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¡Papá, Bibi por favor!

Cada vez hay más familias que rompen el esquema patriarcal —él es proveedor; ella, ama de casa— y encuentran formas más equitativas para criar a los hijos. Sin embargo, estas familias aún se enfrentan a modelos de trabajo, esquemas legales y expectativas sociales que fomentan la desigualdad.

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Antetitulos: 

La identidad masculina, en todas sus versiones,

se aprende y por tanto también se puede cambiar.

Elisabeth Badinter

 

Son las tres de la mañana y no estás durmiendo. Tienes a tu bebé en brazos y un biberón con leche materna que ella te dejó antes de irse a acostar hace cinco horas. En la penumbra, recargada su cabeza en tu pecho, tu hijo mama y te mira. No necesita a nadie más. Ni tú tampoco.

La escena, cursi para quien no ha vivido la experiencia, no es extraña para los papás que han decidido, por convicción, por necesidad o por ambas cosas, involucrarse en la crianza y el cuidado de sus hijos, así como compartir las tareas del hogar.

Sin embargo, trabajar 48 o 50 horas a la semana y llegar a la casa a realizar tareas domésticas, además de procurar a los hijos, no es sencillo. Y es que hasta ahora, el modelo de familia patriarcal sigue vigente, lo mismo que la reproducción del rol masculino que concibe al padre como el principal proveedor de la familia.

“En los últimos años, las mujeres están entrando al mercado laboral más fácilmente que los hombres, y eso también hace que haya un cambio: ‘Tú te vas a trabajar y yo me quedo en casa’”, explica Manuel Mora Rosas, maestro en Comunicación, egresado del iteso y doctorante en Antropología Social con un estudio sobre paternidades en Guadalajara. Sin embargo, no todo el mundo puede hacerlo: “El hombre que se queda en casa cuando la mujer se va a trabajar tiene un conflicto, porque tiene que cambiar de esquema, de rutina, tiene que establecer formas de hacer las cosas en casa, donde nunca ha estado”.

“Para mi tesis —explica Mora— entrevisté a una pareja. Él es de aquí y su esposa es extranjera. En ese momento él no estaba titulado y no tenía trabajo; ella ya venía con una licenciatura, vino a especializarse, y encontró trabajo. Claro que él dijo: ‘Yo me quedo’, y asumió el papel de amo de casa, incluso apoyado por la familia, pues son cuatro hermanos, dos chicas y dos chicos, y él es el único que está cerca de su hijo. Las dos hermanas están divorciadas y el hermano trabaja todo el día. Entonces, en su núcleo familiar es aceptado y valorado. Y aun así tuvo que cambiar el esquema. No se conflictuó mucho, aunque sí se sentía como un hombre precario. Es decir, un hombre que no está completo, que no cumple con todo lo que el modelo imperante de masculinidad le dice que tiene que ser”.

“No todos los hombres tenemos la capacidad de estar en casa; no todos los hombres tenemos la capacidad de estar todo el tiempo afuera trabajando; y no todos los hombres hemos sido entrenados para reconocer los matices emocionales que tiene la vida. Todavía es un poco tabú un hombre emocional, el que reconoce las emociones como parte de su naturaleza. A este joven, su chava le dijo: ‘Esto que estás haciendo también es un trabajo. Si no estuvieras aquí tendría que hacer todo lo que tú haces, más lo que yo hago’. Es el discurso tradicional, pero del otro lado, desde la perspectiva de una mujer. Ella asume su rol como mujer, como madre, pero como proveedora también”.

El especialista señala que hay mucha información que les dice a los hombres que el esquema familiar en el que crecieron no es el correcto. “Hay mucha información sobre cómo deberían ser, pero no se sabe cómo lograr esa expectativa. Es un proceso. No hay manera de que sea inmediato. Hay papás que no tienen posibilidad de obtener información. El mismo sistema no te lo permite”. Por ejemplo, en México, un padre que tiene Seguro Social no tiene derecho a darle guardería a sus hijos. Esta prestación es sólo para las mamás que trabajan. El que un papá pida permiso para no asistir a sus labores porque su bebé está enfermo es, cuando menos, mal visto por los jefes y compañeros. “Mandilón, mandilón, eso es lo que eres”, le dirán.

Los salarios también son un factor más que obstaculiza el que la crianza de los hijos sea equitativa, pues dado que los hombres siguen ganando más que las mujeres, la balanza se inclina en favor de que sea el varón quien salga a trabajar y la mujer anule sus intereses profesionales o los negocie.

La licencia por paternidad prácticamente no existe en México. En febrero de 2008 la Comisión Nacional de Derechos Humanos (cndh) le otorgó a uno de sus empleados diez días hábiles con goce de sueldo para acompañar a su hijo en sus primeros momentos. La práctica no se ha extendido, si bien en el ayuntamiento de Guadalajara los trabajadores acaban de estrenar en abril pasado el derecho a tomarse una licencia por paternidad en los mismos términos que el de la cndh.

Las licencias por paternidad tienen su origen en el Convenio 156 de la Organización Internacional del Trabajo (oit), que habla de la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres. Suecia fue el primer país en adoptarlas, en 1974. En 1984 Dinamarca hizo lo propio y en 1996 Islandia. En Francia el hombre puede tomar once días a partir de los nueve meses de embarazo de su mujer y hasta los cuatro meses de nacido el bebé. En España, a partir de 2011 los papás podrán tomarse cuatro semanas, el doble de las que tienen derecho ahora. La provincia de Quebec, en Canadá, otorga hasta cinco semanas. En el caso de América Latina, Argentina ofrece 15 días a los progenitores, y Colombia, ocho.

En el ensayo “Masculinidad entre padres (madre y padre) e hijos”, de Carlos David Carrillo Trujillo y Jorge A. Revilla Fajardo, aparecido en la revista La Ventana (núm. 23, 2006), los autores explican que para muchos hombres, “la responsabilidad de proveer económicamente a su familia y la necesidad de obtener el éxito en su vida profesional y competir, se convierten en imperativos que significan una pesada carga cotidiana. Ésas son las exigencias para probar la masculinidad. Estos procesos se ven favorecidos por estilos de crianza en la cultura occidental, en la cual se ha elaborado la figura de la madre como la principal proveedora de cuidados de los hijos y su fuente primaria de suministros identificatorios”.

Continúa el ensayo: “La mayoría de los hombres de mediana edad recuerdan, según el informe Hite sobre la sexualidad masculina (1981), que no tuvieron en sus padres (varones) seres próximos, y muy pocos evocan ser abrazados o mimados por ellos; en cambio, sí recuerdan cómo les pegaban o castigaban o se burlaban de los niños (varones) cuando no parecían suficientemente masculinos. Este tipo de ejercicios de la paternidad llevó a que muchos de esos jóvenes no hayan encontrado en él un buen modelo de identificación. Lo buscaron en la ficción literaria, cinematográfica, televisiva, o bien en sus semejantes, en los otros jóvenes de su grupo generacional”.

Compartir la crianza de los hijos con la pareja no es algo nuevo, porque en diferente medida el hombre lo ha hecho a lo largo de la historia, pero sí un fenómeno actual que ha sido retomado por diversos sectores sociales. En los últimos treinta años ha comenzado a ser tema de estudio en Occidente y los medios de comunicación han propagado recientemente, casi como una moda, una forma de ser cool, el no ser macho. Pero más allá de tendencias mediáticas, se está ante un replanteamiento social del rol del padre, del ser hombre en oposición y en conjunto con la mujer, que los niños aprenden en casa.

“La nueva paternidad también puede ser encontrada en la propaganda televisiva”, señala Ana Paula Sefton, en el artículo: “Paternidades en las culturas contemporáneas”, en el mismo número de La Ventana. “[La publicidad televisiva] rompe con una ‘percepción tradicional’ del hombre y del padre, en la cual se muestra a un padre y sus tres hijas compartiendo momentos importantes del día a día: comida, baño, la hora de dormir contando historias, juegos, compras, mientras la madre trabaja en la computadora en casa”.

El anuncio dice esto:

“Gilberto tiene pasión por las flores. Sus preferidas son la Hortensia, la Rosa y la Margarita (hijas). ¡Margarita! Las tres siempre van al safari con él. Como buen apasionado, Gilberto adora cuidar a sus florecitas. Retira las espinas... Y no se olvida de regar a la menorcita. Después del baño es la hora de la inspección: cada flor tiene su olorcito. La Rosa casi se desmaya de tanto sonreír. Quién le mandó ser la más perfumada. ¡Ufa! Está difícil captar todo el bouquet. Ahora es la hora de llevar otras flores a casa. Para Ana (esposa)... que no tiene nombre de flor, pero dio vida a este jardín. Historias así suceden por aquí. Y es muy bueno ser parte de ellas”.

Sefton puntualiza que, independientemente de los posibles efectos de esas representaciones, “se destaca que propagandas como ésta son raras, tal vez no estén totalmente ‘fuera’ de los discursos recurrentes sobre la paternidad, pero con certeza a veces se distancian de las prácticas de identificación de muchas familias, prácticas impregnadas por relaciones de poder”.

Porque a pesar de que en algunos estratos sociales parezca que la realidad cambia a ritmos nunca vistos en la evolución de los seres humanos, lo común, como afirma Manuel Mora, “es que los hombres trabajen todo el tiempo y que las mujeres se queden en casa a cuidar a los hijos. Ellas tienen trabajos de medio tiempo o empleos que les permiten cubrir esa otra función”. No obstante, eso no quiere decir que sean pocos los padres que se han dado la oportunidad de estar cerca de sus hijos, como los que dan su testimonio en estas páginas. m.

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Los estereotipos se rompen en casa

Un estudio realizado por encargo de la Unicef en escuelas primarias y secundarias de México, revela cómo los papás y las mamás se reparten el trabajo dentro y fuera de la casa

Entre julio de 2008 y enero de 2009, el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (ciesas) realizó un estudio sobre violencia doméstica en escuelas públicas primarias y secundarias del país, con la asistencia técnica del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), por encargo de la Secretaría de Educación Pública (sep).

El “Informe Nacional sobre Violencia de Género en la Educación Básica en México” arroja luces sobre cómo son educados los niños respecto a los roles de género y la participación de los padres (hombres) en ello. La muestra estuvo conformada por 396 escuelas públicas primarias de cuarto a sexto grados, y los tres grados de secundaria de cinco de los ocho tipos de escuelas públicas primarias y secundarias que existen.

En este dibujo de una niña de quinto de primaria (10 años), que vive con sus padres, un hermano y sus abuelos, se ejemplifica que en nuestro país existen hogares en los que padres y madres distribuyen las tareas de manera más equitativa, ambos participan en las actividades referentes al cuidado del hogar y de los hijos. En este caso, el padre es quien cumple el rol de proveedor del hogar sin que esto lo excluya de la posibilidad de participar en otras actividades dentro del mismo, y también puede dedicar tiempo a la convivencia con sus hijos e hijas.

En este otro dibujo de un niño de quinto de primaria (10 años), que vive con sus padres y hermanas, se ejemplifica una de las situaciones que persisten en México y que fue mencionada por gran parte del alumnado que participó en el estudio: la división sexual del trabajo de acuerdo con los roles tradicionales, de tal modo que el papá se encarga de trabajar fuera de casa y participa únicamente en las actividades del hogar consideradas dentro del rol masculino, como arreglar las cosas que se descomponen, convivir únicamente con los hijos varones y ver la televisión. La madre, por su parte, se encarga de las tareas de mantenimiento y limpieza del hogar, la crianza de los hijos e hijas y juega con sus hijas. En muchos casos, por esta razón se ve limitada la participación de las madres en el mercado laboral.

Para leer el estudio completo, consulta:

www.unicef.org/mexico/spanish/Estudio_violencia_genero_educacion_basica_Part1.pdf

www.unicef.org/mexico/spanish/Estudio_violencia_genero_educacion_basica_Part2.pdf

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Luis Vicente de Aguinaga

38 años

Poeta

Doctor en Estudios Románicos por la Universidad de Montpellier. Profesor investigador titular en la UdeG.

En pareja desde 1996, casado desde 2002.

Dos hijos: Matías (cuatro años) y Lucas (mes y medio).

“Como yo, a diferencia de mi esposa, trabajo en casa la mayor parte del tiempo, mi perfil de hombre casero ya estaba más o menos delineado de antemano. Por añadidura, poco antes de que Matías naciera, yo aprendí a manejar, de modo que me involucré desde un principio con las actividades que pudieran suponer el uso del coche. Por lo demás, nunca me ha disgustado bañar a mis hijos, vestirlos ni cambiarles el pañal, mucho menos cargarlos, jugar con ellos o pasearlos en carriola, de modo que las cosas fueron dándose naturalmente. Hay, eso sí, dilemas ocasionales o circunstancias específicas en las que debemos tomar alguna decisión”.

¿Fue una cuestión práctica y/o por convicción?

Una cosa y la otra. Fue una convicción que se vio confirmada en la práctica.

¿Qué buscan como padres (papá y mamá) con una crianza de este tipo?

A mí, en lo particular, me horroriza estar lejos de mis hijos. No me quiero engañar: criándolos así lo primero que busco es no sentirme psicológicamente de-samparado. Ahora bien, creo que para ellos es mucho mejor establecer un lazo doble de confianza con sus padres, que sólo establecer ese tipo de contacto con la madre o el padre. Desde luego, hay un riesgo: el de fomentar más la dependencia que la confianza.

¿Qué es lo más gratificante?

Ver a mis hijos reaccionar más o menos igual ante la cercanía de uno y del otro. Que puedan confiar en ambos por igual y contar con ambos en todo tipo de situaciones. Y que la pareja de papá y mamá se vea reforzada emocionalmente por la red que se va tejiendo con la contribución activa de los hijos.

¿Cómo puede comenzar alguien que quiere intentarlo?

Deseándolo. Muchas veces he tocado el tema con hombres y mujeres que simplemente no desean hacerlo y prefieren inventarse coartadas (“Mi esposa es mejor que yo cambiando pañales”; “Los niños chiquitos no se interesan por el papá tanto como se interesan por la mamá”; “Mi esposo no sabe hacer de comer”).

¿Es una moda, una corriente social, o se ha hecho siempre en la sociedad?

Hay familias que siempre han funcionado así, aunque minoritariamente. La diferencia es, tal vez, que ahora se ha convertido en una tendencia gracias a que muchas nuevas parejas ven la diferencia y la valoran de modo positivo.

¿La sociedad estigmatiza a quien quiere ser un padre diferente al común?

Por supuesto. Yo, como papá de mis hijos, no puedo inscribirlos en las guarderías del imss, aun siendo derechohabiente. Como trabajador, no puedo solicitar licencias por paternidad ni descargas horarias de ninguna clase. En la calle me felicitan por ser “ayudador”, como si mi esposa fuera una especie de pequeña divinidad que probablemente necesitara un poco de ayuda, pero nada más.

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Dauno Tótoro Taulis

47 años

Chileno, vive en su país. Guionista, documentalista, novelista.

27 años en pareja, 21 de casado.

Hijos: Dauno (18 años), Julieta (16 años), Magdalena (4 años).

“La mayor parte del año trabajo en casa. Me levanto muy temprano, cuando el resto de la familia duerme aún. A las siete despierto a todo el mundo. Mi pareja, Angélica, viste a la más pequeña mientras yo preparo el desayuno. A las ocho parten los hijos al colegio (por lo general es Angélica quien lleva a la pequeña a su escuela, los otros dos se van solos).

“Nos tomamos un café Angélica y yo y luego me encierro en mi oficina a escribir o cumplir las tareas que tenga con algún trabajo, hasta cerca de la una. Mientras tanto, Angélica se ocupa de las tareas domésticas. La mitad de las veces soy yo quien prepara la comida del medio día. Angélica les lleva las loncheras a los tres hijos. Angélica y yo comemos juntos. La mayor parte de las veces (salvo en fines de semana) es Angélica quien lava la vajilla. Regreso a mis labores en mi oficina, pero luego de las cuatro de la tarde, cuando los hijos han regresado a casa, estas tareas las hago de modo intermitente, bajando de vez en cuando para jugar con la pequeña o compartir con los mayores. Normalmente soy yo quien acuesta y cuenta un cuento a la más pequeña; Angélica suele ver alguna película con los mayores. Es habitual que yo me duerma mucho antes que el resto.

¿Qué es lo más gratificante?

Verlos crecer y darse cuenta de que son personas felices... con sus conflictos, sus dudas, sus angustias normales, pero felices y abiertos, comunicativos y creativos.

¿Cómo puede comenzar alguien que quiere intentarlo?

Me parece que la base de todo tiene que ver con la idea de que los hijos no son solamente una responsabilidad o una tarea, sino también un placer.

¿Has tenido algún conflicto con la familia extendida, con los amigos, la sociedad o incluso interno, personal, por haber decidido participar de esta manera en la  crianza de tus hijos?

En lo absoluto. Con lo único que he debido lidiar ha sido con aquellas propuestas de trabajo que me exigieron restarle tiempo y presencia a los hijos o a la pareja, o a la urgencia de sentirme libre e independiente. Siempre las he rechazado, aunque visto desde una perspectiva “práctica” o “económica”, puedan considerarse como equivocaciones.

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Mario Alberto Rosales Ortega

37 años

Estudios de maestría.

Académico de tiempo fijo en el iteso.

Diez años de casado.

Dos hijos, uno de siete años y otro de uno.

“Nos levantamos antes de las seis de la mañana, mientras me baño, ella prepara el lonche de los niños y el desayuno; después de vestirme levanto a los niños y los visto; mientras ella se mete a bañar, yo le doy de desayunar a los niños. Ella se viste y yo salgo a llevar al grande a la escuela. Ella desayuna y lleva al chiquito a la guardería. Llegamos al trabajo. Ella trabaja medio tiempo y a la una sale por los niños, primero por el chiquito y después por el grande y nos encontramos en casa a la hora de la comida. Preparamos la comida —el primero que llega a casa empieza— y comemos todos juntos [después] mientras uno levanta la mesa, otro lava los trastes y al terminar yo regreso a la oficina y ella se queda con los niños en casa. Cuando regreso a casa en la noche, el pequeño está en el proceso de dormir y entonces me quedo con el grande, cena y lo llevo a bañar. Algunos días ya se ha bañado, así que platicamos un rato y después se lava los dientes y lo llevo a dormir, con su respectivo cuento. Al terminar la jornada de los niños, cenamos juntos, platicamos un rato y después me dedico a algunas labores del hogar, en especial, regar el jardín, dar de comer a los perros, arreglos de casa. En el momento en que ella se duerme, me pongo a preparar clase, a calificar, o bien a hacer algún trabajo de la maestría.

“Tratamos de que a los dos nos toque vivir cada uno de los procesos de la crianza. No tenemos algo como ‘repartición’ de tareas fijas; se van solucionando las cosas y las tareas por día y cómo se va necesitando”.

“Estamos convencidos de que la educación de los niños se da principalmente con el ejemplo y con cariño”.

“Lo más gratificante de hacer las cosas así, para mí como padre, es sentir el amor de mis hijos, saberme importante y cercano para ellos, ver que me tienen confianza y que hago mucho por estar con ellos, ver que son niños sencillos y sensibles”.

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Ernesto Larios Kennerkecht

44 años

Abogado

13 años de casado.

Una hija de 12 años.

“El día típico empieza a las seis de la mañana, aunque yo siempre despierto un poco antes. Mi tarea a esa hora consiste en ir despertando a Sofía y ‘andalearla’ para que se bañe y se arregle para ir a la escuela (entra a las siete y cuarto). Además, me toca prepararle el clásico chocomil mañanero, para que no vaya con la panza vacía, como decía mi abuela. La llevo a la escuela”.

“Yo llego a casa por lo general entre siete y media u ocho de la noche. La convivencia entre todos se da mejor a la hora de la cena, que por lo general es a las nueve. A las diez —tal vez debería ser antes— Sofía se va a dormir. Le gusta leer antes de dormir, y sobre todo, aún a su edad, le gusta que yo le lea algo mientras se duerme. Procuro hacerlo, aunque debo admitir que a veces escurro el bulto alegando cansancio (real)”.

“Esto es de lunes a jueves, con pequeñas variaciones. Los viernes procuro salir temprano de la oficina para estar más tiempo con Sofía”.

¿Cómo está repartida la aportación para el gasto familiar?

Yo me encargo de todos los gastos de la casa y de los gastos escolares de Sofía. Mi esposa, que también trabaja, se encarga de los gastos de ropa para Sofía, y cada vez con mayor  frecuencia me apoya eximiéndome del pago de los gastos de despensa semanales (el famoso “chivo”). También se hace cargo de los gastos de vacaciones.

¿Cómo fue que decidieron una crianza así?

Pues siempre tuvimos claro que ambos deberíamos involucrarnos activamente en la crianza y educación de Sofía. Sobre todo, no queríamos que yo me limitara a ser simplemente el padre proveedor. Esto fue muy evidente sobre todo en los primeros años, cuando ambos —Rocío y yo— participábamos por igual en el cuidado de Sofía cuando era una bebé: desde cambiar pañales hasta bañarla.

¿Qué es lo más gratificante?

Pues ver a Sofía crecer como una persona segura de sí misma, independiente, con sus ideas propias y convicciones firmes.

¿Y lo más pesado?

Lo más pesado, creo, es cuando uno no tiene humor de convivir con nadie. Hay que hacerlo de todos modos.

¿Cómo puede comenzar alguien que quiere intentarlo?

Tal vez es cosa de empezar poco a poco, y no querer cambiar de golpe los hábitos de toda la vida.

¿Es una moda, una corriente social, o se ha hecho siempre en la sociedad?

Creo que es una tendencia que se presenta al menos en ciertos sectores o círculos sociales.

¿Has tenido algún conflicto con la familia extendida, con los amigos, la sociedad o incluso interno, personal, por haber decidido participar de esta manera en la  crianza de tu hija?

No. Por el contrario. Mucha gente reconoce y aprecia el esfuerzo que uno hace. Por otro lado, me queda la impresión de que siempre queda uno a deber con los hijos; que siempre es posible involucrarse más, participar más. Pero a veces nos gana la comodidad.

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