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Quién iluminará esta oscuridad… segunda entrega sobre #YoSoy132

Se les acusa de casi todo: de “acarreados” y “porros” pasan ahora a convertirse en desmedidos, inocentes, utópicos, desubicados. Estas últimas descalificaciones provienen tanto del espectro de algunas de las voces “autorizadas” en el espacio público como de algunos jóvenes que se resisten por diversas razones, todas atendibles, a “dejarse ir” al movimiento.
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Nuestro pensamiento nos ata todavía al pasado, al mundo tal como existía en la época de nuestra infancia y nuestra juventud. Nacidos y criados antes de la revolución electrónica, la mayoría de nosotros no entiende lo que esto significa.

Margaret Mead (Cultura y compromiso. Estudio sobre la ruptura generacional. Buenos Aires: Granica. 1971)


“Es oficial, los estudiantes están aquí: #YoSoy132”, escribí en mi Facebook y en mi Twitter dos días antes de que se celebrara la asamblea interunivesitaria en las Islas de la UNAM. En cuatro días el movimiento #YoSoy132 ha hecho avances considerables, replanteado algunas de sus posturas y de manera especial abrió sus agendas, sin abandonar sus causas iniciales: no a lo que representa Enrique Peña Nieto y la exigencia —firme— en  torno la necesaria democratización de los medios de comunicación.

Un día antes de la asamblea circulaba por las redes sociales el Manifiesto #YoSoy132, con un discurso incluyente, una estética novedosa y una producción que habla de las altas competencias que tienen estos jóvenes, técnicas e intelectuales. Tres asuntos resultan claves en ese video-manifiesto: mostraron que el país y sus problemas no les son ajenos, es decir, que su movilización no está anclada a lo que podría ser considerado un “exabrupto electoral” en contra del candidato del PRI, lo que significa que entienden, más allá de la retórica, los temas nodales de la crisis mexicana; hicieron evidente, para los que tenían dudas, que el movimiento está ya en una fase avanzada de construcción de identidad y fueron capaces de colocar su principal activo: el nombre propio, el cuerpo situado y el uso del habla en primera persona, sin liderazgos identificables. Finalmente, en tercer lugar, el video permite ver su enorme capacidad para construir su propia agenda, sin las interferencias habituales de “adultos sinceramente consternados”, como los llamaría Monsiváis, para enmendarles la plana o darles línea. Estos tres factores ya en sí mismos representarían un “éxito” rotundo del movimiento.

Pero vino la asamblea, y las muchas asambleas en distintas partes del país, y se ratificó lo anunciado en el video: sin deslindarse de los cimientos que les dieron piso, dejaron de pensarse como antipeñanietistas o antitelevisa como núcleo central de su identidad, cuestión que no pocas voces consideran un riesgo para la continuidad del movimiento.

Sin embargo, este elemento permite, a mi juicio, desactivar los intentos por apropiarse de los 132 en el periodo electoral. Y lejos de ser una peligro de fractura o disolución, la larga lista de acuerdos preliminares que surgen de las mesas de trabajo en la UNAM representan, conforman y organizan la experiencia de estos jóvenes —como ya intenté plantear en mi entrega anterior—, sus lecturas y posicionamientos (diferenciales) en torno a la realidad mexicana.

Se les acusa de casi todo: de “acarreados” y “porros” pasan ahora a convertirse en desmedidos, inocentes, utópicos, desubicados. Estas últimas descalificaciones provienen tanto del espectro de algunas de las voces “autorizadas” en el espacio público como de algunos jóvenes que se resisten por diversas razones, todas atendibles, a “dejarse ir” al movimiento.

Vamos a ver. Si pensamos el ejercicio asambleario en la UNAM (y en otras partes del país: tuve la suerte de asistir a la asamblea de #YoSoy132GDL en el ITESO el 31 de Mayo, una de las 44 que ya están funcionando en esta ciudad de cara a la preparación de la Asamblea General el sábado 2 de Junio; y he estado siguiendo con detenimiento al #YoSoy132 Ciudad Juárez) como un espacio de escucha y aprendizaje colectivo, la perspectiva se modifica, me parece.

Llamo en mi ayuda al imprescindible libro de las Ciudades Invisibles, de Italo Calvino, en el que el Kublai Khan le dice a Marco Polo (quien debe traer noticias al Khan de las ciudades que descubre) que “quien comanda la comunicación no es el habla, sino la escucha”. Bajo este planteamiento, la primera Asamblea Interuniversitaria en la UNAM es, fundamentalmente, un ejercicio de escucha colectiva. ¿Cómo, en este sentido, puede llamar a sorpresa o crítica que estos jóvenes, a los que les han sido vedados —por la vía de los hechos— los espacios de expresión, los espacios de autonomía y agencia política, que tienden a ser considerados como sujetos con sobreabundancia de hormonas y carencia de neuronas, hicieran de la Asamblea una plaza para hacer fluir los sueños, los agravios, los deseos, las pesadillas, las propuestas? ¿Cómo, desde qué lugar de autoridad moral, se puede descalificar un ejercicio que intenta conciliar y dar espacio a sus preocupaciones concretas por la falta de empleo, de futuros y el juicio político a Felipe Calderón?

No, no es ni raro, ni sorprendente, ni malo, que los acuerdos iniciales recojan la experiencia inmediata, cotidiana, de jóvenes que, pese a su “nosotros estudiantes”, viven de maneras diferenciales y desiguales el día a día. Que se abran a la solidaridad —con todo y dudas, miedos y sospechas frente a procesos y problemas que en lo estructural son complejos— indica, me parece, que van muy bien.

Lo que una lectura aséptica, o quizás “liberal” (y siempre adultocéntrica), del movimiento se está olvidando es que ahí hay hijos del SME, hermanos de secuestrados, hijos de profesores de la CNTE, novias de asistentes de diputados, hijos de empresarios, primas de periodistas asesinados, biografías tan complejas como rotas que acceden a la palabra, a la visibilidad, al espacio en que ellas y ellos pueden ser la diferencia entre un futuro posible y la resignación frente al desamparo.

Quince mesas de trabajo, quince posibilidades de enunciación, multiplicadas por años y años y años de silencio y de adjetivación facilista sobre las y los jóvenes de este país (de Latinoamérica, del mundo). No es pues ni extraño ni “riesgoso” que en estos ejercicios iniciales la voz explote y cada participación sume al mapa nacional un puntito en el itinerario de los agravios que el país (Latinoamérica, el mundo) ha colocado sobre esos jóvenes que no habían sido visibles sino como objeto de tematización, generalmente adjetivada: los apáticos, los nativos digitales, la generación arroba, los drogadictos, los revoltosos, los Ninis y muchas etiquetas más producto, en términos generales, del proceso inverso al que nos invita Calvino: el habla (autorizada, erudita, pontificadora, por delante) que se autoriza a enjuiciar sin asomarse —ni un poquito— a las condiciones que las y los jóvenes, estudiantes o no, están enfrentando cotidianamente.

Por ello, entre los muchos puntos que hacen suyos, quisiera destacar uno que considero fundamental y que no aparece en “negritas” en su propio documento:

 

Convocar a otros sectores sociales, “que se sienten agredidos por el actual estado de la nación”, a que se unan a la lucha de los estudiantes.

 

Su llamado es evidente, se ratifica en lo que llaman “anexos” que enlista las causas a las que hacen un guiño solidario: ahí estamos, los vemos, pero queremos que ustedes nos vean. Ojalá que todos los enlistados estén a la altura del llamado, de este gesto generoso que —intuyo— no ha sido sencillo para ellas y ellos.

Margaret Mead, una antropóloga fundamental, dijo en 1970 que los jóvenes encabezan el cambio cultural. Para fortalecer su argumento, desarrolló un esquema triple, donde la coexistencia de tres tipos de cultura explica el cambio social: la cultura posfigurativa, la más tradicional, en la que los niños y los jóvenes aprenden de los viejos; la cofigurativa, donde los jóvenes aprenden de sus pares, y la prefigurativa, en la que los jóvenes (inmigrantes en un mundo nuevo) enseñan a los viejos.

Hoy más que nunca, encuentro los planteamientos de Mead de gran relevancia para leer el presente. La cultura prefigurativa está aquí y habla por y a través de #YoSoy132. Migrantes, inmigrantes, bárbaros (a la manera de Baricco), que entran  a la escena pública —es decir, política— desde una condición irrefutable: su voz propia y su capacidad de desestabilizar el mapa de lo “legítimo” y autorizado.

Los jóvenes que van y están encontrando su voz propia en #YoSoy132, sacuden la inercia de un espacio público que se regodea en una autoridad que viene de su “propia autoridad”: acuden, intuitivamente, al viejísimo principio griego de la “isegoría”, que no significa otra cosa que el derecho a auto-representarse en la esfera pública, la libertad de expresión, el derecho a defenderse en las asambleas o la igualdad de todos ante el derecho a la palabra. Yo soy Yo, y Yo soy 132.

El tiempo está a su favor, por supuesto, si logran mantener su autonomía —y  no lo dudo. Aprenden en la propia acción y hay cosas que están revisando con gran capacidad. No será fácil —en absoluto— conciliar las agendas, los puntos, pero eso es lo de menos porque ya ganaron.

Por lo pronto, estoy cierta, el o la que resulte Presidente electo en las próximas elecciones, tendrá que gobernar asumiendo que los 132 han decidido decir ¡Basta!

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