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Neg otium

Este artículo destaca la relevancia histórica del ocio como un beneficio clave para la buena salud de las sociedades contemporáneas.

 

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El pasado 28 de septiembre se inauguró en Japón una nueva zona de entretenimiento de cuatro mil metros cuadrados. Se trata de la primera franquicia mexicana en llegar a Japón y se llama Kidzania. Esta empresa se autodefine como un “centro de entretenimiento, diversión y educación infantil […] una ciudad a escala donde los niños juegan a ser adultos, a ser bomberos, policías, estilistas, arqueólogos, y más de sesenta profesiones y oficios ”. Según una publicación especializada, la empresa, que comenzó en la ciudad de México y abrió también una sede en Monterrey, contempla que a Tokio le sigan Yakarta, Dubai y Lisboa.

En una primera lectura el proyecto me pareció que, al tiempo que da una imagen de sano entretenimiento hace pensar en un atractivo modelo de negocio, dado que los pabellones que conforman el complejo corren a cargo de patrocinadores, pues el recorrido que hacen los niños en las diferentes actividades tiene lugar en espacios con nombre y apellido: los niños juegan al estudio de modas Barbie, a la casa en construcción Cemex o al taller mecánico Chevrolet.

Una segunda lectura me ha hecho reconsiderar mis primeras impresiones, para dar pie a algunas reflexiones sobre un tema que me inquieta: el ocio, su relación con el trabajo y con el uso del tiempo.

“AL CONOCER EL JUEGO SE CONOCE EL ESPÍRITU"
Esta frase del historiador holandés Johan Huizinga (1872–1945), en Homo ludens, su texto clásico sobre el juego, me parece afortunada para el caso. La empresa Kidzania “juega” a partir de dos variables que expresan claros aspectos del espíritu de nuestra sociedad, que más allá de su papel dentro del mecanismo social, figuran como valores predominantes, el empleo y el consumo.

El juego, como manifestación de ocio, y sobre todo el juego libre, ha sido siempre una proyección de la vida considerada seria. En él, los seres humanos ensayan diversas dinámicas sociales, proyectan sus miedos y necesidades, se recrean en actividades que trascienden lo utilitario para ubicarse en el campo de las posibilidades y los deseos, y estas últimas son sus características más valoradas por los especialistas.

Sin embargo, en Kidzania se juega a lo que genera utilidad y productividad, a trabajar en una empresa para obtener cierto producto cuyo objetivo es conseguir el consumo. Como dice su página web, “es un centro cien por ciento seguro, interactivo y educativo, en donde los niños portan el uniforme de las diferentes actividades que realizan y aprenden la complejidad de la vida adulta en una ciudad, conocen su infraestructura, las diversas profesiones u oficios, y el valor del dinero, ¡igual que en la vida real!”. Podría hacerse un análisis del concepto general como su infraestructura de entretenimiento; sin embargo, aprovecho el caso sólo como telón de fondo para destacar algunos aspectos que sitúan la discusión sobre una visión positiva y humanista del ocio, y que reconfirman una idea del trabajo como un valor desproporcionado respecto a otros ámbitos importantes del desarrollo humano. Intentemos entonces definir el ocio por su antítesis.

LA MADRE OCIOSIDAD
Tanto a mi partida como a mi regreso de cursar en el extranjero estudios de posgrado sobre el ocio, escuché diversos comentarios sobre el tema, desde la burla discreta hasta la más genuina curiosidad. Estos comentarios han surgido de lo que en México se entiende por ocio: la pereza, el desdén, el derroche de tiempo, nociones derivadas de una distorsión de su significado. La palabra ocio se deriva del vocablo latino otium, y su connotación ha variado a lo largo de la historia. Aristóteles, en su Política, decía que “la naturaleza humana busca no sólo trabajar correctamente, sino la capacidad de emplear bien el ocio. Éste es el fundamento de todo”. Y en la Ética a Nicómaco recalcaba: “no nos privemos del ocio más que para conseguirlo”. Para él, el ocio era sinónimo de felicidad. Los romanos acuñaron el término negotium, que implicaba realizar actividades que negaban el otium, pero que, como eran el medio para obtenerlo, lo tenían como finalidad. De ahí derivaría la palabra negocio.

A partir de la Revolución Industrial, el trabajo —mejor dicho, el empleo, entendido como un esfuerzo remunerado que permite alcanzar la abundancia—, se volvió el principal mecanismo de la dinámica económica. Antes, dicha abundancia se alcanzaba sólo por medio de la posesión de alguna propiedad y en el caso de poseer grandes talentos para la ciencia y las artes. Hoy el empleo es considerado un valor, un fin en sí mismo, muy lejos de aquella concepción de los clásicos como una negación del ocio.

Algunos científicos sociales consideran que las civilizaciones se estructuran a partir de sus pérdidas. Las primeras lo hicieron a partir de los ritos relativos a la muerte. Si retomamos esta idea podemos decir que el ocio constituye una de las principales pérdidas de nuestra sociedad, al ser el mayor deseo, y también el que más difícilmente se alcanza. Para el investigador francés Jean-Claude Millner, “a los que les interesa que el tiempo de trabajo se utilice al máximo podrán compensar la falta de tiempo de ocio comprando equivalentes comerciales [...] la civilización material trastoca sus significaciones”. Así, en nuestros días la concepción del ocio toma más la forma de objetos que de tiempo. “Si antes se afirmaba que el tiempo se podría perder”, continúa, “y se demostraba mediante objetos de placer y de belleza que esa pérdida era lícita, en adelante esta civilización material afirmará que el tiempo perdido, que el tiempo de ocio, tiene un equivalente en mercancías, y que, gracias a ellas, siempre se puede hacer, y cada vez más, que lo absorban los objetos”.

Derivado de esto, en muchos casos el registro que permanece del ocio es el de objetos de consumo, desde una lancha deportiva hasta un souvenir. Las obras de arte se vuelven espectaculares no sólo por su belleza o su papel en el arte, sino por su valor comercial, al igual que los equipos deportivos, o las formas de jugar.

El ocio al que me he referido no sería entonces ni un lujo ni un premio al trabajo ni una forma de perder el tiempo.

EL OTIUM
El ocio es un dinamismo humano que subyace y subsiste al consumo. A principios del siglo XX, el filósofo alemán Joseph Pieper reinterpreta el ocio de los griegos, definiéndolo como “un estado del alma”, contrapuesto a aspectos característicos del trabajo como la actividad, el esfuerzo y la función social.

Más recientemente, la Asociación Mundial del Ocio (WRLA, por sus siglas en inglés) y el investigador de la universidad jesuita de Deusto, Manuel Cuenca, coinciden en definir el ocio como una experiencia positiva, gratuita, necesaria y enriquecedora, que no depende de la actividad en sí misma, ni del tiempo, el nivel económico ni de la formación de las personas que la viven, sino que se relaciona con el sentido en que la experimentan, con la experiencia subjetiva. Se relaciona con la vivencia de situaciones y experiencias placenteras y satisfactorias, y constituye una manera de expresar la personalidad.

Así, el ocio no es algo que se tiene, sino algo que es. A diferencia de la connotación de tiempo libre, que se refiere a la temporalidad de tipo social o laboral, un tiempo cuantitativo, cronológico, el ocio se relaciona con una temporalidad de tipo personal, un tiempo cualitativo, “espiritual”. Conforme esta noción, la relación entre ocio y trabajo no tendría que ser problemática. El ocio no es lo contrario del trabajo, ni depende de él, sino que persiguen fines distintos; una misma actividad puede significar una experiencia de ocio o de trabajo según la vivencia de cada persona. Pero en muchos casos, cuando el trabajo deja de ser un medio de vida o una fuente de satisfacción para volverse un mecanismo que alimenta un insaciable consumismo, invade espacios y tiempos destinados a otro tipo de experiencias humanas. Tanto que gran parte de la oferta actual de actividades para el ocio, no necesariamente se circunscribe a éste, sino al mismo trabajo, al dirigirse a la recuperación de energía gastada y destinada a él: el descanso, que puede considerarse una parte sustancial del trabajo, pues indirectamente genera productividad, utilidad y valor.

  

Para muchos, esta idea de un ocio que no fácilmente se da en el trabajo y que va más allá del tiempo de descanso y de las responsabilidades sociales y familiares puede resultar utópica, dado que nuestra percepción del tiempo es que es cada vez más escaso y evanescente. No obstante, la posibilidad de vivir un ocio que trascienda las esferas del consumo sigue siendo una posibilidad que surge de la negociación entre el ámbito personal y el social y, por qué no, del político. Buena parte de las conquistas sociales del último siglo tienen que ver con un reconocimiento del ocio como derecho humano, ajeno a una connotación de lujo y privilegio. Si bien más claramente identificado con una idea de tiempo libre y ubicado en una gama de actividades prototípicas (la cultura, el turismo, el deporte y la recreación), el sentido profundo del término se mantiene vigente.

De aquí que casos como el de Kidzania resulten incompletos respecto a lo que una sociedad necesita para expresar su ocio. Al reconocerlo como un derecho humano, tanto el gobierno como la iniciativa privada han de crear infraestructuras, tiempos y recursos destinados al desarrollo y la expresión del ocio. Un asunto complejo si reconocemos que existen claros beneficiarios de una lógica social donde predomina el empleo como principal dinámica económica. En una prestigiada institución humanista local la evaluación del desempeño de sus empleados sólo se considera muy buena si se hace más de lo previsto. Siempre hay que trabajar de más para hacer un buen trabajo. Sin comentarios.

Esto, a lo que le he llamado desproporción entre valores, ha comenzado a cobrar su déficit. Las enfermedades cardiovasculares, debidas en mucho al estrés y al sedentarismo, son el principal motivo de enfermedad; sin considerar a la llamada enfermedad del siglo XXI: la depresión, en ocasiones atribuida a un aburrimiento crónico consecuencia de un estancamiento espiritual y pérdida de sentido por la incapacidad de abandonar el nivel de las cosas y acceder al nivel lúdico.

Pero la función del ocio como paliativo o reconstituyente, si bien es real y positiva, no es la que me interesa que guíe futuras reflexiones sobre el tema, sino la del ocio que ofrece la posibilidad de atender necesidades de realización, expresión y desarrollo personal. Las satisfacciones del ocio son, desde una lectura humanista, el alimento al ejercicio de la vida seria; como dice Cuenca, “la génesis del ocio como experiencia elegida y deseada es la génesis de los deseos”.

En este sentido, los proyectos, las infraestructuras, los negocios y las políticas públicas y privadas deben ser responsables del potencial que tiene el ocio en el desarrollo humano; como ciudadanos debemos proteger un derecho que va más allá de nuestro papel como consumidores y que no debe ser privilegio de unos cuantos. Se trata de conformar una postura crítica que permita negociar entre las grandes dinámicas sociales de la posmodernidad y el margen personal de decisión, construyendo lo que, en 1930, el economista J.M. Keynes esperaba: “por primera vez desde su creación, el hombre se enfrentará con su problema real y permanente: cómo usar su libertad ante los afanes económicos acuciantes, cómo ocupar el ocio que la ciencia y el interés compuesto le habrán ganado, para vivir sabia y agradablemente”. m.  

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