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La labor editorial: un oficio de artesanos en la era digital

En la lucha continua por hacer que los libros se encuentren con sus lectores, los editores independientes exploran nuevas posibilidades que atienden a la naturaleza de los nuevos públicos y a la realidad de un país donde la lectura está lejos de ser un hábito generalizado entre la población

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El libro impreso ha resistido, no sin daños, el embate del libro electrónico.
El libro impreso ha resistido, no sin daños, el embate del libro electrónico.

Pudo ser un impulso creador juvenil: “Éramos muy jóvenes y queríamos publicar nuestros propios textos”. O una necesidad de ser escuchados: “No encontrábamos las opciones para publicar”. O, simple y sencillamente, el contagio de la enfermedad de los libros: “Es que se mete la tinta a la sangre y desde ese momento estamos perdidos”.

Las voces anteriores son de personas que, en algún momento de sus vidas, especialmente en la juventud, cuando el arrojo sobra y es motor para emprender hazañas en apariencia descabelladas, decidieron crear editoriales independientes y hacer de las páginas su modo de vida, el modelo de su negocio y subsistencia.

¿Cómo vivir de los libros y no fracasar en el camino? La respuesta a esa interrogante encuentra la praxis de distintos proyectos editoriales que, con sus propias rutas, salen adelante en un país donde la lectura es una nota al calce en las estadísticas y donde la competencia cada vez es más feroz, no sólo entre pares o contra los grandes grupos editoriales que acaparan el mercado, sino también contra un heterogéneo coro de plataformas de entretenimiento.

“Ya no conocemos las palabras hastío o tedio”, reconoce Pilar Montes de Oca, lingüista y directora de la revista literaria Algarabía, ante la evidencia de un mundo en el que siempre están a la mano el smartphone y todas las aplicaciones que lo acompañan (WhatsApp, Facebook, Twitter, Instagram y videos de gatitos en YouTube).

Vivimos en la época de la inmediatez, la obsolescencia precoz y la revolución digital. Estos cambios traen consigo relevos generacionales y modificaciones en el perfil de aquellos que solían leer libros o de quienes pretenden hacerlo. La capacidad de abstracción y de poner atención se modificó por decisión propia de la sociedad, y aquellos vacíos de tiempo que llenábamos en algún rincón tranquilo de la casa, en especial en las tardes, con lecturas de Kundera, Rulfo o Eco, se han esfumado. A esto se suma que la oferta de las últimas décadas es inmensa e inabarcable.

Para las editoriales independientes, ocupadas en la supervivencia dentro de un mercado ya de por sí complicado como el mexicano, el reto es dar con un modelo de negocio a través de las respuestas a preguntas que puedan definir estrategias para encontrar nuevos lectores: ¿qué define a un libro? ¿Es su portada, la contra o el lomo? ¿Es el hojeo de sus páginas, o la esencia a pulpa de madera de éstas? ¿Es la postura rígida e inmortal que asumen en nuestros libreros?

¿No será acaso el contenido que se nos revela al leerlos? De ser así, ¿importa la plataforma? ¿Tiene el mismo valor una historia susurrada al oído con la entonación adecuada, que una lectura concentrada y aderezada con el poder de la propia imaginación? ¿Estamos dispuestos a cambiar tinta por bytes?

La respuesta a esta última pregunta parece ser afirmativa. De acuerdo con datos de la última encuesta (febrero de 2018) del Módulo de Lectura (Molec) del INEGI, en México, dentro del espectro lector de libros (población de 18 años o más que ha asegurado leer al menos un libro en un periodo de un año), al menos 10.7 por ciento lo ha hecho en formato digital: esto representa un crecimiento de 5.1 por ciento respecto a 2015.

La distribución digital es una ventana de oportunidad para este tipo de compañías. En el Informe 2018 sobre la Evolución del Mercado Digital, la plataforma de distribución en línea Bookwire, que ha signado un acuerdo con la  Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (Caniem) para impulsar la conversión de libros impresos a este formato con precios preferenciales, reporta que México acapara 34 por ciento del total de ventas en la región de contenidos digitales publicados por editoriales independientes latinoamericanas.

Editoriales independientes

Internet como un aliado

Antonio Marts es coordinador editorial en el sello tapatío Paraíso Perdido, que nació en 1998 con el formato de una revista en la que se pretendía encontrar espacios de publicación negados por medios más grandes. La transformación a editorial vino acompañada de un largo aprendizaje de 10 años, al cabo de los cuales, tras una crisis, se consideró desaparecer el proyecto.

“Sin saber nada nos lanzamos al vacío, pegamos el brinco y empezamos a publicar, y, bueno, sí nos dimos algunos topes, pero al final eso nos permitió conformar el perfil que hoy tenemos”, explica Marts sobre la empresa que cuenta con alrededor de 150 libros publicados —30 de ellos en circulación—, y que en 2018 editó 25 títulos.

Aunque comenzaron especializándose en poesía, tras la primera década se constituyeron como empresa formal y dieron un giro. Ahora, buena parte del catálogo de Paraíso Perdido se compone de autores nuevos, e incluye narrativa gráfica, libros ilustrados, cuento, novela, crónica y ensayo literario. Actualmente, desde su sede ubicada en las cercanías de la glorieta Minerva, en Guadalajara, un equipo pequeño de cuatro socios (la mayoría de los que iniciaron el proyecto ahora se dedica a otra cosa) se dedica a la editorial.

El sello nació casi a la par que internet, y desde sus inicios usan esta herramienta, a través de blogs y páginas oficiales. Cuentan además con formatos electrónicos de sus libros más populares, que distribuyen por medio de Bookwire en plataformas como Amazon, Apple y Kobo. Recientemente firmaron un contrato con la empresa noruega Storytel para llevar algunas de sus obras al formato de audiolibro.

“Dejando fuera al lector tradicional, que sigue aferrado al papel, las generaciones más jóvenes no tienen problema de leer en el celular o la tableta. Vas descubriendo que es muy práctico tener los libros en versión virtual, más ahora que vivimos en departamentos pequeños”, considera.

En el caso del audiolibro, Marts confiesa que todavía le cuesta trabajo consumirlos; sin embargo, reconoce que para muchas personas que tienen que trasladarse de su trabajo o su escuela a casa, en recorridos de una o dos horas, es una opción adecuada.

Las redes sociales también se han convertido en una herramienta fundamental. Instagram es la red a la que se han volcado más en los últimos meses (cuentan con más de 4 mil 400 seguidores, un número que suena modesto, pero es bueno para una editorial independiente).

“Tratamos de explotar lo más que pudimos Facebook; actualmente creo que ya está agotado, sobre todo por la manera en que transformaron su algoritmo: es prácticamente imposible llegar a un gran público si no pagas una cuota, como sucedía hace dos años”, dice.

También planean acercarse a booktubers, cosa que les costó al principio, pues la mayoría de éstos tenía un perfil orientado a las grandes trasnacionales y promovía títulos más comerciales. En diciembre de 2018 respaldaron un proyecto llamado “Guadalupe-Reynas”, enfocado en promover la escritura femenina.

“No nos interesaba trabajar con youtubers que lo único que buscan es aumentar su número de seguidores. Pasó ya esa primera etapa y ya hay canales de gente que, en el caso de la literatura, cuentan con un bagaje interesante de lecturas. Con ellos sí nos interesa estar en contacto”, explica.

Editoriales independientes

Cerca de las balas y lejos del centro

El estado de Sinaloa es conocido por su fecunda producción agrícola y por la música de banda, pero también por ser una de las cunas de la incontenible violencia del narcotráfico que carcome al país. Coincidentemente, esta situación permitió que autores como Élmer Mendoza y Juan José Rodríguez crearan todo un estamento literario.

Pero en medio de las balas hay también esfuerzos notorios por divulgar la literatura, como lo es el de la editora Maritza López, creadora de uno de los pocos sellos independientes de la región noroeste de México, Andraval Ediciones, con sede en Culiacán.

Con casi 10 años de historia —la editorial fue creada en julio de 2009—, Andraval tomó el nombre de las dos hijas de Maritza: Andrea y Valeria, y la inspiración de su amor por el lenguaje y las artes, pues estudió piano y la carrera de Literatura Hispánica en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, la atrapó en la preparatoria y selló su destino.

“Como me dijo una amiga colombiana, fuimos inoculados con el virus de la tinta. Es algo que ya forma parte de nuestro torrente sanguíneo, la vida no es igual si no hay contacto con los libros”, opina López.

A partir de 1990, Maritza fue correctora de estilo y ortografía en el Instituto Sinaloense de Cultura, pero el trabajo constante con autores, y ver que muchos de ellos no podían publicar por falta de presupuesto y por las políticas editoriales, hizo que comenzara a editar obras independientes, lo que a la postre la llevó a fundar Andraval.

“En Sinaloa, como en la mayor parte de esta región, son las instituciones las que publican, aquí no hay editoriales independientes. Pero en una institución no tienes mucha opción de crecimiento, y yo como editora necesitaba dar el salto”, recuerda.

No vive por completo de los libros que edita. Para mantenerse a flote, la empresa realiza trabajos editoriales para universidades, empresarios e instituciones públicas. Participó en convocatorias de coediciones con el Gobierno Federal, en programas como el catálogo de Libros del Rincón de la Secretaría de Educación Pública. También fue la autora intelectual de una colección literaria de autores sinaloenses, Palabras del Humaya, apelativo tomado del río que atraviesa la capital sinaloense. Con la editorial publicó hasta el momento 45 títulos, incluida una colección respaldada por el Instituto Nacional de Bellas Artes y por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Puntos Luminosos, que reúne a 16 poetas.

“Es un esfuerzo titánico, es estar picando piedra. Es un problema grave en México, pero es cultural. Es muy difícil para alguien que no haya publicado, que le abran la puerta en una editorial de renombre. Las editoriales mexicanas están prácticamente desapareciendo; creo que las únicas que estamos somos las chiquitas, porque no estamos en el ojo de las trasnacionales”, expresa.

Para Maritza, un editor es un director de orquesta, su labor es armonizar la tarea del autor, del corrector, del diseñador, etcétera. Ésa es la parte mágica del proceso. Viene después encontrar las puertas de distribución adecuadas desde Sinaloa, lejos del corredor cultural de la Ciudad de México.

“Uno de los principales problemas que enfrento es el centralismo: para todo hay que tomar un avión”, reconoce la editora, quien ve en la distribución electrónica una posibilidad de paliar el problema.

¿Cómo hacer que un libro lo compre el público? En Andraval les gusta el contacto directo con el lector, como ocurrió con Zoológico de Palabritas, un libro de haikús para niños, de Cristina Rascón, con el que visitaron las escuelas para interactuar directamente con los alumnos.

“Ha habido épocas malas, no lo voy a negar, en las que hemos estado a punto de cerrar. Tengo un equipo de cinco personas que me apoyan, es una editorial formal. Cada libro tiene su historia, implica desgastes, emociones, adrenalina, estrés. Son sueños, pero cuando uno persigue sueños, trata de alcanzarlos”, argumenta.

Editoriales Independientes

Reeducarse como editores

“No hay que tenerle miedo a la gente que no lee”, dice con convicción Carlos López de Alba, editor de Pollo Blanco, sello que fundó con otro amigo en 2013, un derivado natural de la revista Reverso, a la que ya le quedaba chico el mercado.

El nombre vino por casualidad: durante un focus group para definir el rumbo de la empresa, alguien mencionó a Libros de Cuello Blanco, una editorial española. Una de las socias, distraída con el celular, escuchó “Pollo Blanco” y dijo: “Qué lástima, hubiera sido un nombre increíble”.

Como su identidad apunta, es una editorial desenfadada que no tiene empacho en reconocer que busca a sus clientes fuera del público natural de la lectura; se aleja del espectro cultural, del enfoque que ubica a una editorial independiente como marginal y brazo de la contracultura, y del discurso de que, ante la falta de apoyos y capital, no es posible hacer libros.

López de Alba asegura que no por esto descuidan la calidad literaria de sus textos. Hacen una búsqueda exhaustiva de autores de distintos países, a muchos de los cuales traducen para el público mexicano, en ferias como las de Fráncfort, Buenos Aires y Guadalajara, a las que también acuden para cazar derechos de escritores como Margarita García Robayo, Saša Staniši, Felicitas Hoppe o Juan Pablo Villalobos.

“Le apostamos mucho al libro como objeto, al fetiche”, explica sobre los libros de Pollo Blanco, que cuenta con ediciones vistosas y diseños cuidados, un producto dirigido a las clases media o media alta, con lectores de entre 25 y 35 años, un alto porcentaje de mujeres, y cuyo precio promedio es de alrededor de 200 pesos.

En sus oficinas en la colonia Moderna, en Guadalajara, en el cruce de Argentina y Alemania (la final perfecta de un Mundial, dice el editor), cuentan con un sello alterno, Pico de Gallo, en el que se dedican al self-publishing, a los libros por encargo o a lo que se denomina vanity press —lo que, sumado a las ventas, les ayuda a mantener la estabilidad financiera—, así como a las coediciones con los tres ámbitos de gobierno y gobiernos extranjeros.

El e-book es un formato al que le apuestan mucho, aunque con el libro infantil sucede lo contrario. A partir de 2014 comenzaron a editar obras para niños —tienen siete títulos publicados de este género, por 18 para público adulto—, pero su mayor éxito llegó en 2016 de la mano de Mi hermano Luca, una historia de Catalina Serna, con ilustraciones de Greta Haas, que habla sobre el autismo.

“La experiencia con ese proyecto nos reeducó como editores, para entender los hábitos de consumo del lector mexicano. La gente sí compra libros, sí lee mucho, pero compra y lee con atajos, lo que le recomiendan las revistas, la película que recién se adaptó del libro, lo que está en la mesa de novedades”, dice López de Alba.

Mi hermano Luca vino acompañado de una fuerte campaña de relaciones públicas que llevó a que fuera recomendado por actrices de Televisa, así como de una app descargable que permite que al colocar el celular sobre algunos de los dibujos del libro, éstos sean animados. Las ventas en línea se dispararon, acumulan cinco reimpresiones y colocaron dos ediciones completas en la Universidad Autónoma de Sinaloa y en el municipio de Zapopan.

Para López de Alba, la clave en asuntos de promoción de lectura está en los mediadores —no en estrategias nacionales para abaratar libros—, es decir, tiene que haber un interés en los libros por parte de padres y profesores, que lleve a forjar futuros lectores. Y esa labor no es responsabilidad de las editoriales.

“No nos concierne formar públicos, sino atender esos huecos que vemos y encontrar perfiles y patrones. La gente quiere escuchar historias. Podemos hacer un libro sobre movilidad, pero hay que contratar un escritor, un ilustrador, y no aleccionar”, considera.

Editoriales independientes

El futuro, en tres frentes

Tras unos lentes de pasta dura te mira Felipe Ponce, con cierto gesto adusto, a veces de incomprensión, ante palabras que él prefiere evitar, como “industria editorial mexicana” o “panorama de las editoriales independientes”. Es codirector de Ediciones Arlequín, editorial tapatía que este 15 de marzo cumple 25 años de existencia.

Una casa color blanco en la colonia Chapalita acoge a las oficinas de Arlequín. Desde una sala llena de libros que dan cuenta del recorrido de la editorial —los primeros tomos encuadernados en pastas de cartón de colores—, detrás de una computadora, Ponce describe cómo él y su equipo comenzaron en el oficio de la edición, sin conocerlo.

Más de 300 títulos conforman el inventario de la editorial; 70 continúan su vida comercial y un poco más en versión electrónica, formato al que Arlequín se incorporó en 2010. “Un PDF que alguien hace y lo cuelga en algún lado y dice que es un libro electrónico, no lo es”, explica Ponce, cuya sociedad ahora tiene un contrato con una empresa trasnacional que les permite colocar los libros electrónicos en todas las plataformas posibles.

Ponce es crítico de la idea de la existencia de un panorama editorial mexicano: la propia extensión y la complejidad del territorio nacional lo impiden. No es lo mismo lo que ocurre en la Ciudad de México, que en Guadalajara o Monterrey, y ni se diga en el resto del país, donde las editoriales tienen presencia casi barrial. No hay tampoco ninguna editorial independiente, por más fuerte que sea, que pueda decir que tiene un peso nacional. “Sólo en internet no hay límites. Las posibilidades se multiplican, pero al mismo tiempo son tan ambiguas, se difuminan tanto los horizontes geográficos, que bien te puede ver una persona de otro continente o igual no te ve nadie”, expresa.

En Arlequín se busca un perfil muy definido. Buscan obras breves que apelen a la ironía, al humor negro y a la inteligencia. Evitan las joyas de la historia de la literatura, así como a los becarios oficiales. Se alejan de la literatura de género, ya sea juvenil, fantástica o negra, pues evitan el encasillamiento. Sus estrategias de difusión son sobrias. No hay presupuesto para la prensa ni un seguimiento amplio; la búsqueda de nuevos públicos se da en las redes sociales, y confían en su labor como editorial para descubrir autores nuevos de distintas latitudes o recuperar “perlas” interesantes.

El coco de las editoriales es la distribución, pero Arlequín tiene la suerte de trabajar con una de las pocas distribuidoras independientes de la Ciudad de México, gracias a la cual sus libros están en las principales cadenas: El Sótano, Gandhi, El Péndulo, Porrúa y el Fondo de Cultura Económica. Lo mismo ocurre en el caso del audiolibro: Storytel les permitió poner a la venta 16 de sus títulos en este soporte. “El futuro está en los tres medios, en el impreso, el electrónico y en el audiolibro. No soy fatalista, no creo que vaya a desaparecer el papel, ni que el libro electrónico sea la panacea, tampoco que el audiolibro vaya a ser la neta: los tres son complementarios. Finalmente, vendemos contenidos”, declara.

 

Un oficio con una razón de ser

El paisaje a veces es desolado, sinuoso y escarpado. El camino se transita con el viento en contra, y la estabilidad financiera no está asegurada. En ese caso, ¿por qué insistir en vivir de, por y para los libros? No hay respuestas unívocas; tienen que ver con subjetividades de quienes están inmersos en la industria, con golpes de éxito, pero también con los estados emocionales que involucran a los libros, las sensaciones que producen, con el alumbramiento, las provocaciones y el diálogo interno que generan en estos artesanos de la era digital.

“Vivimos en un mercado global”, asegura Pilar Montes de Oca, cuya revista Algarabía, con un tiraje de 90 mil ejemplares mensuales, enfrenta un reto aún más duro que el de los libros, pues la migración de los lectores del formato impreso al virtual ha sido mucho mayor. “No podemos decir cuál es el futuro. Yo no me hubiera imaginado, por ejemplo, que íbamos a tener esto de los smartphones. El asunto nos está rebasando a todos”, admite.

Las editoriales independientes tienen una razón de ser, argumenta López de Alba: cumplen un ciclo de búsqueda, descubrimiento, publicación y acompañamiento de los nuevos escritores. Así ocurría en los años sesenta y setenta, con casas como ERA, Joaquín Mortiz o Siglo XXI.

“Somos depositarios de esa cauda que se estaba perdiendo. La diferencia es que hoy no sólo encontramos buenas historias, sino que hacemos libros muy bonitos. Además, editamos sin la presión de ser, por ejemplo, el editor de Random House: yo no tengo que tener un mínimo de ventas en miles de pesos al mes, lo tengo para que sobreviva la editorial, pero no me va a costar la chamba si un mes no lo logro”, explica.

Para estos sellos, el asidero gubernamental es sólo un soporte, no la salida, aun cuando una de las obligaciones del Estado sea la difusión de la cultura. Desde la trinchera editorial se miran con escepticismo las políticas públicas. “A fin de cuentas, en los últimos 20 años, si no es que más, la cultura siempre ha sido relegada, no hay ningún partido que enarbole la bandera de la cultura. O a lo mejor sí, pero al momento de los hechos, ¿dónde se hacen los recortes? Pues en cultura. Hacemos cosas a pesar del gobierno; podemos trabajar con él, pero si no lo logramos, nosotros tomamos la iniciativa”, explica Marts.

Para el director de Paraíso Perdido, falta trabajo en equipo entre las propias editoriales, a diferencia de Argentina, Chile o Colombia, donde hay gremios que crean sus propios espacios o viajan en grupo a ferias literarias internacionales. No obstante, para Ponce, de Arlequín, hay pocas opciones de cooperación.

“No veo posibilidades en conjunto, somos muy distintos, es muy difícil viajar y mandar libros y tener la posibilidad de retorno. Hablas de México, pero yo no me atrevo a hablar ni siquiera de Jalisco. En Argentina pasa lo mismo, son los de Buenos Aires; en Perú, son los de Lima”, expresa.

Esta visión, un tanto pesimista, se matiza cuando el codirector de Arlequín comienza a hablar con cierto orgullo de los títulos que publica, de las novelas de José Luis Peixoto, de cierto relato sobre el sur de Jalisco de Refugio Barragán y Toscano, o de primeras obras como Contratiempo, de Jorge Alberto Pérez.

Hay líneas, párrafos, clímax, vueltas de tuerca o alegorías bien colocadas que siguen pareciendo sublimes. Ésa es razón suficiente para que los libros continúen existiendo, aun a pesar de la liviandad de la era. Si estos contenidos vivirán en papel, en iPad o en versión holográfica, parece ser lo de menos.

Una postal en el Instagram de Arlequín, que se refiere a las plataformas posmodernas, dice más que los cientos de palabras de este texto acerca de las razones de que estos editores continúen en la brega: cuatro cajas repletas de libros flanqueadas por dos generaciones; de un lado Ponce, el editor con más de 25 años de experiencia; del otro lado, sosteniendo un diablito de carga, una niña, depositaria de incontables relatos pasados y de los incontables por venir. .

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