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En busca del lobo mexicano
POR Agustín del Castillo FOTO: Danae Vázquez y Marco Aurelio Vargas



Agustín del Castillo:
Periodista especializado en temas de medio ambiente

Homo homini lupus (El hombre es el lobo del hombre):
Plauto

Las tres principales causas de extinción
de vida animal en el mundo son:

• El cambio de uso del suelo, por ejemplo, la desaparición de bosques para introducir ganado y pasto para alimentarlo
• El uso comercial de las especies
• La introducción de géneros que no son naturales de un ecosistema.

El Zoológico de Guadalajara, como parte del Programa Binacional México- Estados Unidos de Recuperación del Lobo Gris Mexicano (Canis lupus baileyi), cuenta con dos ejemplares de la especie macho y hembra, y está en espera de su reproducción.

Año 2002. “El lobo se hizo malo”, señala el gobernador tradicional de San Andrés Cohamiata, Francisco González Moreno, desde un rincón septentrional de la abrupta sierra huichola. Era un intermediario entre hombres y dioses. Propiciaba lluvias copiosas y espantaba temibles epidemias. Pero se tornó enemigo. La historia está perdida en el mito, pero la temporalidad podría remitir a cuatro decenios atrás.

Estalló la guerra entre los humanos y el Canis lupus baileyi. Una lucha sin cuartel. “Los lobos atacaban las vacas, los chivos y los cerdos, todos los bienes que los wixáritari (huicholes) tenían para sobrevivir”; las manadas siniestras asolaban los caminos y tornaban inseguros los traslados por las montañas. Su ulular nocturno era el cantar lúgubre del encono entre especies que habían coexistido por siglos. Reacios al diálogo y la negociación, acusan los indígenas. Magdaleno Guzmán de la Cruz respalda el relato: muchos querían antes las metamorfosis de hombre a fiera y viceversa, por eso dormían a la intemperie en espera de ser bendecidos con ese don. Los misteriosos naguales cambiaban de lobos a infantes en la cumbre de un cerro llamado De los Niños, que permanece como altura sagrada del mundo de San Andrés. Ya declarada la enemistad, los homo sapiens contaron con la ayuda valiosa de los cantadores violinistas, que con su misteriosa música inclinaron la balanza en la lucha..

La versión profana dice que la magia estaba en las trampas (loberas), la carne envenenada, las emboscadas del primitivo cazador aborigen. La música fue frecuentemente las balas de las escopetas. El mito dice que esta especie de ángel caído de cuatro patas y fauces carnívoras se precipitó al abismo de la nada. La ciencia: el lobo mexicano está extinto de la región huichola de Jalisco. La esperanza: en una monografía sobre estas montañas, del proyecto Regiones Terrestres Prioritarias que clasificó la Comisión Nacional para Uso y Conservación de la Biodiversidad en los años noventa: “en la zona se tiene uno de los últimos registros para lobo mexicano”.

LA PERSECUCIÓN.
La desaparición del lobo gris mexicano de su amplia zona de distribución, desde el gran sur de Estados Unidos hasta las alturas del eje Neovolcánico en México, es uno de los dramas de destrucción de una especie, inducida por el hombre, más drásticos desde los tiempos de la conquista europea

Esa guerra abierta contra el Canis lupus baileyi comenzó hace un siglo en Estados Unidos, y demoró hasta 1952 para llegar a México en forma de un exterminio sistemático. Con el pretexto de erradicar la rabia silvestre y “daños graves a la ganadería”, el Estado mexicano, con el apoyo de la Oficina Sanitaria Panamericana y del Servicio de Fauna Silvestre del Departamento del Interior de Estados Unidos, estableció un acuerdo para restringir la “sobrepoblación” de lobos y coyotes, sobre todo por medio de venenos como el fluoroacetato de sodio, aunque sin desestimar otros tóxicos como la estricnina y el cianuro, y otros métodos como los agujeros-trampa (loberas) y las trampas de acero.

Según el reporte El lobo gris mexicano, publicado por el Instituto Nacional de Ecología (ine), “los resultados de esta campaña, calculados sobre la base de la carne envenenada comida por los carnívoros [...] se estimaron de la forma siguiente: para el área de Nacozari de García, Sonora, 4,600 coyotes y lobos envenenados; para el área de Nuevo Casas Grandes, Chihuahua, 7,800 coyotes y lobos. El número de crías puede ser inexacto, pero el daño fue real. Los lobos sufrieron las consecuencias que ahora lamentamos”. Si bien la campaña en el norte del país fue más sistemática por el interés de los ganaderos de Estados Unidos, se realizó con notable eficacia en el resto del territorio. Jalisco dentro del mismo. Los testimonios de la lucha contra la fiera, encarnación del mal en el folclor occidental, abundan por todas las demarcaciones de montaña, incluso en los alrededores de Guadalajara.



ENCUETROS PELIGROSOS
Don Jesús Padilla Landeros, habitante de Tequila, ha visto al lobo mucho tiempo después de su aparente extinción, en el volcán de Tequila. “Mucha gente no lo sabe, lo que pasa es que no son permanentes, pues tanto el puma como el lobo emigran [...] yo estaba habituado a los lobos nomás por pláticas, pero hace quince años ví uno; creí que era un coyote grande, del tamaño de un pator alemán, con más pelo y más agresivo. La primera vez fue un lobo muerto, llegó un amigo al rancho por la noche, aventó un animal y se fue a su rancho, en la mañana le dije: ya ni la amuelas, mataste un perro, y me contestó: ¿a poco crees que es un perro?...”

Dos o tres años después fue un encuentro peligroso. “Un domingo venía del rancho, temprano, como las 8:30 de la mañana, y al llegar al primer arroyito ví al animal parado a medio camino; me puse con el carro como a quince metros, y no se quitó; lo quise correr para no apachurrarlo, me bajé, le tiré piedras, y a la segunda el animal corrió como unos 20 metros y se paró; tenía una mirada muy penetrante y muy fuerte que me hizo enojar [...] agarré más piedras y el animal que se me engrifa y la verdad, sentí que se me arrugaba todo el cuero. Me dio miedo. Vi que no era coyote, el coyote no sube hasta esa altura, es animal de sabanales [...] estaba muy grande para ser coyote; al coyote nomás le tiras y no lo vuelves a ver, pero éste se me abalanzó. Yo estaba a media distancia entre el animal y el carro, entonces me la rifé: le tiré para que mientras él se quitaba las pedradas correr al carro; el animal hizo otra abalanzada, se quitó las pedradas pero yo ya estaba en el carro, hasta los vidrios subí...”

El lobo recorre el volcán enclavado a 60 kilómetros de Guadalajara. “Todavía vi alguno hace como dos o tres años, no tengo ninguna duda de que hay lobo.” El cánido se aferra a sus territorios originales, de donde fue gradualmente extirpado por el hombre, quien lo ha señalado tradicionalmente por peligroso, insumiso, asolador de ganado y representante de las fuerzas oscuras de la naturaleza.

FACTORES CRÍTICOS
“Casi un siglo de esfuerzos sistemáticos para erradicar al lobo mexicano mediante envenenamiento, trampeo, armas de fuego, quema de madrigueras con cachorros y patrullas especializadas, junto a la destrucción de su hábitat y la eliminación de la mayoría de sus presas más importantes, ha traído como consecuencia que las poblaciones de este cánido hayan sido eliminadas por completo o fragmentadas y aisladas severamente. El número de individuos en las subpoblaciones remanentes ha experimentado decrementos hasta niveles incompatibles con la existencia del taxón”. En 1980, Roy T. McBride “tenía evidencias para calcular que unos 50 lobos silvestres aún vivían en México en condiciones poco propicias para su supervivencia, reproducción y recuperación poblacional”. Fue el último trabajo de campo confiable. Este análisis es una simulación por computadora del comportamiento de grupos aislados, reducidos y con pérdidas genéticas en niveles “catastróficos”.1

En resumen, en una población de 50 lobos registrada en 1980 hay 65.4 por ciento de probabilidad de extinción en 1994 y 100 por ciento de probabilidad de que ocurriera en 1999, en las siguientes condiciones: mortalidad de 25.2 por ciento antes de dos años, población efectiva de apenas 23.5 ejemplares, de ellos 11.8 hembras y 11.8 machos reproductores, tasa anual de crecimiento de 1.1. En poblaciones menores, disminuye la probabilidad de subsistencia.
Los científicos identifican cinco factores críticos: 1. la existencia de una población con distribución de edades inestable, 2. la reducida población efectiva, 3. la disparidad entre machos y hembras, 4. la baja posibilidad de “encuentros reproductivos exitosos” por el bajo número de individuos y la amplia dispersión, y 5. la alta probabilidad de catástrofes ambientales, demográficas y genéticas, como epizootias (enfermedades generales), reducción de natalidad e hibridación, respectivamente.

El lobo era “desmadroso y bravo”, subraya don José Isabel Trigo, y aunque desapareció de las remotas mesetas del norte del río Santiago desde hace varias generaciones, dejó su impronta en las conversaciones de los atardeceres en estas aldeas de adobe, aisladas por una profunda barranca del mundo urbano que se atisba como luces de oro en las noches despejadas. El cánido era un animal de respeto, agrega el anciano. “Las gentes los capturaban chicos y los domesticaban, y eran duros con los extraños y muy buenos vigilantes”, refiere.

Los parajes serranos donde el casi octogenario campesino tuvo contacto con el magnífico cazador silvestre, son hoy remansos silenciosos progresivamente deteriorados de su patrimonio natural y envueltos en una pobreza crónica. Don Isabel vive en la delegación de La Lobera, municipio de San Cristóbal de la Barranca. “Se llama así porque había pozos donde entrampaban al animal, atraído por carne que dejaban de cebo en el tiempo en que esto era una hacienda”. Es una mesa rodeada de robledales y pastos, adonde se accede por una brecha que debe levantarse de 800 metros sobre el nivel del mar, desde los abismos del río, hasta unos 1,500 metros de altitud. Al norte y al oeste, las llanuras verdes se despliegan hasta los bordes de las montañas donde los productores de carbón siegan grandes bosques a cambio de ganancias poco notables. De la antigua hacienda sobreviven tapias en la orilla del pueblo y la historia de sus caciques, los verdaderos lobos que explotaron a los peones miserables en una clásica pintura del México posterior a la Revolución.

Pero las memorias de la relación con la fiera son infaustas para una cultura de ganaderos. Don Isabel recuerda que se topó con uno a los once años, en que rescató un becerro que se le había desperdigado, temeroso de ser castigado por el hacendado. “Recuerdo que estaba en el bosque y salió [...] los caballos relincharon y las vacas se pusieron inquietas, y yo me tuve que venir pronto al potrero. Antes de las siguientes aguas, como en mayo, lo mataron...”



LA ESPERANZA DEL LOBO
El lobo mexicano tiene esperanzas de sobrevivir. Un programa binacional México-Estados Unidos, aliados en el pasado para destruir la especie, ahora sostiene la idea de reproducirlo en cautiverio e intervenir en las precarias condiciones naturales del cánido para asegurar que sobrevivirá. En México, sobresale el programa de reproducción del zoológico San Juan de Aragón, donde sus ejemplares han sido profundamente estudiados en lo fisiológico y en el comportamiento. Además, el Instituto de Ecología ac sostuvo un programa de reproducción de lobos en la reserva de la biosfera de La Michilía, que espera mejores tiempos, reconoce la administradora del área protegida, Guadalupe Hernández Vargas. “Existe un comité de recuperación y programas de reproducción en cautiverio que cuentan con 109 individuos distribuidos en quince zoológicos de ambos países. Se tiene planeado a futuro reestablecer algunos especímenes en las áreas de distribución histórica. Hasta hoy sólo son planes, ya que existe una fuerte actitud de rechazo por parte de los ganaderos...”.2

Don Alberto López deambulaba al anochecer por el cerro de Bernalejo, en el corazón de la Sierra Fría, cuando se topó con una loba. El animal salió rápido desde una tupida manzanillera, pero inmediatamente se perdió. El cazador caminó por la sombría arboleda y salió de nuevo a un claro; el cánido volvió a atravesarse raudo. Inquieto, el campesino se asomó al arroyo por donde había huido la bestia y decidió esperarla. Pasaron quince minutos, rifle en mano, y nada. Entonces se volteó ligeramente sobre su hombro y vio detrás a la astuta loba, silenciosa, en actitud de acecho. No había opción: deslizó su 30/30 por un costado de su cuerpo y disparó. Tuvo suerte: la bala penetró por la cabeza y mató al instante a su temible adversaria, sin que ésta le produjera ningún daño.

El viejo de 73 años no detiene allí su relato, que lo regresa más de cuarenta años, a tiempos en que la naturaleza todavía mandaba en el hoy demacrado mundo del semidesierto de Zacatecas. Tras el encuentro, retiró la piel lobuna y reemprendió el trayecto en busca de venados por el cordón de Bernalejo, ya en plena noche, aunque la luna menguante demoraría en salir por los vapores abundantes suspendidos en el cielo en esa jornada del verano. Pero el clan agraviado decidió no dejarlo descansar: se unieron siete u ocho lobos y siguieron su rastro. El resto de la oscuridad nocturna transcurrió en vigilia: un solitario cazador y su trofeo frente a una fogata entre las altas peñas de las montañas, y un cortejo de Canis lupus baileyi emplazados a algunos metros, temerosos del fuego, aullando la pérdida de una loba y tratando de amedrentar al matador con su siniestro canto.

—¿Nunca tuvo miedo?
—No. Yo estaba muy bien resguardado—, contesta ufano el zacatecano mientras presume dos escopetas (“con una bala de éstas tumbas a un elefante”).

El lobo desapareció. “Lo que hay ahora son crías de león (puma) allá en la sierra, pero no son tan peligrosos porque andan solos y si saben de hombre, huyen. En cambio, los lobos siempre fueron canijos...” Un vecino de su edad, Ambrosio Honorato, conserva una huella indeleble de los carnívoros extintos: una larga cicatriz en su rostro, fruto de un zarpazo que le propinó un lobo herido en las vegas del río hace 61 años. Al atacante lo acabó un cuchillo cebollero. Pero Honorato conserva ese fantasma en su vejez, y en las pesadillas, tal vez aún escucha los aullidos.

PACÍFICO Y CANSADO
“Ése parece perro”, dice el hombre de edad a su hijo mientras se asoma al nicho donde dos hermosos lobos observan curiosos a los hombres bulliciosos. Luego se detiene en la placa y calla respetuoso. El chiquillo aúlla y llama brevemente la atención de los cánidos, descendientes de la especie que reinó en todo el centro y norte de México durante milenios, hasta la irrupción de los conquistadores y los ganaderos. El macho es de pelaje un poco rojizo, cabeza grande, peludo, flaco, de patas anchas. Su mirada tiene el fuego de un depredador desdeñoso que mira impasible a sus escandalosos carceleros. El calor cae inclemente sobre las laderas del Zoológico de Guadalajara, y lo hace buscar la sombra. ¿Por qué a los humanos les atrae tanto un animal tan parecido a sus mascotas domésticas, y no siempre más fuerte que algunas de ellas? Es la resonancia del nombre: lobo. La fuerza de la leyenda; noble entre romanos y egipcios, pero divinidad monstruosa (Fenris) entre los nórdicos, que representa el caos y al final de los tiempos devorará al sol. Es el amplio folclor popular en que encarna lo maléfico. Es la herencia compartida al lado del homo sapiens, su asombroso poder gregario que lo acerca como némesis de la naturaleza en lo humano. ¿Será también el remordimiento por su derrota desigual? El lobo no destella rencor ni fiereza. Sólo se acuesta en la hierba, pacífico y cansado.m.


1 Adrián Cerda Ardura y Francisco Soberón Mobarak. “Probabilidades de extinción del lobo mexicano”, en El lobo gris mexicano, ine, 1994.
2 José Treviño Fernández. “El lobo mexicano. Su futuro incierto”, op. cit.



El Gran depredador
Patricia Landino

“El problema no es que las especies desaparezcan, sino la celeridad con que ocurre desde que el humano habita el planeta”

Algunos expertos advierten que cuando una forma de vida desaparece en la tierra, disminuyen con ella las posibilidades de sobrevivencia humana.1 Hoy, la pérdida de especies es el primer problema ambiental que enfrenta el mundo. 2 “Cada especie cumple una función específica y forma parte de una trama de vida en la que todos los géneros interactúan y posibilian un equilibrio muy complejo” explica Magdalena Ruiz, experta en manejo de áreas protegidas.3 El problema, asegura, no es que las especies desaparezcan, ya que esto ha ocurrido desde que comenzó la vida en la tierra, sino la celeridad con que se ha dado desde que el ser humano habita el planeta. “En 150 mil años, el hombre ha provocado un ritmo de extinción igual al que tuvieron los dinosaurios cuando desaparecieron por catástrofes naturales del planeta. Es grave porque el humano está rompiendo el ritmo natural de los ecosistemas”.

En los años noventa, la tasa de extinción era de hasta 10 especies diarias y a comienzos del siglo XXI es de hasta 100 al día.4 No se conoce con exactitud, pero recientes estimaciones realizadas por científicos sitúan la extinción entre mil y 10 mil veces más alta de lo que sería en condiciones naturales.5 “A este ritmo, en el 2050 vamos a haber perdido la mitad de la diversidad biológica del planeta”, advierte Ruiz. El humano es responsable de este acelerado ritmo de destrucción biológica. El problema es complejo y en él intervienen numerosas disciplinas, que deben interactuar para encontrar una solución de fondo. “Un biólogo por lo general tiene la postura de no tocar un ecosistema. Un ingeniero civil difícilmente tomará en cuenta la preservación del medio ambiente. Son disciplinas que generalmente no dialogan”, explica. Desde la ingeniería ambiental, argumenta, se pueden encontrar soluciones que tomen en cuenta la ecología para hacer un manejo sustentable del territorio: “el ingeniero ambiental tiene una visión macro de todas las disciplinas y especialidades que intervienen para contrarrestar el impacto, por lo general negativo para el medio ambiente, de cualquier proyecto productivo”.

México tiene una megadiversidad biológica pero también tiene “un grave problema porque hay especies de las que quedan pocos ejemplares, que ya no habitan su nicho ecológico, ni cumplen su función en el equilibrio en el ecosistema”. El lobo mexicano está entre ellas: quedan entre 80 y cien ejemplares y hay una degeración genética. Según Ruiz “no basta un programa de reproducción adentro, como en los zoológicos, sino que se necesita un área natural protegida adecuada para el lobo. En México hay enormes intereses económicos en las áreas protegidas y las decisiones se toman de acuerdo a ellos”.

Para Ruiz, el problema de la preservación de las especies debe abordarse desde otras trincheras como la educación, la comunicación y el diseño de campañas para resignificar al lobo como una especie carismática, emblemática y necesaria, y no como una especie ligada a la destrucción y a la maldad. Hay que posicionar al lobo desde lo educativo, lo ecológico, lo ecosistémico e incluso lo político”, ya que un país que preserva a sus especies y su medio ambiente, lo que significa que cuenta con políticas ambientales efectivas, es mejor valorado y más competitivo. En suma, es un país más fuerte, más desarrollado y con una mayor riqueza.


1 Aldo Leopold, ecólgo estadunidense. Clásico del pensamiento ecologista,
de los fundadores del movimiento Wilderness, y autor de Una ética de la tierra, (1948), considerada la cima de su obra.
2 Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).
3 Magdalena Ruiz es bióloga, investigadora del Centro de Investigación y Formación Social del iteso y profesora en la carrera de Ingeniería Ambiental en la misma universidad.
4 Tyler Miller, Ecología y medio ambiente, (1994).
5 Simon Stuart, jefe del Programa de Supervivencia de Especies de la Unión Mundial para la Naturaleza (iucn, por sus siglas en inglés), plantea este dato en su artículo “Especies, una tasa de extinción sin presendentes”, disponible en www.iucn.org




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