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"Los buenos libros se abrirán paso": Eduardo Rabasa

Con un catálogo que suma 150 libros y con un grupo de autores que incluye a Etgar Keret, Roberto Calasso, Peter Kuper, William Gaddis, Goran Petrović, Carlos Velázquez, Jis o Trino, Sexto Piso se ha convertido en uno de los buques insignia de la edición independiente en México y varios países de habla hispana. Eduardo Rabasa habla de cómo ha sobrevivido este sello en un ambiente cada vez más difícil

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Eduardo Rabasa, cofundador de Sexto Piso. Foto: cortesía Eduardo Rabasa/Daniel Mordzinski
Eduardo Rabasa, cofundador de Sexto Piso. Foto: cortesía Eduardo Rabasa/Daniel Mordzinski

Sexto Piso nació en 2002, y en poco más de un decenio se ha convertido en uno de los buques insignia de la edición independiente en México y varios países de habla hispana. Su filosofía fue, desde sus inicios, apostar por textos de calidad y densidad, textos que a veces pasaban inadvertidos para lectores, especialistas y prensa por estar alejados de los gustos comerciales imperantes. En un principio, su catálogo estuvo dominado por las traducciones y por materias como el ensayo y la filosofía. Pero, con el paso del tiempo, las letras en español —especialmente la narrativa joven mexicana—­ se han abierto paso notoriamente en el catálogo del sello, lo mismo que expresiones como la novela gráfica y el cómic.

Ciento cincuenta libros después y con un grupo de autores que incluye a Etgar Keret, Roberto Calasso, Peter Kuper, William Gaddis, Goran Petrović, Carlos Velázquez, Jis o Trino, entre muchos más, Sexto Piso es una apuesta consolidada. La labor ya ha dejado frutos. En 2004, el sello obtuvo el Premio Internacional Joven Editor, otorgado por la Feria del Libro de Londres y el Consejo Británico. Y en 2008 ganó el premio nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural en España.

En el país ibérico, por cierto, Sexto Piso mantiene una filial, un caso más o menos insólito en mitad de la “dictadura” editorial que los sellos españoles han establecido sobre la cadena del libro en América Latina. Históricamente, sólo casas como Siglo XXI o el mismísimo Fondo de Cultura Económica (que es la editorial del gobierno mexicano y tiene un presupuesto garantizado) contaban con filiales de aquel lado del mar.

Eduardo Rabasa (ciudad de México, 1978) estuvo allí desde el principio. Junto a Luis Alberto Ayala Blanco y Francisco de la Mora formó parte del primer triunvirato que dirigió el sello. Más tarde, ya con la alineación directiva actual, que incluye a su hermano Diego Rabasa y a Santiago Rosete y Felipe Tobón, Eduardo se ha convertido en capitán de un proyecto que sigue creciendo, arriesgándose y sorprendiendo a los lectores.

 

México es un país donde, estadísticamente, se lee cada vez menos. A la vez, en todo el orbe hispánico las editoriales independientes son organismos muy frágiles. “Lo único seguro de una editorial independiente es que va a desaparecer”, dijo alguna vez Jorge Herralde, de la editorial Anagrama, y creo que esa cita te la he oído repetir varias veces. Sexto Piso, pues, ha ido a contracorriente de las tendencias editoriales, mucho más centradas en buscar los best-sellers

Yo siempre digo, medio en broma y medio en serio, que tuvimos la gran suerte de no saber absolutamente nada del mundo editorial ni de edición como tal. Nos gustaban los libros y la lectura, pero no sabíamos nada de su hechura, y creo que a la larga eso fue una ventaja, porque, quizá, si hubiéramos sido conscientes de las dificultades concretas, ni siquiera lo hubiéramos intentado. En ese momento tomábamos clases en la unam con Luis Alberto Ayala Blanco, y cuando formamos la editorial él fue el primer editor, lo cual fue un gran acierto, porque perfiló el catálogo de una manera muy clara y empezamos publicando libros que hasta la fecha son esenciales, como las Memorias de Schreber, El único y su propiedad, de Max Stirner y, por supuesto, los libros de Roberto Calasso que Luis Alberto consiguió para Sexto Piso.

 

Es sabida la historia de que la editorial toma su nombre de una muletilla de uno de los socios que, para expresar su desacuerdo con algo, decía: “Prefiero saltar desde un sexto piso que…”. Eso habla de un proyecto que no cede en ciertos principios. ¿Qué crees que han hecho bien y los distingue de los otros sellos, los que han quedado sobre la marcha o han trascendido menos que ustedes?

No puedo hablar por otros, pero algo que ha sido clave en nuestro caso, sobre todo los primeros años, fue la tenacidad. Fueron años de mucha precariedad económica en que hubo que inventar muchas maneras distintas para financiarnos, con la vaga esperanza de que algún día los libros empezaran a sostenerse por sí solos, como finalmente sucedió más o menos al sexto año de vida de la editorial.

 

¿Cómo sobrevive un proyecto como el suyo, sin apoyos externos ni ventas masivas?

Creo que una de las claves es confiar un poco a ciegas en que los buenos libros terminarán abriéndose paso y encontrando a sus lectores. Incluso si quisiéramos funcionar con una perspectiva más orientada a lo puramente comercial, la verdad es que ni siquiera sabríamos cómo, así que de alguna manera no nos ha quedado más remedio que tratar de elegir los títulos únicamente a partir de su calidad y, una vez publicados, tratar de acercarlos a sus lectores potenciales. Lo bueno de este enfoque es que te permite hablar con genuino entusiasmo de los libros que publicas, y de esa manera es mucho más sencillo contar con la complicidad de actores clave del proceso, como son los periodistas, los críticos, los libreros, etcétera.

 La FIL Guadalajara es punto de encuentro entre lectores y editorial Foto: Cortesía FIL Guadalajara/Bernardo de Niz

Una de las características del sello es que ha evolucionado mucho en poco tiempo. Las traducciones y la presentación material de los libros son ahora infinitamente mejores que al principio. ¿Qué errores detectaron sobre la marcha y corrigieron?

Muchísimos. Otra frase recurrente cuando hablamos de los comienzos de Sexto Piso es que el primer libro que publicamos, El crepúsculo de la cultura americana, de Morris Berman, debería ser utilizado como ejemplo paradigmático sobre cómo no editar un libro. Estaba pésimamente mal traducido (por mí), en la portada pusimos una foto de un McDonald’s —chueca, además— y, lo mejor de todo, es que más o menos por la página 180 aparece un misterioso “e sig e sag”, que hasta la fecha no sólo nadie sabe qué significa sino qué hace ahí. Literalmente fuimos aprendiendo sobre la marcha, y creo que ahora, con más experiencia, podemos tomar mejores decisiones en cuanto al diseño de los libros, la coherencia y el equilibrio del catálogo, la relación entre “apuestas” y escritores más consolidados, etcétera. Pero al principio, en todos esos rubros (y en muchos más) cometimos errores derivados de nuestra total inexperiencia en el oficio.

 

Muchos de los problemas de la edición en países de habla hispana, especialmente en México, tienen que ver con el fracaso de las políticas de promoción de la lectura desde el ámbito educativo. ¿Cuál es tu visión al respecto? ¿Qué hace falta y qué se hace bien?

Creo que en el caso de México, sinceramente, se infravaloran un poco las cosas que se han hecho. Entiendo de dónde viene: al haber unos índices de lectura tan bajos existe una gran frustración en cuanto al tema, y por supuesto que lo más sencillo y evidente es culpar a las políticas de promoción de la lectura. No digo que no podrían mejorarse, pero al mismo tiempo me consta que existen apoyos y programas que editoriales de otros países envidian considerablemente. Habiendo dicho esto, creo que el reto sería no sólo acercar los libros a los niños que pudieran convertirse en lectores potenciales más adelante, sino hacerlo desde perspectivas más frescas, que les permitan ver no únicamente que leer no es tan aburrido como pueden pensarlo, sino que literalmente les abrirá mundos y posibilidades más adelante —se dediquen a lo que se dediquen—, que de otra manera probablemente les estarán vedadas.

 

¿Qué modelos se deben seguir o qué países crees que lo están haciendo mejor?

La verdad no conozco en detalle políticas de promoción de la lectura que hayan resuelto todo.

 

¿Deberían cambiar los modelos educativos en nuestro país de manera que se promoviera más la lectura?

Sí, quizás habría que volverla una parte más fundamental de la educación. A mí me impresiona ver con amigos de otros países, incluso varios que se dedican a profesiones totalmente ajenas a los libros y la cultura, la formación clásica que tuvieron desde edades muy tempranas. Con ligeras variantes, conocen bien el canon literario de sus países, han visto cine, teatro, etcétera, y, de nuevo, no como tediosas actividades organizadas, sino como espacios de aprendizaje y utilidad real. Me parece que la educación en México tiende a propagar la visión de la cultura como accesorio, como una cuestión separada de la vida real y su vertiente pragmática, y me parece que es un error fundamental que desde muy temprana edad aleja de la lectura a los niños, pues de alguna manera creen que es algo bonito pero que en realidad no sirve para nada.

 

Pasando a otro tema, más allá de la parte más estética e intelectual, una editorial es también un negocio. ¿Qué piensas del estado actual de la cadena del libro comercial: desde los autores, los editores, los distribuidores, los libreros?

Me parece que hace falta una mayor diferenciación y profesionalización, y lo digo empezando por los propios editores. En otros países donde funciona mejor la cadena del libro, es muy claro cómo cada uno de los eslabones se conduce con gran seriedad y profesionalismo y, sobre todo, se dedica a lo suyo; y en México me parece que todo sigue un poco mezclado y que en ocasiones se tiene la expectativa de que otros harán el trabajo por uno. Es muy claro, por ejemplo, en las librerías, donde rara vez encuentras encargados que realmente conozcan los libros, que estén al pendiente de las novedades, que se interesen por leerlos, por armar mesas de recomendación a los lectores que sean verdaderas guías de lectura. Es más fácil armar las mesas por editoriales y ya que la gente se acerque a ver si le interesa algo de Anagrama, por poner un ejemplo, que tomarse la molestia de ser un filtro y de cumplir el verdadero papel del librero, que es el de ser un puente entre el editor y el lector.

 

¿Qué experiencias exitosas que hayas conocido en otros sellos has tratado de incorporar como prácticas de la editorial?

Algo que suena evidente, pero para nosotros no lo era, es armar por adelantado un catálogo con las novedades del siguiente cuatrimestre, y hacer reuniones previas con libreros para comentar el catálogo, escuchar sus puntos de vista sobre el plan, ver qué libros les pueden resultar más interesantes, ver su reacción ante las portadas, etcétera. Es el tipo de relación del que ambas partes salen enriquecidas, y por desgracia se hace mucho menos de lo que se debería.

Aspecto general de la FIL Guadalajara Foto: Cortesía FIL Guadalajara/Bernardo de Niz

¿Hay oportunidad de negocio para la innovación editorial en el contexto de las nuevas tecnologías y la crisis de los formatos impresos?

No me queda tan claro que así sea. La teoría del libro electrónico es muy clara para los acólitos de lo digital, pero la realidad es mucho más complicada que soñar con una democracia perfecta donde todos los libros son iguales y donde los autores potenciales pueden de una vez por todas prescindir de esa figura obsoleta que es el editor. Hace poco leí en la revista Time un artículo sobre libros autopublicados, y comenzaba con un tono de euforia, mostrando autores que habían ganado millones de dólares vendiendo directamente sus libros en formatos digitales, y burlándose justo del papel del editor tradicional. Sin embargo, si uno continuaba leyendo se enteraba, casi a pesar del periodista, de que esos casos correspondían a .0001 por ciento y que la inmensa mayoría de libros autopublicados no los lee nadie y en realidad no pasan de ser un archivo flotando en el ciberespacio que difícilmente será leído por nadie más. Se me hizo un poco como hacer un artículo sobre la crisis económica a partir de los últimos diez ganadores de la lotería y mostrar que ése es el camino para salir adelante. Quizá me equivoque, pero no veo tan claro como muchos el final del libro impreso, por lo menos en un plazo de diez o de 20 años.

 

¿Cuál es tu visión sobre el libro electrónico y las implicaciones de las revoluciones tecnológicas en los hábitos de consumo, generales, pero sobre todo de los potenciales lectores?

Creo que exacerba un problema que de por sí ya enfrentan los libros, y es la idea de que deben ser gratuitos o muy baratos, así como la idea (falsa en mi opinión) de que lo único que importa son los contenidos y no los formatos en los que se presentan. Si lo último fuera así, ¿por qué a muchísima gente no le da igual leer un libro propiamente editado que una fotocopia engargolada, si el contenido es exactamente el mismo? A mí, los discursos en favor de la gratuidad de los contenidos culturales me parecen muy coherentes en teoría, hasta que te topas con que en muchas ocasiones la misma gente que defiende descargar gratis una película porque no quiere pagar por verla, va a cenar a un restaurante carísimo y se gasta un dineral ahí, es decir, que en muchos casos (no digo que en todos, es cierto que para mucha gente el costo de la cultura es absolutamente prohibitivo) es más bien una visión sobre en qué es “correcto” gastar el dinero y en qué no, pero no necesariamente se trata de gente que no puede gastar su dinero en libros: otra cosa es que no quiera, pero eso es algo muy distinto.

 

¿La literatura está condenada a la marginalidad, a ser privilegio de élites, como la ópera o el jazz?

Creo que de alguna manera siempre ha sido así, y no lo veo necesariamente malo, sobre todo porque no creo que sea algo que nadie pueda decidir. Si la mayoría de la gente no se siente inclinada a dedicar el tiempo y el esfuerzo que la literatura ciertamente exige, no veo quién puede hacerlos cambiar de opinión de manera masiva. Incluso cuando piensas en un libro que venda muchísimo, pongamos cien mil ejemplares (que en México son casos verdaderamente excepcionales, y salvo un puñado de libros ninguno de los que alcanzan esas cifras es defendible en cuanto a su valor literario), lo estaría leyendo 0.1 por ciento de la población, es decir, un porcentaje bajísimo. Yo no estoy tan de acuerdo con la visión que equipara lo masivo con lo democrático y lo bueno. La democracia es un sistema político específico, con sus ventajas y desventajas, pero no veo por qué extrapolar el término para aplicarlo a todo lo demás, simplemente a partir del número de personas a las que les interesa una actividad. En ese sentido, el futbol, por poner un ejemplo, al ser más masivo que la lectura, ¿es una actividad superior y no elitista? No creo que sea el caso, sinceramente.

 

¿Cómo visualizas a los lectores de Sexto Piso? ¿Tienes un perfil en mente?

Cada vez que entro a una librería y veo nuestros libros dispersos entre miles de otros libros, muchos de ellos buenísimos, me cuesta mucho trabajo pensar en el lector que llega y decide llevarse uno de Sexto Piso, así que no tengo una imagen nada clara de quiénes puedan ser. A partir de la experiencia de las ferias del libro puedo simplemente constatar que, dentro de la gran heterogeneidad de lectores que se acercan a nuestros libros, veo un rasgo más o menos constante, y es el de saber de antemano que no buscan en la lectura algo que les permita simplemente pasar un buen rato. En general son lectores exigentes, que incluso a veces regresan a expresar su acuerdo o desacuerdo con alguno de los libros, y también están dispuestos a hacer un cierto esfuerzo para conocer un libro, y eso ya los diferencia de mucha otra gente que se acerca a los libros y a la lectura con una perspectiva más enfocada meramente al entretenimiento fácil. m

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