Leer Otelo en tiempos de reptilianos
Adrián Chávez – Edición 514

El celoso adecua el mundo a una teoría de la que está preconvencido —a saber, que le están poniendo el cuerno porque no es suficiente, porque siempre habrá alguien mejor, porque no se puede ser tan feliz, porque el mundo es un lugar horrible— y, a partir de ahí, las pruebas aparecen solitas, en todas partes
Hay quienes creen —contra toda evidencia— que William Shakespeare no existió, que fue un prestanombres de Christopher Marlowe, o de un conde de Oxford, o un frankenstein de diversas voces, como otros dicen que fue Homero. Quién sabe cómo reaccionaría Shakespeare al enterarse de que tiene su propia teoría conspiranoica, pero me gusta pensar que con más interés que ofensa, considerando que él mismo disfrutaba escribir sobre conspiraciones, ya fueran históricas —Julio César—, cómicas —Malvolio en Noche de reyes—, o trágicas, donde el ejemplo obvio es Otelo. Durante los cinco actos de la obra homónima vemos al protagonista caer poco a poco en las redes del vengativo Yago, quien teje su caída poniéndolo en contra de sus amigos e instrumentalizando sus celos contra su esposa Desdémona. No es raro, por eso, que Otelo se haya convertido con el tiempo en el arquetipo del celoso.
Pasa una cosa curiosa, sin embargo: en el triángulo amoroso que Otelo se monta en la cabeza, Yago no es el tercero en discordia, sino un cuarto escondido entre las sombras —o a plena luz del día, según como se vea—. Es una ecuación complicada y, en ese sentido, nos encontramos frente a un celoso atípico, algebraico, casi fabricado. Se diría que el celoso estándar es de una lógica más peatonal, pues su tragedia no va más allá del paquete básico del engaño. Esto no implica, claro, que la experiencia sea más llevadera. En El diamante de la inquietud, Amado Nervo describe los celos como el acto de “desconfiar hasta de la sombra de tu sombra”. Esa es la inquietud en el título de la novela, pero también está el diamante, porque los celos, enmarcados en el contexto del amor, son una joya envenenada, una felicidad paranoide, como tener un huevito Kínder entre las manos y la certeza de que adentro hay un ciempiés. Con todo, uno podría pensar que, aunque sin duda culpable, Otelo no es el mejor representante de los celosos del mundo, y quizá habría que buscar otro: de Herodes el Grande, por ejemplo, se cuenta que también asesinó a su mujer, la reina Mariamne, presa de una paranoia celotípica, para luego conservar su cadáver en miel.
Sin embargo, a mí me da la impresión de que Otelo no sólo es justamente el celoso por antonomasia, sino que lo es todavía más en la era contemporánea, y es así porque su tragedia es haber sido al mismo tiempo víctima de una conspiración y un conspiranoico, una moda muy de este siglo fulgurante y tonto. Bien pensado, celar es ejercer una forma privada de la teoría conspirativa. Cuando el historiador estadounidense Richard Hofstadter describió estas por primera vez, afirmó que “la mentalidad paranoide es mucho más coherente que el mundo real, ya que no deja lugar a equivocaciones, fallas ni ambigüedades”.
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Si la ciencia busca evidencias para demostrar una hipótesis, la conspiranoia busca evidencia para legitimar una conclusión. Esta es, por definición, inmutable, así que la búsqueda de evidencias resulta más un proceso creativo para darle coherencia que un compromiso con algo tan inconveniente como la realidad. Al igual que un cazador de reptilianos encuentra pliegues extraños en celebridades grabadas en videos de baja resolución, y de la misma forma en que los detractores de la existencia de Shakespeare contabilizan las veces que la palabra tocino aparece en sus obras para demostrar que su verdadero autor es Francis Bacon, el celoso adecua el mundo a una teoría de la que está preconvencido —a saber, que le están poniendo el cuerno porque no es suficiente, porque siempre habrá alguien mejor, porque no se puede ser tan feliz, porque el mundo es un lugar horrible— y, a partir de ahí, las pruebas aparecen solitas, en todas partes: en el caso de Otelo es un pañuelo, pero igual puede ser un like sospechoso en alguna red social, una demora en contestar, una mirada, un olor, o una chancla, como le pasó a la influencer Lupita Villalobos, que a partir de una sandalia de color rosa captada de paso en la foto de vacaciones de su exmarido rastreó la ubicación, el Airbnb, las cuentas de Instagram en las cercanías y, finalmente, a la dueña de la chancla, incauta Cenicienta de la infidelidad. Pero si el engaño es real, como en este caso, o no, es lo de menos, porque en la cabeza de quien cela, la certeza de la deslealtad preexiste a la deslealtad misma, y los celosos profesionales, como los conspiranoicos más radicales, aprenden a blindarse contra la realidad; para ellos, cualquier idea o acontecimiento que refute su teoría sólo es muestra de que el complot es más grande de lo que creían, puesto que los titiriteros se han tomado el tiempo de crear pruebas contradictorias para hacerles dudar. No fue Shakespeare, sino Montaigne, el que dijo que “los celos son, de todas las enfermedades del espíritu, aquella a la cual más cosas sirven de alimento y ninguna de remedio”, pero lo mismo podría haber estado hablando del terraplanismo o los antivacunas.
Como ilustra el ejemplo de Villalobos, los celos no son en modo alguno un monopolio del género masculino, pero aún así parece adecuado que Otelo sea un señor. La Organización Mundial de la Salud, por ejemplo, ha encontrado que los hombres somos más propensos a asesinar a nuestras parejas por motivos de celosía —y bueno, a fin de cuentas tanto el Moro de Venecia como Herodes el Grande son lo que hoy llamaríamos feminicidas—. También con base en datos de la OMS, el jefe del Departamento de Psicología del Centro Universitario de Ciencias de la Salud de la Universidad de Guadalajara, Francisco Ramírez, ha afirmado que la mayoría de los feminicidios tienen antecedentes de celotipia, y que, además, estos rasgos potencialmente violentos aparecen desde las relaciones entre adolescentes. Esto no sorprende —quizá sorprendería a Shakespeare, sobre todo la parte en la que existe una Organización Mundial de la Salud— si se toma en cuenta que, como han encontrado quienes estudian las teorías de la conspiración, estas se nutren, entre otras cosas, de la ansiedad social, así como de una percepción un tanto narcisista de la vida, ambas presentes en la receta tradicional de la masculinidad; el macho convencional se sabe en eterna competencia con otros, y casi naturalmente concluye que su pareja siempre está en peligro de sentirse atraída por otro mejor. No es coincidencia que en las profundidades de la machósfera digital abunden también las teorías conspirativas, la mayoría de ellas racistas o antisemitas, como el presunto “gran reemplazo”. La paradoja de la masculinidad es que es un estado de permanente indefensión, el caldo de cultivo del pensamiento conspiranoico, ya unipersonal, ya compartido.
Volvemos también a Otelo cuando notamos que en la conspiranoia —y, por lo tanto, en los celos, que no son más que conspiranoia hiperespecializada— hay también literatura. En su conferencia The Shakespeare Conspiracy, el bardólogo canadiense Paul Budra asegura que las teorías conspirativas son parientes cercanas de la literatura formulaica, en particular de las historias de detectives. Sujetos a un conjunto establecido de convenciones de comprobada funcionalidad, el conspiranoico y el celoso se ven a sí mismos como los protagonistas de un thriller, los únicos que logran ver la alegoría escondida (un oxímoron, por lo demás) en cada detalle que los demás, dormidos, alienados, idiotas, no alcanzan a vislumbrar: el gran misterio —el gran engaño— que se develará al final, no sin ayuda de su perspicacia privilegiada. El celoso es entonces un Sherlock Holmes de sus inseguridades no tratadas, el personaje principal de una historia que sólo él (o ella) puede desentrañar —aunque en el caso específico de Lupita Villalobos, Sherlock Holmes se queda, como suele decirse, pendejo—.
Tampoco es casual que el cine esté lleno de Otelos, tanto literales como herederos del arquetipo, pues lo literario no le quita lo cinematográfico: no sólo porque abunden los desconfiados —mi favorito, Ewan McGregor, cantando “Roxanne” en uno de los momentos climáticos de Moulin Rouge—, sino porque ni el más inofensivo de los celosos puede sobrevivir sin un conflicto dramático. En las películas, o cuando menos en las de Hollywood, no puede no pasar nada; quién sabe qué dirá de nosotros que nada nos parezca más aburrido que una comedia romántica en la que la pareja se lleve bien. El celoso no lo será menos si durante toda su vida ha visto el amor representado siempre en vínculo simbiótico con la confrontación. Podríamos decir, entonces, que los celos pertenecen al género mayor de la creación conspiranoica y al subgénero del thriller romántico, lo que, por cierto, convierte a Shakespeare —ya entrados en exageraciones— en precursor de la literatura detectivesca. Otelo, víctima de Yago y de su propio terraplanismo amoroso, es hoy más que nunca el celoso por excelencia. Por su parte, el Yago moderno no es, pues, una persona, sino una dilución de certezas, una voz en la nuca que nos susurra un cuento de misterio y nos recuerda que bajo la paz siempre duerme el conflicto. O, a veces, también una chancla.