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Ruy Pérez Tamayo, médico ejemplar

Se define a sí mismo como un “sabio amateur” porque ama el saber. El destacado médico-investigador mexicano reflexiona sobre los resultados de sus propias indagaciones en el campo de la filosofía de la ciencia.

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Lo que vio aquella noche de 1943 en el sótano de la casa de un amigo definió su vida. Era un gato. Estaba anestesiado sobre una mesa con los riñones expuestos: “Nosotros estábamos ahí, frente a la naturaleza, tratando de entenderla”. Ruy Pérez Tamayo, uno de los más destacados científicos mexicanos, descubrió aquel día, frente a aquel animal, que la investigación era lo suyo. Desde entonces no ha dejado los laboratorios. Tampoco ha dejado de pensar y de escribir sobre la ciencia: “Yo pienso que reflexionar sobre nuestra actividad profesional, cualquiera que ésta sea, tiene como consecuencia no sólo conocernos a nosotros mismos sino conocer mejor nuestra propia disciplina y por tanto poder ejercerla en mejores condiciones. Si yo me intereso en la filosofía de la ciencia es porque yo hago ciencia”.

Pérez Tamayo nació en Tampico en 1924. Premio Nacional de Ciencia, autor de más de 50 libros y doctor Honoris Causa por cuatro universidades, está convencido de que la medicina es “la mejor profesión del mundo”, y de que la educación resulta fundamental para el desarrollo del país. Por eso ha sido profesor durante más de 60 años y por eso también, aunque ha enseñado en algunas de las más importantes universidades del mundo, como Harvard y Yale, nunca quiso dejar de vivir en México.

Cuando era niño, Pérez Tamayo quería ser músico como su papá. Sus dos hermanos también lo deseaban: “pero mis padres se opusieron porque decían que a mi papá no le había ido muy bien y querían un mejor destino para nosotros. Por eso no nos dejaron estudiar música. Claro que los tres hermanos la estudiamos a escondidas”. Ruy no deseaba ser médico y mucho menos investigador científico.

“De niño nunca tuve ninguna inclinación por la medicina, pero mis padres siempre soñaron con que sus hijos fueran médicos. Mi hermano mayor entró a medicina y cuando al año siguiente me tocó a mí elegir una carrera universitaria, me inscribí en la facultad de Medicina, pero solamente porque mi hermano mayor estaba ahí. Si él se hubiera ido a Ingeniería o hubiera sido bombero, yo hubiera sido también bombero o ingeniero. Yo lo que quería era ser como él, no quería ser médico”.

Para el profesor emérito de la UNAM y jefe del departamento de Medicina Experimental de la facultad de Medicina en el Hospital General de México, la vocación, en el sentido que se plantea habitualmente, no existe: “Yo no creo en las vocaciones. Yo no creo que uno haga bien lo que le gusta, creo que es exactamente al revés; yo creo que a uno le gusta lo que hace bien. No estoy hablando de Mozart, de los genios que están predeterminados para hacer una cosa sobresaliente, no. Estoy hablando de la gente común y corriente, lo que uno finalmente hace con su vida está determinado por contingencias ambientales, por lo que va ocurriendo conforme le toca a uno ir creciendo. Pero si eso que haces lo haces bien, termina por gustarte. A mí me empezó a gustar la medicina cuando empecé a hacerla bien y tuve la fortuna de empezar a hacerla bien muy pronto, desde que empecé a estudiar, porque tuve excelentes maestros”.

Medicina y bien social

Su azarosa llegada a la medicina se transformó con rapidez en una pasión: “Cuando descubrí lo que era la medicina, me di cuenta de que es la mejor profesión del mundo, y me felicito por dedicarme a ella. Si tuviera otra vida, la invertiría otra vez en ser médico, porque creo que es lo mejor que le puede pasar a cualquier ser humano”.

 

¿Por qué considera a la medicina la mejor profesión del mundo?

Para mí la medicina es la mejor profesión del mundo porque reúne dos aspectos. El primero es que está dedicada al bien social. No es una profesión dedicada al beneficio personal, individual. Es una profesión cuyo objetivo es el bien social, es promover la salud de la comunidad en la que uno trabaja. Me parece que eso es algo absolutamente característico de la medicina, no diría específico porque hay otras profesiones con esta misma idea, pero la medicina es claramente una profesión que se basa en el servicio a la sociedad. El otro aspecto de la medicina que me parece fundamental, y por lo que creo que es la mejor profesión del mundo, es que para ser médico se necesita ser una persona inteligente, trabajadora, consciente de su función y dedicada a su profesión.

 

Para muchos médicos no se trata de un servicio sino de un gran negocio…

Sí, lamentablemente la evolución actual de la medicina va en contra de esta idea del bien social y está dejando de ser un servicio público para convertirse en un negocio privado y esto debe deplorarse. No es una situación específica de México, está pasando en todo el mundo, como consecuencia del predominio de las economías neoliberales en donde lo que cuenta es el beneficio económico individual y no el beneficio social. Muchos médicos están dejando de lado la responsabilidad social de la medicina y la están convirtiendo en un negocio personal.

 

“La naturaleza tal como es”

Ruy Pérez Tamayo es investigador nacional de excelencia del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) y ha recibido diversos reconocimientos por su trabajo científico, entre ellos el Premio Nacional de Ciencias.

El Colegio Nacional, del cual forma parte, describe con detalle sus “muchas contribuciones” al campo del conocimiento científico en medicina: entre otras cosas, ha investigado asuntos relacionados con la cicatrización de heridas, amibiasis, enfisema bronquiolar, arterioesclerosis, tumores del corazón y del hígado, tuberculosis, cirrosis y cáncer. “Desde 1943, es decir desde hace 67 años, mi interés ha sido siempre la investigación en ciencias biomédicas, en campos muy específicos; enfermedades infecciosas y problemas crónicos del hígado, que son muy frecuentes en México”.

Ruy sonríe cuando recuerda cómo fue que se convirtió en científico: “Ingresé a medicina al mismo tiempo que Raúl Hernández Peón. Él era hijo de un médico y tenía muy claro que quería ser un investigador científico en fisiología, tan quería serlo que su papá le construyó un laboratorio en el sótano de su casa. Él ya estaba haciendo experimentos relacionados con los mecanismos de la circulación renal cuando yo lo conocí. Éramos estudiantes de primer año y me invitó a trabajar con él. Yo fui alguna noche a su laboratorio como ayudante y me encantó lo que hacía, me pareció extraordinariamente interesante y empecé a pensar que lo que yo quería era ser investigador científico en medicina.

 

¿Qué fue lo que vio en aquel sótano que le causó tanta emoción?

En aquel sótano lo que yo veía era la manera en que se examina la realidad. El gato anestesiado y operado era la naturaleza, tal como es, y nosotros estábamos preguntándole cómo podíamos explicarnos lo que estábamos viendo. Lo que me convenció a mí de que eso era lo que yo quería hacer es que Raúl y yo estábamos sujetos a aceptar lo que la realidad nos dijera de su existencia. No estábamos inventando nada, no estábamos aceptando ningún escrito sagrado, ninguna autoridad dogmática, estábamos incorporando a nuestros sentidos y a nuestra razón la realidad objetiva. Ésa era la que queríamos conocer. Teníamos la capacidad de leer lo que decían las autoridades, teníamos capacidad de oír lo que decían los grandes maestros, pero también teníamos la capacidad de ver directamente la realidad. Lo que me cautivó fue la posibilidad de tener contacto directo con los hechos.

 

¿Cuáles son las ventajas de esa forma de conocer?

La ciencia es solamente una forma de actividad profesional que, en mi opinión, genera la forma más confiable de conocimiento de la realidad. Hay otras formas de conocimiento de la realidad. Existe el conocimiento filosófico, el conocimiento a priori, el popular, el conocimiento religioso. Hay también el conocimiento matemático que se refiere a las combinaciones de los valores numéricos. En fin, hay otras variedades de conocimiento, pero creo que la más confiable es la variedad científica, pues es racional, está basada en la observación y la experimentación, requiere la documentación de las explicaciones de los hechos, una documentación basada en la objetividad y la racionalidad y, en muchos casos, no en todos, es reproducible. En astronomía no es fácil hacer experimentos, pero sí observaciones y predicciones que después se cumplen o no, pero que sirven para documentar la realidad de las proposiciones iniciales. En función de esto creo que la ciencia genera la información más confiable sobre la realidad. En la medida en que estos conocimientos se han tomado en cuenta, la capacidad de la manipulación de la naturaleza ha aumentado. De acuerdo con la ciencia, en el siglo xvii no era posible construir aviones ni ferrocarriles; de acuerdo con la ciencia, en el siglo xx sí es posible. Eso quiere decir que nosotros podemos manejar la realidad utilizando conceptos científicamente desarrollados.

 

Aunque en la práctica ese “nosotros”, que implica a todos, se reduce a algunos…

La diferencia central en este siglo XXI entre los países desarrollados que le pueden dar un nivel de vida más adecuado y más digno a los ciudadanos que los componen, y los países subdesarrollados, en los cuales prevalece la injusticia social y la miseria, como en México, es el desarrollo científico y tecnológico; ésta es la diferencia fundamental. En la medida en que esto persista vamos a seguir siendo un país subdesarrollado, cada vez más incapaz de seguir su propio destino, cada vez más sometido a las reglas impuestas por quienes sí generan conocimiento. Los países que apoyan el desarrollo de la ciencia y la tecnología son los que están a la cabeza, los que están determinando cuál es la estructura de la sociedad y cómo se debe conformar para dar una mejor vida a sus ciudadanos. Y nosotros no lo estamos haciendo. En la actualidad, lo que yo veo en México es un desinterés abierto por el desarrollo científico y tecnológico. Y no solamente en esto sino en la cultura en general. No veo que haya un proyecto de país en el largo plazo, con un modelo que favorezca la mejor vida para el mayor número de los mexicanos. Al contrario, la pobreza, la injusticia social y la desigualdad son cada vez más marcadas.

Con su trayectoria como científico habrá recibido usted más de alguna oferta para ir a vivir a otro país con mejores condiciones para el desarrollo de sus proyectos científicos. ¿Por qué no se fue?

He estado fuera en algunas ocasiones. Completé mi preparación como patólogo en Estados Unidos y he pasado en el extranjero un par de años sabáticos, pero siempre han sido ausencias temporales. En una ocasión se abrió una cátedra de mi especialidad en Estados Unidos y me propusieron la posibilidad de ser candidato a jefe del nuevo departamento. Comentamos esta situación con mi esposa y mis hijos. Ella me dio la razón fundamental para tomar la decisión, me dijo: “Nuestras raíces están en México, si nos vamos a Estados Unidos, nosotros vamos a vivir mejor pero nos vamos a diluir en una comunidad mucho más amplia. Si nos quedamos en México vamos a formar parte de un grupo mucho más pequeño que va a tener mayores oportunidades de contribuir a los valores que consideramos los más importantes”. Entonces nos quedamos en México.

 

Pensar sobre la profesión

Buena parte de los libros que ha escrito Pérez Tamayo no tiene que ver con los resultados de sus investigaciones científicas, sino con sus indagaciones y reflexiones en torno a la filosofía de la ciencia. El doctor aclara que en este campo es un amateur, “pero no en el sentido de aficionado, sino en el sentido de amante”. Sus libros, ¿Existe el método científico?, Serendipia, ensayos sobre ciencia, medicina y otros sueños, y El viejo alquimista, entre otros, son ya clásicos y se utilizan en muchas escuelas. A este tema llegó también por casualidad.

“He tenido interés en la filosofía de la ciencia desde que era yo muy joven. Lo adquirí a través de mi interés por el inglés. Yo quería aprender bien este idioma y un maestro mío de la secundaria me recomendó que leyera los libros de Bertrand Russell porque estaban muy bien escritos en inglés. De hecho, Russell ganó el premio Nobel de Literatura por su manejo de ese idioma, pero él escribía sobre filosofía de la ciencia. Yo, deseoso de aprender el inglés como él lo manejaba, empecé a leer sus libros. Primero por el idioma, pero después me empecé a interesar por lo que decía, y de lo que hablaba era de filosofía de la ciencia. Desde entonces me interesé mucho en ese tema, y como soy un científico practicante pienso que nuestras ideas sobre la estructura de la ciencia también deben ser tomadas en cuenta por los filósofos de la ciencia. Por eso he escrito ya varios libros de filosofía de la ciencia.

 

¿Esa reflexión filosófica le ha ayudado en su trabajo científico?

Un famoso físico contemporáneo que ganó el premio Nobel de Física,  el doctor Richard Feynman, dijo alguna vez en forma un poco festiva que la filosofía de la ciencia era tan útil a los científicos como la ornitología era para los pájaros, es decir, que la filosofía de la ciencia no le sirve para nada a los científicos. Yo creo que Feynman se equivocó rotundamente. La ornitología no le sirve a los pájaros, estoy de acuerdo, pero en lo que no estoy de acuerdo es en que los científicos seamos pájaros. Yo creo que somos una especie diferente a la que la filosofía de la ciencia le sirve, y mucho. De hecho, él escribió algunos de los textos de filosofía de la ciencia más interesantes del siglo XX. ¿Cómo no me va a interesar pensar en lo que hago todos los días? Yo quiero saber cuál es la estructura de la ciencia, cuál es su justificación, cuáles son sus limitaciones, cómo es contemplada por las personalidades académicas contemporáneas. Hay filósofos de la ciencia profesionales que se dedican a eso. Sobre filosofía de la ciencia y sobre la ciencia opinan historiadores, sociólogos, economistas, periodistas, comentaristas de televisión; todo el mundo da sus opiniones sobre lo que es la ciencia. Es tiempo de que se les haga caso a los científicos. Nosotros también tenemos algo que decir respecto a lo que hacemos y creo que nuestra voz debería ser escuchada porque tenemos la vivencia de la ciencia, no solamente interés en su estructura y en sus funciones, sino que estamos viviéndola. Claro que hay muchos científicos que hacen buena ciencia sin preguntarse estas cosas, pero yo creo que cualquier profesional debería preguntarse por su propia disciplina. m.

La Revolución Mexicana y la ciencia

Ruy Pérez Tamayo considera que, pese a todas las dificultades y al contexto adverso que vive el país para el desarrollo científico, sí es posible hacer ciencia en México:

“Yo soy una muestra de que sí se puede, de que las cosas difíciles sólo son las que cuestan más trabajo y de que casi no hay nada que resista la acción corrosiva del trabajo. Si uno quiere realmente hacer algo, si está comprometido con una idea y esta idea representa su interés central en su vida, lo puede hacer. Hay que sacrificar muchas cosas, ponerse al servicio de la idea y promoverla por distintos mecanismos. En el siglo xx, México tuvo la generosidad de permitir que la gente con una motivación bien definida, y gracias a muchos apoyos que no voy a minimizar, llegara a ser lo que quería. Esto no es cierto en otros países en donde las circunstancias ambientales y las contingencias culturales bloquean el desarrollo de un individuo. Una de las pocas cosas que se ganaron con la Revolución Mexicana y que consolidó Lázaro Cárdenas, que fue el gran presidente, fue el acceso masivo a la educación, lo que permitió la movilidad social. Yo vengo de una familia muy humilde, éramos muy pobres, pero tuve la posibilidad de estudiar medicina, de ser médico y de alcanzar el nivel que pude con mis capacidades. En época de don Porfirio esto no era posible”.

¿Y ahora?

Ahora también. El mozo de mi laboratorio salió a los 18 años de su pueblo en Guanajuato porque no tenía trabajo y estaba “muerto” de hambre. Llegó a mi laboratorio a cuidar jaulas de ratas. Su hija estudió medicina, trabaja en un hospital y es una persona que está contribuyendo en favor de la sociedad. Eso no se podía antes de la Revolución, ahorita se puede hacer. Creo que uno de los grandes progresos sociales de nuestro país ha sido que cualquier gente puede hacer cualquier cosa si tiene ganas de hacerlo. A pesar de que nuestro país está sujeto a una economía de tipo neoliberal, de que las diferencias en justicia social son cada vez más profundas, de que está aumentando el número de miserables, de los recortes presupuestales para las áreas más importantes, que son la educación y la salud; a pesar de todo esto, México sigue siendo un país en donde el ser humano más humilde puede llegar a desarrollar sus potencialidades. Es cierto que no hemos podido ejercer esta libertad de opciones en toda la extensión que quisiéramos, pero de alguna parte va a surgir una nueva idea de política, una nueva idea de qué es lo que queremos para nosotros mismos como sociedad. No va a surgir del gobierno ni de la iglesia ni de la empresa privada… tendrá que ser de la sociedad misma. El país va a ser como el país quiera ser. Lo que pasa es que tiene que tener conciencia de su propia fuerza y de que nos toca decidir a dónde vamos.

 

Es usted muy optimista...

Sí, y lo es cualquiera que haya vivido de la segunda mitad del siglo xx hasta ahora. Si uno compara cómo era la sociedad cuando yo comencé a trabajar en 1943, con lo que es hoy, notará una gran diferencia; la transformación de México ha sido extraordinaria, hemos cubierto siglos de evolución en unos cuantos años. Optimismo me sobra. Yo no estoy particularmente deprimido por la situación política contemporánea, me parece que es totalmente transitoria, se trata de sujetos que todavía no han adquirido el concepto de democracia, nosotros tuvimos 71 años de hegemonía política de un solo partido. De repente sacamos al pri de Los Pinos porque ya no lo aguantábamos. Eso fue lo que pasó, no fue que ganó Fox, fue que sacamos al pri y empezamos el camino a la democracia, pero la democracia no es genética, no se hereda de un año para otro. Es una situación compleja y desde el punto de vista político requiere maduración. Los partidos siguen peleándose por el poder y no les importa que a la sociedad se la lleve el diablo. Ningún partido tiene un proyecto de país y sólo buscan ganar elecciones. Estamos todavía en las etapas embrionarias de la democracia, veo que esto es una etapa en el desarrollo normal de una estructura política que no conocíamos y que estamos empezando a vislumbrar. Nuestra democracia todavía no acaba bien de nacer, pero va a crecer, se va a desarrollar y quizás algún día alcance la edad madura. Yo soy optimista en ese sentido, en el largo plazo.

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