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Trabajo y depresión: la espiral hacia una vida de autómatas

Cada vez se hace más evidente la relación entre el empleo y los trastornos mentales. Los especialistas dicen que en México hay más casos que investigaciones al respecto; sin embargo, la Norma Oficial Mexicana publicada en octubre pasado es el primer paso para identificar oportunamente los factores de riesgo psicosocial que pueden entrañar las condiciones adversas de trabajo

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Foto: Reuters/Ahmad Massod
Foto: Reuters/Ahmad Massod

Algunos empleos tienen el efecto de la música de El flautista de Hamelín. Antonio Vázquez los recuerda así: al principio a uno le puede gustar el trabajo. Incluso uno puede creer que le encanta permanecer ahí día y noche. “Te vas envolviendo y al final haces las cosas como un autómata: cada vez más tareas para cumplir y cada vez menos por gusto”.

Un autómata es una “máquina que imita la figura y los movimientos de un ser animado”, según la Real Academia Española. Las dos personas a las que entrevisté por separado para este reportaje acerca de las afectaciones a la salud mental debidas al trabajo utilizaron el mismo concepto.

En 2001, Antonio trabajaba como redactor para una empresa de comunicación. Un día recibió una propuesta: desempeñar las obligaciones de dos puestos, el de redactor y el de editor, pero con el sueldo y el reconocimiento oficial sólo de uno, el más bajo. Atrás había una promesa de ascenso. Y una condición: Antonio no podría descansar ni un día de la semana, y seis de siete días tendría que permanecer en la empresa desde las ocho de la mañana hasta la medianoche o la una de la mañana.

Durante cuatro meses el joven siguió la música, hipnotizado. Tiene recuerdos borrosos. Su cuerpo se puso pesado. A menudo lloraba con estertores. Manifestó un síntoma infalible cuando ocurre: le dio por comprarse todo —está diagnosticado con un trastorno ciclotímico: tiene lapsos de euforia y depresión leve—. Compró de veras. Como su sueldo de un solo puesto no le alcanzó, le dio vuelo a las tarjetas de crédito... Cuando por fin llegó el momento del ascenso, llamaron a otro joven.

La depresión se convirtió en un asunto mayor.

Las personas estamos dispuestas a pensar que aprendemos a la primera. No siempre es así. En 2014 la historia se repitió, esta vez en otra empresa de comunicación. El trabajo era de ensueño. Antonio podía proponer temas y tenía a su cargo a un equipo de investigación. Un día se produjo un desacuerdo entre los dos socios originales del negocio, a los que él jamás conoció. El socio que resultó ganador tras un proceso legal le exigió tomar partido. Como Antonio no lo hizo, comenzaron a humillarlo. Tanto, que cada vez que sonaba su teléfono entraba en crisis nerviosas. Volvieron los llantos ruidosos, las compras compulsivas, los tarjetazos. Volvieron la depresión y una deuda que continúa hasta estos días.

Con todo y su drama, Antonio Vázquez es un privilegiado. No es un obrero al que le toque viajar dos horas para llegar a una máquina ante la cual deba repetir el mismo movimiento durante ocho horas, a sabiendas de que su sueldo no le alcanzará para sacar adelante la quincena. Y el obrero es privilegiado si se le compara con un trabajador que no tiene acceso a la seguridad social y no podría recibir una incapacidad por afectaciones en su salud mental.

Desde los años noventa, la Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió que para 2020 la depresión, la ansiedad y otros trastornos mentales ocuparían el primer lugar de morbilidad (la proporción de la población que padece un mal, en un espacio geográfico y un periodo determinados). Un año antes de llegar a esa fecha, estos males son ya la primera causa de atención médica en distintos países, dice la Organización.

Salud mental y trabajo

En México, las cifras de las personas que viven con el padecimiento tienen variaciones, según fuentes diversas. El gobierno federal afirma que 9.2 por ciento de los mexicanos ha sufrido depresión, y uno de cada cinco, sobre todo los jóvenes, la padecerá antes de cumplir 75 años de edad. Mientras, una encuesta del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (inegi) indica que 29.9 por ciento de los mexicanos mayores de 12 años sufre algún episodio de depresión ocasional y 12.4 por ciento la vive de forma crónica.

El otro problema es que ocho de cada 10 afectados son mujeres y hombres en el esplendor de su edad productiva, según el Programa de Investigación en Salud Ocupacional (Pienso, AC).

Como no podemos cambiar de chip cerebral en los distintos ambientes en los que nuestra vida transcurre, y como cada vez pasamos más horas trabajando, la salud mental afecta el empleo y es afectada por éste.

En su definición de depresión, la OMS señala: “Puede ser de larga duración o recurrente, y afecta considerablemente a la capacidad de llevar a cabo las actividades laborales […] En su forma más grave, puede conducir al suicidio”.

El gobierno federal reconoce que la depresión llegó al primer lugar de discapacidad entre las mujeres y al noveno entre los hombres. En 2017, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) calculó que 7 por ciento del total de las incapacidades que deben pagarse, principalmente a las trabajadoras, se debe a la depresión.

De 2010 al primer trimestre de 2018, los médicos de primer contacto del imss en todo el país firmaron un poco más de 130 mil incapacidades por depresión o tristeza prolongada, publicó el diario El Universal en julio pasado.

Según esta información, que se obtuvo por medio de una solicitud de transparencia, Jalisco es la entidad de México que desde entonces tiene más incapacidades por depresión: 15 mil 924 cada año, antes que la Ciudad de México, con 12 mil 838, y Baja California, con 11 mil 074.

No existen datos acerca de cómo sortean la enfermedad quienes no están dados de alta en el sistema. Lo que sí se sabe es que las mujeres son más propensas a deprimirse por su condición de género y por las obligaciones con las que deben cumplir —muchas veces además de las del hogar—, así como por la violencia que algunas sufren, tanto en el contexto laboral como en el doméstico.

 

Karoshi a la mexicana

Los episodios de ansiedad y depresión relacionados con el trabajo se han vuelto un problema grave en todo el mundo.

Por supuesto, no existen causas únicas ni aisladas, y afuera de las oficinas y las fábricas también algunos sucesos detonan enfermedades mentales, pero hay que considerar que cada vez pasamos más tiempo laborando.

Los mexicanos somos los líderes del planeta en horas anuales trabajadas por persona, según publicaciones de 2018 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y el Foro Económico Mundial. Pero el número de horas trabajadas no es sinónimo de productividad. Los japoneses usan el término karoshi para describir la muerte por exceso de trabajo, pero están por abajo del promedio que marca la OCDE, y los alemanes están entre quienes trabajan menos horas y son más productivos. Pero ésa es otra historia.

El asunto aquí es que son muy recientes las investigaciones sobre la salud mental y su relación con el empleo.

Comenzaron a estudiarse desde hace mucho tiempo en el mundo y a ser resueltas las enfermedades producidas por el exceso de ruido o por el manejo de sustancias tóxicas, así como la incidencia de accidentes en los lugares de trabajo. No ocurrió lo mismo con los padecimientos mentales. Apenas en 2010, la OMS cambió los criterios de la salud ocupacional e incluyó varios trastornos mentales entre los riesgos de trabajo, recuerda Manuel Pando Moreno, profesor investigador de la Universidad de Guadalajara y uno de los representantes en América Latina de Pienso.

Se sabe que estos trastornos se desarrollan cada vez con mayor frecuencia como resultado de la presión para trabajar más horas con tal de conservar un empleo; también por el hecho de tener muchos patrones para “ganarse la chuleta”, así como por la exigencia de disponibilidad a cualquier hora: a veces no hay un momento del día en que sea posible desprenderse de las ocupaciones laborales, recuerda el especialista.

A decir de Everardo Camacho Gutiérrez, doctor en Ciencias del Comportamiento y profesor investigador en el Departamento de Psicología, Educación y Salud del ITESO, existen condiciones en los modelos actuales de empleo que pueden provocar ansiedad. Algunas de éstas son la falta de predictibilidad y control sobre el futuro inmediato, la ambigüedad (cuando no queda claro lo que se espera de un empleado), la violencia y el temor a la evaluación social.

Aunque los síntomas de la ansiedad —uno de ellos puede ser la compulsión— y la depresión pueden expresarse de forma distinta e incluso contradictoria, la realidad es que “la ansiedad es el pasillo que acaba en la depresión”, afirma el especialista.

Luego, existe un círculo vicioso por el que los síntomas de la depresión, si no se diagnostican como tales, pueden ocasionar el despido: la poca movilidad, la fatiga producida por el insomnio y la anhedonia, que es el desinterés o la incapacidad para disfrutar lo que antes apasionaba. “En estas condiciones, exigirle a alguien que vaya al trabajo es pedirle mucho”.

En América Latina falta investigación sobre este asunto, dice Camacho, si se toma en cuenta que hay personas que se abandonan al trabajo como una forma de afrontar la depresión, y otras que por la misma causa no se pueden levantar.

Salud mental y trabajo

El especialista en salud ocupacional de Pienso, Manuel Pando Moreno, coincide con Camacho e indica que las cifras de otros países pueden servirle a México para poner sus barbas a remojar. En Estados Unidos, el estrés —que no se considera una enfermedad— es la primera causa de incapacidades laborales, y en la Unión Europea es la segunda, sólo después de las afecciones ergonómicas.

En México, los médicos generales están capacitados para detectar casos de estrés y depresión.

El pero es que en muchas ocasiones la cuestión se queda en la detección y los trastornos de la salud mental se consideran como enfermedades generales, no laborales. Eso significa que se reconoce la necesidad de dar una incapacidad al trabajador, pero no el detonante. Con una incapacidad por enfermedad general, las personas pierden derechos, porque el beneficio es efectivo a partir del cuarto día, es temporal y los afectados sólo reciben 60 por ciento de su salario, aunque se trate de afecciones de largo aliento —a veces muy largo—, coinciden Pando Moreno y el responsable de Procesos Educativos del Centro de Reflexión y Acción Social (Cereal) de Guadalajara, Hugo Mendoza Antonio.

El error podría empezar a resolverse con un par de preguntas: ¿En qué trabaja? y ¿Cómo es su jornada laboral? Las preguntas las sugirió Bernardino Ramazzini (1633-1714), a quien se considera el padre de la medicina del trabajo.

Pando Moreno considera que los médicos del IMSS, y del resto de las instituciones de seguridad social de México, deberían indagar entre todos sus pacientes con ansiedad y depresión en qué trabajan y cómo es su puesto, “pero más de 300 años después de Ramazzini, seguimos sin preguntarles”.

Para Hugo Mendoza, el problema comienza antes. Él cree que la mayoría de la gente ni siquiera tiene las herramientas para determinar los síntomas de los trastornos mentales y buscar ayuda (véase el recuadro anexo). Cuando lo hace, sus únicos recursos, según donde se trabaje, son el imss, el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE) y los hospitales de la Secretaría de la Defensa Nacional, pero son muy largos los procesos que van desde la consulta general hasta la visita a un especialista.

Aún así, les va bien. Según la época del año y las circunstancias de la economía mexicana, la mitad las personas que trabajan, o hasta seis de cada diez, no tiene acceso a la seguridad social, según las cifras del INEGI.

Pando Moreno aclara que no todos los casos de depresión tienen un origen único, pero sí existen situaciones del ambiente laboral que agravan los cuadros, como las cargas horarias excesivas o la sensación de pérdida de la calidad de vida y la falta de reconocimiento de los jefes.

Aunque el estrés no se considera una enfermedad, al volverse crónico genera trastornos que pueden ser muy graves en un contexto de trabajo.

Cuando su manifestación es fisiológica puede provocar afecciones que van desde las gastrointestinales, como la gastritis y la colitis, hasta los infartos; si se manifiesta en cambios en el comportamiento, es posible que torne violento un espacio laboral, y si las afectaciones son intelectuales genera problemas como la falta de concentración o de memoria y los accidentes.

Las depresiones, según su grado, pueden provocar desde un mal ambiente de trabajo hasta ideaciones suicidas.

Uno de los casos más terribles de la historia reciente es el del copiloto de un avión de la Germanwings, Andreas Lubitz; deprimido sin tratamiento, se suicidó al estrellar un avión con 150 personas a bordo, en marzo de 2015.

 

Los trastornos y sus síntomas

:: Los trastornos mentales se manifiestan en alteraciones del pensamiento, la percepción, las emociones, la conducta y las relaciones con los otros. Algunas manifestaciones de los trastornos de ansiedad son las conductas obsesivo-compulsivas, el estrés postraumático, los ataques de pánico y el temor al ridículo.

:: La ansiedad es un estado de las emociones; un sistema de alerta ante un peligro o amenaza, que se prolonga en el tiempo. Tiene pocas variaciones durante el día. No implica la pérdida de la capacidad de disfrute, aunque es posible que desencadene enfermedades autoinmunes, que pueden llevar a la muerte.

:: Algunos signos de la ansiedad son la sudoración en las manos, el aumento de la frecuencia cardiaca y la piloerección, a la que se le dice piel de gallina.

:: La depresión se considera un trastorno del estado de ánimo. Es una de las primeras causas de discapacidad en el mundo. La OMS calcula que 300 millones de personas viven con este mal, que afecta más a las mujeres.

:: Algunos síntomas de la depresión son el descenso de la afectividad, que se manifiesta con tristeza; pérdida de interés y de la capacidad de disfrutar; sentimientos de culpa o baja autoestima; trastornos del sueño o del apetito, cansancio y falta de concentración.

:: Las personas deprimidas muestran indiferencia, “infelicidad, escepticismo y apatía, curso lento y dificultoso del pensamiento, ensimismamiento y falsas interpretaciones en el ámbito perceptivo, temor e ideas obsesivas”.* Comienzan a aislarse. También pueden tener síntomas físicos sin causas orgánicas aparentes.

:: La depresión se distingue de la tristeza cuando estos síntomas duran todo el día a lo largo de dos semanas.

:: La OMS advierte que los sistemas de salud nacionales no han respondido de forma adecuada al problema. En los países de ingresos bajos y medios —entre los que se encuentra México—, entre 76 y 85 por ciento de las personas con afectaciones graves no recibe tratamiento. En los países ricos, sólo entre una tercera parte y la mitad de los afectados es atendida.

Fuentes: Organización Mundial de la Salud, Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, libro Alternativas psicológicas de intervención en problemas de salud.

* Tomado del capítulo “Estrés, personalidad y depresión: algunos indicadores para actuar de manera preventiva”, del libro Alternativas psicológicas de intervención en problemas de salud, de Everardo Camacho Gutiérrez y Sergio Galán Cuevas (USLP/UDEG/Manual Moderno, 2015).

 

Según la información de Pienso, las ocupaciones profesionales y los ambientes laborales que generan más estrés y depresión son los bancos, las bolsas de valores, los centros de control de vuelos, el sector salud y la educación. Yo añadiría el periodismo. María V. añadiría las instituciones policiacas.

Entre 2015 y 2017, María vivió en el infierno durante un año y medio, en una oficina de seguridad pública cuyo nombre no daremos por razones de seguridad privada. Ahí, recuerda, recibía llamadas y mensajes las 24 horas y enfrentaba las exigencias constantes de dar resultados, prácticamente sin personal. “Yo pensé que era lo normal para el puesto; que valía la pena porque iba a cambiar la vida de las personas. No pude hacerlo y entré en una espiral de ansiedad que me fue envolviendo. Llegó el momento en que era una autómata [ahí está la palabra otra vez]; hacía las cosas, pero no sabía por qué”.

Por si fuera poco, tenía un puesto de alto riesgo. Y un jefe que se volvió un monstruo. “En el organigrama no era mi jefe, pero actuaba como si lo fuera”. Cierta vez, María hizo algo que a él no le gustó y empezó un hostigamiento feroz. “Un día llegó muy enojado a mi oficina, acompañado de un comandante armado. Golpearon cosas y gritaron que, si no me había quedado claro quién era mi jefe, ellos se iban a encargar de decírmelo”. Algunos compañeros de trabajo tomaron fotografías de la agresión. Por miedo, nadie se animaría a publicarlas.

María se sentía humillada y temerosa casi siempre. Por falta de tiempo, había abandonado su terapia.

“Para escaparme, cada tercera noche me veía con una amiga. No sentábamos a beber: no para acabar en borrachera, sino como necesidad de relajarme; de quitarme la ansiedad y la depresión. No se quitaba, porque no podía dormir. Estaba consciente de que eso no era saludable, pero también de que no tenía opción”.

 

Reconocer los factores de riesgo

Antonio y María son dos profesionales que no solicitaron ayuda de un profesional durante sus periodos de pesadilla.

Lo mismo ocurre con siete de cada diez personas que padecen trastornos de ansiedad y depresión. Siete de cada diez no se atienden; y quienes lo hacen, recurren a un psicólogo cuando han vivido entre ocho y diez años con el problema, señala Everardo Camacho.

Que se sepa, los empleadores de las dos personas que dieron su testimonio tampoco hicieron una evaluación acerca de los riesgos psicosociales que implican los puestos de trabajo citados arriba. Si los hechos hubieran ocurrido en estos momentos, sus empresas tendrían la obligación legal de responder. El 23 de octubre de 2018, el Diario Oficial de la Federación publicó la Norma Oficial Mexicana NOM-035-STPS-2018, Factores de riesgo psicosocial en el trabajo. Identificación, análisis y prevención. La disposición es obligatoria para todos los centros de empleo del país, con distintas condiciones, según su número de trabajadores.5

Por primera vez en la historia de México se define a los factores de riesgo psicosocial como los que “pueden provocar trastornos de ansiedad, no orgánicos, del ciclo sueño-vigilia y de estrés grave y de adaptación”, derivados de la naturaleza del puesto de trabajo, el tipo de jornada y la exposición a acontecimientos traumáticos y de violencia laboral. Entre esos factores de riesgo se consideran las cargas excesivas de obligaciones, la imposibilidad de influir en la organización y en el desarrollo del trabajo, la rotación de turnos sin periodos de descanso, la interferencia en las relaciones familiares y el liderazgo negativo.

La norma establece instrumentos precisos de medición, como observables, encuestas y protocolos. Tiene fallas, pero es un buen comienzo, indican Hugo Mendoza y Manuel Pando.

Para el responsable de Procesos Educativos del Cereal, el documento surgió más por la baja de productividad que por un interés genuino de los patrones en el bienestar de sus empleados. “Hay que vigilar que su aplicación sea real: como está hecha, la Ley Federal del Trabajo resolvería muchas situaciones si se siguiera al pie de la letra, lo cual no ocurre”.

Para Manuel Pando, de Pienso, la NOM-035 deja claro que en las empresas existen condiciones que afectan a la salud mental; obliga a las que tienen más de 16 trabajadores a hacer investigaciones acerca de estos factores de riesgo e involucra a las instituciones de seguridad social para que se activen en la detección de las enfermedades mentales.

El especialista en salud laboral es optimista. Afirma que, aunque sea por su propia conveniencia, cada día más empresarios entienden que tener un mejor ambiente laboral y trabajadores más sanos genera mayor productividad.

A los trabajadores, la norma los obliga a denunciar situaciones adversas a un clima laboral saludable y a someterse a terapias en el caso de que el flautista de Hamelín comience a hacer sonar su música.

Y a todos los implicados, a reconocer que la ansiedad y la depresión son enfermedades. Y las enfermedades no se curan con un “échale ganas”.

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