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Trabajo + clases

La educación es la tercera terminal laboral para los profesionales en México. Las historias de estos profesionales, que además de ejercer dedican parte de su tiempo a la academia, muestran las complejas relaciones que se abren entre el trabajo profesional y las aulas.

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Héctor Martínez, doctor y profesor del Instituto de Neurociencias de la UdeG.
Héctor Martínez, doctor y profesor del Instituto de Neurociencias de la UdeG.

La cartelera electrónica del Centro Cultural de España en México dice: “De Rasgos Árabes… Martes 17 de noviembre. 18.00 horas. Charla. Minerva Anguiano y Patricia Maroto abordarán el proyecto curatorial y expositivo Árabe hecho en México, que se desarrolló en 2009 por los alumnos de museografía de la Universidad Iberoamericana”.

Hoy la carpeta de ese proyecto forma parte del catálogo de exposiciones de la Secretaría de Relaciones Exteriores y la idea es promoverla durante 2010 en varios países de Medio Oriente.

Aunque encontrar proyectos como éste no es algo común, uno se puede topar con abogados, administradores, diseñadores, ingenieros, doctores, contadores o arquitectos que, además de hacer el trabajo propio de su profesión, se paran varias horas frente a un grupo a impartir cátedra.

Minerva Anguiano es la maestra del curso. Es historiadora del arte y divide su tiempo laboral entre la docencia y el ejercicio de su profesión como curadora y museógrafa. Patricia Maroto es una de las veinte alumnas que participaron en este proceso en el que tuvieron que rebasar el ámbito escolar y trabajar bajo la presión habitual de un profesional de la arquitectura, el diseño industrial o la historia del arte.

“No es lo que pasa normalmente, fue algo extraordinario, fuera de lo común”, señala Minerva Anguiano, y explica que la idea del proyecto surgió por la retroalimentación alterna que se da entre el ejercicio de su profesión y las horas en el aula.

Partiendo de una perspectiva local, el economista Enrique Cuevas Rodríguez, investigador de la Universidad de Guadalajara, considera que según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) de 2008, en el estado de Jalisco existen aproximadamente 373,539 profesionistas ocupados —personas que terminaron una carrera, sin contar a los que tienen un postgrado—, 15.4 por ciento de ellos se dedica a la educación.

Cuevas sostiene que los datos de la ENOE para Jalisco son representativos de lo que ocurre a nivel nacional. Aunque reconoce que es difícil saber cuántos de los 57 mil 520 encuestados que dijeron dedicarse a la educación también ejercen su profesión, considera que el número es alto debido a las condiciones laborales de movilidad y bajos salarios que predominan en el área educativa.

“El número de profesionistas que trabajan en la educación (como administrativos, docentes o investigadores) es muy grande, y si hiciéramos una tabla comparativa podríamos ubicarlos en el tercer sitio de los profesionistas ocupados, después de los que dijeron dedicarse a ejercer su profesión en sus propios despachos (136,341 profesionistas; 36.5 por ciento) y de los que respondieron que laboran como trabajadores de oficinas públicas como mandos medios u operativos (60 mil de los encuestados; 16 por ciento)”, señala Cuevas. “Esto no significa que en estos dos grupos no existan quienes ejerzan la docencia como actividad alterna; sin embargo, este dato es difícil recogerlo por medio de la ENOE. Podría decirse que después de los trabajos propios de cada carrera y de los cargos públicos, la educación es el refugio de los profesionistas”.

Héctor Martínez, doctor del Instituto de Neurociencias.

Héctor Martínez Sánchez, doctor del Instituto de Neurociencias de la Universidad de Guadalajara,
combina su labor como investigador con la docencia en posgrado. Las fotografías de este artículo
registran las distintas facetas de uno de sus días de trabajo, desde el aula a la experimentación en laboratorio.

Aquí un caso particular para los números de la ENOE: Arturo Jiménez Jiménez, abogado y director de Quejas de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco (CEDHJ), trabaja desde hace 17 años como maestro en la licenciatura de Derecho de la Universidad de Guadalajara. Para este funcionario, la experiencia docente y la profesional siempre han estado ligadas, y recuerda que fue a partir de los espacios que le ofreció su trabajo como maestro que pudo proponer, en tiempos en los que Carlos Salinas de Gortari era presidente del país, la creación de un fideicomiso para apoyar a las personas enfermas de VIH/sida.

“La idea surgió básicamente de tres cosas: de un amigo enfermo, de una conferencia a la que asistí y de mi trabajo como maestro en la facultad. Ahí pude plantear algunas de mis ideas, trabajarlas, ver lo que no funcionaba”, relata el funcionario.

¿Cómo fue el proceso?
Mi amigo falleció a consecuencia del VIH/sida. El problema es quién les ayuda [a los enfermos] con los gastos tan fuertes para mantener cierta calidad de vida. Vi que no había dinero para atender a todas las personas en el país. Más o menos revisé cuál era la situación; entonces trabajaba en la banca, en un área especializada de fideicomisos, y empecé a pensar en los fines del contrato de un fideicomiso. Cuando logré armar algo, no sabía qué hacer y le escribí al presidente Salinas de Gortari. Pensé que algún día se firmaría algo así, y grande fue mi sorpresa cuando el secretario de Salud, Jesús Kumate, me escribió para informarme que le gustaba la propuesta y que iniciaría asesorías al respecto. Después de eso yo me desvinculé, pero luego el secretario de Salud del periodo de Ernesto Zedillo, Juan Ramón de la Fuente, estableció el Fonsida.

—¿Todos los temas que le interesan los lleva al aula y ahí los debate?
—Sí, claro. Y también a la sala de maestros. Ahí [en la facultad] te topas con personas muy inteligentes que discrepan de tus puntos de vista y es ahí donde uno empieza a ver lo que se le escapaba. Soy privilegiado en ese sentido. En la propuesta del fideicomiso pude integrar mi trabajo en la facultad y mi trabajo profesional.

Héctor Martínez, en el cuarto de ciclo invertido: las ratas que investiga duermen durante el día, en
esta habitación de luz-oscuridad. Abajo, una de las ratas Wistar, con las que trabaja en el laboratorio.

 

Teorizando desde el aula

Desde su butaca, Wendy Guillén levanta la mano. Estudia el sexto semestre de Psicología en la Univer, en Guadalajara. En su opinión, la diferencia entre los maestros que ejercen su profesión y los que sólo se dedican a la academia es grande: los primeros van de la realidad a la teoría y desde ahí crean los conceptos que son útiles para el alumno; los meramente académicos van “de la teoría a la teoría” y muchas veces no soportan los cuestionamientos a ésta.

“También la dinámica o didáctica que utilizan es diferente”, dice la joven de 23 años. “Generalmente los maestros que no tienen una actividad profesional fuera de la academia elaboran por ti, te dan productos de conocimiento hechos, así como ellos los obtuvieron en su propia formación. En cambio, quienes sí tienen una vida profesional hacen que tú como estudiante elabores el conocimiento y de alguna forma pongas en movimiento tus estructuras, el conocimiento previo que tienes, tus propios intereses para llegar a comprender la teoría. Eso es muy interesante y es mucho más valioso.

—Al finalizar tu carrera, ¿te imaginas dando clases o ejerciendo tu profesión?
—Curiosamente, desde que ingresé a la carrera mi perspectiva es la psicología educativa y me interesan todos estos procesos. Me imagino dando clases, pero sé también que dar clases no es un refugio, sino un compromiso de retransmisión que requiere actualización y referencia. Como compromiso de docente también me gustaría tener práctica profesional… Así me visualizo, primero como psicóloga educativa, luego dando clases y, en ese ínter, seguirme formando para poder dar terapia.

El investigador del Instituto de Neurociencias se encamina a casa, para
comer con su familia. Abajo, con su esposa Gabriela Ruiz.

 

“Una ayuda” (o acerca de las condiciones laborales)

En algunos casos, quienes intercalan la docencia con su trabajo profesional ejercen como freelance y el panorama se complica en cuanto a prestaciones laborales. Cada semana, Minerva Anguiano dedica aproximadamente veinte horas a sus clases en la Universidad de la Telecomunicación y en la Universidad Iberoamericana de la ciudad de México. Más o menos el mismo tiempo que dedica a resolver los proyectos de curaduría o museografía que le encargan el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta). Puede decirse que no tiene un jefe como tal, y aunque eso conlleva ventajas, también tiene sus problemas.

“Eres dueña de tu tiempo, pero trabajar de manera independiente es más estresante y a veces terminas hasta las 12 de la noche”, relata la historiadora del arte. “Es más complejo el horario, porque en realidad no tienes. Yo también trabajo el fin de semana para terminar lo que no alcanzo a resolver en la semana”.

—¿El grueso de tus ingresos viene de tu trabajo profesional o de la docencia?
Depende del mes. En otoño, cuando hay más grupos —porque es cuando salen más alumnos de la prepa—, vienen de la docencia; en primavera es equilibrado, y en verano dependo totalmente de mi trabajo profesional.
 
—¿Tienes detectados los meses o épocas del año en los que el trabajo profesional es más intenso?
—A final de año, porque todos quieren terminar el año con exposiciones importantes o ya saben cuánto les queda del presupuesto para gastarse y empiezan a liberar proyectos. En cambio, abril, mayo y junio son muy pesados porque nadie tiene claros los presupuestos, no sueltan dinero porque no saben si les va a alcanzar para todo el año.

Idania Zepeda, alumna del Doctorado en Ciencias del Comportamiento,
recibe asesoría personalizada.

En coincidencia con otros profesionales independientes entrevistados por MAGIS (“Sin horario ni patrón. Las rutas del freelance”, octubre-noviembre de 2009), Minerva no tiene prestaciones sociales.

“No tengo seguridad social, no tengo ninguna prestación de ninguna de las muchas instancias que me contratan. Siempre tengo trabajo, pero no hay nada seguro, ni fondo de ahorro ni nada de eso. Me las arreglo por mi cuenta, tal cual”, dice.

Cada semana, Francisco Castillo imparte aproximadamente veinte horas de terapia psicológica y psicoanalítica en la colonia Nápoles de la ciudad de México. Desde hace 17 años combina su tiempo profesional con las aulas, donde también labora cerca de 20 horas semanales (da clases en la Universidad La Salle, en la Iberoa y en el Colegio Internacional de Educación Superior). Aunque la primera de estas instituciones le brinda seguridad social, como profesional independiente debe encontrar la manera de cubrir la mayoría de las prestaciones que normalmente solventan los empleadores. A eso hay que sumarle —o restar— que la paga en el campo de la docencia no es buena.

“Creo que pagan mal porque pagan mal, y en este país pagan mal en todos lados”, dice Francisco. “Muchas veces en las universidades te quieren vender la idea de que dar clases es una ayuda y con ello justifican algunas situaciones desagradables, como pagar menos impuestos o el tipo de contratación”.

“En muchas universidades hay muy poca planta docente de tiempo completo con todos los derechos sindicales y laborales. En esos casos, el noventa y tantos por ciento son profesores de asignatura que no tienen ningún vínculo laboral con la universidad”.

Castillo dice que es un problema complejo, porque hay muchos profesores que sí tienen otro trabajo fijo: “Lo veo con muchos compañeros y, sobre todo, en carreras como ingenierías, administración o derecho, que es gente que trabaja en bufetes o en oficinas de tiempo completo y dan clases para ayudarse o estar en contacto con otras cosas que brinda la universidad”.

“En mi caso, la seguridad social la resuelvo solo y yo tengo que pagar seguro de gastos médicos y hacer un ahorro para la vejez, porque nadie me va a ayudar. La única universidad que me contrató por nómina y que me da IMSS y todo eso, es La Salle. Las demás me contratan por honorarios o salarios asimilados, lo que no genera ningún derecho laboral: ni te pagan vacaciones ni aguinaldo ni nada, te dan tu cheque y ya. De igual forma, de la noche a la mañana pueden argumentar que no se abrió grupo y prescinden de tus servicios”.

Mayra Almanza, alumna de la Maestría en Neurociencias,
toma una clase en la oficina de Héctor Martínez.

Francisco ha tenido que enfrentar esta desprotección de otras formas: “Uno busca diversificarse, tener otras actividades, más allá de si me gusta más la docencia o el consultorio”, señala, después de una jornada que comenzó a las siete de la mañana y terminó después de las diez de la noche. Algunos datos respaldan las palabras del terapeuta: de los 35,057 académicos que reporta la UNAM en su portal de internet, 21,367 son profesores de asignatura. Es decir: 60 por ciento de los maestros no trabaja tiempo completo en la Universidad. Según datos de la ENOE, en 2008, los profesionistas mejor pagados son los funcionarios y directivos tanto del sector público como del privado, quienes en promedio ganan más de 16 mil pesos mensuales. En el siguiente puesto de la lista de profesionales mejor pagados están los que se dedican al comercio (12,526 pesos); después, los técnicos y trabajadores del arte (10,740 pesos); los que hacen trabajo industrial, de obrero o artesano (9,728 pesos) y los oficinistas (9 mil pesos). Al final, los trabajadores de la educación: ganan en promedio 6,790 pesos mensuales.

Enrique Cuevas Rodríguez, el académico de la U de G, explica: “La docencia es una ocupación demandada pero mal pagada. En estudios anteriores comprobamos que los egresados de las carreras de educación, pedagogía o enseñanza están entre los peor remunerados. Sin embargo, son los que tienen mayor probabilidad de emplearse”. m.

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