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El accidente

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El abogado miró la hora. De la pared pendía un reloj de manecillas que dictaba el comienzo de la tarde. Imaginaba el guisado del día, lo sentía en el paladar. Su ánimo estaba cautivado por el tedio y la repetición de su jornada laboral, que parecía siempre la misma.

Poco después tuvo algo que hacer: atendió con diligencia los reclamos de una señorita que pedía su coche de regreso. —No había ningún aviso para no estacionarse—, dijo ella. El abogado sabía que hablaba con la verdad, pero contuvo su conmiseración y le entregó un listado de lo que debía presentar para recuperar su coche. —Dos copias de cada uno, si me hace favor—, le dijo.

La joven se fue y el abogado quedó solo de nuevo. La oficina era gris, los muebles formaban otra gama cromática, pero allí dentro habían perdido su diferencia. No supo qué hacer para abreviar el tiempo que le restaba antes de irse a comer. Pensó en Laura, en su regalo de cumpleaños. Buscó en el directorio de anuncios clasificados tiendas que importaran bolsos de marca. Llamó a la primera, pidió detalles de los costos y los anotó.

Se levantó para pasear por la oficina, recorrió los pasillos, saludó a los extraños e hizo bromas con sus colegas.

Por la tarde, la joven del coche confiscado volvió con los papeles. El abogado los miró con cierta incredulidad. Observó la identificación y cotejó la cara de la fotografía con la que tenía enfrente. De pronto, para curarse en salud, ofreció un asiento a la joven que seguía de pie.

Lo inesperado sucedió. El abogado acompañó a la señorita por su coche para entregárselo, conforme a la normatividad de la institución. De camino pasaron frente a un mausoleo y el abogado lanzó besos al aire, en señal de recordar la mejilla fría de un muerto cercano. La joven le preguntó si allí estaba enterrado alguien especial. —Sí— dijo él, —ahí están las cenizas de mi padre.

Cuando llegaron al lote de los automóviles, el abogado la miró —le sonreía para ser amable— y le aconsejó que respetara las reglas por su propia seguridad y la de otros.

Entonces, el cielo se cargó de nubes y comenzó una tormenta eléctrica —era la primera del año. La joven pensó que el abogado se mojaría, cuando menos.

Una vez arriba del coche, avanzó hacia la puerta para tomar la avenida. Vio al abogado irse: llevaba un plástico que le cubría medio cuerpo y un sobre con papeles bajo el brazo. Por el retrovisor observó que el abogado había dejado caer el sobre al suelo; notó su falta unos pasos adelante y regresó a recogerlo. En el cielo hubo un trueno ensordecedor y el centro del relámpago se estrelló a la par del abogado.

La joven lo creyó muerto. Poco después lo vio levantarse y retomar el camino, pero la vida de aquel hombre no volvió a ser igual. m.

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