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La utopía y los sueños del padre Nicolás

El 19 de enero del 2008, 225 jesuitas de todo el mundo eligieron en Roma a Adolfo Nicolás Pachón como su nuevo superiro general. En esta edición se mostraran algunos aspectos de su persona y su trayectoria que revelan algunos de los rasgos que han distinguido a la Compañía de Jesús a lo largo de sus historia. 

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Padre Nicolás Pachón, SJ
Padre Nicolás Pachón, SJ

 

"Todos vosotros me habéis dado un saludo muy generoso, ofreciendo vuestro apoyo y ayuda. Uno me ha dicho en un susurro: ‘¡No te olvides de los pobres!’ Quizá éste es el saludo más importante.” Así habló en una de sus primeras declaraciones el padre Adolfo Nicolás Pachón, sj, cuando fue elegido, hace unas semanas, prepósito general de los jesuitas.

El padre Nicolás encabeza, a partir del 19 de enero de 2008, la orden religiosa más grande del mundo, con 20 mil religiosos (sacerdotes y hermanos), 200 universidades, con más de un millón y medio de estudiantes, 700 colegios y miles de obras sociales, culturales y religiosas en 127 países. Los jesuitas españoles dicen que Adolfo Nicolás Pachón es alegre, de gran apertura, sencillo, inteligente, ecuménico y apasionado por el diálogo con las diferentes culturas. Para muestra un botón: cuando atendió por primera vez a la prensa, luego de su elección, se rió de cómo los medios lo han catalogado como una combinación de dos de sus antecesores: el padre Pedro Arrupe y el padre Kolvenbach: “¿No saben que tengo 10 por ciento de Elvis Presley?”, bromeó.

El español Nicolás fue provincial de Japón durante muchos años. Los jesuitas que lo conocen alaban su simpatía y sencillez; afirman que es “persona sencilla, de pocas palabras, preciso en el hablar, muy agradable”. Otros hablan de su gran inteligencia, su capacidad para gobernar. Su amigo, el jesuita Fernando García Gutiérrez, subraya su talante ecuménico, “su deseo de la influencia mutua entre Oriente y Occidente”. En su primer encuentro con los periodistas, Adolfo Nicolás habló de su experiencia en Japón y sobre cómo el diálogo con el budismo le ha enseñado a repensar su propia fe. Está muy interesado en el diálogo interreligioso y entre culturas; concibe la espiritualidad como un modo de profundizar en las cosas.

José María Fernández Martos, jesuita, quien fuera provincial de España, y también amigo suyo, nos resume así su perfil: “Destacaría, primero, una gran sensibilidad para el diálogo con la cultura. También su apertura desde la convicción de que sólo se salva aquello a lo que amas” y su compromiso social al vivir en barrios pobres en Manila y Japón. Posee “una gran capacidad de análisis crítico en profundidad de las cosas. Toma las monedas no por el valor aparente, sino por el valor sopesado, tanto de la fe, como de la Iglesia y la sociedad”. Toda su vida se ha preocupado por los pobres y ha estado cerca de ellos; en Tokio, por ejemplo, trasladó el teologado jesuita a un barrio pobre, similar a aquel en que vivió en Filipinas. Fernández Martos, como muchos, menciona su sentido del humor y su alegría: “Te ríes con él”, como seguramente notaron los asistentes a su primer misa cuando, durante la homilía, se rió a gusto de que lo denominasen “papa negro”.

En la Congregación General 35, que inició en enero, cuando contaban los votos de la elección del nuevo general de los jesuitas y quedó claro que Nicolás sería el elegido, “el aula prorrumpió en aplausos”, narra el jesuita Ernesto Cavaza, y agrega: “Al final del conteo, el nuevo general hizo el juramento de rigor mientras se le informaba al Papa del resultado”. Mientras recibía el saludo de sus compañeros jesuitas en el aula de la Congregación, un jesuita asiático invitaba al padre Nicolás a ponerse una prenda de vestir oriental como símbolo de bienvenida y acogida.

EL ESTILO JESUÍTICO
En contraste con otras espiritualidades católicas y con otras órdenes religiosas, ya desde Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, los jesuitas están entusiasmados por el mundo. Eso explica su decisión de llevar el Evangelio al mundo sin salir de él, pero también la tentación de valerse de medios muy “terrenales” para alcanzar fines espirituales.

Esta actitud, calificada con mayor o menor benevolencia como “ambigua”, “ambivalente” o “política”, puede ser descrita como una tensión entre dos polos: por una parte, la afirmación apasionada y jubilosa del mundo, y por otra, un relativismo casi escéptico.

Karl Rahner, el más grande teólogo jesuita del siglo XX, hace notar que la afirmación jesuítica del mundo “sólo se entiende realmente cuando se explica cómo un solo espíritu pudo impulsar a los animados por él en los siglos XVII y XVIII a construir iglesias barrocas con su alegre exceso de clara justificación del mundo y, simultáneamente, a marcharse a las lejanas misiones a morir por Cristo en las hirvientes fuentes del Japón o atormentados en las jaulas de bambú de Tonking”.

Por tanto, nada tiene de extraño que los avatares de la historia hayan empujado con frecuencia a la Compañía de Jesús hacia los bastidores del poder y, alguna vez, hasta el proscenio de las tragedias políticas. Esta manera de actuar está relacionada con la preocupación radical del hombre moderno por la construcción del mundo y, con él y por él, de su propia existencia, lo que origina un humanismo de tipo nuevo que se conecta con nuestra civilización técnica. El mundo es, para los jesuitas, el contorno que nos hace humanos; el mundo es tarea y responsabilidad del hombre, materia de su creación personal.
En el curso de la historia de la Compañía de Jesús, este estilo se ha reconocido por la adaptación a las exigencias de la época, por su actividad cultural, el amor por las ciencias o la aceptación del individualismo del renacimiento y el alegre humor del barroco. Así, dice Étienne Borne, “por dondequiera que el mundo está a punto de cambiar, hay siempre un jesuita para inventar una manera de ser más moderna que las modernas, al mismo tiempo que una especie de desprendimiento y de elegancia inasible, lo vuelve sospechoso a todos los poderes establecidos”.

Otro rasgo sobresaliente es su movilidad. Jacques Duquesne lo explica así: “Adaptándose a todas las situaciones son capaces de abandonar sin titubeos —por razones superiores y no siempre evidentes para los no iniciados— tal forma de apostolado que practicaban por años y consagrarse enseguida a explorar vías menos conocidas. Sin duda, es que están animados por el espíritu de pobreza más profundo: el desprendimiento con respecto de su propia obra”. La misma tensión, otra vez: entusiasmo en la tarea terrena, desapego de ella.

La Compañía de Jesús es conocida en todo el mundo por sus universidades y colegios. Entre quienes estudiaron con los jesuitas, un grupo numeroso, están desde Descartes hasta Bill Murray, desde San Juan de la Cruz hasta Fidel Castro. Ser o haber sido alumno de una institución confiada a la Compañía de Jesús implica, más que ser parte de una lista donde hay personajes famosos, trascender el propio ámbito para llegar a situarse en un horizonte que abarque a la diversidad de la humanidad. Por eso, ya desde el siglo XVI, la Compañía ha promovido el arte como un medio para el encuentro entre diversas tradiciones culturales, el recurso a la ciencia como un instrumento privilegiado para el diálogo, la constitución de equipos internacionales como expresión del carácter plural de una organización que aspira a la universalidad. Las múltiples y diversas tareas educativas emprendidas por los jesuitas se caracterizan por la ausencia de uniformidad en corrientes, métodos y técnicas. ¿En qué consiste entonces la aportación educativa de las instituciones jesuíticas?

LA EDUCACIÓN IMPARTIDA POR LA COMPAÑÍA DE JESÚS
La educación inspirada por la cosmovisión de Ignacio de Loyola afirma el mundo como el espacio para ejercer la libertad, al mismo tiempo que señala el amor de Dios como más fuerte que la debilidad humana, lo que abre la posibilidad de discernir y encontrar el camino para la construcción del bien, que se encarna en la justicia, en la solidaridad, en la libertad, en el respeto a los derechos de todos. En ese sentido, la educación jesuítica entiende la formación como una oportunidad para desarrollar una conciencia y un modo de proceder que busque, ante todo, la realización de las personas y la construcción de una sociedad más justa y más humana, así como el conocimiento de la circunstancia histórica, social y cultural del grupo humano al que se pertenece. Por eso, impulsa la interdisciplinariedad (pues cada ciencia es insuficiente en sí misma para explicar la totalidad), la reflexión (porque adueñarse de conocimientos no humaniza en sí mismo), una actitud crítica ante la cultura (para captar las consecuencias que encierra lo que se estudia), y el trabajo en conjunto, ya que un mundo global pide trabajar juntos frente al gran cambio que experimenta la sociedad actual.

LOS RETOS Y LA UTOPÍA DEL PADRE NICOLÁS
Antes de la Congregación General, el padre Nicolás expresaba sus esperanzas ante la proximidad de la asamblea. Decía que esperaba que la Congregación General 35 fuera realista y esto parece sugerir que es lo que espera de toda la Compañía. En concreto, hablaba de la “crisis de contenidos, de gestión y de esperanza” por la que pasó la Congregación General anterior, la número 34. Esta fuerza colocada en “lo realista” es distintivo de los jesuitas, y es un rasgo fundamental para comprender al padre Nicolás.

En segundo término, el nuevo general quiere que la Compañía sea transparente, que haya un “franco y honesto reconocimiento de aquello en que vamos mal, lo que falta en nuestras vidas, lo que se ha distorsionado o herido en nuestro espíritu, lo que necesita conversión o reforma radical”. Afirma que su esperanza es poder realizarlo. En tercer lugar, desea que la Congregación General se viva como un acontecimiento del corazón. Para el padre Nicolás, la Compañía está en “un tiempo de intensa búsqueda […] donde las preguntas y las respuestas no vienen linealmente, sino que danzan dentro de nosotros y en torno a nosotros, al ritmo de fraternal y humilde apertura mutua”, de manera que toda la Compañía debe compartir la misma esperanza, la misma intensidad de la búsqueda, la misma voluntad de cambio para ser guiados por el Espíritu.

El padre general cree que hay algo importante en la vida religiosa que requiere atención y no la está obteniendo.

Y se pregunta: “¿es suficiente que estemos contentos con nuestra vida y mejorando nuestro servicio y ministerio?, ¿no es también un factor importante la percepción de la gente (…)?, ¿cómo puede ser que obtengamos tanta admiración y tan poco seguimiento?”.

Estamos en una época de cambio acelerado, dice el padre Nicolás, las nuevas tecnologías hacen la diferencia. Quizá cierta moderación al usarlas sea buena para la Compañía, pero “tal vez no”. Por eso, el nuevo padre general y su consejo deben “usar la libertad para discernir y elegir los mejores medios” para sacarla adelante.

El padre Adolfo Nicolás también sueña. Por eso, en su primera homilía se refiere a nuestra misión en el mundo: estamos aquí para servir. Éste es un claro mensaje sobre cuál es nuestra misión como pueblo de Dios. Dios nos hace servidores. Isaías nos dice: servir agrada al Señor. Servir es lo que cuenta. Después dice cuál es la fuerza del servidor. La fuerza del servidor es Dios. Nosotros no tenemos otra fuerza. “Ni las fuerzas externas de la política, de los negocios, de los medios de comunicación, ni la fuerza interna de la investigación, del estudio, de los títulos. Solamente Dios. Como los pobres.” Enseguida, el padre Nicolás afirma: “estamos todas las naciones geográficas, pero quizá existen otras naciones, otras comunidades no geográficas sino humanas que reclaman nuestra asistencia: los pobres, los excluidos. En este mundo globalizado aumenta el número de los que son excluidos por todos. De los que son disminuidos, porque en la sociedad sólo tienen cabida los grandes, no los pequeños. Todos los desaventajados, los manipulados, todos éstos son, quizá para nosotros, estas naciones”.

“No te olvides de los pobres”, le recordó aquel jesuita cuando fue nombrado general de la Compañía. Quizá ésa sea la utopía del padre Nicolás, que la nación de la Compañía de Jesús, de sus obras, de sus universidades, sean los pobres. m.

 

LOS RETOS EN PUERTA

Enlisto muy brevemente algunos de los principales desafíos que se presentan ahora a la Compañía de Jesús, al nuevo Padre General, y a los egresados de nuestras universidades en este orden:

La Compañía de Jesús sigue siendo llamada a realizar su misión en el mundo convulso y cambiante de hoy: servir a la fe en Jesucristo y promover, al mismo tiempo, la justicia. Pero esto ha de hacerse con todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Por ello, está llamada también, desde su trabajo educativo, social y pastoral, a establecer un diálogo profundo, sincero y respetuoso con otras religiones y con culturas diversas a la nuestra. El trabajo horizontal con los laicos y el fortalecimiento consecuente de nuestra identidad jesuita, son temas ineludibles en este horizonte. En el cumplimiento de su misión, la Compañía tiene el reto de hacerse significativa y relevante para la suerte del mundo contemporáneo, y mediante ello, servir a la Iglesia.

LA COLABORACIÓN CON LOS OTROS
Algunas de las personas con las que los jesuitas colaboramos hoy día son laicos, no siempre cristianos, junto con otros que deberíamos considerar como compañeros más bien que meros colaboradores. La diferencia específica de nuestras vocaciones no debería ser un impedimento para que trabajemos juntos, hombro con hombro, al servicio del reino de Dios. Es claro, sin embargo, que esta colaboración requiere una formación sólida tanto de parte de los jesuitas como de los que no pertenecen a la Compañía, para poder aceptar las situaciones que pudieran surgir, por ejemplo, cuando personas no-jesuitas asuman posiciones de liderazgo en instituciones de la Compañía, tales como los colegios y las universidades que nos han sido encomendadas.

Dentro del cuadro de colaboración con personas que no son jesuitas se sitúa la posibilidad de que algunas quieran establecer una relación más cercana y estable con la Compañía. El establecimiento de una Red Apostólica Ignaciana podría ser un modo eficaz de llevar adelante esta cooperación.

LA PASTORAL DE LA MOVILIDAD HUMANA
Emigración, desplazamiento y tráfico humano son problemas cruciales que afectan a amplios sectores de la población, y que forman parte de una realidad global cada vez más compleja. Para responder adecuadamente a estos problemas, los jesuitas necesitamos formular estrategias individuales y colectivas.

Factores políticos, culturales, económicos y sociales, a los que hay que añadir los desastres naturales, son las causas de la degradante situación que aflige a tantos de nuestros contemporáneos. Las consecuencias concretas son la inseguridad en la que viven muchos, la violación de los derechos humanos, la falta de medios para satisfacer las necesidades básicas del ser humano.

La Compañía de Jesús realiza una labor intensa en estos campos. Pero el número decreciente de jesuitas y la falta de recursos económicos ponen un límite a nuestra cooperación en la solución de estos problemas.


 
 
EL GOBIERNO EN LA COMPAÑÍA
Siendo éste un tema estrictamente interno, es hoy por hoy un imperativo nuestro el encontrar formas organizativas eficaces para responder ágilmente a los desafíos de la realidad en un mundo globalizado. Son tres los niveles que habremos de atender: el gobierno general de la Compañía, el gobierno de las Provincias, y el gobierno local.

El Padre General ha sido electo precisamente para ayudar a la universal Compañía a cumplir esta misión. Él particularmente ha recogido para sí el reto de mantener vivo entre nosotros los jesuitas el desafío de los pobres, como una nación dispersa en el mundo entero, de suerte que podamos responder a sus dolores y aspiraciones. Más concretamente, el padre Nicolás deberá dar cauce a los deseos de la Congregación General de acudir en apoyo al desarrollo de África, y a la integración de China a la comunidad de naciones.

LOS DESAFÍOS PARA NUESTROS EGRESADOS
Si al árbol se le conoce por sus frutos, todos nuestros egresados, forjados al calor de los ideales jesuitas, hombres y mujeres ya profesionales, deberán ser capaces de trabajar y participar en un país que pueda transformarse sin renegar de sí mismo; deberán aceptar ocuparse del desvalimiento común de los humanos y atender a la diversidad de las marginalidades que nos separan de la fraternidad común. Deberán poder obrar convencidos de que el bien que hemos de producir y aumentar es la humanidad compartida, la filiación sin distingos, la realización del amor y la justicia según la voluntad del Padre. Tendrán que actuar con la confianza puesta en corregir los efectos de las escandalosas diferencias sociales o de género que nos agobian.

El reto, para decirlo en síntesis, es: que en el ejercicio de su profesión los ex alumnos jesuitas busquen siempre colaborar activa y eficazmente en el cambio social que nuestros países necesitan con urgencia.

Además de ser profesionistas técnicamente capaces, esperamos que tengan una visión humana y evangélica de lo que deben ser la sociedad y las relaciones entre los seres humanos. Queremos egresados competentes, conscientes y compasivos, capaces de entender, sentir y colaborar con los demás en la edificación de una sociedad libre y solidaria. Como reza nuestra divisa: que sean hombres y mujeres con y para los demás. m.

 

 

 

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