El ITESO distingue la vocación de enseñar
Diana Alonso – Edición 515

Modesto Aceves, profesor del Departamento de Hábitat y Desarrollo Urbano (DHDU), así como Minerva Ochoa y Adelina Ruiz, profesoras del Departamento de Lenguas (DL), relatan cómo la docencia se convirtió en una vocación marcada por el acompañamiento y el aprendizaje mutuos
Como cada año, en el marco del Día del Maestro, la Universidad entregó el reconocimiento de Numerario a tres docentes, una distinción que honra trayectorias marcadas por el compromiso con la formación, el conocimiento y las Orientaciones Fundamentales del ITESO.
La vocación de acompañar
Eurídice Minerva Ochoa Villanueva cree que su vocación como docente se forjó en la infancia, en un hogar donde leer y escribir eran actividades muy valoradas. No es casualidad que sus nombres coincidan con los de personajes de la mitología clásica, (ninfa y diosa, respectivamente). “No teníamos muchos, pero los libros eran algo que se atesoraba”, dice.
Recuerda la primera vez que ayudó a alguien a leer y escribir. “Ella tenía seis años y yo diez”, cuenta. Aquella niña, cuya lengua materna no era el español, enfrentaba muchas dificultades y tenía miedo a equivocarse. Sin embargo, cuando Minerva le explicaba, surgía la confianza. Ahí comprendió que aprender es un proceso que requiere acompañamiento y que enseñar implica ponerse al lado de quien aprende.
Estudió la licenciatura en Letras Hispánicas y la maestría en Lingüística Aplicada en la Universidad de Guadalajara (UdeG). Durante ese periodo conoció a un grupo de jóvenes que llamaron su atención. “Me gustaba mucho su forma de pensar y la manera en la que afrontaban la vida. Ahora entiendo que hacían un trabajo de discernimiento”. Todos eran egresados del ITESO y Minerva tuvo claro que quería formar parte de esa comunidad, a la que ingresó en 2001 como profesora de Comunicación Escrita. Desde entonces, ha entendido la docencia como una profesión marcada por la incertidumbre: “No sabemos cómo vienen los grupos, las generaciones van cambiando, los programas se actualizan y el conocimiento se modifica”. Ese dinamismo es, precisamente, una de las dimensiones que más disfruta. “Dentro de toda esta riqueza, poder acompañar de manera adecuada para que alcancen los objetivos por su propio camino es uno de los retos más interesantes”, afirma.
Continuó su formación con una especialidad en Ciencias Sociales en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) y obtuvo el doctorado en Ciencias de la Educación en la Universidad de Santander. Actualmente es profesora del Departamento de Lenguas del ITESO (DL), donde imparte asignaturas vinculadas con la comunicación y la formación lingüística universitaria, y también del Instituto Superior Intercultural Ayuuk, en Oaxaca.
Al mirar hacia atrás, reconoce que siempre tuvo la certeza de querer ser profesora, pero admite que hubo algo que no anticipó: “No sabía que mis estudiantes iban a aportarle tanto sentido y significado a mi vida; que el ITESO se iba a convertir en otra casa, y mis compañeras, compañeros, en una segunda familia”.
“Construir con otros es lo que hace la diferencia”
Adelina Ruiz siempre tuvo la certeza de que se convertiría en maestra. Lo único que no tenía claro era qué iba a enseñar. Resolvió su duda en secundaria, cuando empezó a dar clases de inglés a su hermano y a sus amigos. Así dio los primeros pasos de su trayectoria profesional.
Estudió Psicología Social en la Universidad de Occidente, en Los Mochis, Sinaloa, y desde su segundo año de carrera comenzó a dar clases de inglés en un instituto particular. “Tenía como 20 años. Mis primeros grupos fueron de niños pequeños”, recuerda. Después, tras concluir la licenciatura, se mudó a Guadalajara. Conoció el ITESO al asistir a un concierto. “Dije: ‘Ay, qué bonito, estaría padre tener un pretexto para regresar’”, recuerda. El pretexto llegó después de concluir la Maestría en Enseñanza de Inglés en la Universidad de Nottingham, Reino Unido, cuando una invitación la llevó a integrarse al programa de inglés de la Universidad.
Para ella, enseñar va mucho más allá de transmitir contenidos: implica ayudar a que las personas encuentren sentido a lo que aprenden, se apropien del conocimiento y se reconozcan en el proceso. “No das clases sólo para que alguien aprenda el presente perfecto, das clases para ayudarle a la persona a encontrarse”, señala.
Por otra parte, trabajar con profesores le permitió dimensionar la trascendencia de la enseñanza. “Cuando trabajas con docentes, lo que logras se magnifica. El reto de ayudarle a la persona a ver su labor desde otra perspectiva es muy bonito”, dice. En esta labor ha colaborado en proyectos institucionales y programas de formación enfocados en el desarrollo de la autonomía en el aprendizaje.
Comparte que una de las mayores recompensas de su vocación es reencontrarse con sus estudiantes. “Hay una frase que dice: ‘It takes a village to raise a child’ (‘Para criar a un niño se necesita una aldea’). Creo que he sido parte de esa aldea que ha ayudado a criar a muchos”, dice.
“Descubrir en sus ojos el asombro”
Modesto Aceves conoció el compromiso social desde joven. Su paso por colegios maristas lo acercó a realidades marcadas por la vulnerabilidad y definió su manera de entender tanto la formación académica como el ejercicio profesional. Por eso, cuando eligió estudiar Arquitectura, encontró en el ITESO un espacio afín a esos principios.
“En algún momento de mi vida dije que no iba a dar clases nunca”, recuerda con una sonrisa. Sin embargo, poco después de egresar de la Maestría en Restauración de Sitios y Monumentos de la Universidad de Guanajuato (ug), fue invitado por el profesor Francisco Belgodere a impartir clases en el ITESO, principalmente de Historia de la Arquitectura. Era 1995 y su profesión tomó un rumbo inesperado. “Me gustó muchísimo la experiencia y ver que algo que a mí me emocionaba también entusiasmaba a los jóvenes”, comparte.
Su pasión por la historia parte de la convicción de que esta permite comprender los patrones del comportamiento humano a lo largo del tiempo. “Algunos dicen que la historia es un péndulo. Yo la veo más como una espiral en la que siempre pasamos por un mismo eje”, explica. Para él, estudiar historia es una herramienta para entender el presente y prever el futuro.
En cuanto a la docencia, afirma: “Lo que más disfruto de ser profesor es aprender de los alumnos. […] Cuando les empiezas a platicar las cosas y descubres en sus ojos el asombro”. La clave, dice, está en lograr que el alumno encuentre sentido a lo que aprende. La distinción como profesor numerario, concluye, es un compromiso para seguir dando lo mejor de sí. “Me parece muy significativo que te reconozcan por algo que disfrutas, porque uno viene a dar las clases por gusto, por vocación”.