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El rebaño sagrado en el diván del psicoanalista

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Con esta entrega iniciamos la sección de invitados en El cierzo_blog

 Fernando M. González, investigador de la UNAM y psicoanalista, escribe sobre las chivas del Guadalajara. Lo que sigue es el prólogo que Fernando escribió para la tesis “El rebaño sacralizado: fundación  del Guadalajara y devoción por las chivas” de Luis Carlos Vázquez para obtener su Maestría en Estudios Psicoanalíticos.

 Agradezco a Fernando y Luis Carlos su amabilidad para autorizarme a difundir el texto.

 

 Una nación es un grupo de personas unidas por un error común acerca de sus ancestros y una aversión común hacia sus vecinos. (Karl Deutsch, citado por Sholmo Sand, Comment le peuple juif fut inventé, Fayard, 2008.)

 

Al parecer, no sólo las naciones sufren de esos curiosos equívocos y aversiones —“narcisismo de las pequeñas diferencias”, diría Freud—, sino también los equipos de futbol. De estos dos temas trata, en buena medida, el libro que el lector tiene en sus manos. En el caso que nos ocupa, el de las Chivas del Guadalajara, además, un curioso nacionalismo descremado, sostenido —como es ‘de cajón’— por una supuesta pureza, está en la base de la identidad del mencionado equipo.

En algunas instancias de orden político, la identidad —utilizada como arma de lucha contra lo impuro— llega a la sangre. En el epígrafe inicial de su libro Los peces de la amargura (Tusquets, 2007), Fernando Aramburú —escritor vasco, quien conoce de esos menesteres en los que se juega literalmente la vida— escribe: Dedico este libro a la impureza. Les adeudo [a los inmigrantes] el favor de haber manchado la pureza dañina de mi infancia. (El País, 18 de marzo de 2007)

Felizmente, en lo que respecta al equipo calificado como ‘el rebaño sagrado’, no se ha llegado —hasta donde sé— a situaciones francamente violentas; es por eso que hablo de una especie de ‘nacionalismo’ descremado. Luís Carlos Vázquez nos habla de un regionalismo que primero se acota en Guadalajara y luego se extiende a Jalisco, y poco a poco comprende a la provincia contra la capital, hasta que termina por abarcar el país. Múltiples planos que se combinan, se relevan y no desaparecen cuando, por fin, la representación dominante —que reza: “el Guadalajara es un equipo de puros mexicanos”— se blande con orgullo.

El autor desmenuza, despliega y termina desmembrando esa supuesta mexicanidad, cuando menciona a jugadores que nacieron en Estados Unidos o en España, aunque son presentados como autóctonos. Así, tenemos al mexicano nacido en Estados Unidos, pero rápidamente aposentado en la tierra auténtica, o el naturalizado, o el nacido —como se debe— en el lugar adecuado. Un caso pintoresco —citado por Vásquez— es el de Wintilo Lozano, quien se incorporó al Guadalajara en 1943, procedente de la disuelta selección de Jalisco. "Nací en Arizona y jugué en Chivas [añadió que radicaba desde hace 74 años en Guadalajara]. Así es no me salgan con que no soy mexicano. Yo supe que había nacido en el extranjero hasta que me pidieron mi acta de nacimiento […] pero el documento no me lo pidieron para jugar en el Guadalajara. Con la pinta, tenían."

Como se comprenderá, hay varios tipos de ‘pintas’. El caso extremo es el de Hans Friesen —tapatío, hijo de mexicanos y de abuelos alemanes—, quien tenía una pinta de teutón que no la podía soslayar. Aquello de que “por sus pintas los conoceréis”, sacado del evangelio del “milagro futbolístico de México” —como calificó el hagiógrafo oficial de las Chivas, Jaime ‘el Tubo’ Gómez, al equipo de sus preferencias—, no resulta tan seguro.

 

 

El autor se inspira en la perspectiva freudiana desplegada en el texto Hombre Moisés, en el cual el creador del psicoanálisis afirma, sin pestañear, que el fundador de la religión judía no era tal, sino un egipcio y que, ‘para colmo’, los judíos lo asesinaron. Por ello, un segundo Moisés vino a sustituir al primero. Obviamente, Luis Carlos describe esta situación de manera menos dramática, ya que sólo expresa, con una ironía atenuada, que el Guadalajara —ese equipo de puros mexicanos— fue fundado por un belga y unos franceses combinados con mexicanos. Y que el uniforme o bien es el del brujas (Brugge), o alude a los colores franceses.

¡Vaya! que en el principio si bien no fue el verbo, cuando menos sí el mestizaje o, si se quiere, la colaboración entre personas de, mínimo, tres nacionalidades. Así, los avatares de una operación de purificación y maquillaje histórico terminaron por dejar en la sombra —o casi— a los extranjeros. (Aunque no tenían problemas en contratar entrenadores extranjeros).  El autor le ‘sigue la pista’ a esta operación de sustracción en los diferentes relatos fundacionales. Si nos atenemos a lo escrito por Vásquez, parecería que los conflictos sociales que dieron lugar a la Revolución Mexicana, luego a la guerra cristera, después a la batalla por la ‘educación socialista’, y posteriormente a la división de la ciudad en católicos y “comunistas”, apenas turbaron la burbuja en la que se dirimía la batalla ritualizada del futbol. (Sólo en plena revolución 1914-16 hubo un receso).

Nada de volantes estridentes, como el que escribió el general magonista Prisciliano Silva en 1911, luego de su primer triunfo al capturar un arsenal en Guadalupe, Chihuahua: “con estas armas vengaremos las humillaciones de que ha sido víctima nuestra raza”. (Ricardo Flores Magón, “Francisco I. Madero es un traidor a la causa de la libertad”, Regeneración, núm. 2, 10 de septiembre de 1910. Citado por Claudio Lomnitz,)

 El antropólogo Claudio Lomnitz añade: "El uso del término ‘raza’ para referirse al pueblo mexicano era moneda común en los escritos de los magonistas del periodo prerrevolucionario y de los inicios de la Revolución. […]

En resumen, la llamada mestizofilia, que caracterizó al nacionalismo mexicano del siglo XX —el llamado nacionalismo revolucionario— no fue, como a veces se piensa, exclusivamente un proyecto de ciudadanización desde el estado […] sino que fue también, y además, una experiencia vivida que se convertiría en un proyecto de estado elaborado desde la experiencia fronteriza. […] Es la mezcla de estos dos aspectos, la necesidad del estado de formar un sujeto nacional y la experiencia racializada de la nacionalidad en la frontera [con EU], la que le da arraigo y credibilidad a la identidad mexicana como una identidad racial mestiza. (Claudio Lomnitz, en “Por mi raza hablará el nacionalismo revolucionario. Arqueología de la unidad nacional”, Nexos, núm. 386, febrero de 2010, pág. 48.)

Sería interesante considerar la aportación que hizo a esta identidad racial la construcción de la identidad del Guadalajara como representante decantado del futbol nacional. El fútbol debería ser una escuela que prepara para uno de los aspectos más centrales de la democracia: el de aceptar que se gana y se pierde, y nunca de manera absoluta. Pero, no es necesariamente el caso, dado que el placer de estar a favor de un equipo introduce, simultánea e irremediablemente, el crispamiento de las diferencias, la intolerancia, el ‘todo o nada’ y las dicotomías no negociables. No hay medias tintas.


 

Entre tantas situaciones de la vida cotidiana, en la cuales es tan difícil decidirse por el negro o blanco de manera tajante, la militancia deportiva ofrece el consuelo de las pasiones claras y distintas, y la suspensión de toda duda, incluso cuando el equipo ‘de los amores’ no gane campeonatos ni por equivocación, como es el caso del Atlas. Por cierto, los fanáticos de dicho equipo resultan admirables en su estoica pertenencia y son los menos oportunistas que se pueda imaginar. Si se hubieran constituido en partido político, probablemente se habrían identificado con la llamada ‘oposición fiel’ del PAN, que por tantos años soportó el triunfo de la aplanadora del PRI.

 En cambio, los del Chivas vivieron los agobios del ‘ya mero’ —en la década de los cincuenta—, lo cual lo convirtió en un equipo con aspiraciones de campeonato interruptus y ejemplificaba, por analogía, a un tipo de neuróticos que Freud describió como los que “fracasan al triunfar”. Finalmente, una fría noche, la del 3 de enero de 1957, faltando un minuto para el término del partido —como debía ser, en aquellos identificados con el dialéctico triunfo habitado por el fracaso, en el último momento—, un cabezazo del gran Chava Reyes se introdujo lentamente —también, como debía ser— en la portería del Irapuato. El primer campeonato no se obtuvo enfrentando a un equipo de la capital, sino de la provincia.

Por fin les fue permitido triunfar sin boicotearse, y los aficionados de las Chivas comenzaron a saborear los triunfos y los campeonatos en retahíla. También, se pudieron aplicar, sin vergüenza, al dichoso placer de la sobrestimación y la mitificación, y enfocarse en el nuevo rival del Guadalajara, el América de la capital —el que, por una curiosa transubstanciación, de Canarios se convirtió en Águilas—. Como nos los recuerda el autor, fue el entrenador de el América, Fernando Marcos, quien en los inicios de los sesenta fijó los rasgos del que se convertiría en el rival deportivo más consistente de las Chivas.

Decidimos, ya que ellos eran el muchacho de la película, ser nosotros el villano. Si ellos eran modestos muchachos mexicanos, nosotros íbamos a ser soberbios riquillos con extranjeros.

 

 Y lo cumplieron.

Y en la tierra del tequila —que se apropió el mariachi, Jesús Jáuregui dixit—, y del machismo como contrapunto a la arraigada homofobia y verdadero pavor a ese otro ‘extranjero’ que puede contaminar a los heretosexuales a la menor provocación, (¿Los homosexuales y lesbianas podrán ser considerados tapatíos o, al menos, mexicanos por los heraldos de esa otra feroz cruzada purificatoria manejada desde la religión?) resulta que el orgullo de su futbol, en lugar de apodarse Chivos, son Chivas. Machos, muy mexicanos, pero feminizados. Por diferentes puntos, la voluntad de una identidad consistente ‘hace agua’, dado que nunca está constituida por un solo rasgo. Desde que hay lo Uno, hay asesinato, herida, traumatismo. Lo Uno se guarda de lo otro […], se protege contra lo otro, mas, en el movimiento de esta celosa violencia, comporta en sí mismo, guardándola de ese modo, la alteridad o la diferencia de sí [la diferencia consigo mismo] que lo hace Uno […] Lo Uno olvida volver sobre sí mismo, guarda y borra el archivo de esa injusticia que él es. De esa violencia que hace. (Jacques Derrida, Mal de archivo. Una impresión freudiana, Editorial Trotta, Madrid, 1997, pág. 86.)

Investir afectivamente los colores de un equipo de fútbol es tocar de alguna manera la inmortalidad —humilde, claro, pero inmortalidad al fin y al cabo—, dado que se apuesta a una entidad que se puebla de sujetos que pasan y se renuevan, quedando algo intocado e impoluto que flota en una especie de atemporalidad pacificante. Hasta que aparece un empresario, un tal Vergara, a quien se le ocurre formar un equipo clon de las Chivas en Estados Unidos, remedo del original y ‘para colmo’ integrado por jugadores ¡extranjeros! Frente al clon adulterado, la reacción de la mayoría de los aficionados autóctonos fue la de simplemente tornarlo transparente. Para todos aquellos ‘ayunos’ de genealogías familiares prestigiosas, o supuestamente tales —como las de muchas familias tapatías, las cuales arrojan generosamente al rostro de recién llegado, a la menor provocación—, la pertenencia a esta otra genealogía futbolera puede servir de compensación. ‘Tú te podrás apellidar Peñafiel, Palomar o Partida, pero yo soy Chiva y qué’.

En fin, esto y más encontrará el lector en este texto que descoloca y reconfigura lo escrito hasta ahora acerca del ‘milagro futbolístico’ de la tierra del tequila.

 Febrero del 2010


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5 Comment(s) to the "El rebaño sagrado en el diván del psicoanalista"
Enrique Ramos (no verificado) says:

Qué análisis tan patético, las chivas son un fenómeno que no hay que tratar de entender, hay que vivirlo y si se es afortunado como para identificarse a uno mismo como parte de él, hay que disfrutarlo y sufrirlo.

Enviado por Enrique Ramos (no verificado) el 4 Agosto, 2010 - 14:43
Alberto Jorge V... (no verificado) says:

Totalmente de acuerdo contigo!

Enviado por Alberto Jorge V... (no verificado) el 10 Agosto, 2010 - 09:12
Alberto Jorge V... (no verificado) says:

...me parece haber leído a un "chilango" y sobre todo aficionado a los Pumas...dos características fundamentales de su texto lo descubren:
1. El ya tan afamado y molesto por ser graciosa en tres ocasiones pero después convertirse en enfado: "...en Guadalajara se dan los hombres..." y ya saben la respuesta [...y póngale el típido acento chilango...]
2. La crítica sin sentido a la "pureza" de las chivas como de jugadores 100% mexicanos.

Qué desperdicio de tiempo haber leído esto porque sinceramente no identifiqué ningún juicio y/o análisis valioso en todo el artículo, más que algo que ya todos sabemos: todo ente social necesita identificarse para ganar autenticidad.

Lo que aquí trataste de hacer Fernando M. González es, además de una redacción intensamente rebuscada, ES REAFIRMAR TU IDENTIDAD COMO CHILANGO DE "LA UNIVERSIDAD".

Saludos

Enviado por Alberto Jorge V... (no verificado) el 10 Agosto, 2010 - 09:04
Anónimo (no verificado) says:

Que perdida de tiempo con este libro, y estoy de acuerdo con la opinion anterior, se nota que solo se queria hablar mal del GUADALAJARA!!...no puede ser!!! mejor que se ponga hablar de su equipo y que respete a los demas.

Enviado por Anónimo (no verificado) el 16 Septiembre, 2010 - 10:36
Anónimo (no verificado) says:

Si Enrique Ramos muy bien dicho...que perdida de tiempo este dichoso libro!!!

Enviado por Anónimo (no verificado) el 16 Septiembre, 2010 - 10:37

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