Construir horizontes comunes nos hace humanos: José Funes, SJ

Construir horizontes comunes nos hace humanos: José Funes, SJ

– Edición 516

Foto: Zyan André

El exdirector del Observatorio Vaticano visitó el ITESO para hablar acerca de sus exploraciones de territorios desconocidos, primero en el espacio exterior y ahora en la inteligencia artificial. Ante la incertidumbre, su visión cosmológica y religiosa bien puede brindar una guía

Ante la pregunta acerca de qué es, si astrónomo o sacerdote, José Gabriel Funes responde que es jesuita. “Típica respuesta jesuita”, bromea el argentino, pero sostiene su afirmación porque asegura que los Ejercicios Espirituales de san Ignacio lo han entrenado para hallar a Dios en todas las cosas. En la oración, en la observación del universo, en el análisis de la inteligencia artificial y hasta cuando juega futbol o ve una película. Así es como sus múltiples identidades le han permitido tender puentes entre Dios y la humanidad.

Tal vez por eso no ha tenido dificultades para impulsar el diálogo entre la posibilidad de la vida extraterrestre y la fe cristiana. Sus estudios en Astronomía por la Universidad Nacional de Córdoba lo llevaron a integrarse al Observatorio Vaticano como investigador en el año 2000. Luego, en 2006, el papa Benedicto XVI lo nombró director de esta institución, en la que permaneció hasta 2015.

Aun después de esa misión, sus estudios tienen un enfoque cósmico, enmarcado en lo que llama la Big History, para tratar de entender el origen del universo, la formación de planetas, de vida inteligente y de sociedades como un continuum. “Es la historia social del universo”, explica.

Foto: Pexels.

Uno de los últimos hitos en esa historia es la adopción de la inteligencia artificial (IA). Funes también se ha aproximado a ella en disertaciones, pero su propuesta va menos hacia lo técnico y más hacia las preguntas filosóficas, éticas y antropológicas sobre el tema. Se pregunta por la naturaleza de lo humano frente a la tecnología y si esta puede ayudarnos a comprender mejor lo que somos.

Este verano, el jesuita regresó al ITESO tras su última visita en 2013, esta vez para reflexionar en torno a la IA en medio de un clima de incertidumbre. Reconoce que la humanidad no puede darse el lujo de frenar la tecnología para reflexionar acerca de su impacto, sino que debe orientar su uso para el bien común al mismo tiempo que la tecnología avanza. Como lo ha hecho en la astronomía, su aproximación al tema evidencia la necesidad de una visión cosmológica que permita a la cultura humana sostenerse en sus cambiantes facetas.

¿De dónde viene tu interés por investigar temas que parecen antagónicos, como la ciencia y la religión, y ahora la tecnología frente a lo humano?

Aunque estos temas se han presentado como adversarios, esto ha cambiado. En los últimos 10 o 20 años las instituciones están sometidas a una crítica que a veces está injustificada. Muchas veces se critica a la institución de la Iglesia y a eso, de algún modo, estamos acostumbrados, pero últimamente también se ponen en tela de juicio los avances científicos, la astronomía, la astrofísica y otras ciencias.

Por ejemplo, cada vez se difunden más las ideas de los terraplanistas. Yo diría que eso nos atrasa no décadas, sino milenios, porque es una visión muy antigua de la humanidad. Un gran desafío que tenemos es promover el pensamiento crítico. Esto se hace promoviendo una buena educación, tanto en el aspecto científico y tecnológico como en el aspecto humano. Una universidad jesuita es el ambiente ideal para que podamos promover este diálogo entre ciencia y religión.

El escepticismo al que haces referencia tal vez sea comprensible a partir de los riesgos y abusos que posibilita la tecnología. Ante ese escenario ¿por qué sí ir más allá, en busca de lo nuevo?

Creo que los seres humanos somos exploradores por naturaleza. En mi caso, los astrónomos somos de algún modo exploradores del universo —aunque no viajamos a la Luna, esa es la diferencia con un astronauta; yo nunca tuve esa vocación, pero sí la curiosidad para explorar el universo.

En la Iglesia católica, entre los creyentes, se requiere que algunos seamos exploradores. ¿Qué significa eso? Ir a la frontera, identificar cuáles son estas fronteras entre la ciencia y la fe, entre lo humano y lo artificial, y también entre los problemas económicos y sociales.

Foto: Observatorio Astronómico Vaticano.

La encíclica Magnífica Humanitas, del papa León XIV se ha vuelto uno de los documentos más significativos para esa exploración. ¿De dónde viene la necesidad de reflexionar acerca de la tecnología entre quienes se dedican a la fe?

Una parte del contexto que puede pasar inadvertida es que el Papa actual tomó su nombre con la intención de seguir el pontificado de León XIII. Él fue quien publicó la primera encíclica social, que se da en el contexto de la Revolución Industrial. Algo que no es muy conocido acerca de León XIII, y que también nos ayuda a entender la misión de la Iglesia, es que él creó el Observatorio Vaticano tal como lo conocemos hoy. Lo fundó en 1981 para mostrar que la Iglesia no está contra el desarrollo científico, sino que lo promueve. Conviene recordar que en aquella época la Iglesia todavía era acusada de oscurantismo por el caso de Galileo Galilei. 

Hoy, el papa León XIV retoma esas enseñanzas sociales y las pone en el contexto de la inteligencia artificial, que es un desafío que tiene desde el comienzo de su pontificado. De hecho, el papa Francisco ya tenía el tema en el radar, y un año antes de su muerte fue invitado a participar en el foro G7, con los grandes poderosos de la Tierra, para hablar sobre inteligencia artificial. Entonces la Iglesia entiende que este es un tema crucial. 

¿A ti qué camino te llevó a estudiarlo?

Como astrónomo me he ocupado de la búsqueda de vida extraterrestre inteligente. Es un tema que aparece frecuentemente porque se descubren exoplanetas o, como hace poco, se observan asteroides que podrían ser una nave espacial. Yo llego al tema de la inteligencia artificial desde esa vía, desde la búsqueda de vida inteligente en nuestra galaxia. ¿Qué tienen en común estas dos búsquedas? En el fondo, las dos nos llevan a las mismas preguntas: ¿quiénes somos? ¿Qué es el Homo sapiens? ¿Qué somos? 

¿Qué ruta has tomado para contestar a esas preguntas?

En filosofía hablamos de horizontes de sentido. Yo estoy hablando desde un horizonte, desde mi experiencia como jesuita y astrónomo, y desde lo que entiendo de la inteligencia artificial. Las personas que escuchan lo que digo lo hacen desde su experiencia de sentido, desde sus estudios y su experiencia de vida, que no es la mía.

Hay un autor, el filósofo alemán Hans-Georg Gadamer, que habla de una fusión de horizontes. Significa que, con esperanza, de nuestras conversaciones puede surgir un nuevo horizonte que nos ayude a comprender mejor nuestra existencia. Con esa idea, yo me pregunto: ¿la IA tiene un horizonte de sentido?

Al trabajar con alumnos sobre este tema, cada vez resulta más claro que en este momento no es así. Los grandes modelos de lenguaje son lo que se llama lógicos estocásticos, modelos matemáticos que no son capaces de dar sentido a lo que responden: las personas somos quienes le damos sentido.

Foto: Observatorio Astronómico Vaticano.

Entonces, ¿cómo caracterizar esta tecnología para relacionarnos mejor con ella?

La filósofa Adela Cortina dice que la IA funciona como un espejo. Vemos en ella una visión de nosotros mismos que nos cautiva de la misma manera que le pasa a Narciso en el mito griego. Los sistemas de IA reflejan pensamientos, juicios y percepciones humanas, con todos nuestros problemas, prejuicios y egos.

Yo agregaría que la inteligencia artificial es más bien una inteligencia simulada. Simula, como sabemos, empatía. Jorge Luis Borges tiene El libro de los seres imaginarios, y ahí habla del dragón: dice que el dragón posee la capacidad de absorber muchas formas, pero estas son inescrutables. Los grandes modelos del lenguaje también tienen la capacidad de asumir muchas formas: pueden ser una inteligencia católica, agnóstica, atea, musulmana…

La simulación da pie a un riesgo antropomorfizador, es decir, tratar a la IA como una persona. Sería muy interesante explicar por qué saludamos o no a los modelos de lenguaje cuando empezamos un chat. Los niños de tres o cuatro años ya están delante de las pantallas de los celulares, posiblemente esa generación crezca con la inteligencia artificial incorporada en su modo de relacionarse. Es importante que se den cuenta de que no están tratando con una persona, sino con otro tipo de inteligencia.

El dragón, que es símbolo del poder y asume muchas formas, también aprende. Hay que entrenarlo, eso significa inculcarle objetivos.

Educación frente a la incertidumbre

Actualmente, José Funes, SJ, es profesor en la Universidad Católica de Córdoba (UCC), donde dicta las cátedras de Filosofía de la Naturaleza y Teología de la Creación. Ese ha sido un escenario ideal para experimentar, pues no duda en pedirle ayuda a Claude, Grok o ChatGPT para preparar las diapositivas de sus clases, ni tampoco en promover entre sus estudiantes el uso de herramientas similares. Eso convive con su incertidumbre respecto a los métodos de evaluación más adecuados para la época, los sesgos de los chatbots y la rigidez institucional para adaptarse a la realidad. Así como los cartógrafos medievales caracterizaban los peligros en los territorios desconocidos, Funes dice: “Aquí hay dragones” (en referencia al trabajo del autor sueco Olle Häggström), con la intención de permanecer alerta frente a los riesgos que la adopción de la IA tiene para las civilizaciones contemporáneas.

Parte del trabajo del jesuita está depositado en sus últimos libros, por ejemplo Pensar el futuro: una visión poliédrica, publicado en 2025 por la UCC. En esta compilación, Funes dirige el trabajo de distintos especialistas para analizar los desafíos que enfrenta la sociedad global, incluyendo el de la IA.

¿Qué es la visión poliédrica?

Ese subtítulo se inspira en el pensamiento del papa Francisco. Él decía que tenía un pensamiento poliédrico porque trataba de acercarse a un tema desde distintas facetas, distintas disciplinas. Eso es lo que intentamos al hacer el libro.

En ese trabajo yo escribí la introducción, que es “Una guía para tiempos acelerados”, y lo que digo es que debemos cuidar que los cambios tecnológicos que se produzcan puedan ser asimilados por la gente. El peligro es que, cuando un cambio es muy brusco, puede provocar daños, sobre todo a las personas más vulnerables que no tienen la preparación intelectual, cultural o económica para asimilarlos.

Foto: Observatorio Astronómico Vaticano.

¿Ese desafío de la asimilación no es algo que ya se había presentado con otros avances tecnológicos?

A mí sí me parece que nos encontramos frente a una revolución tecnológica que es distinta de las anteriores.

Los optimistas van a decir que este es otro cambio tecnológico que va a mejorar la calidad de vida. Seguramente en medicina habrá muchos avances; una prueba de eso es que la expectativa de vida de la población mundial ha mejorado con el paso del tiempo. Lo que nos tenemos que preguntar es: ¿quién paga el precio de estos cambios? ¿Va a ser una porción muy limitada de la humanidad la que va a tener acceso a mejor educación y salud, o es un bien que se va a compartir con los demás?

Uno de los temas que preocupan a León XIV desde el inicio de su pontificado es la paz: si la tecnología contribuye a la paz entre los pueblos y entre los países, o si simplemente hay un grupo muy selecto de empresarios que se van a beneficiar con ella.

¿Qué es lo que sí podemos hacer para construir el bien común con las herramientas tecnológicas disponibles?

Para responder a estos desafíos, un punto de partida es el de la educación. León XIV dice que, al menos en las universidades católicas, deberíamos ejercer una diaconía de la cultura. O sea, ofrecer en nuestras instituciones un espacio donde poder dialogar.

Yo hablo de la perspectiva argentina, pero me parece que hay algo común en muchos países y es que faltan espacios de diálogo, donde se pueda pensar en modo poliédrico y escuchar lo que piensa la otra persona antes de dar nuestra opinión. El papel que juega la educación ahí es crucial.

Como un elemento positivo, la inteligencia artificial se puede usar para colaborar, y entonces, tanto el docente como el alumno pueden valerse de estos instrumentos para mejorar sus procesos.

Hay que favorecer todo aquello que nos ayuda como humanidad, incluyendo la inteligencia artificial, que puede mejorar nuestra calidad de vida. Pero lo tenemos que hacer desde un horizonte crítico, teniendo en el fondo un horizonte de sentido, que es lo que nos da nuestra naturaleza de seres humanos. Desde el principio de los tiempos curamos heridas, había médicos y se incluía a las personas con discapacidad: eso es lo que nos muestran los restos arqueológicos. Ahora, ¿a qué tipo de seres humanos apuntamos a ser? ¿Vamos a ser peores o mejores que nuestros antepasados?

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MAGIS, año LXII, No. 517, septiembre de 2026, es una publicación electrónica mensual editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: José Israel Carranza Ramírez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Édgar Velasco, 1 de septiembre de 2026.

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