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Pare de sufrir (por el periodismo)

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Pare de sufrir (por el periodismo)
Pare de sufrir (por el periodismo)

“El periodismo es una profesión de riesgo”, había dicho el profesor Valdez, a quien sus alumnos de la escuela de comunicación apodaban el Loco. “Y el mayor peligro no es que te censuren o te amenacen sino que nadie intente siquiera cooptarte. Eso sí que es deprimente. Eso significa que no representas nada para los poderosos, que tu opinión no vale y que tus páginas editoriales sólo sirven para envolver pescado fresco”.

El grupo de terapia para periodistas había iniciado como un círculo de amigos que se emborrachaban para compartir los gajes del oficio. Poco a poco, los integrantes pasaron de las confesiones profesionales a las personales y de ahí de nuevo a las profesionales, pero en su variante más patológica: la del periodismo que afecta la vida personal.

“Es auténticamente terrible”, confesaba J.T., editor de una página de Espectáculos, Sociales y Cultura, “todo el tiempo veo mujeres que no puedo poseer. En las notas sociales es peor, porque se trata de chicas tan cercanas y a la vez tan inaccesibles, novias de jóvenes priistas y de futuros funcionarios; ricas, pedantes, cuyas miradas llegan a ser letales. Qué tragedia, en verdad, qué tragedia. La única parte que me reconforta es la de Cultura, donde todos son feos e inofensivos”.

El psicólogo Alavez nos escuchaba a todos con paciencia y fe. Había formado el grupo después de recibir algunas llamadas a la medianoche de correctores de estilo que no podían leer las recetas médicas sin encontrarles errores ortográficos.

“Yo soy reportera, aunque ahora ando desempleada”. Sonia había reporteado por cinco años antes de quedar en el limbo. “Ahora que no tengo trabajo, me he dado cuenta que viví demasiado tiempo entre funcionarios y compañeros del gremio, de una fuente a otra, de una rueda de prensa y al banderazo de un programa. ¿No saben lo que eso significa? ¡Que me he quedado sin vida social!”.

Sí, la recuerdo bien, en todo momento se quejaba de no tener tiempo libre; ahora que lo tenía, no sabía qué hacer con él.

“¡Exacto!” La palabra en este instante era de María Luisa, que había dado notas por ocho años, antes de terminar trabajando en el área de comunicación social de una dependencia. “Yo lo he sentido. Es una especie de… cómo explicarlo… ¡reporteropausia! Ésa es la palabra. Sientes que le has dado tus mejores años a un solo periódico, y luego éste no tiene empacho en darte una patada en el cuaderno de notas que guardas en el bolsillo trasero del pantalón y empezar a buscar reporteras jóvenes, que calmen sus ansias de noticias”.

“Claro, claro”, respondió de nuevo Sonia. “Como ya sospechas sus intenciones, empiezas a convertirte en una buena chica. Arreglas tus notas, buscas sinónimos, incluso ya no copias boletines, pero al maldito diario ya no le interesa eso, él sólo busca la novedad, el texto ocasional, los contratos por un mes”.

El doctor Alavez apuntaba todo en una libreta con una rapidez extraordinaria, sobre todo porque también él había trabajado de periodista en alguna etapa oscura de su vida.

“Déjenme entender”, intervino el psicólogo. “¿En la reporteropausia, el reportero entra en una depresión porque no se siente capaz de satisfacer al diario que lo ha mantenido por tantos años?”

“Sí”, respondió con prontitud Sonia.

“Pero es algo más complejo”. En esta ocasión, la voz era de Viridiana, quien estaba saliendo de una relación tormentosa con un medio. “Hay mucha inseguridad y dudas, sobre todo cuando te encadenas con un periódico, saliendo de la carrera. Tu mamá te dice: ‘Busca un diario estable, con muchos años de experiencia’, mientras tus amigas te aconsejan: ‘Lo mejor es probar, unos meses acá, unas semanas allá. Esto del free es lo de hoy’. Entonces la reportera entra en un conflicto, pero decide hacerle caso a su mamá. ¿Y qué sucede? Que el diario estable, maduro y de muchos años, después de mantenerte esclavizada por algún tiempo, te dice: ‘Nena, ya no siento que rindas lo mismo’ y ¡ni siquiera te indemniza!”.

Unos lloriqueos empezaron a escucharse. “¿Y la violencia, han hablado acaso de la violencia?” Ésta era Estela, que se secaba las lágrimas, mientras tomaba fuerzas para referirse a su propia experiencia. “¿Han hablado de nuestros ojos rojos de tanto tiempo en la computadora? Y ¡claro!, los moretones por andar cubriendo las protestas en el palacio de gobierno o los desalojos de vecinos invasores. Hace unas semanas la gente que tomó la Sagarpa casi me secuestra; estuve encerrada en el baño de mujeres por dos horas. Esas marcas quedan en la piel y no se borran en una semana”.

“Ven, mana, dame un abrazo”, dijo Sonia. “Siempre he dicho que abusas del standing cuando reporteas en la tele y que casi siempre tus descripciones arruinan las tomas, pero en esta ocasión déjame ser solidaria contigo”.

Las dos mujeres lloraron y se dijeron sus virtudes a la hora de escribir el párrafo inicial de una noticia. Yo miraba conmovido tantas muestras de cariño en el gremio, una forma de felicidad sólo comparable a recibir una canasta navideña del Congreso.

“Bueno, Eduardo, ¿tú qué tienes que contarnos?”.

Esperaba que este momento no llegara. No soy muy afecto a relatar mis intimidades ante otras personas, aun así hayan desnudado sus corazones entre suspiros y pañuelos desechables.

“Eh, mi problema no es en realidad grave, tomando en cuenta todo lo que se ha dicho aquí. Es decir, no es lo que podríamos llamar un problema-problema”.

“¿No estarás cayendo en la negación?”, inquirió J.T.

“No. De ninguna manera. En absoluto”.

“Yo creo que sí, mi estimado Eduardo”, dijo el psicólogo. “De otro modo, ¿qué te hubiera traído a este grupo? Y lo más importante ¡por-qué-demonios-contestaste-con-tres-negaciones-a-la-pregunta-que-te-hicieron!”.

“Buena cuestión, je”. El asunto se estaba poniendo algo violento, así que decidí cooperar. “Miren, no es que me sienta menos que un periodista. Es decir, sé que no padezco las condiciones de adrenalina que experimentan ustedes cubriendo los incendios en el teatro de la ciudad o la entrega de aparatos ortopédicos por parte del DIF. También respeto la labor de edición diaria y la redacción de columnas políticas cada semana. Es algo que yo no podría hacer. Por lo menos no con esos salarios. Pero me afecta mucho, no saben ustedes cuánto, que cada que voy al desayuno del Día de la Libertad de Expresión, nunca me dan boletos para la rifa. En serio. Podría parecer estúpido y obsesivo, pero es verdad, ¡nunca me dan nada! La gente encargada de la tómbola, como nunca me ha visto, cree que soy un colado y que no trabajo en el medio. Eso me deprime muchísimo y termino abandonando el desayuno para irme a emborrachar”.

Estas últimas palabras las dije ahogado en llanto, como para demostrar que todo era verdad.

El doctor Alavez me dio unas palmadas en la espalda, ese ademán que algunas veces significa: “Lo has hecho bien, muchacho, pero eso no quita que seas un perdedor”. Los otros compañeros del grupo también me dieron abrazos; alguien por ahí me regaló un pedazo de papel higiénico para las lágrimas.

Después de esto, todos nos fuimos a seguir la vida en nuestras respectivas redacciones. m.

La imagen de este post la tomamos del podcast Pregúntale a Mónica, que publica Frecuencia Cero.

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