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Alfred Hitchcock: más allá del suspense

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El 29 de abril se cumplieron 30 años de su muerte; el 16 de junio se celebra el aniversario número 50 de la première (en Nueva York) de una de sus obras maestras: por si faltaran razones para volver sobre Alfred Hitchcock y su filmografía, las efemérides, infaltables y por definición puntuales, proveen el pretexto. Y más allá de las fechas memorables, la vuelta a los clásicos es sana y necesaria, pues sacude la modorra y el adocenamiento que se instalan con la complacencia del público.

Al volver sobre Hitchcock confirmamos que en los límites que impone el género al cine es donde mejor florece la creatividad; que el suspense, del cual es todo un hito el maestro británico (no en vano era conocido como “el maestro del suspense”), no es un género sino un provechoso procedimiento para tratar, emocionados, cosas mucho más serias y graves que las historias mediante él trabajadas: así, la inexplicable “guerra de los pájaros” tiene más que ver con el caos y los laberintos mentales que con un fenómeno natural; en el mirar a los vecinos es más ilustrativo lo que el subconsciente evade (la vida en pareja), que lo que la conciencia descubre (un asesinato); eludir a los malos es, por lo general, una ruta para encontrarse a uno mismo.

Alfred Hitchcock nos dejó un corpus cinematográfico de gran riqueza. Su cine es un caso excepcional, porque congrega por igual la atención y los elogios del público y de la crítica. Pero no sucede lo mismo con los premios: no obtuvo Oscar alguno; en Cannes, Berlín y Venecia fue singularmente ignorado. Peor para ellos...

Un auteur entretenido

Como el jazz, el cine de Hitchcock “debe” mucho a los franceses: tanto el uno como el otro, sin perder su estatus de “cultura popular”, ascendieron a las alturas de la academia, al ser material para el análisis riguroso y el placer entrenado. Antes de que la gente de la revista francesa Cahiers du Cinéma elevara al cineasta británico al rango de auteur (uno de los aportes de la publicación fue “la política de los autores”), su obra era atendida por ser entretenida o emocionante, por su éxito en taquilla. Alrededor de los Cahiers, e impulsados por André Bazin, se acercaron a la obra y a él críticos que luego serían realizadores, como François Truffaut, Claude Chabrol y Eric Rohmer. El mismo Bazin dedicaría un libro al cineasta, así como Jean Douchet.

Los franceses vieron en Hitchcock, pues, a un autor, y en su filmografía una serie de atendibles constantes argumentales y temáticas. Así, repararon en sus rubias de fría belleza y delicadeza, pero arrojadas y hasta audaces; en sus personajes masculinos vieron alter egos pertinentes para encarar la responsabilidad, el compromiso; observaron además el cambio que se opera en la madre, que cobra protagonismo y negrura luego de la muerte de la progenitora del cineasta. Y así como hicieron ver la recurrente aparición de elementos escénicos, como escaleras y espejos, y establecieron el simbolismo del traslado físico como viaje interior, también abordaron sus temas (que a menudo giraban alrededor de extremos morales), como la culpa y la inocencia, el orden y el caos. Sus aportes fueron pertinentes, a fin de cuentas, para confirmar que el cine de Hitchcock es tan entretenido como sustancioso.

Los 39 escalones (1935)

 

Un canadiense que asiste en Londres a un espectáculo teatral se involucra involuntariamente en un complot internacional, por lo cual es perseguido por la policía y por los maleantes. Es más que ilustrativo el uso que Hitchcock aquí hace del McGuffin (pretexto que hace avanzar el argumento pero que al final no tiene mayor importancia: secretos de Estado que buscan robar los malos, por ejemplo). Ésta es una de las cintas más emblemáticas de la etapa inglesa del realizador: es un thriller innovador que felizmente apuesta más por la imagen que por el diálogo.

 

La sombra de una duda (1943)

 

Charlie (Joseph Cotten), un hombre que ha seducido y asesinado a tres viudas, se refugia en la ciudad pequeña donde vive su familia. Ahí tiene un recibimiento particularmente efusivo de su sobrina homónima. Pero el asunto se complica cuando llegan dos investigadores. Se identifican aquí rasgos personales del realizador, y todos los personajes remiten a miembros de su familia: se asoma al espejo, explora los extremos y examina frente a la cámara a su doble. El inglés fue escrupuloso en cada detalle: al otro, del otro lado de la cámara, no podía defraudarlo.

 

Tuyo es mi corazón (1946)

 

Alicia Huberman (Ingrid Bergman) es hija de un hombre que ha sido condenado por traición a la nación. Entonces es contactada por T. R. Devlin (Cary Grant) para que descubra los planes de una organización nazi en Brasil. El asunto que mueve la cinta pasa por la confianza y es riesgoso, pero no tanto como el amor que ella siente por él; y como Hitchcock filmaba los asesinatos como escenas de amor, y éstas como asesinatos, la cinta es generosa en arrumacos y emociones. El título original es Notorious y el resultado es más que notable: es una obra maestra.

 

La soga (1948)

 

Un joven, apasionado por la idea del superhombre, asesina a un conocido, coloca el cadáver en un baúl y sobre él distribuye las viandas para la comida que ofrece minutos después. Los invitados no se percatan de nada, excepto uno de ellos, el profesor de filosofía del joven. La soga es la primera película en color del cineasta, quien perpetra una obra en planosecuencia, sin cortes (éstos son disimulados de manera ingeniosa, pues las bobinas de 35 mm alcanzan para cada diez minutos). Y el procedimiento es provechoso para dar más emoción... a Nietzsche.

 

La ventana indiscreta (1954)

 

L. B. Jeffries, un fotógrafo que vive en la aventura constante, se recupera en su departamento de la fractura que sufrió en una pierna. Pasa las horas observando a la gente del edificio de enfrente, y así descubre que un vecino mató a su esposa. Es un soltero convencido, pero su novia (Grace Kelly) tiene otros planes para él. Pocas cintas como ésta tejen tan bien la historia y su tema: así, mientras el solterón hace sus pesquisas, observa también los futuros posibles de la vida en pareja. El resultado alberga una gran lección de guión, y una terrible lección de vida.

El hombre equivocado (1956)

 

Un hombre solicita un crédito y pone como garantía la póliza de seguro de su mujer. Los empleados de la aseguradora sospechan de él, pues lo toman por un ladrón que los robó poco tiempo antes. La policía lo detiene, y sobre él caen las sospechas de otros delitos. Hitchcock retoma un caso de la nota roja convertido en literatura, y con un rigor casi documental vuelve sobre los pasos del desafortunado inculpado. El título de esta cinta remite a la obsesión del cineasta por seguir a inocentes que son tratados como culpables. Aunque, con él, nadie es del todo inocente...

 

Vértigo (1958)

 

Scottie Ferguson (James Stewart) corre sobre los techos y tras los malos. Pero con tan mala suerte que casi cae; luego descubre que sufre de vértigo. Tiempo después es contratado por un conocido para seguir a su rubia esposa (Kim Novak), quien vive una extraña obsesión. Hitchcock regresa aquí a sus temas habituales pero además se asoma, con una mirada grave, a los cochambres de la mente. Inventa además el trombone shot, movimiento de cámara con zoom que es provechoso para dar cuenta de la visión del vértigo. Hitchcock prueba así, una vez más, que la técnica hace al cine.

 

Intriga internacional (1959)

 

Roger O. Thornhill (Cary Grant) es confundido con un agente no tan secreto en un restaurante. Y en adelante vivirá una aventura para poder salvar su vida. En el camino conoce a una rubia que, como todas, guarda peligrosos secretos. Esta cinta es considerada como un antecedente directo de la saga del sangrón Bond, James Bond. Es célebre el manejo de la acción (que no cesa), la evasión de clichés (una situación amenazadora se resuelve en campo abierto y a plena luz del día). Guillermo del Toro la califica como el “divertimento supremo”. Y sí, es suprema.

 

Psicosis (1960)

 

El calor azota a Phoenix y la calentura vence a Marion Crane (Janet Leigh), quien pretende reunirse con su amante y para ello roba a su jefe 40 mil dólares. Pero tiene la mala suerte de parar en el hotel Bates, atendido por Norman (Anthony Perkins), quien no parece tan normal. Y mientras ella toma una ducha, la madre de él irrumpe cuchillo en mano, y Marion no alcanza a enjuagarse. Psicosis es una de las escasas visitas al terror según Hitchcock, quien saca buen provecho del miedo que provoca. Y con todo y la elucidación psiquiátrica, el final es inquietante.

 

Los pájaros (1963)

 

Melanie Daniels (Tippi Hedren) viaja desde San Francisco a Bodega Bay para gastarle una broma a un hombre que conoce en una tienda de mascotas. Lleva un par de tórtolas, o “pájaros del amor”, y cara paga su osadía, pues allá atestigua y padece los ataques de diversas aves. En Los pájaros, Hitchcock ofrece una lección de montaje, de sonido... y de psicología. De acuerdo con más de una interpretación, la “rebelión” de los pájaros remite al caos, a lo irracional. Y al final quedan al acecho: uno nunca puede deshacerse de ciertas cargas.

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