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Malala: levantar la voz para defender los derechos

La valentía con la que se enfrentó al fanatismo talibán en el Valle de Swat, en el norte de Pakistán, que prohíbe estudiar a las niñas y niega sistemáticamente los derechos de las mujeres, ha convertido a Malala Yousafzai en un símbolo internacional de la lucha por los derechos de las mujeres y de los niños.

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Malala Yousafzai sufrió un atentado de parte de los talibanes. Foto: EFE
Malala Yousafzai sufrió un atentado de parte de los talibanes. Foto: EFE

A Malala Yousafzai los talibanes le dispararon una bala en la cabeza. Intentaron matarla por defender su derecho a ir a la escuela. Le desdibujaron la sonrisa; no obstante, el fuego del odio no le provocó rencor.

El atentado sucedió el 9 de octubre de 2012. Como a cualquier niña, se le pegaron las cobijas, respondió su examen de historia sobre Pakistán, jugó en el patio de la escuela y se comió un elote. Luego, junto con su mejor amiga, Moniba, tomó el transporte escolar de regreso a casa.

Iban apretujadas, como de costumbre, con los libros abrazados y las mochilas entre los pies. Su memoria recuerda todo: el calor pegajoso, el olor pestilente del río, al carnicero matando pollos, el polvo sobre todas las cosas, la fábrica de dulces. Y recuerda también que un par de calles antes de llegar al puesto de control del ejército, el transporte escolar se detuvo súbitamente. “¿Éste es el autobús del Colegio Khushal?”, preguntó un joven barbudo al conductor. Otro se acercó a la parte trasera de la camioneta: “¿Quién es Malala?”, y apuntó su pistola negra.

Nadie respondió. Ni siquiera Malala, que tantas veces había ensayado lo que le diría a los talibanes si se acercaban a hacerle daño. Sólo le apretó la mano a su amiga Moniba. Entonces, sucedió: el talibán disparó tres veces a quemarropa a tres niñas y, aunque no mató a ninguna, dio en el blanco: una de esas niñas era Malala. La bala le hinchó el cerebro, dañó el oído izquierdo y cortó un nervio de la cara que le machucó la sonrisa.

Pero sobrevivió.

Esto ocurrió durante los años en que los talibanes, un grupo radical del Islam, tomaron el control de algunas provincias en el norte de Pakistán, cerca de la frontera con Afganistán. Fueron tiempos de violencia y horror: castigaban con la muerte y exhibían los cuerpos en una plaza, a otros los azotaban ante la mirada de muchos, a las mujeres les prohibieron ir al mercado, destruyeron cientos de escuelas. Y a las niñas les prohibieron estudiar.

Malala defender educacion En esta fotografía, tomada el 24 de septiembre de 2013, se ve a estudiantes paquistaníes que asisten a una clase en una escuela en Mingora, capital del Valle de Swat, en Pakistán. Foto: AFP

En su libro Yo soy Malala (Alianza Editorial, 2013), Malala narra que ella tenía diez años cuando los talibanes llegaron a Mangora, una ciudad rodeada de montañas, en el Valle de Swat, en Pakistán. El maulana Fuzlullah, su líder, era un joven de 28 años quien, a través de una emisora de radio ilegal, animaba a la gente a adoptar buenos hábitos y abandonar las prácticas que él calificaba como deleznables: condenó el comercio de cd y dvd, pidió que quemaran las televisiones, cerró las peluquerías y prohibió afeitarse. Los policías dejaban sus empleos y ponían anuncios diciendo que ya no lo eran para evitar que los asesinaran; a los policías les siguieron los músicos, que publicaron sus anuncios para advertir que habían dejado el pecado de la muerte; las mujeres fueron azotadas y los hombres, asesinados y exhibidos sus cuerpos en una plaza pública. En casa de Malala, su madre dormía con un cuchillo debajo de la almohada y dejaba una escalera apoyada en el muro de atrás para que su esposo pudiera escapar si iban a buscarlo.

Ziauddin Yousafzai, el padre de Malala, es un poeta y educador que llevaba años trabajando para cumplir su sueño: tener una escuela. Desde que era estudiante se dio a conocer como un buen orador y polemista, y se convirtió en un activista de la igualdad de derechos para los pastunes, un grupo étnico de las provincias del norte de Pakistán.

El país estaba en crisis, y en momentos así los pastunes recurren a sus tradiciones. Fue así como los ancianos de Swat formaron una asamblea llamada Qaumi Jirga para enfrentarse a Fazlullah, describe Malala en su autobiografía. Necesitaban un vocero y ése fue Ziauddin. “Colaboraré con cualquier organización que trabaje por la paz. Si quieres resolver una disputa o salir de un conflicto, lo primero es decir la verdad. Si tienes dolor de cabeza y le dices al médico que te duele el estómago, ¿cómo te va ayudar? Hay que decir la verdad. La verdad acaba imponiéndose al miedo”, la aleccionó su padre.

Ziauddin hablaba en seminarios y daba entrevistas a los medios. En muchas de estas actividades, Malala estaba presente. Recuerda que se sentaba en las piernas de su padre a escuchar las conversaciones que tenía con sus amigos y los hombres sabios. Ella tenía once años cuando también comenzó a dar su opinión y defender el derecho de niños y niñas a estudiar: “Ir al colegio, leer, hacer los deberes, no es una forma de pasar el tiempo, es nuestro futuro”.

Fue en este contexto cuando Malala aceptó escribir un blog para la bbc con el seudónimo Gul Makai —que significa azulina y es el nombre de la heroína de una leyenda pastún—, en el que relataba las experiencias de vivir en Swat tras la llegada de los talibanes al poder.

El 3 de enero de 2009 publicó su primera entrada con el título “Tengo miedo”: “Tuve un sueño terrible anoche en el que había helicópteros del Ejército y talibanes. Tengo esos sueños desde que se lanzó la operación militar en el Swat. Fui a la escuela con miedo porque el Talibán había emitido un edicto en el que prohíbe que las niñas vayamos a la escuela…”.

Pakistán es el segundo país en el mundo con más niños y niñas fuera de las aulas, después de Nigeria. Mientras 60 por ciento de los niños asiste a la primaria, la proporción de niñas en este grado escolar es de 51 por ciento. Sin embargo, según cifras de la unesco, casi la mitad de ellos y dos terceras partes de ellas no terminan el ciclo básico.

La situación de las mujeres se complica por normas como el purdah —aislamiento—, una práctica musulmana que impide que las mujeres sean vistas por los hombres. Hay escuelas sin baños o muros a su alrededor, lo que obstaculiza que las niñas puedan cumplir con el purdah, explica un especialista en género de la Unicef. En otros casos, las escuelas no tienen maestras y para muchos papás es inadmisible que sean hombres los que den clases a sus hijas. Además, si se trata de una adolescente, ésta debe ser acompañada por un varón hasta la escuela. La tasa de mujeres pakistaníes alfabetizadas es de 42 por ciento.

Malala defender educacion Una familia paquistaní camina frente a unos tanques petroleros en llamas, luego de una serie de ataques talibanes el 7 de octubre de 2010. Ese día, más de 40 vehículos de la OTAN fueron destruidos por el grupo terrorista. Foto: AFP

“Muchos creen que la educación moderna fomenta en las niñas una conducta licenciosa y vulgar. La educación les proporciona a las niñas una confianza y una amplitud de miras que los hombres no pueden tolerar. Se les priva de todo el aprendizaje que pudiera emanciparlas”, dijo Mariam Khalique, quien fue maestra de Malala, en una reunión del Comité de las Naciones Unidas para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer.

La UNESCO ha alertado acerca de que ante tales condiciones en el mundo, no existe posibilidad alguna de que los países alcancen el objetivo de educación primaria universal para 2015.

Los rezagos e injusticias que inspiran la lucha de Malala no son exclusivos de Pakistán. En el mundo, 130 millones de niños no van a la escuela: 70 por ciento son mujeres, según cifras de la Fundación Malala, organización que apoya a los defensores de la educación en todo el mundo, difunde programas de gestión comunitaria y en su nómina de benefactores tiene a la actriz Angelina Jolie, quien donó 200 mil dólares para que más niñas en el mundo puedan estudiar.

 

Malala usa tacones

Malala le rezaba a Dios para ser alta. La última marca en la pared de su habitación no pasó de 1.53 metros. Quería crecer para dar la impresión de autoridad, pero no lo necesitó: los tacones sólo le ayudaron a sobresalir del atril. La congruencia le valió para ganar legitimidad.

A simple vista, la sobriedad del sari la haría parecer adulta, pero a Malala le gusta cubrirse el cabello con chales de colores vivos y siempre que se pueda viste su color favorito: el rosa. No usa joyas ni le preocupa la ropa. Siempre se le ve apacible, responde a las entrevistas con gesto de bondad y sin titubeos.

“Es una niña atrapada entre las ruedas de una responsabilidad colosal. Imaginen la situación: una realidad de violencia y abuso insoportables, un padre heroico que señala el camino y una niña inteligentísma, evidentemente superdotada, consciente de su propia dignidad y con una gran capacidad de compasión”. Así la describe la escritora Rosa Montero después de haberla entrevistado (goo.gl/3g7D1j).

En ocasiones, Malala vive episodios de normalidad: escucha a Justin Bieber, lee novelas de vampiros, se pelea con sus hermanos menores —Kushal y Atal— y llora cuando no termina la tarea a tiempo. Pero en su historia siempre sobresalen su madurez, su elocuencia y valentía.

Fue candidata al Nobel de la Paz; la revista Time la designó como una de las cien personas más influyentes en el mundo; fue la fuente de inspiración para el activismo político de Madonna y Angelina Jolie.

Malala defender la educacion Malala Yousafzai en el campo de refugiados de Zaatari, a diez kilómetros de la ciudad jordana de Mafraq, cerca de la frontera con Siria. Foto: Reuters

Estuvo nominada por la fundación Kids Rigths al Premio Internacional de los Niños por la Paz; ha ganado varios premios: el Nacional por la Paz (Pakistán); el Simone de Beauvoir (Francia), el Unicef de España y el de la Paz Internacional Tipperary (Gran Bretaña). En el Reino Unido recibió, además, el premio Valor por Gran Bretaña, que organiza el rotativo The Daily Mirror, que le fue entregado por el futbolista David Beckham.

La lista de reconocimientos la completan, entre otros, el Peter Gomes (Universidad de Harvard), el Sárajov a la Libertad de Conciencia (Eurocámara) y, recientemente, el Nacional por la Igualdad y la No Discriminación (México).

“Pensaron que las balas nos silenciarían, pero fallaron. Y de ese silencio surgieron miles de voces. Los terroristas pensaron que cambiarían mis metas y detendrían mis ambiciones. Pero nada cambió en mi vida excepto esto: la debilidad, el miedo y la desesperanza murieron. La fuerza, el poder y el coraje nacieron”, dijo en el discurso que pronunció en su cumpleaños 16, el día que las Naciones Unidas declararon el Día de Malala.

Ahí estaba ella, la niña de 1.53 metros que lleva un recuerdo de dolor en el rostro, compartiendo sus ideas al lado de Ban Ki Moon, secretario general de la onu, y frente a decenas de espectadores, entre ellos su mamá, quien lloraba en silencio, y su padre que, como casi siempre, sonreía feliz.

 

Malala y su padre

Dos meses antes del atentado a Malala, los talibanes lo habían advertido: “Estas dos están difundiendo el secularismo y hay que matarlas”. Se referían a ella y a otra activista. Se supo porque publicaron un mensaje en internet del que ni ella ni su padre se habían enterado. Una periodista pakistaní, radicada en Alaska, fue quien les informó. En ese momento, Ziauddin le sugirió a su hija parar las entrevistas y conferencias. Guardar silencio. Pero Malala es enérgica y valiente: “Tú eres el que me dijo que si creemos en algo más grande que nuestras vidas, nuestras voces se multiplicarán, incluso si estamos muertos ¡No podemos traicionar nuestra campaña!”.

Ziauddin Yousafzai es un promotor de la educación para niños y niñas y, sobre todo, defensor del derecho de las mujeres a estudiar. En 1994 pidió dinero prestado y fundó una escuela como forma de rechazo a la manera en que el sistema de Educación premiaba la obediencia por encima de la curiosidad y la creatividad. Cuatro años después nació Malala. En su libro relata que una norma pastún es sentir tristeza cuando nace una mujer, pero su padre experimentó lo contrario y le pidió a sus amigos que echaran frutas secas, dulces y monedas en su cuna, una tradición que sólo se aplica cuando el que nace es un varón. Después, tomó el árbol genealógico de su clan, trazó una línea que bajaba desde su nombre y en el extremo escribió “Malala”. Fue el primer nombre de una mujer en una historia de hombres.

Malala y su padre Malala Yousafzai camina con su padre, Ziauddin, rumbo a la escuela preparatoria para niñas en la ciudad de Edgbaston, en Birmingham, Inglaterra, en marzo de 2013. Foto: Reuters

Ziauddin incluyó a Malala en su lucha. Le permitía escuchar sus conversaciones con amigos, la invitaba a reuniones de trabajo, le permitía sentarse al lado de personas influyentes, la alentaba a opinar, compartía el micrófono con ella, le consultaba sobre sus problemas, incluso ellos dos fueron los protagonistas de un documental del The New York Times (Class Dismissed: Malala’s Story, 2010), acerca del complicado acceso a la educación durante la intervención talibán. Le expresaba su amor en público. Ziauddin Yousafzai confiaba en la osadía de su hija y ella le retribuía con profunda admiración.

Quizás el miedo más grande de Malala, incluso por encima del miedo a morir en un atentado talibán, sea defraudar a su padre. Cuando supo de la amenaza de los extremistas, no se angustió: “No sé por qué, pero oír que estaba amenazada no me preocupó. Me parecía que todos sabemos que algún día vamos a morir”, declaró la joven en una entrevista. Sin embargo, fallarle a su padre es diferente. Para muestra, basta leer la narración del día en que su madre descubrió que le había robado juguetes a una niña que antes le había robado los suyos. “No se lo digas a Aba [papá,] supliqué. No podría soportar decepcionarle. Es horrible sentirse indigno a los ojos de tus padres”, describe en su autobiografía.

Pero Ziauddin reconoce en su hija el valor de la libertad y lo que conlleva, como cometer errores. Alguna vez le dijo: “Yo protegeré tu libertad, Malala. Sigue tus sueños”. Y cuando le preguntan en entrevistas qué fue lo que hizo, él responde: “¿Qué es lo que no hice? Cortarle las alas”.

Ser un padre que otorga libertad a su hija en un ambiente misógino seguramente no fue sencillo. Después del atentado, Ziauddin ha acompañado a Malala a decenas de entrevistas y una de las preguntas que le hacen es si no consideró el riesgo de exhibir a su hija. No obstante, es una culpa que apaciguó desde las primeras horas graves de Malala en el hospital, cuando al preguntarle a su esposa: “Pekai, dime sinceramente, ¿crees que es culpa mía?”, ella respondió: “No, khaista. Tú no enviaste a Malala a robar o asesinar o a cometer algún delito. Era una causa noble”.

Malalas

La historia de Malala no es única. Así como ella, hay otras mujeres valientes y líderes a quienes grupos radicales del Islam intentan silenciar conforme el argumento de que la educación occidental es pecado.

El episodio más recientes es aquel en el que 200 jóvenes nigerianas fueron secuestradas por el grupo de extremistas Boko Haram, que ha difundido videos en los que se puede observar a decenas de esas menores cubiertas de pies a cabeza con la burka.

Historias casi inadvertidas, como la de Shahnaz Nazli, una profesora pakistaní de 41 años a quien mataron los talibanes, y la de Attiya Ali, una niña pastún de once años que estuvo presente en el tiroteo en el que mataron al director de su colegio. Ella fue herida y, como secuela, sus piernas están paralizadas.

Sin embargo, estas mujeres y Malala tienen algo en común: “El heroísmo está en el adn pastún”, dice su padre. Y es que existe un legado de mujeres que fueron prominentes en la historia de Afganistán y Pakistán, como refiere el artículo “Before Malala”, publicado por The New York Times (goo.gl/YwhqI8), en el que se cuenta que fue una región con gran tradición de resistencia pacífica y suma las historias de algunos casos emblemáticos, como el de Malalai de Maiwand: la mayor heroína de Afganistán, responsable de llevar a los hombres a ganar una batalla durante la Segunda Guerra Anglo-Afgana y quien murió bajo el fuego.

El nombre de Malala está inspirado en Malalai.

“Hay que recordar que la principal resistencia al extremismo han sido los propios pastunes locales”, escribe William Dalrymple. “Se lo debemos a Malala y a muchos otros que comparten sus ideales para negarse a permitir que los radicales ganen la batalla de las percepciones. Es y siempre ha sido posible ser un pastún musulmán y abrazar la no violencia y permitir a las mujeres tener un papel destacado en los asuntos públicos. De hecho, la mejor arma que tenemos en la guerra contra el terrorismo en esa región es el coraje y la decencia de una vasta proporción de las personas que viven allí”.

Malala defender la educacion  

Malala hoy

Malala sigue una lucha que parece interminable.

Algunos en Pakistán la acusan de buscar fama y el lujo de una vida en el extranjero. Incluso prohibieron su libro en las escuelas privadas: “Fue un modelo para los niños, pero este libro la ha hecho controvertida. A través de él se ha convertido en un instrumento en manos de las potencias occidentales”, declaró Kashif Mirza, el presidente de la Federación de Escuelas Privadas de Pakistán.

Ahora vive y estudia en Birmingham, en Inglaterra, y sigue promoviendo el acceso a la educación universal a través de su fundación.

Malala quiere ser política y líder: “Nunca he visto a alguien que sepa unir a la gente […] para conseguir ese objetivo tengo que conseguir poder, y el verdadero poder consiste en la educación y el conocimiento”.

Ésta es la historia de Malala, una adolescente de fuerza inconmensurable. m.

Malala y los medios

La historia de Malala no sería igual sin los medios de comunicación. Ellos encontraron la historia de una niña desafiante que se imponía con declaraciones en inglés; Malala y su padre encontraron una plataforma para dar a conocer su campaña en el exterior. Pero esta alianza no deja de ser problemática. Después de filmar para el New York Times el documental Class Dismissed: Malala’s Story, que contribuyó a atraer la atención mediática internacional sobre Malala, y después del atentado contra la niña y su nominación al premio Nobel de la Paz, el periodista Adam B. Ellick publicó un segundo documental, titulado The Making of Malala, una especie de “detrás de cámaras” en el que retoma parte del material que había utilizado, pero ahora cuenta la historia de una joven, su ambicioso padre y el papel que jugaron los medios de comunicación en la tragedia de la niña. “Creo que Ziauddin se dio cuenta rápidamente del atractivo cinematográfico de su hija y cómo podría ayudar a reforzar su defensa en los medios. Por lo general los padres quieren que los niños sean como ellos y Ziauddin estaba obsesionado con el activismo político. Malala es el reflejo directo de su ambición”, detalla el periodista del New York Times. “El problema no era en realidad un padre dominante o una prensa demasiado entusiasta”, asegura Shahan Mufti en Columbia Journalism Review. “Al final, Malala recibió un disparo porque nadie, ni los medios de comunicación pakistaníes, ni los reporteros y editores de la prensa estadunidense e internacional, ni la familia Yousafzai, reconocieron como un arma potente a los medios de comunicación que llegaron a la guerra en Pakistán. Esta falta de reconocimiento, incluso podría llamarlo negación, es algo que pone a todos los periodistas, así como a sus fuentes, en peligro de muerte todos los días en Pakistán”.

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