Fármacos contra la obesidad: entre la esperanza y la culpa
Andrea Cajiga – Edición 511

La posibilidad de mejorar la salud mediante la reducción de peso se ve contrapunteada con las implicaciones que tiene el uso de los medicamentos que aceleran el proceso de modos inusitados, y cuyo auge reciente ha supuesto la necesidad de replantearse varias cuestiones en torno a la identidad personal, la sanidad pública y la desigualdad que se origina en los cuerpos
Recientemente, cuando algunas celebridades de Hollywood reaparecieron en alfombras rojas con cuerpos visiblemente más delgados, medicamentos como Ozempic, Wegovy o Mounjaro —los llamados agonistas del GLP-1— dejaron de ser un asunto solamente médico para convertirse en un fenómeno cultural.
El ideal de la delgadez, lejos de desaparecer, volvió a ocupar el centro de la escena, incluso en cuerpos que durante años habían encarnado los resultados del máximo rendimiento físico, por ejemplo en el caso de la tenista Serena Williams, cuyos cambios corporales se volvieron objeto de especulación mediática y contribuyeron a poner estos fármacos en la conversación pública, ya no sólo como tratamientos para las enfermedades para las que fueron originalmente concebidos, sino como promesas de algo más.
En diciembre de 2025, la Organización Mundial de la Salud (OMS) dio un paso clave al incorporarlos a su lista de medicamentos esenciales. Con esto, los reconoció como imprescindibles para un sistema de salud universal, y se subrayó la necesidad de volverlos accesibles y asequibles.
Estos medicamentos, usados desde hace años para la diabetes tipo 2, hoy se asocian con pérdidas de hasta 25 por ciento del peso corporal. La masificación de su uso plantea preguntas dirigidas a áreas que abarcan desde la psicología hasta las políticas públicas: ¿cómo miramos a quienes optan por estos tratamientos? ¿Podrían estos medicamentos cambiar la trayectoria nacional de la obesidad? ¿Qué pasa con las causas estructurales de la obesidad cuando se vuelven accesibles soluciones de este tipo? ¿Sabemos lo suficiente acerca de sus efectos en el largo plazo?
Andrea, Karen y Eva tienen entre 29 y 49 años, no se conocen y viven en ciudades distintas. Lo que tienen en común es que hoy están en tratamiento con Wegovy.
Karen busca regularizar su ciclo menstrual; Andrea inició el tratamiento por un diagnóstico de prediabetes; y Eva decidió probar el fármaco después de varios intentos fallidos para bajar de peso y del comentario duro de un familiar. A estas historias se suman las miradas de especialistas en psicología, farmacología, nutrición y salud pública.
¿Cuál es el truco?
Estas historias parten de una revolución médica reciente.
Entre cinco y 15 minutos después de comer, el intestino delgado libera incretinas, hormonas que generan saciedad, hacen que el estómago se vacíe más lentamente y regulan la glucosa en sangre. Las principales son el péptido similar al glucagón tipo 1 y el polipéptido inhibidor gástrico (GLP-1 y GIP, por sus siglas en inglés). El problema es que su tiempo de vida es muy corto y que, en personas con diabetes u obesidad, su producción suele ser menor.
A partir de este conocimiento, se desarrollaron análogos de estas hormonas humanas capaces de imitar y prolongar sus efectos en el organismo. De ese principio activo surgen estos fármacos que, para decirlo en términos muy simples, intensifican y sostienen la sensación de saciedad.
Más allá del control de la glucosa y del apetito, los análogos de GLP-1 se asocian con beneficios cardiovasculares, mejoría en el perfil de lípidos y una reducción significativa de peso. Sin embargo, la evidencia también muestra límites, como la rápida recuperación del peso al suspender el tratamiento y las dudas sobre su sostenibilidad en el largo plazo.

Habitar un cuerpo que incomoda
A Eva no le molestaba mirarse al espejo; no se sentía “tan mal”. Lo difícil era verse en las fotografías que otros le tomaban. Tras dos embarazos y un tratamiento con yodo radiactivo por hipertiroidismo, quedó estancada en un peso que describe como “incómodo” y “frustrante”, al que se sumó la resistencia a la insulina.
Su cuerpo empezó a limitar su vida cotidiana. Elegir qué ponerse era una fuente constante de angustia: la ropa ya no le quedaba, pero se negaba a comprar tallas más grandes. “Nada más pensar en qué ponerme me deprimía. Decía: ‘Ay, ya no quiero ir’”.
El quiebre llegó cuando su hermano le dijo que ya estaba “muy gordita” y que se le notaba incluso al caminar. “No me enojé. Pensé: Sí, esto ya no está bien. Yo no estoy bien”. Fue entonces cuando acudió con una endocrinóloga especializada en obesidad. “Me vio desesperada. Traía todo muy movido: mucha ansiedad, muchas cosas”.
Para Andrea, la decisión fue más directa. Llegó con un diagnóstico de prediabetes y el objetivo de reducir la grasa visceral antes de que el problema avanzara.
Karen, en cambio, no llegó al fármaco por una meta estética, sino por una regla irregular y otros síntomas físicos que la preocupaban. Cada tarde aparecía un “hambre voraz de cosas dulces”. En 2024 tuvo un aborto y, casi al mismo tiempo, empezó a subir de peso. En ese entonces cursaba un posgrado y el estrés se acumulaba. Pasó meses sin menstruar y, tras dos intentos fallidos con ginecólogas, decidió cambiar de ruta. Había notado un patrón claro: “Cuando bajo de peso se me regula la menstruación, la energía, todo”. Su frustración venía de hacer todo lo que se supone que hay que hacer. “Como muy bien y hago bastante ejercicio. No entendía por qué”.
El estigma de la gordura no opera sólo como rechazo social, sino también como un sistema de creencias, actitudes y acciones que termina interiorizado. Atribuye a los cuerpos gordos la responsabilidad y la culpa por existir, según la idea de que las personas no se cuidan o no hacen lo suficiente.
Dana Esmeralda Valle, doctorante en Psicología Social y Cultural, cuyo trabajo se centra en el acompañamiento de personas en tratamientos de pérdida de peso, explica que el cuerpo gordo ha sido históricamente desvalorizado a través de discursos que se amparan en el argumento de la salud. “Hay personas gordas sumamente sanas. Ser gorda no significa estar enferma”, subraya.
Este estigma también se reproduce en el sistema médico. La nutrióloga y doctora en Ciencias de la Salud Pública Laura Arellano Gómez señala que el peso se impone como explicación única. “Llegas porque te duele la rodilla, quizá tienes el menisco lesionado, pero la prescripción es bajar de peso antes de atender cualquier otra situación”. Para ambas especialistas, estas prácticas responden a dinámicas de control y vigilancia constantes, en especial sobre los cuerpos femeninos.
En una investigación reciente, Valle pidió a diez mujeres que identificaran la primera vez que fueron nombradas gordas. Una recuerda que fue cuando tenía cuatro años; otra, cuando tenía ocho. “Así se empieza a entender la gordura: algo en mí no está bien y tengo que modificarlo. Ahí aparecen el miedo, el rechazo y el enojo”, explica. Es entonces cuando el estigma se interioriza y ya no hace falta el ataque externo, porque es una misma quien se somete a esa voz.

¿Quién puede pagarse la delgadez?
Karen salió de la consulta con una receta en la bolsa. En la farmacia no se la pidieron. Tampoco le hicieron preguntas. Como para muchas otras personas, el acceso al medicamento no fue un obstáculo.
Esa facilidad tiene un costo. La doctora Valle advierte que, cuando el fármaco se consume sin seguimiento médico, el tratamiento se reduce a una sola acción: inyectarse. “Estar en tratamiento implica un montón de factores y cuidados; ser usuaria sólo implica consumir el medicamento”.
El verdadero filtro no está en la disponibilidad, sino en el precio. Un mes de Wegovy de 1 miligramo ronda los cinco mil pesos, y el costo aumenta conforme sube la dosis. Así, la posibilidad de bajar de peso se vuelve una opción que solamente algunas personas pueden sostener en el tiempo. “He tenido que pedir ayuda económica a mi mamá”, cuenta Karen. Eva quiso intentar con Mounjaro, pero su doctora se lo desaconsejó: no quería que, conforme avanzara el tratamiento, se quedara sin poder pagarlo, como les ocurre a muchos pacientes.
Ahí se marca una división clara: quién puede costearse la delgadez y quién no. La doctora Arellano lo resume sin rodeos: “De entrada, quienes tienen más dinero tienen menos problemas de alimentación y de actividad física, y menos probabilidades de desarrollar sobrepeso y obesidad. Es un tratamiento injusto porque no es barato”.
Valle lo condensa en una frase: “Mayor estigma para quien puede pagarlos y mayor culpa para quien no”.
Para Arellano, además, estos fármacos desdibujan las causas estructurales del problema y trasladan toda la responsabilidad al individuo, “que ya está sufriendo las consecuencias de un sistema que no es saludable”.
Se diluye así la obligación de otros actores de intervenir con respecto a las condiciones de vida: la regulación de los alimentos, los espacios públicos para moverse, el acceso desigual a servicios de salud, así como los entornos estresantes, contaminados y con inseguridad alimentaria y económica. “Aunque no tenga que ver directamente con qué te llevas a la boca, tiene que ver con las decisiones que tomas alrededor de qué comer”, subraya.
En ese punto coincide la nutrióloga y maestra en Farmacología Anayeli Patiño Laguna, quien observa estos medicamentos con optimismo, pero con cautela: “Son una ayuda increíble, pero requieren ir acompañados de políticas alimentarias sólidas y de un trabajo serio de concientización. Por sí solos funcionan, pero no bastan”.
La vergüenza de “no haber podido sola”
Dos de las tres mujeres se inyectan el fármaco una vez por semana, casi siempre en el abdomen. Karen eligió hacerlo en piernas y brazos después de ver en TikTok que “así te dan menos efectos secundarios”.
El protocolo es similar: se empieza con la dosis más baja y se aumenta poco a poco. En tres meses, Karen llegó a 1 mg y bajó apenas kilo y medio. Eva avanzó con más calma: se quedó varios meses en 0.25, etapa en la que, dice, perdió la mayor parte del peso. Hoy suma más de 12 kilos menos. Los cuerpos, como los procesos, no responden igual.
Aun así, pese al precio, los pinchazos semanales y los efectos secundarios, estos tratamientos siguen viéndose por muchos como una salida fácil a la obesidad.
Junto con la esperanza aparece la vergüenza. Andrea casi no habla de su tratamiento. “No me pareció importante compartirlo más que con mi familia, y siento que la información que circula es como que uno está haciendo trampa para bajar de peso. Me da flojera explicar que tengo prediabetes”.
Esa sensación es común, confirma Dana Valle. “Hay vergüenza, como un ‘No pudiste tú sola’. Las cuestionan: por qué lo usas, para qué”. Primero llega la justificación —“Es por tal diagnóstico”—, como si la enfermedad tuviera que legitimar el tratamiento. “Da vergüenza decir que es para bajar de peso”. El estigma no sólo recae en el cuerpo gordo, sino en la forma de tratarlo.
En Karen, la incomodidad no viene tanto de la culpa como de la contradicción. Sus estudios de posgrado se centran en los estándares de belleza. “Soy crítica de esto. Me siento contradictoria”. Desde niña ha lidiado con cuestiones de percepción corporal y rasgos de trastornos de la conducta alimentaria. “Consumo mucho contenido no pesocentrista y de alimentación intuitiva”. Por eso se pregunta si ahora está dándole al peso un lugar que antes cuestionaba.
No todas lo viven así. Eva habla del tratamiento con naturalidad e, incluso, lo recomienda. “No lo oculto. Si me preguntan, lo digo. Y animo a que se hagan estudios y vayan con el endocrinólogo. La verdad, es una superayuda”.

Cuando el cuerpo cambia con mayor rapidez que la identidad
Bajar mucho peso en poco tiempo no solamente transforma el cuerpo: también puede desordenar la identidad. El cambio es tan rápido que a muchos les cuesta reconocerse. Siguen usando tallas que ya les quedan grandes, no porque no lo sepan, sino porque aún no lo sienten. La percepción interna llega con más lentitud que la imagen que el espejo devuelve.
La doctora Valle lo ve con frecuencia en consulta. Personas que han habitado el mismo cuerpo durante años no saben todavía cómo moverse en el nuevo. Una de sus pacientes, después de haber bajado de peso, le dijo que se estaba cuestionando “si ya estaba lista para patinar.”
“Ahí aparece el conflicto”, explica. No es nada más decidir qué ropa usar o qué actividades retomar, sino preguntarse quién se es ahora. “No se ven como otros los ven”. El cuerpo cambió, pero la autoimagen sigue anclada al pasado.
Estos procesos no son únicamente físicos. Tienen una carga emocional y psicológica profunda. Adaptarse al nuevo cuerpo puede ser tan desafiante como perder el peso mismo: requiere tiempo, acompañamiento y, sobre todo, permiso para habitar una identidad distinta.
Las tres mujeres coinciden en que su relación con el hambre cambió de forma radical. Uno de los efectos más transformadores de estos tratamientos es la disminución del food noise: el pensamiento constante e intrusivo sobre la comida, muchas veces ligado al comer emocional.
A Karen, su doctora le explicó que Wegovy ayudaría, no sólo con la saciedad, sino también con la ansiedad. “Si además de controlar mi peso voy a estar menos ansiosa, dije: ‘Wow, la panacea’”. Hoy su antojo por lo dulce bajó: “Sigo comiendo cosas deliciosas, pero ya no me vuelvo loca. La comida ocupa menos espacio mental”, dice. Andrea recuerda que antes comía “hasta sentirme mal de lo llena”, y Eva resume el cambio así: ya no está “pensando todo el tiempo en qué va a comer”, algo que antes hacía por nervios, presión o exceso de trabajo.
La doctora Patiño explica que estos fármacos actúan también en el aspecto neuroendócrino: el cerebro libera serotonina y otros neurotransmisores que ayudan a sentirse más tranquilo y con menos apetito.
Pero no todas las personas leen este cambio como una ganancia sin costo. Para la doctora Laura Arellano, esta nueva relación con la comida es “interesante y tristísima”. Comer, dice, es familia, emociones, cultura. “Es parte de lo que te hace persona”. Que deje de importar puede implicar una desconexión profunda con la propia identidad, y advierte: “Qué bueno que sientas menos culpa, pero eso no te lo hizo la comida, te lo hizo la sociedad diciéndote que no comas porque estás gorda”.
En consulta, añade la doctora Dana Valle, ese distanciamiento a veces llega al extremo: hay pacientes que “tienen que recordarse comer”. El hambre ya no se vive igual y aunque sigue habiendo disfrute, explica, aparece otro temor: “Empiezan a preguntarse cuánto pueden permitirse gozar, porque ¿y si después no me puedo controlar?”.
Para quienes no tenían una relación equilibrada con la comida, el cambio puede sentirse como una pérdida, no tanto del sabor, sino de la libertad de comer siempre lo que se antoja. La pregunta de fondo es más amplia: qué tan capaces somos, como cultura, de reconocer el placer también en los alimentos que nutren.
El cuerpo responde: efectos adversos
Todo empieza en la mesa. Un platillo con grasa, unas cucharadas de más, y el cuerpo responde. Para Karen, la señal fue clara: poco antes de la boda de su hermano, una comida aceitosa la dejó vomitando durante días. “Me pregunté si valía la pena sentirme así y no poder disfrutar la boda”, recuerda.
Esto se repite en casi todos los casos: el cuerpo siempre reacciona, pero nunca igual. Andrea reporta molestias mínimas; Karen cree que su buena tolerancia tiene que ver con sus hábitos previos y su masa muscular. Eva eligió otra postura: resistir. “Es un tratamiento. Va a haber efectos y los voy a aguantar”, dice. Al subir la dosis, vuelven las náuseas, el vómito, la diarrea. Luego ceden. Los primeros días los recuerda bien: eructos constantes “con olor a huevo podrido”, sensación de saciedad con apenas unos bocados. “Comías poquito y te sentías mal de tan llena. Pero yo lo he tolerado”.
No todas pueden. Un familiar de la doctora Laura Arellano en tres ocasiones inició el tratamiento y lo abandonó cada vez. Los efectos secundarios fueron insoportables. Ahí aparece una verdad incómoda: no todos los cuerpos pueden sostener estos tratamientos.
Su popularidad acelerada encendió alertas. La Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris) y la OMS han advertido acerca de posibles efectos adversos poco frecuentes —renales, pancreáticos o tiroideos—, más allá de los gastrointestinales. La evidencia aún es limitada y los riesgos varían según cada paciente; por eso, las recomendaciones son cautelosas, sobre todo en el largo plazo. También circuló el miedo a la ceguera. Patiño lo matiza: es un evento raro —uno de cada 10 mil casos— y ocurre sobre todo en personas con daño previo en las venas del ojo.
Más que prohibiciones, las guías de la OMS insisten en los cuidados: ejercicio de fuerza para proteger la masa muscular, suficiente proteína, fibra, comidas pequeñas y moderar las grasas que intensifican los síntomas. Sin ese acompañamiento, advierten, la supresión del apetito puede traducirse en una dieta pobre, pérdida de músculo y, con el tiempo, de densidad ósea.
Al final, el medicamento no pasa sólo por el estómago. Pasa por la agenda, por los planes, por el umbral personal del malestar. Y cada cuerpo decide hasta dónde.

Cuando el fármaco se va, ¿quedan los hábitos?
La pregunta aparece tarde o temprano: ¿qué pasa cuando se deja el medicamento?
Karen es escéptica: “Si es sólo para bajar de peso, no es sostenible. Sin cambiar hábitos, tendrías que usarlo de por vida”. Eva, en cambio, siente que algo sí se queda. Comer menos empezó a volverse rutina: “Ya no se me antoja lo de antes. Aunque esté enfrente, prefiero no comerlo”. La ansiedad sigue apareciendo, pero ahora cree poder manejarla. Para ella, el fármaco funciona como un empujón inicial: “Te obliga a comer sano y eso te va creando el hábito. Que una nutricionista te diga ‘Échale ganas’ no alcanza”.
Andrea lo mira con más cautela. Sabe que los antojos volverán y piensa el tratamiento como un apoyo temporal: “Quiero que me ayude a escuchar mejor mi cuerpo”.
Cuando el fármaco se suspende, también se va la saciedad temprana. Anayeli Patiño advierte que, sin hábitos sólidos, el peso suele recuperarse, “y no es sólo el peso: colesterol, glucosa y otros indicadores metabólicos pueden empeorar a largo plazo”. Por eso, el acompañamiento integral es clave.
Laura Arellano lo compara con los ansiolíticos: “Durante el tiempo que los tomes, tienes que tomar nota de cómo es vivir sin ansiedad para poder recurrir a esas herramientas después. Pienso que es lo mismo”. La doctora Valle coincide: “Cambia conductas, no hábitos”.
A menos de un año de tratamiento, los cambios son evidentes, aunque no lineales. “Volví a ser lo que era antes”, dice Eva. Karen es más cauta: su menstruación se reguló sólo los primeros meses y aún espera estudios para entender qué pasó después.
Las especialistas coinciden en que los resultados existen, pero no son definitivos. Para Anayeli Patiño, “el efecto es claro, sí funcionan, pero falta investigación de largo plazo”. Arellano suma otra alerta: los conflictos de interés. “Cuando las farmacéuticas financian sus propios estudios, también deciden qué se publica”.
El acceso abre otra grieta. Hoy, estos fármacos están disponibles sobre todo para quien puede pagarlos; llevarlos al sistema público implicaría seguimiento constante en un sistema ya saturado. Dana Valle insiste en poner a la persona al centro: antes de iniciar, conviene preguntarse “desde dónde estoy decidiendo: ¿desde el estigma o desde un cuidado que pueda sostener?”.
A eso se añade otro riesgo: que estos medicamentos perpetúen la gordofobia en los consultorios. Que se receten a la ligera, conforme a la idea de que cualquier malestar en un cuerpo gordo se explica, y se resuelve, bajando de peso, sin escuchar, diagnosticar ni mirar más allá.
Aunque hay evidencia sólida en diabetes, su uso para perder peso aún requiere más lineamientos. Si realmente son beneficiosos, apunta Valle, el acceso tendría que ser universal, pero también el acompañamiento integral.
La esperanza, sin embargo, convive con el estigma. Arellano es contundente: “Como alternativa de salud pública no sirven. El medicamento no te da más tiempo para cocinar, dormir, ejercitarte ni acceder a comida de calidad”. No resuelven las causas estructurales.
Al final, el mayor impacto no siempre es clínico. Bajar de peso rápidamente transforma el cuerpo, pero también sacude la identidad. Entre alivio, culpa y miedo, estas mujeres muestran que no todo recae en la voluntad individual: habitar un cuerpo que cambia exige algo más que un fármaco, exige cuidado, tiempo y acompañamiento.
4 comentarios
Buen reportaje sobre obesidad y medicamentos. Muy actual.
Me siento muy representada y acompañada al saber que existen experiencias que comparten mi sentir.
Estoy próxima a terminar el tratamiento, he pasado por la mayoría de cosas que narras y las mismas dudas.
Excelente reportaje, completo y abarcado desde distintas aristas.
Muchas gracias por este excelente reportaje. Justo estoy en la disyuntiva de usar estos medicamentos o no.