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La edad ¿de la inocencia?

Por armoniosa o idílica que haya podido ser la niñez, seguramente daremos con abundantes ocasiones en que debimos sobreponernos a la adversidad o enfrentar amenazas, pero no podremos comprender cómo lo hicimos.

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Foto de pixabay.com
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La identificación entre infancia e inocencia es un tópico útil para las historias ejemplares, pero fuera de los libros se verifica sólo de modos muy relativos: sí, por lo general, cuando por inocencia hay que entender limpieza de culpa, pero más difícilmente cuando se usa como sinónimo de simpleza o ingenuidad. Dicho de otro modo: los niños son inocentes en el sentido de inimputables (aunque los hay que muy pronto llegan a ser capaces de auténticas fechorías), pero, de ahí en más, están bien armados de intuición y perspicacia, y su ignorancia de las cosas se ve siempre compensada por esa capacidad de imaginar explicaciones y respuestas cuya paulatina extinción significará, irremediablemente, que la infancia va quedándose atrás —y que, como los verdaderos milagros, nunca se recuperará.

Una prueba de que a la infancia nunca se regresa, y de que la idea de encontrarse con “el niño interior” no sólo es cursi, sino además falsa, se obtiene de un repaso sucinto que hagamos de las circunstancias insólitas que atravesamos en ese tiempo: por armoniosa o idílica que haya podido ser la niñez, seguramente daremos con abundantes ocasiones en que debimos sobreponernos a la adversidad o enfrentar amenazas (y lo logramos: si no, no estaríamos aquí), pero no podremos comprender cómo lo hicimos.

¿Qué justificación le dimos a la primera traición, a las pérdidas inaugurales? ¿Cómo acabamos de conformarnos con el hecho de que el mundo es un lugar peligroso y cruel? ¿Qué palabras le pusimos a nuestras figuraciones del misterio, de la maravilla, del miedo, del amor o del tedio? ¿De qué razonamientos fuimos capaces para encarar los primeros desengaños, o qué ideas llegamos a hacernos al descubrir el lugar en que estábamos y quiénes eran en realidad los que nos rodeaban? La infancia, escribió J. M. Coetzee, es “un tiempo en el que se aprietan los dientes y se aguanta”. Y lo cierto es que el niño que fuimos sabe cosas que nosotros nunca llegaremos a saber.

G. K. Chesterton, que sabía de la seriedad absoluta con que la mirada infantil considera la vida, encontró admirable a un niño que estaba convencido, en una tarde tempestuosa en un parque, de que eran los árboles los que producían el viento, y de que bastaría con esperar a que dejaran de agitarse para que cesara el vendaval. Tal vez deberíamos ejercitarnos en la atención que Chesterton les ponía a los niños, pues posiblemente por esa vía llegaríamos más pronto a dar con la insensata sensatez que tanto está haciéndonos falta para saber por qué el mundo va como va. Y para ponerle remedio. m.

 

Para leer

:: J. M. Coetzee, Infancia, Literatura Random House, México, 2006.

:: G. K. Chesterton, Enormes minucias, Espuela de Plata, Barcelona, 2011.

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