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Woody Allen, humor indispensable

Sus películas alcanzarían, entre otras cosas, para observar la evolución que han sufrido las relaciones humanas: las cintas de Allen han ofrecido —y siguen ofreciendo— un diagnóstico oportuno e imprescindible de la sociedad

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Este año se estrenaron en México tres películas de Woody Allen (Así pasa cuando sucede, Conocerás al hombre de tus sueños y Medianoche en París). La sobredosis deja secuelas: tanta lucidez deslumbra. Las tres confirman, además, que el genio de su autor no ha perdido agudeza. Desde hace 40 años, el realizador neoyorquino ha sabido medir las pulsiones humanas, y sus películas alcanzarían, entre otras cosas, para observar la evolución que han sufrido las relaciones humanas. Como en los textos del escritor francés Michel Houellebecq (pero con mucho, mucho más humor), las cintas de Allen han ofrecido —y siguen ofreciendo— un diagnóstico oportuno e imprescindible de la sociedad.

Se ha ocupado de asuntos serios y hasta graves, pero desde sus inicios transitó por la brecha que abrieron Buster Keaton, Charles Chaplin y los hermanos Marx: la comedia de autor. Y con ellos ha mostrado cómo el humor es la estrategia más ácida —y provechosa— para vérselas con el cochambre nuestro de cada día.

Allen-realizador ha hecho de Woody-personaje el motor y el blanco de la acidez de su humor; su histeria y su gloriosa verborrea (véanse y escúchense, a modo de ilustración, los personajes de Los enredos de Harry y Así pasa cuando sucede), materia literaria si la hay, han escrito páginas memorables. Sus aforismos son prodigiosos, tan famosos como los de Heráclito (pero, eso sí, mucho más gozosos), y en la risa llevan la paradoja. “Si mi película hace miserable a una persona más, sentiré que he hecho mi trabajo”, alguna vez comentó. Y si la vida es miserable y no tiene sentido (como tantas veces nos lo ha recordado), es menos miserable con el cine de Woody.

 

La vida exagerada de Woody Allen

Como pocos, Allan Stewart Konigsberg (alias Woody Allen) ha hecho de su filmografía una autobiografía. En sus películas pueden rastrearse las poco originales singularidades de su origen judío (y nadie como él ha sabido hacer de ello materia para la comedia), su infancia (Radio Days, entre otras), sus vicisitudes amorosas (todas). El cine es un medio para compartir su visión del universo y del amor (y con su cine podría hacerse una panorámica del amor a los 20 años, a los 30, etcétera; en los setenta, ochenta, etcétera), y ha sido un buen compañero del otro diván, al que, como se puede constatar en tantas películas suyas, ha guardado fidelidad. 

Allen tiene mucho que decir y lo ha dicho a un ritmo envidiable, pues filma casi una película por año y con guiones que él mismo escribe. Es un buen ejemplo de aquello de que “un cineasta hace siempre la misma película”. La misma pero no es lo mismo, habría que puntualizar, pues en su filmografía pueden rastrearse diversos tonos, ambiciones y etapas, incluida una veta “bergmaniana” (Otra mujer, Interiores). No es un moralista en estricto sentido (pero sí en estilo libre), y títulos recientes, como La provocación o Los inquebrantables, parten casi de una hipótesis moral, y en ellas puede apreciarse el peso que el azar tiene en nuestras míseras existencias y cómo la suerte es destino.

“Casi toda mi obra es autobiográfica y aun así se ve tan exagerada y distorsionada que la encuentro más cercana a la ficción que a otra cosa”, dijo en una entrevista. Y en un paisaje cinematográfico plagado de vidas mesuradas y obras medianas, Woody resulta indispensable. m

 

Dos extraños amantes (Annie Hall, 1977)

Al inicio, Alvy Singer (Allen) cuenta un chiste sobre dos mujeres que se quejan de la comida en un resort: una dice que es mala; la otra responde: “Y las porciones son tan pequeñas”. Singer confiesa que así se siente acerca de la vida, “llena de soledad, miseria, sufrimiento e infelicidad”. Luego atestiguaremos sus amoríos con la chica epónima y los altibajos de la relación. Y sus encuentros y encontronazos son pertinentes para explorar el amor en los setenta que, como la vida en el chiste inicial, está lleno de soledad, miseria, etcétera, pero además, aquí, de humor.

 

Manhattan (1979)

El prólogo es memorable: mientras desfilan por la pantalla diversas imágenes de Nueva York, en la banda sonora se escuchan las notas de Rapsodia en azul, e Isaac (Allen) hace esbozos de su novela, que habla de la ciudad y su gente. Luego vemos sus relaciones, con una jovencita, luego con la inquietante ex amante de un amigo. Una ciudad es tan grandiosa como la gente que la habita y la venera, y Nueva York tiene en Allen un amante incondicional: la cinta es una entrañable declaración de amor. Y Manhattan en Manhattan es maravilloso.

 

Zelig (1983)

Corren los años veinte y un fenómeno tiene de cabeza a Estados Unidos (y de ello dan fe Susan Sontag, Irving Howe y Saul Bellow). Un hombre, apodado El camaleón, puede transformarse y ponerse a tono con el entorno en el que se encuentra: es un pelotero en el campo de primavera de los Yankees, un negro en Nueva Orleáns, tiene ojos rasgados en el Barrio Chino. Allen saca provecho del falso documental y hace una prodigiosa e hilarante reflexión sobre el hombre moderno, que busca confundirse en la masa y en el anonimato encuentra el rasgo que lo distingue.

 

Crímenes y pecados (Crimes and Misdemeanors, 1989)

Un oftalmólogo vive un affaire extramarital. Y cuando su amante busca confesar el asunto a su esposa, su hermano le sugiere matarla. Él encara, entonces, un dilema moral. Mientras tanto, un cineasta que quiere hacer un documental sobre un sabio filósofo recibe el encargo de hacer un reportaje sobre un odioso productor de televisión que es, además, su cuñado. Allen echa una mirada pesimista y casi nietzscheana al mundo sin Dios, en el que se acumulan las injusticias y prosperan los que se liberan de añejos prejuicios morales. Y un mundo así no da para mucha risa.

 

Maridos y esposas (Husbands and Wives, 1992)

Un profesor y su esposa se enteran de que sus mejores amigos han decidido separarse. Y mientras los que se separan comienzan a conocer gente nueva y a iniciar relaciones provechosas, los otros se dan cuenta del verdadero estado de su matrimonio. Y la crisis, que ya estaba, se agudiza... Allen muestra cómo, apenas uno se detiene a mirarlo (puro extrañamiento, filosófico él), el matrimonio resulta por lo menos cuestionable. De la suscripción a esta institución nadie sale ileso, nos dice Woody, que sabe de eso, pues acumula ya dos divorcios y cuatro separaciones. Es una de sus favoritas: la película.

 

Los enredos de Harry (Deconstructing Harry, 1997)

Harry Block (Allen) es un escritor bloqueado cuya obra es habitada por la gente con la que ha convivido. Mientras espera un premio, vuelven a su vida escenas del pasado y entonces tiene que vérselas con las personas a las que afectó. Hay aquí numerosas escenas de antología: desde chistes negros (una negra que, luego de ser cuestionada sobre si sabe lo que es un hoyo negro, responde: “Sí, de eso vivo”) hasta hallazgos afortunados (un actor enfermo se ve fuera de foco). Woody dice que Harry no se inspira en él. Pero las similitudes son sospechosas... y elocuentes.

 

La provocación (Match Point, 2005)

Un ex tenista se abre camino en Londres dando clases. Una de sus alumnas, que pertenece a una adinerada familia, se enamora de él. Pero el maestro tira sus voleas y quiere irse a muerte súbita con la prometida del hermano de ella. Entonces las pasiones, cual juego de tenis, van y vienen, y mientras el asunto se torna criminal, el azar tiene la última palabra. La provocación tiende más de un puente con Crímenes y pecados. Los dilemas morales representan toda una provocación, pero la mayor de ellas tiene nombre, apellido y rubia cabellera: Scarlett Johansson.

 

Vicky Cristina Barcelona (2008)

En un viaje por Barcelona, Vicky y Cristina conocen a un pintor. Y aunque Vicky es conservadora, ambas se involucran con él. El asunto se complica cuando llega la ex novia del artista y aterriza el prometido de Vicky. Es ésta la película más erótica de Allen: deja de lado el pudor que habita su filmografía y nos deja ver algunos atributos de sus actrices (Rebecca Hall, Scarlett Johansson y Penélope Cruz). Y si ellas provocan risas nerviosas (entre otras cosas), el asunto alcanza para reflexionar sobre las relaciones de pareja hoy día, lo cual provoca risas más bien incómodas.

 

Así pasa cuando sucede (Whatever Works, 2009)

Boris (Larry David) fue un físico reputado y candidato al Nobel. Ahora se gana la vida dando clases de ajedrez a niños de dudosa inteligencia. Un buen día da asilo a una jovencita a la que luego desposa. Lúcido y ácido, le hace ver la estupidez de los que los rodean y el sinsentido de la existencia. Él es el único que ve “toda la película”, y su conclusión es tan sencilla como brillante: cuando se presente la posibilidad del amor, hay que tomarla. Ésta es una de las películas más literarias de Allen: da tanto para leer como para ver. Es una obra maestra.  

 

Medianoche en París (Midnight in Paris, 2011)

Gil (Owen Wilson) llega a París con su prometida y sus futuros suegros. Él quiere emular a Fitzgerald y Hemingway y ser un escritor en París. Cree que tiempos pasados fueron mejores, y a medianoche tiene la posibilidad de convivir con sus admirados maestros, pues accede a la Ciudad Luz de los años veinte. Allen manifiesta aquí su fascinación por París mientras exhibe que “la nostalgia es negación del presente doloroso”. El pasado aquí es fascinante, pero quedarse ahí no es sano: en un presente miserable los tiempos pasados fueron mejores... porque ya se fueron.

 

Una lectura imprescindible

:: Conversaciones con Woody Allen, Eric Lax, Editorial De Bolsillo, México, 2010.

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