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Foránea

Mi vida en la ciudad era, para entonces, un desastre. Trabajaba más horas de las necesarias y me alimentaba de comida chatarra, café y cigarrillos. No me había cortado el cabello en meses y mi ropa era la misma que había adquirido años atrás, cuando había llegado a la ciudad con anhelos. Deseos. Ideas para el futuro. Nada de eso se había cumplido

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Foto: pexels.com
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Me detuve en el restaurante a orilla de la carretera porque me vencía el sueño. Había manejado unas ocho horas continuas después de enterarme del deterioro de la salud de mi madre. Tan pronto como colgué el teléfono, metí unas cuantas cosas en una pequeña maleta y, sabiendo que sería difícil encontrar boletos de avión a esa hora, tomé las llaves del coche y salí a toda prisa.

Siguiendo de memoria un recorrido que no había hecho en años, tomé la carretera federal hasta donde pude. Luego, viré hacia la derecha en una carretera estatal para, después, ya casi de noche, internarme en los caminos locales. Se me había olvidado la belleza del recorrido. Los colores del atardecer fuera de la ciudad. La manera en que el viento doblega con suavidad al zacate del monte. Las formas de ciertas nubes. Me detuve varias veces en el camino a tomar café y a preguntarme, en silencio y con culpa, si mi acelerada respuesta se debía en verdad a mi preocupación por la salud de mi madre o los deseos enormes que tenía de dejarlo todo atrás. Tabula rasa.

Mi vida en la ciudad era, para entonces, un desastre. Trabajaba más horas de las necesarias y me alimentaba de comida chatarra, café y cigarrillos. No me había cortado el cabello en meses y mi ropa era la misma que había adquirido años atrás, cuando había llegado a la ciudad con anhelos. Deseos. Ideas para el futuro. Nada de eso se había cumplido, admití más de una vez mientras manejaba. Se habían cumplido otras cosas, eso era cierto, pero no las que deseaba. No las que me habían llevado allá. La sensación de fracaso, que al inicio había sido discreta y llevadera, había crecido poco a poco hasta convertirse en un sabor permanentemente amargo en la saliva. No era un hombre feliz. La persona que manejaba en estrechas carreteras vecinales, evadiendo con destreza el cuerpo de algunos animales nocturnos, era tan amarga como la saliva que no se atrevía a tragar. Eso le había gritado al cielo. Eso le había espetado al venado que me obligó a pararme en seco en medio de la carretera y que no dejó de mirarme con sus grandes ojos brillantes mientras caía de bruces sobre el pavimento, sin dejar de llorar. Eso le había dicho, después, al espejo retrovisor, cuando por fin me pude incorporar.

Iba sorbiéndome los mocos cuando recordé la cara juvenil de mi madre. Ella también se había alejado, pero en dirección contraria. En lugar de ir a la ciudad, había decidido comprar una pequeña cabaña en un lugar que era difícil incluso ubicar en un mapa. Allá, me había dicho por toda explicación, tendría tiempo para pensar. Luego, como si no fuera necesario añadir nada más, se había quedado callada. ¿Para pensar en qué?, me lo pregunté por primera vez mientras mantenía un ojo sobre el velocímetro y contaba el número de insectos que chocaban contra el parabrisas. Supuse que había necesitado tiempo para pensar en cómo podía alejarse aún más. Eso es lo que había conseguido en todo caso. Alejarse. Una mañana se había despertado en otro lugar siendo por fin lo que siempre había querido y no había podido ser: una foránea. Alguien que no es de ahí. Una persona recién llegada. Tabula rasa. Por años había platicado de eso con mi padre. En las noches, cuando se recostaban uno al lado del otro para compartir paisajes privados, ella terminaba siempre susurrando: Otro lugar. Eso era lo único que yo podía escuchar desde mi habitación. Sonaba a súplica a veces. Otras, tenía un eco amenazador. Otro lugar. Cualquier lugar, pero otro. Eso decía o pedía u ofrecía. La muerte de mi padre no la sorprendió. Trató el asunto como solía hacerlo todo, con eficacia. Limpiamente. Fue después del funeral que me había llamado aparte para darme la noticia: se iba.

—¿A dónde? —le había preguntado, incrédulo.

—A otro lugar, naturalmente —me dijo con la mirada pacífica y la voz modulada. Un traje oscuro, de dos piezas perfectas, le envolvía el cuerpo.

—¿Por qué? —insistí, aterrado—. ¿Para qué?

Fue entonces que dijo que iba a otro lugar para poder pensar.

Me hubiera gustado zarandearla en ese momento. Tuve deseos de llorar y, justo como lo acababa de hacer frente al venado desconocido, de caer de bruces frente a sus zapatos. Tuve deseos de hacerle daño. Tal vez por eso evité su contacto luego. Le hablaba de vez en cuando, sobre todo cuando estaba ebrio. Intercambiamos algunas pocas cartas que ella insistía en escribir en papel y mandar por correo. A pesar de que sus invitaciones no eran abundantes, acepté ir un par de veces hasta su cabaña en el fin del mundo. Era como me la había imaginado: una rústica construcción en las orillas de un poblado sin nombre que, sin embargo, gozaba de agua potable y electricidad. Más que una casa, parecía un claustro. Había algo mudo o sagrado alrededor.

—Así que aquí vives —le dije cuando me senté a su mesa y ella me ofreció algo de tomar.

—Aquí vivo —repitió mis palabras sin sorna alguna, como acogiéndolas en su interior—. Así es.

Hacía tres años de ese encuentro y, en ese lapso, habíamos intercambiado aún menos llamadas y menos cartas que antes. Ella vivía, como lo había querido siempre, en otro lugar, y yo no tenía ni tiempo ni ánimo de molestarla. Estaba convencido de que cualquier intento de proximidad era, en realidad, una interrupción. Cuando abrí la puerta de su cabaña esta vez lo hice con la misma sensación: el intruso que se acerca. Un ladrón. Un asesino. Mi madre, contra todas mis expectativas, se veía serena. Estaba en cama, pero despierta, la espalda sobre grandes almohadones color blanco.

—Estuve a punto de atropellar un venado —le dije sin saber a ciencia cierta lo que decía, resultado sin duda del cansancio y la sorpresa.

Como ella siguiera callada, continué:

—Pero en lugar de hacerlo, me eché a llorar —dije, ensayando una apocada risa de autocompasión.

Sin decir todavía nada me indicó que me sentara a su lado.

—Estoy bien —me informó—. No me voy a morir esta vez —dijo, sonriendo. La rabia que me surgió en el estómago estalló con violencia en plena boca. Era una carcajada. Una amplia enorme gozosa carcajada era lo que retumbaba contra las endebles paredes de su espacio. Era una carcajada procaz e inaudita. Un sonido purulento. Saña. Tardé un buen rato en recuperar la compostura.

—¿Y ya me vas a decir de una buena vez en qué has pensado en todos estos años? —atiné a decirle al final, sentado otra vez a su lado.

Ella volvió a sonreírme.

—En el aire —me dijo—, naturalmente. En lo mucho que cuesta, a veces, respirar. .

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