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Más filma el viejo

El mundo cinematográfico está habitado por realizadores de primer orden que han recorrido trayectorias meritorias y forman parte de lo más selecto de la historia del cine. En la pantalla es posible constatar, por medio de sus cintas recientes, que no envejecen: su obra conformaría una respuesta negativa a la pregunta que hace un personaje del cuento “El dux y la dogaresa” de E.T.A. Hoffmann, “¿es que los años significan necesariamente vejez?”.

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El año 2007 fue cruel con el cine llevándose a dos veteranos hitos de todos los tiempos: al sueco Ingmar Bergman y al italiano Michelangelo Antonioni. Ambos habrían encabezado la lista de cineastas con largas y provechosas carreras, pero como reza el misericordioso lugar común, “se nos adelantaron”. Sin embargo, el mundo cinematográfico sigue siendo habitado por realizadores de primer orden que no se cuecen al primer hervor, que han recorrido trayectorias meritorias y forman parte de lo más selecto de la historia del cine. En la pantalla es posible constatar, por medio de sus cintas recientes, que no envejecen: su obra conformaría una respuesta negativa a la pregunta que hace un personaje del cuento “El dux y la dogaresa” de E.T.A. Hoffmann, “¿es que los años significan necesariamente vejez?”.

Sí, las más recientes entregas de memorables septuagenarios (Roman Polanski, Woody Allen, Ken Loach o Costa-Gavras), privilegiados octagenarios (Eric Rohmer o Alain Resnais) y un casi centenario (Manoel de Oliveira, que a sus 99 años es el cineasta más longevo), dejan ver que el tiempo no pasa por ellos: todo él se ha quedado como experiencia, como fértil acumulación. Todos ellos siguen vivos y activos (¿siguen vivos porque siguen activos?); para todos ellos aplica el título del libro que congrega textos de y entrevistas hechas a Michelangelo Antonioni: Para mí, hacer una película es vivir. Recordemos a algunos de ellos (por lo menos), antes que la muerte los (nos) alcance.

MANOEL DE OLIVEIRA
PORTUGAL, 1908
Es un “ejemplar” ejemplar no sólo para el gremio cinematográfico, sino para el género humano. Inició su labor cuando el cine aún era silente y en más de 70 años ha engrosado una copiosa filmografía que no deja de incrementarse: en 2007 filmó dos largometrajes y un cortometraje, y para 2008 tiene un par de proyectos para entretenerse. Su cine fue maduro de manera precoz y posee el aliento de las grandes novelas (en más de una ocasión ha encontrado la inspiración en la literatura). En su obra sobresalen títulos como Viaje al principio del mundo (1997), La carta (1999) y Valle Abraham (1993). De Oliveira es, para decirlo en una palabra, venerable.

ERIC ROHMER
FRANCIA, 1920
Rohmer es uno de los padres de la famosa Nueva Ola francesa, y desde los años sesenta se desliza con éxito contra toda corriente de moda. Fue crítico riguroso y teórico puntilloso; su cine se caracteriza por la austeridad, tanto en las historias (con pocos personajes) como en la producción (con equipos de rodaje reducidos al mínimo indispensable). De sus seis “cuentos morales” sobresale La coleccionista (1962). Luego, de la serie “Comedias y proverbios”, es notable Pauline en la playa (1983). Recientemente ha mostrado interés por el cine de época, como en Los amores de Astrée y de Céladon (2007). Rohmer es un gran moralista, y su cine hace el bien.

ALAIN RESNAIS
FRANCIA, 1922
Es considerado, con justicia y justeza, un innovador del lenguaje cinematográfico. En sus inicios concibió un memorable documental sobre el horror en los campos de concentración nazi, Noche y niebla (1956). En la literatura encontró un campo fértil para la ficción: El año pasado en Marienbad (1961) se inspira en Alain Robbe-Grillet; Hiroshima mi amor (1959), en Marguerite Duras. En su obra es apreciable el riesgo constante, la preocupación por explorar los mecanismos del subconsciente, la persistencia de la memoria. Corazones (2006), su más reciente largo, obtuvo el León de Plata en el Festival de Venecia, lo que prueba que el suyo está libre de esclerosis.

SIDNEY LUMET
ESTADOS UNIDOS, 1924
En 1948 se inició en la televisión, y casi diez años después alcanzó celebridad en el cine con Doce hombres en pugna (1957). En los para él provechosos años setenta, entrega títulos como Serpico (1973) y Tarde de perros (1975). Habitualmente sus cintas ponen al individuo contra la pared y exhiben la desigual relación de éste con las instituciones. En 2007 estrenó Antes que el diablo sepa que estás muerto y anunció un proyecto para 2008. El guionista y realizador David Mamet lo considera “el maestro”, y comenta que el libro de Lumet, Así se hacen las películas (1995), es como su cine: “franco, justo, con ritmo y muy, muy elegante”. No hay nada más que añadir...

 

NELSON PEREIRA DO SANTOS
BRASIL, 1928

A mediados de los años cincuenta, en Brasil surgió el Cinema Novo, un movimiento con una sólida base teórica, revolucionaria, que aspiraba a mostrar el lado “oscuro” de la sociedad, la desigualdad económica y la injusticia. Su máximo exponente fue Glauber Rocha y, de acuerdo con él, fue Nelson Pereira dos Santos la “conciencia” del novo. Éste debutó con Río 40 grados (1955), que fue filmada en cooperativa y ponía en pantalla las miserias de las favelas de Río de Janeiro. En Brasilia 18% (2006), su más reciente entrega, dos Santos muestra que sigue siendo tan combativo como hace 50 años. A diferencia del futbol brasileño, su cine sí goza de buena salud.

MEMORIA VIVA

Las agresivas políticas para el retiro laboral que actualmente se imponen por todo el mundo tienen entre otros pretextos las expectativas de vida que en estos tiempos gozan los humanos que nacieron en otros tiempos: como ahora cabe esperar vivir más, es imperioso trabajar más. Al respecto hay numerosos inconformes, sobre todo los que a sus 50 años o menos añoran recibir jugosas mesadas en la pereza de su hogar y a costa de instituciones públicas (en México tenemos cuantiosos ejemplos vergonzosos). Sin embargo, también hay los que a sus 70 años o más continúan trabajando con gusto y por gusto. En esta lista habría que anotar a un selecto grupo de cineastas que siguen gritando “corre cámara” y dando “acción” a sus vidas detrás de la cámara... hasta que la desleal huesuda les dé el último “corte”.

Algunos de ellos iniciaron sus carreras en movimientos cinematográficos que marcaron la historia del cine, como el brasileño Nelson Pereira dos Santos, fundador del Cinema Novo. Mas es la veterana Ola francesa la que lleva la mano si de cineastas longevos se trata: sobrevivientes de la Nueva Ola, como Jean-Luc Godard, Eric Rohmer y Claude Chabrol han sabido mantenerse en las alturas de una industria que privilegia la autoría y ve más allá de la taquilla. Ellos son la viva prueba del éxito de dos sistemas que se mantienen a contracorriente de la mísera globalización: el de la producción, la distribución y la exhibición cinematográficas... y el de la salud.

Emilio García Riera tituló uno de sus libros El cine es mejor que la vida. Los veteranos que aquí rememoramos acaso añadirían que no hay mejor vida que el cine.

JEAN-LUC GODARD
FRANCIA, 1930

En sus orígenes, Godard fue crítico de la revista Cahiers du cinéma, desde cuyas páginas se edificó la “política de los autores”, que puso el acento sobre ciertos realizadores. Con Sin aliento (1959), su ópera prima, inauguró la Nueva Ola francesa y dejó ver que en él había un autor excepcional. En ella es posible ver cómo el cine mismo es provechoso objeto de reflexión: en manos de Godard el cine y el video han sido herramientas lúcidas y lúdicas. Con cerca de cien títulos, entre los que sobresale la polémica Yo te saludo María (1985), Godard explora el funcionamiento de la sociedad y del individuo que la padece. Su obra es ardua, mas muestra cómo con el cine también se piensa.

ETTORE SCOLA
ITALIA, 1931
Como un niño con juguete nuevo, a los 72 años se subió a un camión urbano para registrar el pulso a la ciudad de sus amores: Gente de Roma (2003) es una cinta armada a base de breves viñetas que condensan la vida de los romanos. Episodios dedicados a la senectud y sus problemas son ahí ventilados, no obstante, Scola muestra un vigor envidiable. Al parecer quedaron atrás las estrellas (Marcello Mastroianni en una decena de cintas, entre ellas Un día muy especial) y los grandes temas (Splendor y el cine; La noche de Varennes y la Historia), lo cierto es que el italiano sabe tomar el pulso a los nuevos tiempos, y su cine no tiene problemas de presión.

 

MILOS FORMAN
CHECOSLOVAQUIA, 1932
En su natal Checoslovaquia, Forman exhibió una irreverente lucidez; para muestra, ¡Al fuego, bomberos! (1967), que alberga una crítica velada a los excesos “comunistas”. A raíz de ella emigró a Estados Unidos, y ahí su obra ha crecido con lustre: de Atrapados sin salida (1975) a Los fantasmas de Goya (2006), su más reciente largometraje, el checo muestra una ironía y una libertad apreciables. Amadeus (1984) representa un hito, y hasta Oscar reconoció su valor con ocho estatuillas. Con ella inauguró una trilogía sobre la “genial idiotez” que cerró Hombre en la luna (1999). Su filmografía no pasa de los veinte títulos, pero con él la cantidad es inversamente proporcional a la calidad.

ROMAN POLANSKI
POLINIA, 1933
La biografía de Roman Polanski lleva el sello de la tragedia (su madre murió en los campos de concentración nazis; Sharon Tate, su mujer, fue asesinada poco antes de dar a luz); sin embargo, en su cine es apreciable un amplio abanico de géneros: de la comedia (La danza de los vampiros) al thriller (Frenético), pasando por el cine negro (Chinatown), el polaco ha sido capaz de manipular con maestría, con eficiencia y solvencia, registros bastante contrastantes. Con El pianista (2002) rompió las reservas de Oscar; Oliver Twist (2005) es su más reciente largo. Acaso Polanski es ecléctico en el cine para hacer soportable la tragedia de su vida.

THEO ANGELOPULOS
GRECIA, 1935
Tremendos berrinches hizo el buen Theo en 1995 cuando se le escapó la Palma de Oro, que ya sentía en la palma de la mano, con La mirada de Ulises: se la “arrebató” el irreverente jovenzuelo Emir Kusturica con Underground, y el griego lo consideró como una falta de consideración. Sin embargo, Cannes le hizo justicia tres años después con La eternidad y un día. Más allá de las vanidades, Angelopoulos concibe sus cintas como óperas épicas que avanzan con lentitud, como su cámara: majestuosos frescos en los que la Historia se inscribe en las historias. Su obra no llega a veinte títulos en más de 40 años de labor, pero en 2004 inició una trilogía, es decir, aún se siente con cerda para rato.

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