanos. Fue una de las épocas más oscuras en la historia de Chile, con ecos similares en América Latina. Gobiernos autoritarios de la región ejercieron una persecución letal en contra de grupos de trabajadores, estudiantes, campesinos y militantes de izquierda como resultado de un anticomunismo inspirado por la Guerra Fría.

Más de 50 años después del discurso de Allende, el fantasma de Pinochet ronda la presidencia chilena. El ganador de las elecciones de 2025, José Antonio Kast, asegura que el dictador hubiese votado por él. Quizás Allende no lo creería si hoy escuchara que muchos de los jóvenes que han votado por este candidato y otros similares alrededor del mundo lo han hecho incitados a ser rebeldes. En una inversión paradójica de la consigna, la rebeldía se porta en defensa del orden conservador.

Morán Faúndes, doctor en Sociología, argumenta que el neoconservadurismo le ha arrebatado a la izquierda la estética de la insurrección. En su investigación escribe: “Este mensaje se nutre de una cierta épica […] apelando a estéticas incluso cinematográficas. Las bengalas, el humo, los tambores y las sonrisas, todos elementos unidos bajo la idea de una misma lucha representada por el color celeste, configuran una constelación de símbolos que resaltan el imaginario de la movilización y la unión”.

El logro se basa en presentar el desafío a la “corrección política” y al supuesto establishment progresista como un acto de rebeldía juvenil. Los sectores neoconservadores y de ultraderecha han logrado proyectarse desde un imaginario de épica, rebeldía y militancia unida y alegre contra una izquierda mainstream.

Núcleo Nacional, grupo que promueve ideas ultranacionalistas y xenófobas, llama la atención por atraer a jóvenes simpatizantes y revivir símbolos franquistas en sus mítines. Foto: Francesco Militello Mirto / NurPhoto / vía AFP.

La incorrección política es un imán potente en esta configuración. La rebeldía se manifiesta entre estos jóvenes como un rechazo a lo que algunos sectores políticos perciben como una “hegemonía” de agendas de minorías, lenguaje inclusivo y “buenos modales” de la clase política tradicional, elabora González Tule: “Este discurso de odio, que antes se consideraba algo rechazable, ahora se muestra totalmente abierto. Y esto genera empatía ante una parte del electorado que siente disgusto con la clase política tradicional, a la cual asocia con las buenas formas y modales, con el lenguaje inclusivo y la consagración de los derechos de minorías y todos los avances que estos han logrado. Algunas personas se identifican con personajes que surgen para hablar directo, de tú a tú. Alguien que dice lo mal que están las cosas y reprocha estos avances. Entonces, también forma parte de esa estrategia discursiva”.

La ultraderecha adoptó un lenguaje abiertamente violento y discriminatorio y directo. Según González Tule, este estilo genera una fuerte empatía en los jóvenes que se sienten “vulnerables” o “insatisfechos” con su situación económica y ven en este discurso una forma de “honestidad” frente a las formas tradicionales de la política.

La internet le ha sentado de maravilla al neoconservadurismo. Como los clásicos fondos de pantalla de Windows, ha provisto un campo verde donde puede pastar un universo de organizaciones y personajes cuyo rol fundamental son la interpelación y la movilización política de las juventudes dentro de la actual ofensiva neoconservadora en Latinoamérica.

Estos fueron los hallazgos de Morán Faúndes, quien mapeó a 74 actores (que incluyen tanto a organizaciones como a actores individuales, entre los cuales están los influencers) contrarios a los derechos sexuales y reproductivos y que son los que despliegan acciones específicamente focalizadas en la interpelación de las juventudes. Geográficamente, estos 74 actores operan en ocho países, con una concentración especial en Argentina (20 actores) y México (13 actores), seguidos por Colombia y Chile.

Entre las organizaciones y los influencers

La paciencia es una de las fortalezas de los movimientos neoconservadores. Para construir sus metas a mediano y largo plazos, han invertido en estrategias de formación política de líderes jóvenes. Su infraestructura opera en distintos formatos, como cursos, seminarios, becas, campamentos y academias. Estas organizaciones van un paso adelante de la mera captación de simpatizantes, ya que su objetivo es “formar militantes para que lideren la causa”, explica Morán Faúndes. Al entrenar a jóvenes en habilidades políticas, argumentativas y de organización colectiva, persiguen preparar cuadros que, con el tiempo, ocupen cargos públicos y defiendan los intereses del movimiento desde dentro del Estado.

El especialista documenta al menos a 19 organizaciones dedicadas a este objetivo en la región, con especial presencia en México y Colombia. Menciona, por ejemplo, a “Más Colombia”, que apuesta por liderazgos juveniles con un abordaje práctico de capacitaciones, campamentos semestrales y “misiones” territoriales para formar jóvenes “transformadores”. A escala internacional, la red Choose Life organiza los llamados “Life Camps” en varios países de América Latina, espacios donde se entrena a jóvenes en estrategias de activismo contra el aborto.

Por otro lado, los influencers neoconservadores son un “renovado tipo de actores” fundamentales en la actual ofensiva de extrema derecha en Latinoamérica, dice Morán Faúndes. Operan como formadores de opinión que utilizan las redes sociales para amplificar discursos, ganar visibilidad y generar confianza entre audiencias masivas, en especial jóvenes. Aunque de origen operan en internet, también tienen presencia en otros espacios, como conferencias, debates públicos, participaciones ocasionales en programas de televisión, o hasta publican libros. El actor y activista Eduardo Verástegui, por ejemplo, cuyo origen son las telenovelas, ahora tiene una plataforma predominante en redes sociales que combina con la producción de cine.

A diferencia de los influencers convencionales que prefieren mensajes positivos, los de ultraderecha tienden a operar mediante la polémica. Buscan activamente el debate para generar contenido donde se presentan como “triunfadores” que “humillan” o “doman” a sus adversarios, creando una comunidad basada en el desprecio a un enemigo común (como los movimientos lgbti o feministas). Su éxito se entiende mejor al mirar el entorno digital donde muchos hombres jóvenes socializan. Una parte de ese universo se conoce como “manósfera” o “machósfera”, un espacio donde circulan narrativas de resentimiento masculino, a menudo con tintes conspirativos. Según Morán Faúndes, ahí se difunden ideas que presentan a los hombres como un grupo en desventaja, convencidos de que al feminismo “se le ha pasado la mano” y los ha despojado de espacios y derechos.

El repertorio influencer femenino es más feel good, arquetípicamente. El investigador destaca perfiles como el de la brasileña Sara Huff, quien se presenta como una “exfeminista convertida al catolicismo”. Estas historias funcionan como relatos “cuasiheroicos” que buscan motivar al público joven, mostrando su vida actual como creyente como una liberación frente a las supuestas “mentiras” de los movimientos progresistas.

María Eugenia Patiño López describe un imaginario que circula con fuerza entre creadoras similares en redes sociales: el del ama de casa convertida en aspiración estética. “Mujer, tú eres creación divina… tu lugar es la familia”, dicen esos contenidos que, explica, recuperan un “deber ser” muy claro. En TikTok o Instagram aparecen “nuevas celebridades” que muestran su vida cotidiana en casa, cuidando del hogar, de la pareja, de los hijos. Es una fantasía de glamur doméstico que “hace recordar a los anuncios de los electrodomésticos de los años cincuenta”.

Esa imagen resplandeciente, apunta Patiño, no necesariamente corresponde con la experiencia común. En México, alrededor de 35 por ciento de los hogares tiene como cabeza de familia a una mujer. La vida doméstica suele implicar cargas acumuladas y escenarios mucho más complejos que los que aparecen en pantalla: “¿A quién en este país le es posible dedicarse exclusivamente a ser esposa y ama de casa, sin preocuparse, por ejemplo, del quehacer doméstico?”.

El efecto de verdad

La materialidad de los hechos pasa a segundo plano en muchas “verdades” de la ultraderecha y el neoconservadurismo. Luis Antonio González Tule lo califica como un uso político de la mentira, debido a que la derecha suele “vender” problemas que, en la práctica, no son tales o no tienen la magnitud que se les atribuye. Presenta ejemplos como el de Brasil, cuando Jair Bolsonaro fabricó una crisis económica que afectó la percepción del electorado. En países como Chile se ha utilizado un discurso xenófobo sobre la “crisis migratoria” a pesar de que la migración no constituye un fenómeno sustancial ni inmanejable en el país. Y en Noruega, donde, a pesar de tener uno de los mejores estados de bienestar del mundo, se convence a la ciudadanía de que existen problemas graves de inseguridad o gasto público para justificar agendas libertarias y xenófobas.

De fondo, aunque la derecha argumente que existe una hegemonía de la “ideología de género” que domina el mundo, esto no es una realidad material, evidencia Morán Faúndes: “tiene que ver más con el efecto de verdad que produce el discurso”. “Lo que sí es real es la batalla cultural que estos sectores pelean”, afirma.

La juventud frente al espejo

El 26 de marzo pasado, personas vestidas de blanco se reunieron en la glorieta de La Minerva, en Guadalajara. Conmemoraban el Día Internacional del Niño No Nacido, que al parecer se celebra el día anterior, el 25 de marzo. Caía un sol muy fuerte, del que algunos se protegían con gorras o con la cualidad reflejante de la ropa blanca que todos llevaban como uniforme. Algunos sostenían pancartas y globos de color azul y rosa pastel, parte de la imagen que caracteriza las protestas contra el aborto. En el mismo mes tiene lugar una de las manifestaciones que son piedra angular de las movilizaciones por los derechos sexuales y reproductivos: el Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo.

Esa tarde, en La Minerva, las activistas circulaban por las aceras y los camellones para transmitir su mensaje a los automovilistas que circulaban por una de las intersecciones más importantes de la ciudad. El total de manifestantes no superaba las 40 personas.

En una de las calles que desembocan en la glorieta, cuando se ponía el semáforo en rojo, tres jóvenes se paraban sobre el paso de cebra sosteniendo sobre sus cabezas letreros con imágenes de embriones en diferentes etapas de gestación. Vestían faldas largas y varias capas de blusas para cubrirse del sol; su cabello semirrecogido con moños del mismo color blanco de su ropa. Llevaban en el cuello pañuelos blancos con el logotipo de su organización, así como collares con cruces o pulseras con cuentas de rosario. Una de ellas llevaba un pañuelo celeste atado a las asas de su bolso. Fueron muy amables y aceptaron conceder una entrevista, siempre y cuando pudieran hacer pausas para mostrar sus carteles a los coches cuando se pusiera el alto.

Raquel tiene 27 años. Estudia Derecho en una universidad privada. Acudió a La Minerva convocada por una asociación civil con la que colabora desde hace siete años. Invitó a dos amigas, las jóvenes con las que llevaba los carteles, a la manifestación, palabra que nunca utilizó para referirse a sus actividades en la glorieta.

“Estamos aquí porque celebramos el Día Internacional del Niño por Nacer. Celebramos tu vida, la mía, la de todos los que conformamos esta nación; porque ‘nación’ viene de ‘nacer’ […] Vine con mis amigas. Mi familia no pudo venir porque trabaja o estudia; sin embargo, yo represento a toda mi familia, ya que siempre estamos a favor de la dignidad de toda persona humana y de fomentar el respeto por todo lo que tiene vida”.

En un momento, una mujer de entre 25 y 35 años se detuvo en el alto con la música a todo volumen. Lo subió aún más y, desde la ventanilla de su auto, gritó: “¡Viva el aborto!”, “¡Aborto libre!”, mientras tocaba el claxon. Con el semáforo todavía en rojo, siguió cantando, celebrando y agitando los brazos.

Raquel tuvo que detenerse a la mitad de una oración. Los ruidos que venían del auto no permitían escuchar. Cuando el semáforo cambió a verde, la joven avanzó y repitió sus gritos mientras daba vuelta a la glorieta. Raquel sólo volteó a verla por un instante, luego regresó su atención hacia la entrevista, tranquila, un poco tímida, y dijo con humor: “Amor y paz”. Hizo una sonrisa pequeña que parecía, a todas luces, honesta. Cuando pasó el momento, reanudó la conversación.

“Soy estudiante de Derecho. Me gusta mucho el debate y compartir con mis amigas. A veces armamos un café o vamos al parque a platicar, disfrutar y hablar de la vida. Próximamente tendremos una fiesta de cumpleaños; ahí cantamos, bailamos, convivimos y jugamos. Esa es nuestra forma de aprovechar el tiempo como jóvenes. Para mí, cada joven es único y tiene su propia forma de vivir la vida”.

¿Tú te llamas a ti misma provida, o cómo te gusta identificarte?

Sí, me identifico como provida. Tal cual. No me da miedo; hay que ser valientes en este mundo. Entonces soy provida, prociencia y proderechos humanos. Estoy a favor de todo lo que tenga vida: se debe fomentar el respeto por los animales, ancianitos, niños, personas en gestación, mis amigos, por ti, por mí, por todos. Para mí, ser provida es abrazar todo lo que tenga vida.

¿Por qué hay que ser valientes para nombrarse así?

Porque sé a lo que me estoy arriesgando: a que me abucheen, me escupan o me agredan verbal o físicamente. Estoy dispuesta a enfrentar muchas cosas. Por eso digo que, en este momento, ser provida es un acto heroico. El ser humano no ha entendido que, cuando nos enseñemos a respetar nuestras diferencias de ideas, podremos marcar en la sociedad el respeto por la vida y por todo lo demás que defendamos. Yo me rijo por el respeto: tú me respetas. Incluso si me agredieras, yo te respetaría y que Dios te bendiga. No tengo por qué desear el mal. Como dice el Señor: perdónalos porque no saben lo que hacen.

¿Cómo fue la primera vez que te acercaste a estas movilizaciones?

Llevo siete años en la asociación. La conocí por medio de un autor que sigo, Pablo Muñoz Iturrieta, quien es argentino pero dio una conferencia en Guadalajara. En el mismo lugar, estaba presentando un libro la directora de la asociación. Le pedí su autógrafo y así fue como me acerqué por primera vez. Desde entonces, me siento plena. No hay palabras para describir la felicidad de poder dar un mensaje de esperanza a personas que tal vez tienen un mal día o atraviesan situaciones difíciles. No me gusta juzgar, porque no sabemos qué historia hay detrás de cada pobre persona, qué está cargando. Por eso quise apoyar, ya sea económicamente, moralmente o con mi presencia, como ahora.

¿Cómo ves la política del país en este momento y qué expectativas tienes para 2027?

Con este gobierno federal vamos de mal en peor. Es opresivo porque restringe la libertad de expresión y cada vez más derechos. Considero que ya no existe la democracia aquí. Es probable que en 2027 gane el mismo partido. Como católica, yo le pido tanto a Dios que esto no pase… Creo que la situación no cambiará a menos de que los ciudadanos actuemos. Ahí es cuando marcaremos ese antecedente histórico: habrá una diferencia entre los que se quedaron callados y los que sí tomamos acción.

¿Por qué tipo de candidata o candidato a la presidencia te gustaría votar?

Yo votaría por Eduardo Verástegui. No soy simpatizante de él, pero, deslindándolo de lo político, lo considero una persona íntegra y coherente. ¿Por qué no elegir a las personas que tienen el interés de hacer el bien común por México, patriotas que tienen amor a la vida y a la familia? Todo lo bueno y bello lo tiene esa persona y la verdad me gustaría él para presidente. Creo que si los jóvenes nos unimos, aunque tengamos diferencias, podríamos lograr cambios importantes. A lo mejor a muchos nos da miedo porque somos muy jóvenes y cada quien tiene su historia personal. Pero nos empezamos a dividir cuando decimos “Tú eres provida, tú proaborto, tú pro LGBT…”. Aquí deberíamos unirnos todos y simplemente respetar nuestras ideas.

Según la revista Proceso, el movimiento Que Viva México, impulsado por Verástegui, intentó convertirse en partido tras la fallida candidatura presidencial del exactor en 2024. En diciembre de 2025 desistió de su consolidación electoral, argumentando que el proceso oficial para registrarse como partido era inviable. Ese mismo año, Verástegui criticó y rompió públicamente con el presidente argentino Javier Milei, con quien había tejido vínculos políticos desde 2022 en espacios neoconservadores como la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC).

La asociación a la que pertenece Raquel llevó su mensaje a otras calles de Guadalajara con una intervención difícil de ignorar: colocaron bebés de plástico envueltos en telas azules sobre más de 40 estatuas masculinas. Sus integrantes dijeron que buscaban reconocer a los padres presentes y denunciar a los ausentes. Esta intervención capturó la atención de María Eugenia Patiño López, quien señala su carácter discursivo y artístico: “Este tipo de arte ayuda a explicar argumentos de una manera más comprensible… Al verlo, todo el mundo se pregunta qué quieren decir. Pero cuando ves el color azul, sabes con certeza que se trata del movimiento conservador”.

La asociación también afirma dedicarse a dar entierro a “pequeños cuerpos humanos que aparecen en lotes baldíos, basureros, tiraderos de escombro”. En su sitio web documentan estos rituales en videos que aluden, a veces de forma directa y otras mediante eufemismos, al aborto. En uno de ellos, mujeres vestidas como para ir a misa avanzan en silencio, cargando pequeñas cajas con lazos azules y rosas en tonos pastel. Sus rostros son rígidos; algunas se ocultan tras gafas oscuras, otras lloran al llegar a una fosa abierta en un panteón, donde depositan las cajas una junto a otra. La escena está cuidadosamente construida.

“Es como un juego de espejos”, dice Patiño López. La imagen le sirve para explicar cómo los movimientos progresistas y conservadores no sólo se oponen, sino que se reflejan, se responden y se reinterpretan entre sí. En los últimos años, las marchas del 8 de marzo han pugnado por la reivindicación del derecho al aborto libre, seguro y gratuito. A escala internacional, crecieron en presencia y visibilidad. En respuesta, aparecieron jóvenes conservadoras que respondían desde dentro y fuera de las mismas manifestaciones: “Tú no me representas”. La frase se volvió consigna y también hashtag. “Aquí hay una disputa por el modelo de mujer. Es decir, ¿qué significa ser mujer hoy en día?, ¿qué implica?, ¿cuál es la aspiración?”, elabora la investigadora.

El símbolo del pañuelo tiene especial relevancia en este juego de espejos. El pañuelo verde de la marea feminista encuentra su contraparte en el azul de la llamada ola celeste. Patiño López explica que ambos nacen en los movimientos argentinos, donde el azul y blanco remiten tanto a la Virgen María como a la bandera nacional.

Foto: Rodrigo Arangua / AFP.

La disputa por el futuro

El avance de la ultraderecha afila una paradoja inquietante: es, al mismo tiempo, un producto de la democracia como la conocemos y, quizá, su más grande amenaza. La tensión radica en que la legitimidad que le otorgan las urnas es la misma que le permite erosionar las reglas que la llevaron hasta ahí. Como advierten los investigadores Morán Faúndes y González Tule, estos movimientos son hábiles para estirar los límites hasta generar graves costos para la sociedad en general.

El éxito renovado de estos movimientos es, en parte, mérito de las personas jóvenes que se han incorporado a ellos. Patiño López subraya que saben hablarles a sus pares y logran traducir y amplificar los discursos políticos con eficacia. Quizás otros proyectos políticos puedan tomar nota. No obstante, matiza: el cabildeo sigue en manos de adultos profesionales. No todo recae en la juventud; forma parte de estructuras más amplias donde la apuesta es de largo plazo. Si más adelante esos jóvenes en formación llegan a la función pública, advierte, podrían impulsar agendas contrarias a los derechos humanos.

El dilema restante es quién podrá disputar este terreno. La respuesta, según los investigadores, no pueden ser la censura o el prohibicionismo. Además, alimentaría la narrativa de victimización de la ultraderecha. Para González Tule, la presencia de sectores diversos y confrontativos es, a fin de cuentas, intrínseca y necesaria para las sociedades democráticas. Morán Faúndes, sobre todo como docente, prefiere optar por la escucha y el acompañamiento pedagógico, así se puede construir una empatía genuina. El sociólogo sugiere que es importante informarse en preparación para participar en debates con un sector que rara vez basa sus argumentos en datos reales. No obstante, sostiene: “No está bien patologizar a quien piensa distinto ni asumir una postura de superioridad moral”. Después de todo, cada uno de nosotros se considera poseedor del “pensamiento crítico”, incluso los “más grandes conspiracionistas de nuestra era”.

Para Patiño López, aún es muy temprano para afirmar que los jóvenes, y el futuro, serán de derecha. El fenómeno es reciente y ni siquiera hay tiempo suficiente para confirmarlo con estudios que sigan el tránsito ideológico de una generación a lo largo de los años.

Quizá la juventud en Hungría es indicio de vientos de cambio. El presidente Viktor Orbán ha gobernado durante más de 15 años al frente de Fidesz, un partido que nació a finales de los ochenta como movimiento juvenil prodemocrático contra el sistema socialista soviético, cuyos miembros debían ser menores de 35 años. Hoy, sin embargo, dejó de ser favorecido por una generación que creció durante su ejercicio del poder. Según encuestas citadas por Associated Press en vísperas de las elecciones del 12 de abril, 65 por ciento de los votantes menores de 30 años apoya a la oposición. El principal contendiente es Péter Magyar, un político de centroderecha y exmiembro del propio Fidesz. Aun así, en las calles muchos húngaros se han manifestado en su apoyo como una oportunidad para desplazar a un gobierno señalado por corrupción y mordaz agresión contra opositores, prensa, comunidad lgbti y personas migrantes. Mientras tanto, figuras conservadoras internacionales —como la francesa Marine Le Pen, el neerlandés Geert Wilders y el vicepresidente estadounidense jd Vance— han cerrado filas con Orbán, a quien consideran un referente de la ultraderecha global.

Patiño explica que la certeza empírica sobre las decisiones futuras de los jóvenes es, por ahora, imposible. Además, recuerda: “Los jóvenes tienen esta capacidad de reconfigurarse. En la juventud se dan quiebres fuertes. Al salir del hogar familiar, inevitablemente harás adaptaciones a tu mundo real”.

Frente a esa incertidumbre, antepone la concreta necesidad de sostener espacios de diálogo. “Solamente cuando nos sentamos con la honesta intención de dialogar y escuchar al otro podemos entendernos”. Propiciar también es responsabilidad de las autoridades, desde los congresos, donde los representantes “están obligados a escuchar a todas las voces”, hasta los espacios religiosos. Estas autoridades suelen carecer de la voluntad necesaria, pero la ciudadanía puede exigirla y vigilarla. Asimismo, el diálogo también está al alcance de los movimientos sociales, el arte y la academia. “Todo aquel espacio que sea propicio para el diálogo respetuoso, todos hay que usarlos”. Tal vez el diálogo sea el camino para explorar e imaginar otros futuros.

2 comentarios

  1. Está demostrado que la izquierda es que na fábrica de pobres. Adoctrinan al pueblo para validar su régimen. Ejemplos: Venezuela, Cuba, México.

  2. Martín: La mayor fábrica de pobres es la ultra concentración de riqueza. Hace un par de años, los empresarios de Estados Unidos se quejaban de que el desempleo estuviera tan bajo: “Nadie quiere trabajar por menos dinero”. Los economistas lo saben: la escasez es la que rige los mercados: si la oferta de mano de obra es amplia, los sueldos se van al piso. Y entonces los empresarios (los grandes, no hablo de las PyMES) saben que pueden extraer más de sus empleados pues el riesgo de perder el empleo los hace aceptar cada vez peores condiciones. Estados Unidos, el país más capitalista del mundo, tiene una de los peores niveles de desigualdad. Personas trabajando 40 o más horas a la semana permanecen por debajo del nivel de pobreza. Por cierto, en México millones han salido de la pobreza gracias al aumento al salario mínimo, ese que nos decían que iba a causar el quiebre de millones de empresas.

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