Antonio Ortuño: escribir y acompañar a escribir

Antonio Ortuño: escribir y acompañar a escribir

– Edición 513

Foto: Paula Islas / FIL Guadalajara.

Una de las voces más sobresalientes del panorama literario latinoamericano, Ortuño es también un profesor que ha puesto su experiencia al alcance de quienes quieren escribir en el Programa de Creación Literaria ITESO. Aquí conversa acerca de la enseñanza de la literatura, el interés en las letras y su más reciente novela, El amigo muerto

Para Antonio Ortuño, escribir es poner algo donde no había nada: por ende, se asemeja a un acto casi demiúrgico. Somos seres omnipotentes ante la página en blanco, dueños del destino de los personajes que por ahí deambulan.

La cosa cambia un poco cuando esta entrevista es pausada porque Laika, su perra mestiza y adoptada, a la que ya le escribió alguna vez una “autobiografía”, rasca la puerta de su estudio para entrar. Su mascota lo regresa al reino de los mortales y le recuerda su humanidad: no hay cosa más terrenal que acariciar pelos y servir croquetas.

A sus casi 50 años, que cumple este año, Ortuño es creador y editor de sí mismo a la vez. En 2026, cuando se conmemoran dos décadas de su primera novela publicada, El buscador de cabezas (Joaquín Mortiz, 2006 / Tusquets 2017), se encuentra promocionando El amigo muerto (Planeta, 2025), el primer manuscrito que completó, cuando tenía 18 años, y que revisitó con la mirada de un autor maduro para llenar huecos y reacomodar una historia de corte juvenil.

Pero también acompaña procesos de escritura creativa, como docente del módulo de novela en el Diplomado de Creación Literaria del ITESO, que está por abrir nueva convocatoria.

El autor de La Armada Invencible (Seix Barral, 2022) conversa acerca de lo que representa el acto solitario, íntimo y obsesivo de escribir, y el hecho de llevar ese proceso a la socialización de un grupo o taller, a fin de responder a la pregunta: ¿es posible enseñar a escribir literatura? También acerca del rol que aún sigue jugando la literatura en nuestras vidas y cómo se manifiesta en los tiempos recientes.

Foto: Gilberto Torres / FIL Guadalajara.

Me gustaría hacerte una pregunta casi filosófica: ¿qué lugar crees que sigue ocupando la literatura en el mundo, teniendo en cuenta que ahora tenemos mil y una formas de distraernos y ocuparnos?

Hay una posible respuesta doble ahí: la literatura, la escritura vital de los pensamientos, de la experiencia, de la memoria, de las ideas, de la imaginación, ha acompañado a la especie desde hace miles de años. Yo no creo que esté desapareciendo; lo que sucede es que se transforma: comenzó escribiéndose en piedra, en las paredes, y de ahí se avanzó a los papiros y a los pergaminos, y muchos siglos después surgió la imprenta. Los medios van cambiando, pero no cambia y no desaparece la necesidad de registrar y tratar de comprender el mundo mediante el lenguaje. Yo diría que, en el caso específicamente de la narrativa, muchas de las transformaciones en los medios y en las plataformas en las que se difunden las historias fortalecen las propias tradiciones narrativas.

¿En qué sentido?

A principios de este siglo había un grupo de críticos obsesionados en decir que la narrativa estaba muriendo, y luego vino el boom de las series de televisión y a todo el mundo se le cayó ese argumento. Las historias siguen apasionando a las personas y estructurando el día a día de muchísima gente. Es cierto que los libros impresos, con los que asociamos a la literatura, parecen estar siendo desplazados desde muchos frentes. Para mí, sería imposible pensar en una vida sin ellos, y creo que eso les pasa a muchos. Quizá no sean el objeto de deseo de muchos jóvenes, pero lo cierto es que tampoco se está apartando la gente salvajemente. Hay narrativa en los videojuegos, en el cine, en la televisión, en las redes sociales —que son tremendamente narrativas—. Todo nuestro sistema operativo como humanos se refiere a las historias y eso no va a desaparecer nunca. No creo que la literatura se vaya a convertir en una pieza de museo: se ha adaptado muchas veces. No temo por el futuro de la literatura.

Digamos, entonces, que estamos a salvo de aquella distopía de bomberos que queman libros

Creo en aquello que decía Mijaíl Bulgákov: los manuscritos no arden, algo se salva siempre del fuego. Se han perdido muchos libros, pero lo que termina sucediendo es que hay una sobreoferta enorme: es imposible leer todo lo que aparece. Más de 90 por ciento de los libros no venden más de 20 o 30 ejemplares. Si aspiras a ser leído, hay que tratar de tener las mejores historias, pero tampoco creo que la literatura se pueda juzgar por el número de personas que la consumen: no es el Billboard ni Los 40 Principales; siempre se ha mantenido como una especie de tradición en segundo plano, pero que es muy importante en la discusión de las ideas. La gente que lee y escribe termina siendo el mejor testigo del paso de los siglos, y si sabemos todo lo que sabemos, fuera de la arqueología y de las pruebas científicas, acerca de los siglos pasados, pues se debe a la literatura.

Sé que llevas tiempo acompañando procesos de escritura de otras personas, y lo haces ahora en el ITESO. ¿Qué te ha enseñado esta experiencia?

La creación suele ser algo muy personal, incluso algo que podríamos considerar íntimo, por el tipo de temáticas y por la relación que establece uno con lo que escribe. La apuesta, más que enseñarle a la gente a escribir, tiene que ver con acompañar, pero de una manera rigurosa, inteligente y propositiva, y convertirse en un retroalimentador del trabajo, tanto de quien comienza en la escritura, como de quien ya tiene algunos textos o proyectos terminados pero quiere seguir afinándolos.

Tanto la escritura como la lectura son algo que se hace en soledad, pero uno de los problemas con los que se encuentra la gente al comenzar es que no tiene quien la lea, y recurrimos a los amigos, a la familia, sean o no lectores, y en muchas ocasiones quizás no sean los más apropiados para el trabajo de quien está comenzando. Se trata de conectar con lectores rigurosos y serios, que puedan ayudar. Con lo que yo me quedo de las experiencias relacionadas con los talleres y las tutorías es con esa posibilidad de convertirse en un interlocutor cercano.

Klaudia Piaskowska / Unsplash.

¿Cuáles crees que son los errores más comunes con que llegan quienes quieren escribir narrativa?

Hay gente con grandes necesidades expresivas, con historias que contar; por otra parte, hay gente que viene de campos de conocimiento distintos al de la literatura, con mucha experiencia, a lo mejor, en ingeniería, o que son médicos o están estudiando comunicación audiovisual. Es un abanico amplio de personas que, en muchas ocasiones, encuentran dificultades al querer convertir en texto sus experiencias, sus vivencias o sus memorias, o también lo que surge de su imaginación. No se nace sabiendo escribir literatura: aunque uno lea toda su vida, no es tan sencillo sentarse y escribir un texto literario bien armado, eficaz. En el momento en que las personas comienzan a escribir se encuentran con mil y una dificultades, y sin el acompañamiento es muy fácil que venga la frustración, por ejemplo al ver que no pasas de uno o dos párrafos, que ya no sabes cómo hilar lo siguiente, ni cómo plantearlo, o cómo seleccionar el punto de vista, y terminas abandonando la escritura.

Hay otro nivel de dificultad que es el de la socialización de los proyectos de quien ya tiene ciertas horas de vuelo, que incluso ya ha publicado algún relato o tiene un proyecto de novela avanzado, o alguna autopublicación en algún sello menor, pero que no ha tenido una gran exposición, y se acerca en busca de caminos para socializar efectivamente sus textos, para encontrar lectores y vincularse de alguna manera con gente del medio.

Se dice que un buen escritor necesariamente tendría que ser un buen lector. ¿Cómo incorporas los procesos de lecturas y análisis de obras dentro del aula? ¿O te interesa más tallar el lápiz?

En el diplomado tengo a mi cargo el taller de novela. Hay una parte de teoría de la novela que lleva Martín Solares, de manera que se complementan ambas cosas. De la misma forma, en el módulo de cuento, Laura Baeza lleva la parte teórica y Eduardo Antonio Parra la parte del taller. A fin de cuentas, ambas cosas son necesarias: por un lado, la reflexión, el estudio crítico y analítico de obras, de trayectorias, de estilos, de recursos literarios; y, por otra parte más aterrizada, que tiene que ver ya con el trabajo directo, con lo que escriben los asistentes. Yo me aboco más a ese trabajo y es el que más disfruto.

Una de las filosofías de este diplomado es que cada obra es singular, cada uno trata de escribir cosas distintas, no hay un único método correcto. No somos profesores que tienen la regla en la mano para decirles: “Así no se escribe tal cosa”. Mientras más variedad de proyectos exista, más se enriquece el trabajo de todos. Puedes pasar tanto a autores contemporáneos de terror como a autores realistas del siglo xix, a quienes están experimentando con la fantasía, en literaturas alejadas del canon latinoamericano como la asiática, o al mismo tiempo abordar el memorialismo.

Muchas personas llegarán a este diplomado con el deseo de publicar pronto y de encontrar una voz propia. ¿Cómo se pueden equilibrar estas expectativas con la realidad de un oficio que no es sencillo?

Sí, es cierto, yo diría que más de un tercio o quizá hasta la mitad de los participantes tienen inquietudes concretas acerca del medio editorial, cómo funciona y cómo se pueden sumar, cómo presentar manuscritos para los concursos, cómo solicitar becas y apoyos para la creación. El primer punto en que hago énfasis es la honestidad propia, saber qué es lo que uno espera de esa escritura, porque es igual de válido que alguien entre a uno de estos talleres por curiosidad, para aprender más de lo que sabía o volverse mejor lector. Una vez que uno pondera las dificultades de la escritura, se empieza a capacitar para apreciar mejor lo que lo que lee, ser un lector más agudo y técnico, no dejarse llevar solamente por el capotazo de la trama, del estilo, sino ir un poco más allá. Borges decía que a él le parecía mucho más cívico el ejercicio de la lectura que el de la propia escritura.

Pero es igual de válido tener ambiciones expresivas, querer convertirse en escritor, formar una obra, tener una trayectoria, y uno debe ser capaz de acompañar ese proceso, de quitarle a la creación este velo sagrado y misterioso que a veces se le pone en los talleres, como si todos los creadores fueran una especie de sacerdotes o sacerdotisas de lo oculto y fuera una vulgaridad hablar de la socialización y la publicación del trabajo.

Alan Chen / Unsplash.

¿Del ITESO han salido ya algunas plumas que lleven su trabajo más allá del aula?

El año pasado se inauguró el diplomado y tuvimos a la primera generación que estuvo estudiando a lo largo de todo 2025; ahora, con apoyo del ITESO, se está integrando una antología con sus trabajos. Para la mayoría será la primera publicación que hagan y en este caso se les aportará el trabajo editorial, que su manuscrito sea revisado pensando en la puesta en página. El objetivo es que se pueda presentar esta primera antología en la próxima Feria Internacional del Libro. Tenemos a una alumna, la primera de las egresadas de este diplomado, cuyo libro ya va a ser publicado. Esto debe ser uno de los atractivos de todos los talleres, que quienes los imparten puedan hablar con claridad, los puedan orientar. Yo entiendo que para mucha gente pueda resultar casi una grosería hablar del mercado editorial como si estuviéramos profanando el templo de las musas, pero la infinita mayoría de lecturas que uno conoce es porque esos autores fueron publicados en alguna parte. Nadie es telépata para saber qué yace en el disco duro de los demás, y un autor, cuando está seguro de su trabajo y tiene esa necesidad expresiva, desde luego quiere que lo lean.

s allá de las cuestiones técnicas, que tienen que ver con la estructura, el ritmo o el estilo, ¿qué te interesa transmitirle a un estudiante?

Mi trabajo se centra en que descubra o reafirme quién es como escritor, cuál es su proyecto, cuáles sus singularidades y sus objetivos en la escritura, y que se ponga en el mejor camino. Yo no me formé en talleres, solamente me leía a mí mismo, basado en mis propias lecturas y en la prueba y el error. Entre mi adolescencia y los casi 30 años, cuando publiqué por primera vez un libro, prácticamente no tuve más lector que yo, más allá de algunos amigos abnegados, hasta que ya decidí que tenía un manuscrito lo suficientemente bueno y lo presenté a editoriales, y se publicó (El buscador de cabezas).

Pienso que, si hubiera tenido un acompañamiento, me habría evitado muchas etapas y habría podido tener un manuscrito digno de ser publicado muchos años antes, porque hay cosas que cuesta trabajo y tiempo descubrir solo, e incluso después de haber publicado dos o tres libros.

Trama oscura y juvenil

List, un chico de 18 años, atraviesa un mal momento en su vida al terminar la preparatoria, pues no salió en listas en la universidad, de manera que tuvo que encontrar un trabajo mal pagado en una papelería. Una noche recibe un mensaje que lo inquieta: es Carlos, un amigo que meses antes murió por una bala perdida en un tiroteo en el mercado en donde su familia tenía un puesto.

A partir de esa irrupción sobrenatural, List comienza una indagación, acompañado por un grupo de amigos que no son detectives ni policías, sino que simplemente quieren saber qué demonios pasa. Este es el argumento central de El amigo muerto, la última novela de Ortuño, una trama oscura que involucra piratería, redes siniestras y los problemas acumulados de crecer y ser joven en una sociedad de muchos contrastes.

Hablemos un poco de El amigo muerto. Tengo entendido que es un manuscrito anterior a tu primera novela

Yo escribí El amigo muerto, o comencé a escribirla, cuando tenía 18 años, en 1994, hace 32 años. Escribía cuentos desde muy pequeño; siempre tuve, no sé si esa facilidad, pero sí al menos la vocación para hacerlo. En la adolescencia empecé a experimentar con la novela. La idea original de El amigo fue el primer intento al que logré ponerle punto final. Tuve un par de intentos anteriores que se quedaron truncos porque cambiaba de intenciones, o no me gustaba, o me entusiasmaba más otra idea y los abandoné. Yo hago mucho hincapié, en los talleres, en que es diferente tener un manuscrito completo a tener un manuscrito listo.

Sentía que, para que fuera realmente un libro, sobre todo en cuanto a sapiencia narrativa y literaria, a esa historia y a esos personajes que me gustaban les faltaba mucho trabajo. Casi 15 años después, una editorial me invitó y me ofrecieron un muy buen trato para un manuscrito destinado a lo que ahora llaman jóvenes adultos, y les mandé el manuscrito, les entusiasmó y decidieron publicarlo. La verdad fue un trato que acepté porque llevaba una hipoteca en los hombros que me pesaba como la losa al Pípila y tuve unas semanas para darle una revisión. Nunca quedé propiamente conforme con ese libro —que terminó publicándose con pseudónimo—, hasta que ahora decidí volver a él.

Bernardo De Niz / FIL Guadalajara

¿Cómo es el proceso de regresar a algo que escribiste a los 18 años, tres décadas después?

Es algo curioso, y lo quiero relacionar con el tema del que hemos estado hablando, acerca del acompañamiento literario a las obras en formación. Creo que el trabajo que hice al volver a ese manuscrito   —porque volví al manuscrito original, más que al que se publicó con pseudónimo—, fue dedicarme a ser más el editor que el autor del libro. Se había escrito por alguien muy joven que estaba descubriendo la novela, probando sus recursos narrativos, para caracterizar personajes, describir situaciones e hilarlas, para crear atmósferas y lugares.

Y eso fue lo que hice, claro, con 32 años de retraso, pero lo suficiente para que haya quedado muy contento con el libro, porque creo que suma dos cosas: por un lado, esa escritura enérgica y bastante irreverente e imprevista que puede tener un autor joven; por otro lado, varios decenios de experiencia acumulada y entendimiento de las estructuras y las funciones dentro de los relatos. Me convertí en el editor del escritor joven que fui.

¿Viviste alguna especie de nostalgia al irte reencontrando con estos personajes?

Hay cosas que uno puede echar de menos. Cuando escribí esto era un chamaco, tenía la edad de los personajes y escribía con mucha energía, pero también con mucha irresponsabilidad y desenfado. No tenía la menor idea de las dificultades en las que me metí al escribir algo así y lo que representaba sostener un texto de 200 páginas. Más que nostalgia, yo diría que uno entra en una suerte de estupor que produce el paso del tiempo: ya pasaron tantísimos años de ese momento y, además, 1994 fue un año en el que sucedieron muchas cosas: el levantamiento zapatista, la muerte de Colosio, la de Ruiz Massieu, el error de diciembre, se suicidó Kurt Cobain —que yo siempre he sido muy musical y roquero—… era toda una revolución, parecía que se movía el piso en todas direcciones; un año antes había sido el asesinato del cardenal de Guadalajara, estaba todo el mundo experimentando una serie de vuelcos salvajes, me sentía en una suerte de toro mecánico. Ha pasado tanto tiempo, y por otros motivos uno siente que sigue trepado ahí, las cosas nunca terminan de serenarse.

Programa de Creación Literaria ITESO

Diplomado en Creación Literaria: Cuento y Novela

Profesores: Antonio Ortuño, Laura Baeza, Martín Solares y Eduardo Antonio Parra.

Convocatoria abierta para la siguiente edición de este programa, que arrancará el 28 de mayo de 2026. Mayores informes en Diplomados ITESO, o en el teléfono 33 2796 9094, con Ana María Franco.

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MAGIS, año LXII, No. 515, julio de 2026, es una publicación electrónica mensual editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: José Israel Carranza Ramírez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Édgar Velasco, 1 de julio de 2026.

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