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El hijito

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El hijito nace en tiempos de bonanza, por eso le preparan la cuna de oro y el ajuar es marcado con las iniciales de un nombre largo y rimbombante. La coloración rojiza de la piel, el aspecto regordete y simpático, cifran el trato preferencial que habrá de recibir en el futuro. Recibirá en abundancia: todo y de lo mejor, nada habrá de escatimársele, todo lo tendrá al alcance de la mano, en charola de plata: peladito y en la boca.

Lágrimas, caídas y desconsuelo le fueron apartados porque podrían causarle una enfermedad irreparable. En consecuencia: el hijito no crece mucho.

En la juventud irradia somnolencia, lentitud y melancolía. Jamelgo escuálido, jamás podrá sostenerse en sus cuatro patas. No estudia porque padece de una terrible migraña. No trabaja porque no puede permanecer por mucho tiempo en espacios cerrados: la desesperación lo impide.

En el caso de que encuentre un trabajo, de acuerdo a estándares que son cada vez más exigentes, no podrá permanecer más de dos meses ocupado porque el jefe le tiene idea, ojeriza o inquina, y porque es incapaz de apreciar sus cualidades.

Si de realizar una actividad se trata, ésta deberá ser momentánea, colectiva, al aire libre y bien remunerada.

Está claro: cigarra torcida, no nació para recibir órdenes; por eso, para emprender algo necesita un empujoncito, alguien que le eche la mano, alguien que de verdad lo quiera entender; no importa que luego el empujoncito se convierta en el motor inmóvil y la manita en un movimiento perpetuo.

Si la suerte lo favorece, le crecen las alas y planea como gaviota. Es incapaz de estar solo, y puede existir la certeza plena de que, suceda lo que suceda, siempre regresará al hogar paterno.

El hijito un día descubre que adora a los niños, y entonces junta periódicos, cartones y desperdicios: ha llegado el momento de incubar y reproducirse. Es encantador, y por eso no tiene dificultad en agenciarse una compañera cuyo único padecimiento se llama ingenuidad y que generalmente es una buena persona.

Después descubre que la raíz de todos los males se encuentra en el excesivo apego que muestra por el mundo. Decide, en consecuencia, que para alcanzar cimas de mayor espiritualidad debe abandonarlo todo. Sin embargo, al hijito le gusta la variedad, cambia un poco el escenario y empolla en un nuevo abrigadero.

Y cuando el hijito se retira es sólo para practicar uno de sus pasatiempos preferidos: ir de visita. Cuando está de visita dice que está bien, como siempre. Al mismo tiempo abre el refrigerador, verifica el contenido de las cacerolas, inspecciona la despensa y luego acepta sentarse mientras le preparan algo de comer.

Carácter selectivo, al hijito nada le resulta satisfactorio: está muy dulce, está muy salado. De todos modos hace el favor de terminar el contenido del plato.

Cuando el estómago del hijito está lleno, entonces ya tiene capacidad para gemir y comienza una letanía interminable que da cuenta de la incomprensión, de la maldad y de la saña mediante las cuales el mundo conspira para impedir el éxito que merece.

Las matemáticas no se le dan: por eso, para llegar al final de mes, necesita doscientos pesos, que devolverá puntualmente en cuanto las cosas se arreglen.

Y al hijito, pese a que su dimensión temporal pertenece al reino del Nunca Jamás, se le arreglan las cosas. De lo contrario sólo sería un desgraciado. No es el caso: sabe lo que significan las evangélicas palabras “setenta veces siete”. Después de todo se trata sólo de una metáfora, y, en todo caso, puede echar mano de la firme proposición que dice: “Ésta será la última vez”.

Cuando la necesidad es mayor, acompaña la petición con la receta, la notificación o el recibo, para que no vayan a pensar mal. Lo suyo no es la mentira: es la inclinación entreverada y persistente por las puñetas mentales.

Es un hijo pródigo, pero también dialéctico: gana para perder y pierde para ganar, siempre se sale con la suya y la suya dice: “Todo para el ganador”.

Antes de retirarse, manda a que le compren cigarros y un refresco. Le preparan un itacatito, le dan para el camión, y ya entonces le dice a su mamá: “A ver si para la próxima vez que venga me haces un molito...”. m.

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