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«Visión en una gota de agua», de Raúl Aceves

Prolífica, multifacética, camaleónica, son adjetivos que bien podrían aplicarse a la obra de Raúl Aceves, quien suele transitar con pareja felicidad por los diversos rumbos de la escritura, del haikú al poema en prosa; del ensayo al aforismo

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Raúl Aceves en un retrato de Abraham Aréchiga/UdeG
Raúl Aceves en un retrato de Abraham Aréchiga/UdeG

Lo que se ve a través de la ventana

es el cuerpo del día con sus cabellos frescos

 

una vez la mujer estuvo ahí tejiendo las gotas,

fabricando una red de lluvia que atrapó los pájaros

 

las manos del agua recogen todo el paisaje posible

para depositarlo en el ojo de la gota

 

la ventana contiene todas las visiones interiores,

pero el sendero lleva más allá de donde no hay retorno

 

la gota no es el punto final de la Creación

sino su punto de partida, su epifanía

 

la gota tiene la paciencia iluminada del tiempo

y cuando cae, nacen la criaturas imaginadas.

 

Prolífica, multifacética, camaleónica, son adjetivos que bien podrían aplicarse a la obra de Raúl Aceves (Guadalajara, 1951), quien suele transitar con pareja felicidad por los diversos rumbos de la escritura. Un quehacer literario que se ha venido fundiendo con las andanzas de su propia vida. Y es que la generosidad de Raúl —egresado de Psicología del ITESO— lo impulsa a desprenderse, con absoluta naturalidad, de un libro o de una estampilla de su colección si sospecha que uno los necesita. De la misma manera, su literatura suele pasar sin dificultad aparente del haikú al poema en prosa; del ensayo al aforismo, o regalarnos —fruto de sus intensas y bien documentadas investigaciones— libros singulares, como su Diccionario de bestias mágicas y seres sobrenaturales de América (1995), o el divertidísimo Diccionario de interjecciones y onomatopeyas del español hablado en México (2007). Su poesía, provista de un fino sentido del humor, puede internarse en lo maravilloso cotidiano, acercarse con telescopio de astrónomo a las constelaciones y con lupa de naturalista a las pequeñas cosas —como en este poema, donde una gota de agua que resbala por una ventana se convierte en un receptáculo que guarda el espacio, el tiempo y preserva, en su diminuta estructura, la energía misma de la Creación. Y todo esto dicho con la indispensable claridad. Entre sus libros: La mirada del camaleón (Arlequín, 2002), El jardín infinito (Amaroma, 2006), Desaforismos (La Zonámbula, 2012).

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