Circee Rangel: “Ahí está: ¡el teatro!”
Iván González Vega – Edición 514

Actriz, directora y maestra a lo largo de más de 30 años como artista de teatro, Rangel ha sido también profesora del ITESO por dos décadas; su trayectoria está caracterizada por la amplia diversidad de tareas, roles y personas con que se ha encontrado
La primera palabra en el currículum de Circee es “Mamá”. Tiene claro que eso no es convencional, pero no pretende enviarlo a una oficina de recursos humanos. Así se reconoce: mamá de su hijo Matías, pero también de muchos procesos teatrales, de muchos espectáculos y de muchos grupos.
Mamá también porque, como madres y padres de todo el mundo, nunca para de trabajar. Desde que empezó a hacer teatro, en 1989, ha tenido cientos de estudiantes en cursos y talleres por todo el país, de todas las edades. Ha montado su buena docena de espectáculos. Ha trabajado con gente transexual un sábado y luego con varones que cuestionan el machismo el domingo, para irse el lunes a colaborar con la Muestra Nacional de Teatro. Conduce un programa de radio desde hace más de diez años (Puro drama: domingos, 13:00 horas, Radio Universidad de Guadalajara, 104.3 FM). Por años trabajó en albergues con niñas, niñes y niños institucionalizados.
Y así fue parte del Sistema Nacional de Creadores. Recibió el Premio Irene Robledo 2015 por su labor con niñez institucionalizada, y el Galardón al Mérito Teatral de 2019. Fue parte de la dirección artística de la Muestra Nacional de Teatro en su edición 40. Y, además, ha dado clases en el ITESO desde 2006.
Ariadna Circee Rangel Franco nació en Ciudad de México en 1971, pero vive en Guadalajara desde 2003.
Tu currículum dice que eres chilanga-tapatía. ¿Cuándo te viniste a Guadalajara?
Es que me fui y vine; la primera vez, por el terremoto del 85. Terminé la secundaria allá, y luego ya me vine, y empecé a estudiar teatro. En la Universidad de Guadalajara, Teatro todavía era carrera técnica, de tres años, y yo estudiaba la prepa al mismo tiempo. Por eso entré a la Compañía de Teatro de la UdeG: el tercer año lo pasabas allí.
Me empezó a ir muy bien, porque la UdeG tenía todo. Tenía el teatro-casa, que era el Teatro Experimental de Jalisco; yo ahí nací: lo veo y es como mi útero, ¿sabes?, mi incubadora. Y teníamos sueldos fijos: entré muy rápidamente a la nómina. Teníamos vales de despensa, aguinaldo, primas vacacionales [se ríe], todo en regla. Además el director [Rafael Sandoval] me tenía en buena estima; afortunadamente, porque era muy acosador —yo he hablado abiertamente de las acusaciones contra él—. En fin: ya estaba en muy buenos personajes, pero me sentía muy poco formada. Entonces decidí irme a Ciudad de México y volver a empezar. Allí fue cuando me metí al Foro de la Ribera y a la Casa del Teatro.
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Los dos espacios del Distrito Federal que cita Circee son célebres centros de formación teatral para el México de los años ochenta y noventa, que por entonces era aún escaso en opciones especializadas fuera de la capital del país. El Foro de la Ribera, que con el nombre Foro Teatro Contemporáneo cerró en 2005, está vinculado a la figura del artista y maestro Ludwik Margules (1933-2006), mientras que Casa del Teatro está asociado a otro creador de la escena contemporánea, Luis de Tavira (1948). Ambos fueron sus profesores.

¿Después de eso ya te definías como actriz?
Fíjate que siempre fui del asunto del síndrome de la impostora: terminé de estudiar y todavía me metí a todos los talleres que podía. Ahí encontré la improvisación y luego encontré el cabaret.
Volví a Ciudad de México como en 1992; en 2003 me regresé otra vez a Guadalajara. Acá había gente que me conocía y me empezaron a llamar a trabajar. En 2004 escribí una obra para Beto Ruiz [actor], El otro beso, y la codirigí con él. Entonces fue cuando empecé a dirigir. Regresé a la Compañía de Teatro de la UdeG, cuando la dirigía Fausto Ramírez, quien trajo a Saúl Meléndez a dirigir Un hombre es un hombre y me llamaron para ser actriz.
Yo me estaba escapando del teatro. Me agarró una depresión tremenda; me vine a Guadalajara huyendo del caos, de esta competición extrema del gremio, encarnizada. Y aquí la ciudad, los compañeros, todo el entorno, fueron muy amables. Entonces dije: “Como que hace falta cabaret aquí”. Y metí Noches de cabaret, mi primer proyecto del Fonca, y lo gané, junto con Ana Francis Mor. Y entonces como que despegué, ¿sabes? Porque empecé a hacer impro también y fue cuando me traje a Omar [Argentino Galván, su profesor y colega en esta técnica].
Entonces me vio Ruth Rangel [académica ligada entonces al Centro de Promoción Cultural del ITESO] y me invitó a dar un taller de impro en Casa ITESO Clavigero. Luego me invitó a otro para un festival de comunicadores. Me fue superbién y planeamos hacerlo una asignatura. Todo eso fue en 2005, y ya en 2006 entré al ITESO a impartir Impro. Esa clase está cumpliendo 20 años.
¿La impro y el cabaret son las técnicas en las que te sientes más contenta?
Digamos que sí, pero siempre he tenido un pie en otros lados. Las utilizo cuando las necesito, porque son muy buenas herramientas. Ahorita tengo un grupo de cabaret de personas trans, por ejemplo, porque es a partir del cabaret que hemos encontrado que pueden desfogar todo lo que necesitan compartir.

¿Siempre supiste que el teatro iba a ser lo que te diera de comer?
Cuando era chiquita decía: “¡Ah, quiero ser actriz o maestra!”. Eso era lo que soñaba hacer, a eso jugaba. Y, bueno: pues lo soy. Ahorita soy las dos cosas, ¿no?
En algún momento, cuando estaba en la Compañía de la UdeG, yo me impuse que tenía que estudiar una carrera seria, lo que eso hubiera significado. Vivo por Belenes: “Ah, pues como que Turismo en el CUCEA se oye fácil”. Me inscribí, fui a ver las listas y me enojé mucho de haber salido. Cursé como tres semestres, pero fui absolutamente infeliz.
Ya en Ciudad de México, cuando estaba estudiando con Margules, metí papeles en la UNAM para estudiar Letras Hispánicas. Y salí también, y estudié varios semestres, pero eso sí me gustaba. No terminé porque me vine a Guadalajara.
¿Cómo opinas que uno debería describirte: actriz, directora, profesora?
Es difícil responderlo. En mi currículum, por ejemplo, yo pongo por delante “mamá”. Es un posicionamiento político. Pero luego me doy cuenta de cosas. El domingo estaba ensayando con mis chicas trans y alguien dijo: “Es que sí, usted es nuestra mamá”. Y es algo muy recurrente en mis equipos. Como que se me facilita maternar.
Pensando en los roles escénicos, pues ahorita soy más directora que actriz, aunque mi corazoncito está más sobre la escena. Actúo con Espantapájaros, pero es que no es fácil estar arriba y abajo al mismo tiempo. Y en algún momento se dio mucho el asunto de estar al frente de los grupos. Me es muy fácil jalar a la gente y que me sigan y digan: “¡Sí, vamos!”, alegremente.

Cuando Circee dirige teatro, suele parir montajes que viajan, que tienen larga vida y que buscan a un público que para ella es prioritario: niñas, niñes, niños y sus familias. Espantapájaros, por ejemplo, es un espectáculo que la directora y sus compañeros en el grupo La Valentina Teatro montaron en 2021 y que sigue activo. Basado en un texto de la dramaturga mexicana Maribel Carrasco, presenta a un par de niños reclutados como soldados. Lo desarrollaron como un montaje para la calle, para llegar a canchas, salones o conchas acústicas de colonias y barrios. Pero también lo presentan en foros de teatro, mexicanos y colombianos.
La Valentina es, hoy, una de las casas principales para el trabajo de Circee. Otra obra que la agrupación mantiene activa es la que le dio el nombre: Valentina y la sombra del Diablo, sobre un texto de la mexicana Verónica Maldonado y pensado para hablar del abuso sexual contra niñas y niños. Ha dado más de 200 funciones desde su estreno en 2010.
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¿Cuál de las tareas que haces en el teatro es la que más te demanda? Eres conductora de radio, tienes un grupo aquí y otro allá, trabajas con niñes…
Es que es muy difícil, porque tengo el gran privilegio de no hacer algo que no me guste. Mientras estudiaba en Ciudad de México vendí galletas, vendí tóperes, fui modelo para pintores. Pero siempre pensaba: todo lo que hago en el teatro me gusta mucho. Aun lo que menos me gusta, que es la gestión o la producción —en este periodo del año, en que hay que llenar convocatorias, lo que más hago es estar metiendo y metiendo carpetas—, hasta eso lo estoy disfrutando.
¿Cuál es el tipo de teatro que más te interesa hacer?
Dos cosas. La primera es que me gusta mucho observar qué es lo que está pasando en el mundo e incidir desde las temáticas que más me incomodan. Tengo la fortuna de tener varias maneras de compartir eso: el cabaret, textos bien escritos por dramaturgas, hasta el biodrama y la improvisación. De muchas maneras puedo asirme. Eso me apasiona muchísimo.
Por otro lado, el teatro con comunidades: con personas que no se dedican a hacer teatro profesionalmente, pero a quienes las herramientas teatrales les sirven, y en esa transformación que va teniendo la gente encuentro muchas satisfacciones. De tal manera que me acerco a la niñez que ha sido violentada, y ahí está el teatro. O me acerco a mis chicas trans, y ahí está el teatro. He trabajado con hombres, con mujeres mayores, y ahí está: ¡el teatro!
Mucha gente del gremio entiende que el teatro es útil para grupos de personas muy diversos, pero un ciudadano común quizá no se lo imagina. ¿Tú podrías explicárselo?
A mí me gusta compartir que a muchas personas el teatro nos ha cambiado la vida. Tiene muchos principios que hacen que las personas se encuentren consigo mismas, con sus cuerpos, con otros, en un espacio en el que todos somos iguales. Y ese encuentro es maravilloso. Las herramientas del teatro nos permiten acercarnos a nuestra propia humanidad. Eso no le cae mal a nadie, ¿no?
En un momento en que la humanidad está tan escindida de sí misma, tan alejada, en que podemos estar viendo un genocidio en vivo, se vuelve todavía más preciso encontrar este tipo de espacios en los que nos podemos reír, abrazar, quitar los miedos que tenemos, por una violencia que hace que estemos todo el tiempo cuidándonos de los demás. Encontrar un espacio en el que me siento bien y donde sé que voy a estar bien con otras personas, y me voy a sorprender de lo que mi cuerpo, mi corazón y mi intelecto pueden hacer. Todos tenemos esa conciencia de cómo está el mundo; acá, en cambio, ves un espacio donde estamos resistiendo a esa barbarie, a toda esa violencia y deshumanización. Es un espacio para luchar por volver a ser humanos.
Yo he luchado mucho por que todos los cuerpos sean dignos, y cuando he trabajado con personas con discapacidades, o con personas cuyos cuerpos responden diferente por la edad, compruebo cómo todos los cuerpos son escénicos. También me sirve para despedirme de la idea, que me enseñaron en algún momento, de que sólo los cuerpos perfectos podían estar en escena. Yo pasé muchos años de bulimia, por ser más delgada. Ahora, cuando he trabajado con muchos tipos de cuerpos y de corporalidades, de capacidades o discapacidades, me doy cuenta de la maravilla que es el ser humano. He estado muy alegre de acercarme al teatro desde el afecto, desde la ternura y el amor, y no desde la humillación, los gritos y una disciplina malentendida.

¿Qué te deja la experiencia de 20 años como profesora?
Siento que he crecido con el ITESO. No doy las mismas clases, aunque sea la misma materia. Aquí me he encontrado con las personas con discapacidad, con las neurodivergencias y con problemas de salud mental cada vez más frecuentes. He venido acompañando a esa juventud desde hace 20 años y he visto los cambios; me enojan mucho estos motes como el de “generación de cristal”, porque, conviviendo con ellos y ellas, te das cuenta de que se están defendiendo como pueden de este pinche mundo que les estamos dejando. ¿Pues qué esperábamos?
Así como mi vida, que ando saltando de una cosa a otra, también tengo muchas inquietudes como profesora. Por eso soy agradecida, porque siempre he tenido libertad de cátedra. Tengo estudiantes, y es lo que más me satisface, que se convirtieron en mis compañeros, porque decidieron abrazar la profesión, y algunos son ya mis maestros también.
¿Qué lugar te gustaría que ocupara el teatro en el ITESO?
Mi maestro Luis de Tavira fue jesuita; con él estuve haciendo un libro de dramaturgia actoral, que luego nunca salió; cuando vine a esta universidad, todo me fue muy afín por aquel trabajo. A mí me extraña mucho que en el ITESO no se aproveche más el teatro.
¿Qué te gustaría ver?
Una de las cosas que quisiera es llegar a diferentes lugares, lejos de Guadalajara, porque en todos lados se hace teatro. Y aquí, el año pasado, por ejemplo, me tocó dirigir una pastorela con las personas de Servicios Generales. En algún momento que tuvimos un taller de teatro y se abrió a la comunidad, fue maravilloso porque hubo maestros, personal administrativo, egresados, jubilados. Creo que el teatro podría ser para el ITESO una manera de hacer comunidad distinta a la académica. Podríamos aprovechar algo que es inherente a la formación jesuita de toda la vida.
¿Qué es lo más importante en este momento de tu vida profesional?
Híjole: pues, con todo y que soy muy feliz haciéndolo, lo más importante sería vivir del teatro, dignamente. Si hace casi 40 años me hubiera quedado en la Compañía de la UdeG, ahorita ya estaría jubilada, ¿no? Tiene que ver con muchas cosas: con concepciones del mundo en las que el teatro y el arte fueran más importantes. Los hacemos menos porque sus beneficios no son tan tangibles; y luego, como hacerlos nos gusta, no nos importa que no nos paguen lo adecuado, y se aprovechan de eso.
La precariedad laboral es una de las cosas que más nos duelen. Yo digo que malvivo del teatro, porque todo lo que hago tiene que ver con él. Hay muchos compañeros y compañeras que tienen que poner su cabeza en una cosa distinta a la que su corazón quiere.

¿Cómo te sientes tras una trayectoria que ha pasado por tantos modos de trabajar?
Pienso que me interesan cosas que son muy visibles. Estoy armando un proyecto con la obra Incendios, de Wajdi Mouawad [escritor, director y dramaturgo canadiense de origen libanés], y ayer volvieron a bombardear Líbano. Pero, al mismo tiempo, también estoy proponiendo volver a trabajar con niñez institucionalizada, con hombres, con mis chicas trans, y digo: pues es que puede sonar muy enloquecido, como que salto de una cosa a otra, pero, en mi corazón, lo siento muy consecuente. Es esto que te decía, he tenido el privilegio de no hacer cosas que no me gustan. Se me presentó la oportunidad de trabajar con personas trans y dije “Sí, vamos a hacerlo”, y me dio terror todo lo que pasan, pero construimos y nos volvimos familia. Esos entusiasmos primeros se van haciendo unas bolas de nieve gigantes que me aplastan y ya no tengo más que seguir rodando, con eso y con todo lo que estoy haciendo. Las mujeres mayores me tienen fascinada; invité a mi mamá al grupo, y está fascinada también. Me subí a escena con mi hijo, que es músico, y cuando me cayó el veinte dije: “Yo ya me puedo morir mañana”. Y todos los días digo lo mismo. Estoy satisfecha de todo lo que he hecho. He dado lo mejor que he podido. No me he quedado con ganas de nada. Y ahora vengo a este salón y cuando se van las estudiantes me dicen: “Estuvo chida la clase, maestra”. ¿Pues qué más quiero? ¿No? Pero es que siempre quiero más.