Jesús Osuna, el tazo dorado más popular
Analy Nuño – Edición 514

Encabeza un ministerio viral que rescata adictos en situación de calle con métodos cuestionables, en particular desde el punto de vista de los derechos humanos, y se ha convertido en héroe para millones, pero también en símbolo de abusos y polémicas legales. Pero su actuar lleva a preguntarse: ¿quién ayuda a las personas de quienes la mayor parte de la sociedad se ha olvidado?
Cuando Jesús Ignacio Osuna Torres sale a recorrer las calles de Tijuana en busca de jóvenes desorientados por la droga o el alcohol, prende la cámara de su celular para transmitir en vivo desde sus redes sociales, se sube a una camioneta blanca con luces estroboscópicas amarillas y azules y se convierte en El Chiquilín de la Patrulla Espiritual. Antes de toda la parafernalia, medita; como mantra, al terminar exclama: “Dios, que se haga tu voluntad y que se manifieste en la persona que necesita ayuda”.
A partir de ese momento, y durante las siguientes dos o tres horas, su único propósito es capturar, en ocasiones por la fuerza o con engaños, a personas adictas en situación de calle para “arrebatarle sus almas al diablo” e internarlas en una clínica de rehabilitación.
Cuando se googlean las palabras “patrulla espiritual”, de inmediato el buscador arroja decenas de artículos, notas, videos, entrevistas e imágenes de Osuna en acción —o, mejor dicho, El Chiquilín—: “Así es la labor de Jesús Osuna”, “¿Es legal llevarse así a la gente?”, “La Patrulla Espiritual y sus límites legales”, “Así salvan personas en la Patrulla Espiritual”, “La Patrulla Espiritual y los abusos de la Clínica Jireh”, “Tazos dorados: Chiquilín coqueto y sus idiomas”, “¿Quién es Jesús Osuna, de la Patrulla Espiritual?”, “Rehabilitan bebés de 500 meses”, “Este es el oscuro secreto de la Patrulla Espiritual”, “La Patrulla Espiritual: ¿estás a favor o en contra?”.
Esta última pregunta podría englobar todo lo que rodea a la Patrulla Espiritual, el brazo operativo de la clínica de rehabilitación cristiana Jireh, creada por Osuna, quien se describe a sí mismo como un adicto en recuperación con seis años de sobriedad y cuyo actuar divide opiniones en redes sociales: lo amas o lo odias, estás a favor o estás en contra de lo que hace, como si todo fuera blanco y negro, como si su historia y su labor no tuvieran matices y claroscuros.

De la adicción al cristal a liderar un ministerio
Jesús Ignacio es un sinaloense que radica en Tijuana. Mide casi dos metros, tiene 39 años, es cristiano y desde hace tres años su rostro y sus frases se han viralizado en redes sociales, principalmente en TikTok y Facebook, donde su crecimiento ha sido exponencial y suma más de 12.3 millones de seguidores. Pero antes de marzo de 2023 su vida era distinta.
“Soy fuerte para muchas cosas, pero al momento en que le meto algo al cuerpo soy pato al agua. Tengo un problema crónico: soy ingobernable ante la droga y el alcohol”, ha dicho, a manera de confesión, quien asegura tener una mente autodestructiva que lo llevó a lugares que él mismo no recuerda.
Desde sus primeros años de vida, Jesús Ignacio fue indomable. Nació en el seno de una familia tradicional compuesta por cinco miembros. Al ser el mayor, Nachito —como le dice su familia— captó toda la atención de sus padres desde pequeño: primero, en el preescolar, de donde lo expulsaron por su hiperactividad y le emitieron el certificado sin que tuviera que asistir a la escuela; luego, en la primaria y en la secundaria, etapas en las que para encauzar su energía practicó karate y compitió a escala nacional. Durante la preparatoria se dedicó a transformar el automóvil familiar y a “quemar llanta”. Ya en la universidad transitó de una licenciatura a otra, pasando por Arquitectura, Derecho, Administración y Contaduría. De ninguna se graduó.

Fue en 2015, a sus 27 años, cuando empezó a consumir alcohol. En aquel momento trabajaba en el área de Afiliación y Vigencia del Instituto Mexicano del Seguro Social, donde su mamá, Cuquis Torres, era asesora del delegado. Su personalidad de líder nato le dio popularidad, sus compañeros de trabajo y escuela lo seguían, lo buscaban. Así, cada vez se hicieron más recurrentes las reuniones al término del horario laboral, y poco a poco se alargaban hasta la mañana siguiente o por varios días.
Cuando El Chiquilín regresaba a casa estaba “perdido”: orinaba por la ventana de su habitación y dormía un par de horas para después irse a trabajar como si hubiera descansado toda la noche. Su padre empezó a sospechar que algo no estaba bien y un día entró a la habitación mientras él dormía “ahogado en alcohol”. Sobre el buró había una bolsa pequeña con cocaína. Jesús Ignacio nunca supo que su padre la había encontrado.
Ahí fue cuando su familia decidió que el “bebé” de 324 meses tenía que ser internado en un centro de tratamiento para adicciones. Días más tarde, mientras presentaba un examen extraordinario, trabajadores de una clínica de rehabilitación llegaron a la Universidad de San Miguel en Culiacán y se lo llevaron por la fuerza cuando salió del campus. Fue la primera vez que Jesús Ignacio ingresó a una clínica de rehabilitación de adicciones en contra de su voluntad.
Seis meses después, cuando salió, se reincorporó al trabajo, en el que le habían dado un permiso especial. Pero la sobriedad duró pocos meses: recayó y, ahora sí, su adicción tuvo efectos: fue despedido tras nueve años de antigüedad. La familia enfrentaba los efectos de su adicción, la gente cercana se alejó de ellos y su madre tenía codependencia con él. Por segunda ocasión fue internado contra su voluntad.

El ciclo se repitió durante seis años: internamiento, sobriedad, recaída, internamiento. Con la diferencia de que en la tercera, la cuarta y la quinta veces, al consumo de alcohol y cocaína le había sumado el del cristal. “Chiquilín, otra cerveza. Chiquilín, un periquito. Chiquilín, ya no alcanza [la sensación,] métele al cristal”, recuerda.
Pero El Chiquilín pronto se familiarizó con el funcionamiento de las clínicas y los centros de adicciones y aprovechó su carisma y su liderazgo para pasar de ser interno a directivo en cada uno de los sitios a los que ingresó para tratamiento. “Me tocó ver la enfermedad acostado en una litera [como interno] y me tocó verla desde una perspectiva diferente, que es la de la oficina. Escuchar a una madre y escuchar al adicto”, ha dicho en entrevistas.
Y aunque siempre recaía, algo cambió en 2020 y logró controlar su mente autodestructiva. Mientras estaba internado en el último centro de rehabilitación al que ingresó en Culiacán, empezó a cuestionarse su futuro, a escuchar con más detenimiento a un grupo de personas que llegaban a la clínica con bocinas a reproducir música y alabanzas cristianas, y otro interno le enseñó a leer la Biblia.
Fue en 2023 cuando Osuna, el joven al que le gustaban los corridos y quemar llanta, se convirtió al cristianismo. Entendió su “misión de vida” y se transformó en un tazo dorado.

“¡Que flote la hermosura!”
Nadie es profeta en su tierra, y eso lo tiene bien claro El Chiquilín, quien hizo los pininos de la Patrulla Espiritual en Culiacán con una camioneta Nissan Toyota de redilas, destartalada y sin logos. Pero en tierras sinaloenses no fue bien recibida su práctica poco ortodoxa de someter por la fuerza a personas en situación de calle, adictas a las drogas o al alcohol, para que reciban tratamiento.
Sin tanta notoriedad como la que tiene ahora, dirigió en Culiacán algunos sitios de este tipo en los que hacían trabajar a los internos y les quitaban su salario. Pese a los cobros excesivos, en algunas ocasiones tuvo que sacar comida de contenedores de basura para alimentar a las personas en rehabilitación.
La noche de un martes de enero de 2023, llamó a su padrino Alexis Molugo, director fundador de la clínica de rehabilitación Jireh, cuna de la Patrulla Espiritual, y le dijo que se quería ir a Tijuana a trabajar con él, en sus clínicas 100 por ciento cristianas y especializadas en el tratamiento de alcohol, drogas y farmacodependencia. Sin dudarlo, el padrino le compró un boleto de avión y dos días después Jesús llegó a la ciudad fronteriza.
Fue en marzo de ese año cuando, en la colonia Libertad, cerca de la salida de San Isidro, vio a un “greñudo bien hermoso” dormido en el centro de una glorieta y lo subió por la fuerza a la camioneta, luego de recitar el versículo bíblico de Lucas 14:23 —con el que justifica su actuación—: “Y dijo el Señor al siervo: Sal por los caminos y por los vallados y obliga a entrar a todos a los que halles, para que se llene mi casa”.

“Hermosura, ¿cómo estás, coqueto? Corazón, tienes una capacidad increíble para sufrir; a partir de ahora vas a tener una cama para dormir, un techo y tres comidas diarias. Estás becado, mi amor, ¡flotaste!”, le dijo, y así empezó a cazar “greñudos exóticos” por la colonia Libertad y la zona conocida como border, ubicadas en la frontera entre México y Estados Unidos.
Pronto comenzaron a circular los videos de cómo abordaba a las personas en situación de calle adictas a alguna sustancia y se las llevaba sin su permiso a la clínica. El Chiquilín, sus peculiares frases y su manera de intervenir a las personas cobraron notoriedad. “¡A flotar y que siga pariendo la cochi!”, “¡Ira esa perla!”, “¡Ve nomás ese coqueto tan hermoso!”, “Vamos a ayudar a ese bebé de 500 meses”, “¡Órale, mi amor! Panza, nalguita, cachetito y palabra de Dios”, repite una y otra vez en sus transmisiones en vivo, que han llegado a registrar a hasta 45 mil personas conectadas simultáneamente en la madrugada.
Su frase más famosa es, quizá, “¿Nunca te han dicho que eres un tazo dorado?”, en referencia a las fichas coleccionables de la década de los noventa, que tenían diferentes categorías y entre las cuales las doradas eran las más escasas y preciadas. “Somos edición limitada, nosotros los adictos. Son personas que nadie voltea a ver, pero ya que los pulen son diamantes”, ha explicado El Chiquilín para resaltar cómo la rehabilitación marca un antes y un después en las vidas de las personas adictas.
En pocos meses, Tijuana se convirtió en la piedra angular del ministerio de la clínica Jireh y de la Patrulla Espiritual, que tiene como base la exposición en redes sociales de las personas adictas, el engaño y el hecho de internarlas en contra de su voluntad. Una vez dentro de Jireh, las personas son sometidas a un tratamiento contra su adicción en un esquema que involucra alimentación, atención psicológica y psiquiátrica, así como evangelización forzada. “Es un cambio físico, mental y espiritual”, ha señalado Osuna, quien en tres años se ha convertido en el personaje más visible del ministerio.
Su popularidad ha trascendido fronteras, de tal forma que incluso hay quienes lo han comparado con el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, por sus métodos “cuestionables, pero efectivos”, o hay quienes aseguran que debería ser presidente, ideas que han quedado plasmadas incluso en canciones.

“Con sirenas y humildad / con conciencia en patrullaje, / anda Jesús Ignacio Osuna / cambiando destinos en la calle. / Que lo escuche quien se sienta menos, / quien se crea ya derrotado. / En esta vida, carnal, / todos somos tazos dorados. / Desde Tijuana hasta el mundo / que se escuche fuerte y claro: El Chiquilín pa’ presidente / el tazo dorado del barrio”, suena en el corrido “El Chiquilín de la Patrulla Espiritual”, de Jorge Ramírez, El Zanate Costeño.
“Ahí viene, ahí viene la Patrulla Espiritual, / agárrate fuerte que vas a volar. / Coqueto, coqueto, te espera el anexo, / para que de ahí salgas al cien como hueso”, suena en una estrofa de la canción “Coqueto tazo dorado”, de la Banda El Recodo de don Cruz Lizárraga, que se sumó a los más de 40 artistas que han creado una canción dedicada a Jesús Osuna y la Patrulla Espiritual en géneros como rap, hip hop, mariachi, banda y cumbia.
Ha sido tanto el éxito de la clínica Jireh y la Patrulla Espiritual, en gran medida debido a la figura de El Chiquilín, que en tres años han abierto cinco clínicas en Rosarito y Tijuana, donde hay alrededor de 800 personas en rehabilitación. Al menos 40 por ciento de ellas fueron ingresadas de manera forzada mediante el método utilizado por El Chiquilín, con apoyo de otras personas adictas en sobriedad que ahora forman parte del cuerpo operativo. El resto fueron internados por decisión de la familia y confome a un esquema de pago mensual por el tratamiento; entre ellos, algunos son estadounidenses a quienes se les indujo el sueño con benzodiazepinas y otros fármacos a fin de trasladarlos de Estados Unidos a una de las clínicas sin su consentimiento.
“No pido permiso, simplemente actúo y me los llevo a un tratamiento”, dice cuando se le interpela por su forma de capturar a las personas, y que ha sido cuestionada por organizaciones y críticos frente a las prácticas que rompen con los estándares tradicionales y han sido señaladas como secuestro o privación ilegal de la libertad y violatorias de derechos humanos.
Ante las críticas, Osuna se escuda en el cristianismo y su misión de vida: “Yo salgo a la calle a bendecir a la gente respaldado por la clínica Jireh. Porque ¿qué voluntad puede tener una persona que vive para consumir y consume para vivir?”, dice una y otra vez.

La delgada línea entre lo legal y lo ilegal
La rápida expansión del número de sedes y los millones de seguidores que, en su mayoría, aplauden la labor de El Chiquilín y la Patrulla Espiritual, no han salvado al ministerio de las controversias, que giran principalmente en torno a la ilegalidad de llevarse a “los tazos dorados” sin su permiso y el cumplimiento de las normas de salud para operar.
Si bien el ministerio y El Chiquilín argumentan que rescatan y rehabilitan a personas en situación de calle y cuentan con todos los requisitos para operar, sus métodos han sido ampliamente criticados por presuntamente violar la dignidad y la libertad humanas, lo que ha obligado a las autoridades locales a iniciar investigaciones derivadas de denuncias de abusos y métodos de internamiento involuntario.
“No me hables. No me toques. Yo no te estoy pidiendo nada”, dice uno; “No te sientas con esa autoridad”, dice otro; “Tú eres más alcohólico que yo”, señala alguien más. El Chiquilín también ha visto su suerte con personas en situación de calle a las que busca rehabilitar y, al contrario de la mayoría de los “tazos dorados”, lo enfrentan y han cuestionado, no sólo su forma de actuar, sino también su autoridad moral y legal. Algunos lo han dejado sin palabras; a otros les responde con alguna de sus peculiares frases y les asegura que no tienen voluntad.
Y aunque las autoridades de seguridad de Tijuana han señalado que, dependiendo de las circunstancias, la manera en que opera la Patrulla Espiritual sí podría caer en la comisión de un delito, hasta ahora ningún integrante del ministerio ha sido sancionado o procesado por capturar personas en la vía pública y encerrarlas de manera forzada durante seis meses, pues no han sido detenidos cuando trasladaban forzadamente a las personas.

También la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Baja California (CEDHBC) ha hecho llamados a la Patrulla Espiritual para que actúe con respeto a los derechos humanos en sus actividades y dentro de los márgenes legales.
Aunque las autoridades de ese estado no cuentan con datos precisos, consideran que 90 por ciento de las personas en situación de calle sufre algún problema de adicción y calculan que al menos 800 personas en esas condiciones viven en el centro de la ciudad. Por hacer una comparación, en Jalisco, tan sólo en 2024, más de 7 mil personas con alguna adicción fueron atendidas en uno de los 20 Centros Comunitarios de Salud Mental y Adicciones y se calcula que alrededor de mil 900 personas viven en esas condiciones en Guadalajara.
En 2024, El Chiquilín y el padrino Alexis se enfrentaron a un motín y un ataque armado que dejaron al descubierto las fallas de la clínica Jireh y la Patrulla Espiritual. En las primeras semanas de ese mes, los problemas entre los internos derivaron en que dos de ellos fueran asesinados a golpes y ocho más quedaran detenidos. Semanas después, en una agresión directa, sujetos armados atacaron la clínica en la colonia Libertad, lo que resultó en al menos un muerto y seis heridos por arma de fuego.
También han muerto internos en medio de su proceso de rehabilitación. Jesús Osuna ha minimizado los fallecimientos argumentando que, debido a que muchos de ellos han consumido drogas o alcohol por años, “llegan muertos” al centro, por lo cual no aguantan la rehabilitación.
Y, contrario a lo que piensan sus críticos, El Chiquilín, quien actualmente es consejero certificado en prevención de adicciones, supervisor, encargado de tratamientos y de la “labor de bendecir a la gente en contra de su voluntad”, sí tiene un código de ética con una sola regla: “No meterse a tocar intereses. No reventar lugares”.
Esa pauta ha regido a El Chiquilín desde el primer día que empezó a levantar gente en la calle. “Si me meto a rascarle los huevos al tigre, como dicen en mi rancho, voy a tener problemas. Yo no estoy para buscar problemas”, ha referido.
Pero eso no lo exime de tener contacto con integrantes de grupos armados, según ha confesado en entrevistas, quienes llegan a algunas de las sedes de la clínica Jireh a dejar personas con alguna adicción para que sean rehabilitadas.

El Chiquilín, además, ha estado envuelto en polémicas. Una de las más virales fue en 2025, cuando denunció a dos agentes de la policía de Tijuana por robar mil 200 dólares y 5 mil pesos durante una revisión a Rambo, un miembro de la Patrulla Espiritual rehabilitado. El momento más candente fue cuando acudió a la Fiscalía a denunciar los hechos y encaró a los agentes, a quienes exhibió en redes sociales. El Chiquilín exigió la devolución del dinero, los policías acusaron falsos testimonios.
Las últimas polémicas surgieron en abril y mayo de 2026. En abril, cuando el alcalde de Tijuana, Ismael Burgueño Ruiz, anunció que se daría un apoyo de 7.2 millones de pesos a la Patrulla Espiritual, por medio del fideicomiso Fondos Tijuana, para becar a 300 personas en situación de calle para su tratamiento en la clínica Jireh. Seguidores de la Patrulla Espiritual y ciudadanos de Baja California han mostrado su descontento por el apoyo y han acusado a Jesús Osuna de “venderse” a la autoridad.
Un mes después, la Patrulla Espiritual fue denunciada por organizaciones de la sociedad civil por violaciones a derechos humanos y prácticas Ecosig (“Esfuerzos para Corregir o Cambiar la Orientación Sexual y la Identidad de Género”, también conocidas como “terapias de conversión”), tras haber intervenido por la fuerza a una mujer trans, quien una vez internada en el centro para varones fue vestida “como hombre” y le cortaron el cabello “como Benito Juárez”. Durante la transmisión en vivo, El Chiquilín y sus colegas hicieron comentarios humillantes sobre la orientación sexual de la mujer.

La lucha contra el demonio
Tres años después de convertirse en un “tazo dorado”, Osuna se enfrenta todos los días al demonio, al que, dice, ya le ha arrebatado decenas de almas. Lo hace para no recaer en la ansiedad, que controla yendo “de caza” con la Patrulla Espiritual. “Chiquilín tiene ganas de drogarse. Chiquilín anda ansioso. Vámonos a buscar coquetos”, dicen los diamantes que rehabilitó y hoy lo secundan en la práctica de robarle almas al diablo.
También se enfrenta a cumplir las expectativas que le han impuesto sus seguidores, que todos los días quieren ver la captura de un “greñudo”, las lágrimas de una madre pidiendo su intervención hasta lograr “una beca” para su “bebé de 400 meses”, o el antes y el después de los “tazos dorados”. Las expectativas de llevar la Patrulla Espiritual a otra ciudad, pese a su cuestionado método y las críticas por su actuación al margen de la ley. “Que me sigan criticando”, responde y se autoelogia: “Ellos no están haciendo lo que yo hago”.