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Entrevista con Eduardo Rosenzvaig, historiador y escritor

Si uno pregunta a las personas si quieren suicidarse, la mayoría responde que no. La paradoja es que en lo colectivo, los hombres nos acercamos a la catástrofe ecológica con nuestros sistemas sociales y económicos. El historiador y escritor argentino, Eduardo Rosenzvaig, define así el gran desafío de nuestro tiempo.

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Las “sacudidas” del planeta llevarán al ser humano a plantear formas de relación más justas entre las personas y a modificar la relación de la humanidad con la naturaleza, afirma el escritor e historiador argentino Eduardo Rosenzvaig. “La tierra se calló la boca y jugó en silencio. Sin decir nada, aguantó durante siglos la explotación de la humanidad y ahora muestra su molestia. Hay que tener cuidado porque, cuando se enoja, no hay fuerza humana capaz de detenerla”.

Eduardo Rosenzvaig nació en Tucumán, Argentina, el 24 de febrero de 1951. Es doctor en Historia y autor de más de 30 libros entre investigaciones históricas, novelas y cuentos. Ha recibido una docena de premios y reconocimientos, entre ellos el Casa de las Américas por su texto Etnias y árboles: historia del universo ecológico Gran Chaco.

“Casi nadie se quiere morir, pero la forma en que están planteados hoy los sistemas sociales y económicos es una invitación al suicidio. Lo sorprendente de esto es que si usted le pregunta a la gente en particular, a mil, cien mil, tres mil millones de personas: ‘Oiga, ¿usted se quiere suicidar?’ La mayoría le va a responder que no. Ésa es la gran paradoja, en lo individual nadie quiere el suicidio, pero en la escala macro lo alentamos. Ésta es la paradoja que tenemos que resolver, ése es el gran desafío del ser humano en esta etapa de la historia donde estamos ahora parados. Sin duda tendrán que cambiar las estructuras económicas y sociales, y para lograrlo tenemos que acudir a la ciencia, a la tecnología, al arte y al sentimiento”.

¿Queda tiempo?

No lo sé, lo que sí he visto es que la conciencia ambiental ha aumentado geométricamente y hay muchos jóvenes trabajando en ello.

Naturaleza e historia

Con las herramientas rigurosas del historiador, amplios conocimientos de ciencias naturales y las imágenes evocadoras del escritor, Rosenzvaig aborda en sus obras la relación entre la humanidad y la naturaleza.

¿Por qué en las clases de historia casi nunca aparece el medio ambiente?

Por error. Yo recuerdo que en mis clases siempre se nos presentaba la historia como una cuestión relacionada con la economía, la política y la guerra, pero no había referencia al tema ambiental, cuando es un asunto que ha jugado un papel fundamental en la historia, pero que no hemos reconocido porque se creía que la naturaleza era infinita y que se le podía explotar hasta el final, porque tarde o temprano se puede recuperar, y si no, se encontrará otra cosa. Con el desarrollo de la revolución industrial y del capitalismo, en algún momento del final del siglo xix, se comenzaron a plantear algunos cuestionamientos a esta idea, curiosamente no desde la ciencia sino desde la literatura. Lo vemos en las novelas de Charles Dickens con las descripciones de Londres. Así llegamos al siglo xx, pero las guerras mundiales no dejaron tiempo para pensar lo que estaba ocurriendo con la naturaleza.

 

¿Se pensaba que la solución de los problemas ambientales era un asunto de tecnología?

 

Así es. Si había problema de contaminación era porque había que mejorar los sistemas industriales, hasta que en los años setenta el tema estalló. En ese entonces comenzó con la reflexión puramente ecológica, pero poco a poco creció y maduró la noción de medio ambiente que implica un punto de vista más complejo que incluye lo económico, lo social, lo político y lo ecológico; y con ello aparecen otras columnas que hay que debatir como la justicia social, la equidad y la biodiversidad. No se trata solamente de no matar pájaros o de salvar a los animales salvajes, que son asuntos importantes, claro, pero el tema ambiental no se reduce a eso, como mucha gente cree. La Tierra de hoy es esencialmente cultural. El ser humano es la especie más numérica del planeta y la que ejerce mayor presión sobre todos los ambientes. El ser humano no vive en manada, sino que ha construido tecnologías y sistemas sociales muy complejos, de manera que el poder de transformación del ser humano sobre la Tierra ha sido tan inmenso que ahora estamos viendo las consecuencias. A fines del siglo xx la Tierra comenzó a dar algunas muestras de enojo, y ahora, a comienzos del siglo xxi, son todavía mayores.

 

¿Es posible apaciguarla?

 

No lo sé. Espero que sí porque la conciencia ambiental ha aumentado geométricamente. Antes hubo una peste que se llamaba viruela, las viruelas estallaban en el organismo, aparecían granos purulentos y durante siglos la medicina lo que buscaba era combatir las fiebres, deshinchar esas tremendas protuberancias y evitar las infecciones cuando se reventaban esos granos. Pese a ello, la mayor parte de la gente moría. Cuando el ser humano descubre que si se inyecta medidas muy pequeñas de la propia viruela el propio organismo crea sus defensas, cuando desarrolla la vacuna, cambia radicalmente la manera de enfrentar la enfermedad. Antes se buscaba curar los síntomas; ahora, con otro paradigma, nos curamos con la enfermedad. En el tema de la naturaleza tenemos también que cambiar radicalmente el paradigma. Hasta ahora lo que estamos haciendo es tratar de curar los síntomas de la Tierra, cuando lo que hay que hacer es cambiar de fondo nuestra relación con ella, crear “vacunas”.

 

¿Cómo se imagina esas vacunas?

 

En primer lugar, van a desaparecer los autos. Ya es un modelo que no da más. Las ciudades van a seguir creciendo con automóviles hasta que colapsen. Las ciudades van a tener que ser más pequeñas, la ruralidad va a tener que tomar otra forma. Pero centralmente, curar a la Tierra implica cambiar las estructuras económicas y sociales, esto tendrá que ocurrir.

 

¿Transición paulatina o ruptura violenta?

 

No es posible predecir cómo se va a dar; lo cierto es que se va a dar en un corto lapso. Probablemente la transformación ocurra en varias vertientes, hay estructuras que se están resquebrajando rápidamente y otras que podrán recomponerse. Puede que sea un caos o puede que no.

 

¿Por qué tiene tanta confianza en que ocurrirá?

 

Porque de lo contrario vamos a recibir el enojo de la Tierra, que ya no aguanta más. El equilibrio ecológico es como un elástico. Lo puedes tensar más y más, pero hay un punto en que se corta. Lo que pasa es que no sabemos dónde está ese punto. No lo saben tampoco los poderes que en su afán depredador siguen estirando con la confianza de que no se romperá, están jugando a la ruleta rusa. Nadie sabe con precisión las combinaciones que producen los “enojos”, es decir, cómo el fenómeno El Niño va a incidir en los huracanes y en inundaciones en un lado, y va a producir sequías y hambrunas en otros territorios. Hay estudios que se están desarrollando, pero no podemos establecer con claridad la combinatoria de todas las reacciones y por eso lo mejor es ser cautos; y si hay que buscar nuevas formas de organización económica, habrá que hacerlo.

 

¿Cómo, si quienes tienen el poder no están interesados porque esta forma de relación es precisamente la que les da el poder?

 

Sí, pero esta forma de economía se viene abajo sola, ya no es viable, aunque quienes sacan provecho de ella no quieran. Los grandes intereses están empeñados en seguir esta dirección que va hacia el abismo total. Piensan que en largo tiempo todos estaremos muertos, así que hoy procuran sacar todo el provecho posible. Pero eso es una invitación al suicidio. La vocación natural para vivir es lo que está en juego y es lo que tenemos que resolver. Éste es el gran desafío del hombre en su historia, y para ello tenemos que acudir a la ciencia, a la tecnología, al arte. La mayoría no nos queremos suicidar, lo que pasa es que mucha gente aún no se da cuenta de que lo que hacemos hoy es suicida. Algunos que ya nos enteramos nos preguntamos: ¿Ahora por dónde? Es una pregunta muy difícil. Cuando teníamos dictaduras decíamos: “Hay que luchar por la democracia y contra la dictadura”. Ahora no hay mucha claridad sobre el camino, lo que es evidente es que así como estamos hoy no podemos seguir, entonces el reto es más complejo.

 

¿Qué puede hacer la gente en un tema tan complejo?

 

Hay acciones desde lo pequeño y hay acciones desde lo grande. La gente puede hacer cosas desde la vida de uno en su casa, con su pareja, en la calle, con sus vecinos, y puede participar también en las grandes acciones políticas; de hecho se están concatenando unas y otras con una celeridad que nosotros nunca supusimos. Situaciones en América Latina que pensábamos que iban a durar muchísimas décadas cambiaron de golpe en unos años con una especie de efecto dominó. Ocurrieron cambios que en otros momentos no hubiéramos imaginado nunca. Así son estas cosas, no se pueden predecir. Es igual que con los huracanes, puedes decir: “Va a haber huracanes”, pero no cuántos ni con qué efectos.

 

¿Entonces es optimista?

 

Soy pesimista por la conciencia y soy optimista por la voluntad. Tal como está el mundo, no hay mucho lugar para el optimismo, pero esta vocación de transformación de la gente, que de repente logra cambios tan rápidamente, me hace ser optimista. m.

 

Ciencia y literatura

Eduardo Rosenzvaig le gusta integrar en sus textos los datos duros de la ciencia y de  la historia con las imágenes literarias. En una presentación que hace de él mismo explica: “Maravillado por la multiplicidad fornicante de la selva, todos con todos entre todos contra todos, empecé a escribir como historiador, seguí como antropólogo, pasé a la novela; incluyo una serie de cuentos. Cada vez soy menos especialista y más asombrado”.

 

¿Por qué le gusta integrar ciencia y arte?

El arte tiene lo particular, y la ciencia tiene lo universal. La ciencia ve un caballo en la pradera y dice: “Es un animal que tiene cuatro patas y está sobre una Tierra plana con tales condiciones”. El arte diría: “Es un caballo blanco, airoso, que cabalga lleno de energía sobre una estepa dorada…”. Son formas diferentes de ver la misma cosa y no se contraponen, son solamente puntos de vista distintos para distintos propósitos. La literatura puede conjugarlas, lo que pasa es que no es muy común porque nos siguen acostumbrando a segmentar. Nos enseñan que la ciencia se divide en compartimentos que poco tienen que ver unos con otros y hablan de ciencias duras, como si otras ciencias fueran fofas. Y ya ni hablemos de separar el arte de la ciencia. Claro que no vas a mezclar todo el tiempo ni en todos los ámbitos, pero la literatura es un buen terreno para convocarlas, para hacer llegar el conocimiento científico a públicos no especializados y para dotar al arte de alguna información consistente. En ese sentido creo que cada científico tendría que ser más artista y cada artista más científico.

 

El martirio de los insectos

Pero nada más terrible para la vida de los primeros europeos en El Chaco que los insectos. Se trataba de aprender de su sentido de orientación para volverlo contra las propias plagas. La vuelta de las hormigas hacia los hormigueros gigantes; el camino de regreso de las arañas. Nadie, excepto algunos locos, hablaban del Edén. Las mangas de langostas que talaban los sembradíos podían abarcar una extensión de cincuenta kilómetros.

 

En pocos minutos pelaban un monte espeso. La hormiga tahiro, negra y muy pequeña, salía antes de la lluvia y subía a las camas de los españoles teniendo que mudarse éstos de habitación. Había muy pocas posibilidades de vencerlas en la noche. La yzan –en guaraní– pasaba por tres estados. Las recién salidas de los huevos atacaban, hasta hacerla sangrar, la planta de los pies de los indios descalzos. El escozor por las ronchas que producían las picaduras de los mosquitos enfermaban de los nervios a más de un español. Burlaban los primitivos mosquiteros y cuando ya se volvían insoportables se encendía humo, que resultaba a veces peor que los insectos. Los piques o niguas eran una especie de pulgas, más pequeños, negros o blanquecinos, “más mordaces, y de acrimonia más eficaz”.

 

Por su pequeñez, se introducían fácilmente en la piel y en cuatro o cinco días “fabrican una overa, cubierta de una túnica blanca y delgada, llena de pulgoncillos, con una abertura por donde sacan los pies y la boca: los pies para aferrarse fuertemente a la carne, y la boca para chupar incesantemente la sangre”. Cuando la overa llegaba al estado de reventar, los pulgoncillos se extendían rápidamente por el cuerpo, y empezaban a insinuarse entre piel y tejido, formando bolsitas llenas de huevos, con la misma brevedad que la primera nigua. El cuerpo se encendía en una comezón que terminaba a veces con la vida del atacado. La operación de extraer la nigua se hacía descarnando con una aguja la bolsita y pulgón, sin reventarlo, quitando todas las raíces que la unían a los tejidos.

 

Etnias y árboles: historia del universo ecológico Gran Chaco. Instituto Colombiano de Cultura / Casa de las Américas, Cuba / Bogotá, Colombia, 1997.

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