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Cine para leer

Son abundantes los escritores que además de ejercitar el gusto en la constante visitación, han visto y ven en el invento de los hermanos Lumière no sólo la posibilidad de acercarse a diferentes narrativas o el origen del probable impulso para emprender historias propias con la influencia de aquéllas, sino el pretexto para reflexionar con el cine y desde el cine.

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Menos numerosos son los novelistas, ensayistas, cuentistas y poetas que han alimentado una relación que haya ido más allá de la inconsecuente frecuentación: son atípicos espectadores, atentos mirones y escuchas que penetran la superficie de la película y emprenden análisis pertinentes y provechosos. Aún menos son los que dejan fe de esta relación, en textos críticos o ensayísticos, que dan cuenta de la habilidad analítica de quienes los redactan. Ésos son los imprescindibles.

Si a ello le sumamos el valor literario, que no cualquier reseñador o crítico posee (es más, casi ninguno), tenemos por resultado páginas que además de ilustrativas o esclarecedoras ofrecen para el lector el gusto suplementario que surge de lo bien escrito. De esta forma, estos escritores se han ganado con justicia una sana reputación, ya no sólo como maquinadores de ficciones y poesías, sino como críticos o ensayistas cinematográficos. En algunos casos (los menos, no está de más precisar), su obra “cinematográfica” está a la par en fuerza, pertinencia y relevancia de la otra, la que les valió el título de escritores. A las pruebas me remito:

 

JAMES AGEE
Acaso su nombre no remite a las grandes alturas literarias, sin embargo Agee se paseó por la poesía y una novela suya alcanzó para el premio Pulitzer. No obstante, es mucho más conocido por el libro Escritos sobre cine, que originalmente apareció en una colección editada por Martin Scorsese. Los primeros textos del libro son de 1942 y aparecieron en el periódico The Nation. Al iniciarse en el oficio, ahí se presenta como un “supuesto” crítico. Sin embargo, llega a ser más: la precisión con la que abordaba narrativas y trayectorias así como la valentía de sus opiniones lo hacen un moralista apreciable; un valor suplementario para este oficio tan desmoralizante.

 

SALVADOR ELIZONDO Y JOSÉ DE LA COLINA
Ambos formaron parte de Nuevo Cine, grupo en el que también “militó” Emilio García Riera y que, entre otras cosas, editó una efímera revista. Tomás Pérez Turrent, que entrevistó a Luis Buñuel con De la Colina (cuyo resultado lleva por título Prohibido asomarse al interior), dice de él que es un “muchacho informadísimo, cultísimo, leidísimo y en ocasiones pedantón, a veces eco de Salvador Elizondo, en otras su exacto contrario”. Éste, a su vez, fue hijo de un productor, por lo que “creció en el cine”. Ambos dejaron constancia de su conocimiento en múltiples espacios e hicieron de la cinefilia un asunto de vanguardia.

 

MARGUERITE DURAS
“No sé si encontré el cine. Lo realicé.” Así escribe Margarita (para quien escribir no es un trabajo) en Los ojos verdes, libro que reúne una serie de textos de diversa índole. En él, hay un espacio especial para sus directores preferidos. Entre ellos, Robert Bresson, “uno de los más grandes que han existido jamás”, y Jacques Tati, al que “adora absolutamente” y al que consideraba como “tal vez el cineasta más grande del mundo”. Al final deja clara la distancia entre los diversos oficios: “Entre alguien que nunca ha escrito y un escritor hay menos distancia que entre un escritor y un cineasta”. Y que conste que lo dijo alguien que escribió, hizo cine y escribió sobre cine.

 

ANDRÉ MALRAUX
"El cine puede contar una historia, y ahí está su poder. Él y la novela”, asevera Malraux en su Esbozo de una psicología del cine, en el que analiza “en montaje paralelo”, el proceder del novelista y el del cineasta. Las páginas que componen este opúsculo fueron publicadas por primera vez a finales de los años treinta y nacen, según el francés, de su propia experiencia en la realización. El texto se inscribe en el conjunto de las reflexiones que emprendió sobre la psicología del arte. Cierra el libro una frase que ha hecho correr litros de tinta para comentarla: “Por otro lado, el cine es una industria”. Y sí, donde la hay, sobre todo es eso.

 

 

ALBERTO MORAVIA
Casi 150 recensiones conforman Al cinema, libro de 1975 que reúne las colaboraciones del escritor italiano para L’Espresso. En aquél, Moravia deja ver una extensa cultura y una voluntad crítica inquebrantable. No hay que ir muy lejos para ver que su libre mirada se detiene con mayor atención y rigor en algunos hitos de la cinematografía europea: entre ellos Jacques Tati y su paisano Michelangelo Antonioni, con quien literalmente se tuteaba. En una entrevista que le realiza, no deja de ser significativo que él hable más que Antonioni: la claridad y la agudeza de las preguntas muestran que a veces no es el autor el que ve mejor la película...

 

ASÍ EN PAZ COMO EN LA GUERRA

De Italo Calvino a Octavio Paz, pasando por una larga lista de escritores (donde cabrían Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y otros que hicieron boom), en papel ha quedado constancia de la fascinación constante que el arte de la sala oscura ha ejercido en los hombres de letras. De Paz es memorable el ensayo sobre Buñuel y Los olvidados (1950); de Calvino, la “Autobiografía de un espectador”, que sirve de prólogo al libro Hacer una película de Federico Fellini.

Tal vez sin buscarlo, el cine se convirtió en oficio para algunos latinoamericanos que apostaban por la literatura. El caso del cubano Guillermo Cabrera Infante es emblemático, porque él ejerció de manera asidua el oficio de crítico y, además, es una lúcida autoridad no sólo en asuntos de narrativa, sino también en los que tocan técnica y tecnología. Nadie como él para apuntar con certera precisión las virtudes y las carencias de las películas que abordó. Su caso es excepcional en toda la extensión y con todas las acepciones de la palabra. Acaso como en ningún otro, por su extensión y pasión, las páginas dedicadas al cine ocupan un sitio de honor.

Los escritos de Horacio Quiroga cobran relevancia porque en la época de sus primeros textos todavía existía el constante afán de probar que el cine era un aspirante a ser considerado arte. Y Quiroga contribuye a ello. En el otro extremo de la trama estaría Borges, que despacha sin empacho algunos hitos de la historia del cine y los hace ver chiquitos.

A veces combativos, siempre reflexivos, el cine se ilumina en papel, en las páginas de estos hombres de letras que van al cine.

HORACIO QUIROGA
En septiembre de 1918, en la revista argentina El Hogar, aparecieron las primeras “crónicas” sobre cine del escritor uruguayo. Su agudeza es tan notable como precoces son sus apreciaciones (de hecho en Quiroga hay un crítico de primer nivel). Un par de ellas basta para ilustrarlo: en 1919 escribió que “no hay estrella ni sol capaz de salvar un filme, si éste no tiene otro exclusivo objeto que lucir a tal o cual actor”. Años después, en 1931, advertiría el peligro del sonido: “Es un hecho concreto que al adquirir palabra el cinematógrafo, como arte, ha muerto”. El Star System, que aún subsiste, y el abuso del diálogo en el cine actual confirman sus posturas. ¿No es cierto? 

 

GUILLERMO CABRERA INFANTE
En sus mocedades habaneras veneraba con particular exaltación a las mujeres y al cine (a las divas del cine en primer lugar). Esa pasión lo llevó a las páginas de la revista Carteles, donde dio vida a G. Caín, apocopado Mr. Hyde, que le servía de seudónimo. La lista de cintas criticadas es larga y circula en Un oficio del siglo XX. A este título se suman Arcadia todas las noches, donde sustenta su admiración a Orson Welles, y Cine o sardina, acaso la mejor historia del cine en español. El humor, además de una fluidez plausible, sirve como condimento e ingrediente a estos libros gozosos, gloriosos.

 

TERENCI MOIX
Con justicia y justeza es considerado un defensor de las letras y las películas catalanas. Con un desenfado que vale la pena celebrar (con todo y la contradicción), se lanzó a aventuras titánicas como La gran historia del cine, que apareció en 40 fascículos. No menos ambiciosa es la serie Mis inmortales del cine, que consta de cuatro volúmenes y revisa el cine de Hollywood de los años veinte, treinta, cuarenta y sesenta. Por si fuera poco, buena parte de su literatura tiene como origen el cine, como sus “memorias”, inauguradas por El cine de los sábados. Y lo mejor: la desfachatez y la falta de pudor van en Moix de la mano del humor.

 

JORGE LUIS BORGES
Además de escasos, distantes son y dispersos están los textos que Borges dedicó al cine. Pero fue un crítico de pertinente acidez. A base de frases lapidarias derrumba a más de un icono. Así, el argumento de Luces de la ciudad (1931) de Charlie Chaplin es calificado como “destartalado”. No corre mejor suerte El acorazado Potemkin (1925): pasa por alto la teoría de S. M. Eisenstein sobre el montaje y hace eco de la puntería del “maximalista” acorazado epónimo. Más artero es el golpe a Ciudadano Kane (1941), película “que adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio”. Las opiniones son cuestionables, pero escritos como están, sus textos son de una contundencia irrefutable.

 

JOSÉ REVUELTAS
Además de una respetable trayectoria como argumentista, este escritor “de izquierda” concibió una serie de reflexiones sobre El conocimiento cinematográfico y sus problemas, como se intitula el libro que recoge sus acercamientos a ellos. Montaje, guión, actores, distribución y análisis son algunos de los temas que trata con valiosa lucidez y certera argumentación. Cierto es que, como asevera Emilio García Riera en el prólogo, la carga ideológica matiza su apreciación; más debatible es su afirmación de que algunas ideas están “rebasadas” (la edición original es de 1965). En todo caso, se extrañan los aportes de “ideólogos” de esta talla.

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