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Montluc: la prisión nazi que se convirtió en memorial

Para no olvidar la ocupación nazi, en Francia convirtieron la prisión de Montluc, bastión durante la intervención alemana en el país galo, en un memorial que se resiste a desaparecer.
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“Mi madre salió del interrogatorio con lágrimas en los ojos y me susurró al oído: ‘Han matado a tu abuelo’. Nunca supimos lo que realmente pasó, no sabemos lo que hicieron de su cuerpo. Por la noche, a mi mamá y a mí nos trasladaron a la Prisión de Montluc, donde pasamos nuestra primera noche juntos en una celda, con otros siete u ocho presos. Al día siguiente fui trasladado a la cabaña de los judíos, situada en el patio de la cárcel”. Esta es parte de la historia de Claude Bloch, ex prisionero en la ciudad de Lyon, Francia. La policía alemana nazi lo arrestó el 29 de junio de 1944, cuando él tenía 16 años, y la misma suerte corrieron su madre y su abuelo materno, que tenía 70 años.

En pleno desarrollo de la II Guerra Mundial, cuando el ejército alemán se extendía por el sur del territorio francés con Adolfo Hitler al mando, los agentes de la Policía Secreta del Estado (conocida como Gestapo por la contracción en alemán de Geheime Staatspolizei), llegaron a  Lyon en noviembre de 1942. Desde entonces tenían en la mira tomar la Prisión de Montluc. En febrero de 1943 comenzaron a encarcelar a judíos, polacos y alemanes que habían huido de sus países y se habían refugiado en Francia, así como a franceses integrantes del movimiento La Resistencia, que se oponían a la ocupación nazi y al gobierno autoritario de Philippe Pétain, conocido como el régimen de Vichy. Lo llamaron así porque operaba desde la ciudad de Vichy, situada en el departamento de Allier, en el centro de Francia.

A las cinco de la mañana un soldado alemán despertaba a los internos de la cabaña para judíos. Desde la entrada gritaba los nombres de todos en orden alfabético para verificar su estado: vivo, muerto o enfermo. Cuando se escuchaban nombres seguidos de las palabras “sin equipaje”, significaba que esos individuos serían ejecutados, recuerda Claude. El 20 de julio, su nombre y apellido fueron pronunciados. Luego de escuchar “con equipaje”, supo que sería trasladado a otro sitio.

Aquél día, en el patio de la prisión, Claude Bloch vio a su madre. Junto con otros, fue transportado en auto cinco kilómetros hasta la estación de trenes de Perrache, donde un tren con vagones de tercera clase los esperaba. Dos días después llegaron al campo de Drancy. El 31 de julio partieron nuevamente a un destino desconocido. Durante tres días fueron transportados en vagones para ganado, sin comida y sin agua. En el convoy iban exclusivamente judíos (hombres, mujeres y niños) dice Bloch. “Llegamos al campo de concentración de Auschwitz. Al descender del vagón, fui golpeado brutalmente y separado de mi mamá. Jamás la volví a ver”. Luego de pasar un año privado de su libertad volvió a Lyon en julio de 1945.

Hasta el 24 de agosto de 1944 el reclusorio Montluc fue sobrepoblado con aproximadamente 10 mil personas, entre ellas 2,500 judíos. Se calcula que casi tres mil fueron deportadas a campos de concentración, de trabajo o de exterminio, según ha documentado el Centro de Historia de la Resistencia y la Deportación. Murieron siete mil presos, según una placa colocada en la entrada de la prisión.

El inmueble dejó de funcionar como prisión en 2009 por su estado decrépito. Los hombres y mujeres que hasta entonces cumplían alguna condena fueron trasladados a otros centros penitenciarios cercanos a Lyon, en las localidades de Roanne y Saint-Étienne.

 

La prisión por dentro

Las puertas de las celdas están abiertas, tal vez para que los recuerdos no se escapen de las mentes de los franceses y se dispersen en la memoria colectiva. Las víctimas que aún viven, y los familiares de los ya fallecidos, quieren que se conserve el inmueble para que no se olviden las violaciones que ocurrieron ahí adentro. Algunos temen que sus esfuerzos se derrumben: los terrenos que forman parte de los patios de la prisión están en venta, a pesar de que la construcción es considerada monumento histórico de Francia. Hasta ahora, después de cuatro años de que el inmueble dejó de funcionar como prisión, ningún empresario se ha atrevido remover los recuerdos de los sobrevivientes.

La gente acude con agrado y curiosidad para a revivir lo que leyeron en un libro, lo que alguna vez les platicaron sus padres o abuelos, lo que han visto en una película o un documental. Ponen imágenes a los recuerdos que escucharon sobre uno de los episodios más dolorosos para el pueblo francés, imborrable de sus mentes, calles, escuelas, bibliotecas y monumentos.

La fachada, de seis metros de altura, está llena cicatrices en la parte más alta. Se aprecian los impactos de bala de los rifles, que apuntaban a quienes intentaban escapar. Todavía es posible leer, arriba del portón principal por donde ingresaban o trasladaban a los presos, un letrero que reza “Prisión Militar” con letras mayúsculas. En las columnas de los costados descansan las banderas de la República Francesa y de la Unión Europea. A la izquierda, sobre la pared, se puede leer en una placa de mármol: “Aquí sufrieron bajo la ocupación alemana diez mil internos víctimas de los nazis y de sus cómplices. 7 mil sucumbidos. La insurrección popular liberó 950 sobrevivientes el 24 de agosto de 1944”.

A diferencia de otras cárceles, aquí no hay una larga fila, revisión de objetos ni escaneo corporal. Nadie lleva bolsas llenas de comida para compartir con sus familiares, ni cartas que esperan ser leídas en soledad. El primer espacio que los visitantes pisan dentro de la prisión es una recepción donde hay un libro en el que deben escribir su edad y el código postal del lugar donde habitan en Francia, o el país del que provienen. Después de que un guía da una breve introducción de la historia de la prisión, algunos hacen el recorrido de manera individual, otros optan por una visita guiada en grupo.

Carta de uno de los prisioneros de Montluc durante la II Guerra Mundial

“Yo he elegido las más bella muerte que un francés pueda escoger”, lee con atención un hombre, de unos 70 años, junto a su nieto adolescente en el patio principal. Se trata del título que han puesto a la carta escrita por el resistente Henri Thomas antes de su muerte. En ésta le dice a su madre que acaba de enterarse que será fusilado, que el Tribunal militar alemán lo condenó a la pena de muerte el 21 de enero de 1944.  “Soy valiente y fuerte, sueño morir por la patria. Ve a ver a mi pequeña Sylviane, estos son mis últimos deseos, dile que la quiero mucho, tanto que no puedo expresarlo. Muéstrale esta carta para hacerle ver que estuve pensando en ella hasta mi última hora. Su imagen me seguirá hasta la tumba. También dile a mi hermana, a mi cuñado y a mi suegro que les quiero mucho, y que delante del pelotón de fusilamiento, mi pensamiento entero será para todos ustedes”, escribió Henri el 4 de enero de 1944 desde su celda en Montluc.

“Mis últimas voluntades son que vivas tu dolor, tan fuerte como sea, tanto como el de mi pequeña Sylvaine. Ustedes son las únicas dos personas que he llorado en el fondo de mi celda. Las quiero tanto que lloro al escribir mi carta, pero he elegido la muerte más bella que un francés puede elegir. Coraje, mamá, este era mi destino. Me voy, mi querida mamá, dándote millones de besos, y recordándote. ¡Viva Francia!”. Henri Thomas nació en 1928 y murió fusilado en febrero de 1944.

Junto a ésta se exhiben otras ocho cartas. Los textos fueron escritos antes de que sus autores fueran fusilados o trasladados a los campos de concentración o exterminio en Polonia.

En el área de celdas, las ventanas permanecen con barrotes exteriores e interiores, algunos de ellos oxidados. En el patio trasero de Montluc, de la cabaña donde encerraban a los judíos detenidos sólo queda un rectángulo de cuatro por doce metros y relleno de piedras. Este espacio estuvieron hasta 2 mil 500 judíos internados en una sola noche, entre ellos un grupo de 42 niños. Eran de origen alemán, polaco, austriaco y belga que se habían refugiado en Francia  junto con sus padres.

Conocidos como los Infantes de Izieu, en junio de 1944 fueron traslados, por órdenes del general Klaus Barbie, a los campos de concentración de Drancy y Auschwitz (Polonia), donde murieron. Barbie, apodado “El carnicero de Lyon” y que estuvo a cargo de la represión contra La Resistencia y los judíos, regresó a la Prisión Montluc en 1983. El tribunal militar de Lyon lo había condenado a muerte dos veces, en 1952 y 1954, por cometer crímenes de guerra, pero la sentencia no se cumplió porque huyó de Francia. Había permanecido en Bolivia con un nombre falso hasta que lo identificaron, en 1971. Doce años después lo encarcelaron en las mismas celdas donde 40 años atrás habían sufrido sus víctimas. “Desde antenoche, la prensa occidental, antiguos deportados o resistentes y sus familiares, y franceses, mayores y chicos, de toda la región lyonesa, acuden a los alrededores de Montluc, la cárcel en la que Barbie torturó a millares de resistentes y en la que ya ha pasado dos noches”, relataba el periódico El País en su edición del 7 de febrero de 1983. Klaus se convirtió en el primer juzgado en Francia por cometer crímenes contra la humanidad. En julio de 1987 fue condenado a cadena perpetua por el Tribunal de Rhone tras hallarlo culpable del arresto, tortura y deportación de 59 víctimas, entre judíos y resistentes, y de comandar redadas, como la de los niños de la colonia de Izieu.

    En este sitio se encontraba el pabellon destinado a los judíos en la prisión de Montluc, en Francia.

Antes de llegar al área de celdas, los visitantes pasan por una sala que fue el comedor de la prisión. Ahí se exhiben tablones de gran formato en los que se presenta la historia de la prisión entre 1921 y 2009. La información se centra en los años de la represión alemana, entre noviembre de 1942 y agosto de 1944.

Durante la guerra el comedor se transformó en una gran celda. La prisión estaba saturada, sin espacio donde acostarse para dormir. Lo hacían por turnos. Bichos invadían todos los rincones. En verano el calor era sofocante, y en invierno el frío era intolerable. Las enfermedades debilitaban aún más a quienes habían sido torturados. 

26 casillas en la primera planta y 31 en el segundo nivel integran el área de celdas. Sólo 35 se pueden visitar. Al interior, sobre el muro izquierdo, reposa una fotografía y una breve biografía de los prisioneros: seis están colocadas en el lugar exacto donde el personaje fue recluido.  

Desde una de éstas, Alexandre Piquet escribió un mensaje a sus padres la mañana del 22 de abril de 1944, después de enterarse que lo habían condenado a ser ejecutado. “Querida mamá, sé el dolor que va a causarte mi muerte, pero ese mismo dolor te hará levantarte, porque todavía tienes a Lèontine, a mi pequeña hermana y a Gérard, que más tarde me remplazará un poco en tu corazón (…) En cuanto a ti, querido papá puedes continuar tu vida siendo feliz. Esto es especialmente para ustedes dos, porque les voy a causar un gran vacío en su pequeña casa (…) querido hermano, procura acompañar a mamá, eso la consolará un poquito. Lleva la vida mejor que yo, debes saber bien cómo llevarla para ser feliz”.

André Laroche estuvo en una de esas celdas durante tres semanas. Recuerda tranquilamente cómo la Gestapo lo detuvo en 1943, cuando tenía 19 años, mientras trabajaba una mañana. Tres hombres descendieron de un auto, entraron a su taller y preguntaron por el dueño. En el lugar estaban otros trabajadores y su hermano menor. Laroche vio a los hombres e intuyó que algo no estaba bien. Antes de que avanzaran más al fondo del taller, se adelantó para impedirles el paso. Se presentó con un nombre falso como el encargado del taller y no como el dueño. Cuando le preguntaron quién era el otro hombre que estaba ahí, André negó que fuera su hermano y así lo salvó de ser interrogado por la Gestapo. “Un hombre de apellido Gailloud me pidió enérgicamente que le explicara qué hacía en La Resistencia. Le respondí que yo tenía suficiente con mi trabajo, que no me ocupaba de otras cosas, que mi trabajo y mis estudios me mantenían ocupado”. Los hombres se fueron pero una hora después regresaron al taller de Laroche, lo tomaron por la fuerza y lo llevaron en un auto a la sede de la policía alemana en Lyon. “Los compañeros del taller me miraron partir con el miedo en el estómago”.

En la comisaría lo interrogaron pero se negó hablar. Larroche fue encerrado en un sótano abovedado, “de reputación siniestra”. Recuerda que adentro vio a una mujer llorando, a otra de rodillas en el suelo, con el rostro desfigurado, a un anciano con un vendaje en el rostro, ensangrentado. Un hombre de unos cuarenta años se sorprendió al verlo. Le preguntó que si siendo tan joven formaba parte de la Resistencia. Le previno que sería interrogado otra vez, que debía inventar una historia para negar su relación con el movimiento, o de lo contrario sería torturado y su vida estaría en peligro.

Después lo llevaron a la Prisión Montluc. Le tocó compartir con otros la celda 81, sin agua y sin luz. Era la que, anteriormente, ocupaban los condenados a muerte. Él, junto con otros cinco, se acostaba en una manta sucia sobre el suelo. Luchaban contra los numerosos insectos que los rodeaban. No tenían libros ni periódicos. Antes de dormir cada uno contaba una historia, verdadera o falsa. “Nos acostábamos apretados los unos contra los otros para no sentir tanto el frío. En la mañana esperábamos con impaciencia la sopa de la mañana”. Larroche fue resistente del Movimiento Combate. Siempre protegió  a su hermano, temía que lo involucraran y le hicieran daño. Asegura que en Montluc también estuvieron sin libertad personas que la Gestapo acusaba de participar en La Resistencia, sin que esto fuera verdad.

La lucha de La Resistencia francesa consistió en acciones de información, sabotaje y operaciones militares contra las tropas nazistas. Se declaraban un movimiento no violento y de resistencia civil. Se encargaron de crear publicaciones clandestinas para difundir información que los periódicos de la época no publicaban porque habían comprometido su línea editorial o por temor a represalias. También se dedicaron a difundir folletos, producir documentación falsa, y a organizar huelgas y manifestaciones, entre otras acciones.

André perdió su libertad y a su familia durante dos años. Luego de estar en Montluc fue montado en un tren con destino a Compiegne (Francia), un campo donde la escuadra Schutzstaffel (SS) reunía a los jóvenes que se oponían al régimen nazi. Algunos eran condenados a muerte y fusilados en ese centro. Más tarde lo trasladaron al campo de concentración de Buchenwald (Weimar, Alemania), destinado en su mayoría a los integrantes del Partido Comunista y a alemanes en contra de Hitler. Después lo llevaron al campo de concentración de Mittelbau-Dora (Alemania), donde en un túnel debajo de una colina fue obligado a fabricar los misiles V1 y V2, con los que Inglaterra fue bombardeada desde Francia y Bélgica, relata Laroche. Cuando los rusos se enteraron de este centro, los alemanes le ordenaron abandonar el sitio. “Fuimos evacuados de los campos. Caminamos la marcha de la muerte. Anduve unos 300 kilómetros durante diez días sin beber y sin comer, con mucho frío. Íbamos tomados del brazo. El 75 por ciento de los hombres murieron en la ruta”. André llegó a un campo de batalla nazi donde permaneció hasta que las tropas rusas lo liberaron junto a otros cientos. El hombre, de 1.75 metros y 21 años, pesaba 38 kilos cuando fue rescatado. “No nos daban de comer, no pensaba en lo que podría comer si estuviera en mi casa. Me mentalizaba y comía lo poco que nos daban”, recuerda con resignación.

Durante la II Guerra Mundial el gobierno francés de Vichy colaboraba con las tropas de Hitler. La vida en Lyon no era tranquila. Los Resistentes se reunían discretamente. “No se podía vivir de manera normal. Por las calles andaba la milicia. Vigilaban a la gente. Había toque de queda y racionamiento de los alimentos. Yo no tenía miedo, estaba consciente de la situación”, afirma con entereza Laroche. Dice que en los campos de concentración había que ser muy fuertes psicológicamente y mantenerse en grupo: el que se aislaba y era débil emocionalmente, sufría los abusos de los nazis.

En esa época la población en general no sabía lo que pasaba en Alemania o en Polonia, “algunos ni siquiera tenían idea de lo que sucedía en Francia”, dice André. Con el paso de los años, la gente fue descubriendo la información que se ocultaba sobre los campos de concentración y sobre el paradero de muchos resistentes que fueron desaparecidos.

La gente buscaba a sus familiares, que habían sido arrestados por los alemanes. El gobierno francés recibía las denuncias por familiares desaparecidos. La gente reportaba la demora en el regreso de sus seres queridos después de terminada la guerra. “El gobierno realmente no ayudó mucho a los Resistentes cuando llegaron de los campos nazis. Pocas personas estaban agradecidas con nosotros por haber defendido nuestro territorio. Éramos tantos los que volvíamos que yo creo que no podían ayudarnos a todos”.  Lamenta que hasta después de 55 años de la ocupación, este inmueble se destinara a mantener vivos los recuerdos de las víctimas presas del régimen de Hitler.

André Laroche es uno de los pocos personajes que estuvieron presos en Montluc que siguen con vida y habitan en Lyon. La mayoría está por encima de los 85 años de edad y se mudaron a otras ciudades de Francia, “fatigados, sin ganas y sin fuerzas para volver a contar su historia”, explica Bruno Parmezel, presidente de la Asociación de Sobrevivientes de Montluc (Association des Rescapés de Montluc, ARM), formada en octubre de 1944, un mes después de que los agentes de la Gestapo abandonaron la cárcel y cientos de personas recuperaran su libertad.

Para Parmezel, no basta con construir memoriales y visitarlos para recordar las historias de los presos, sino que además es necesario que se documenten por escrito, ya sea a través de reflexiones personales o investigaciones publicadas en libros, o por medio de la literatura. A Parmezel no le gusta hablar de la historia de su familia porque, dice, es muy difícil recordarla. Pero la revive cada vez que escucha la de otros. Es autor de una decena de libros sobre la Prisión Montluc durante el régimen nazi. Documentó y publicó en un libro —Résistants à Lyon, Villeurbanne et aux alentours: 2824 engagements— la semblanza de más de dos mil 800 resistentes.  Dice que escribirlas y platicarlas es como un lubricante que ayuda a la mente y al corazón a seguir funcionando, a sanar aquellos engranes que se resisten a dar vuelta para continuar registrando experiencias.

Prefiere hablar de gente con pequeñas historias, como la de quienes llevaban la mensajería, y no tanto de los que tenían grandes responsabilidades. Denise Domenach podría entrar en esta categoría. Se unió al grupo de estudiantes de La Resistencia de Lyon cuando tenía 16 años. Con el sobrenombre de Loreley, entregaba los mensajes y las publicaciones clandestinas, y hacía junto con otros documentos de identidad falsos para que judíos y estudiantes pudieran huir de las tropas alemanas. “Como yo había aprendido caligrafía, yo imitaba las firmas”, comentó Denise para “39-45 Témoignages”, una publicación especial del periódico local de la región Le Progrès, con la que conmemoró el 70 aniversario de haberse negado a colaborar para el régimen de la Alemania nazi en noviembre de 1942.

Parmezel afirma que este interés no está basado en rendir honor a sus propios familiares, sino a todos los que sufrieron durante la guerra. “Prefiero dejar mi ego a un lado y ser solamente un representante de los demás desde la ARM”. Añade que la guerra es una gran historia de historias individuales. Apunta que cuando hablamos de guerra no solamente debemos referirnos a las víctimas como un grupo desfigurado, sino como un colectivo de sujetos con rostro. “Cuando leemos y vemos la cara de un hombre, de una mujer o de un niño triste nos emocionamos. La historia está llena de experiencias muy duras que nos producen un efecto, que nos emocionan. Sin rostro nos parece más ajeno a nuestras vidas lo que leemos”. Desde hace 68 años la ARM no ha parado de trabajar para preservar la memoria de las víctimas. Para marzo de 1950 ya había publicado 50 boletines donde se daban a conocer las experiencias de quienes pasaron noches incomunicados.

 

Necesaria la voluntad de los gobernantes

Para lograr que se creara un memorial destinado a la preservación de los hechos ocurridos en la prisión, los sobrevivientes de Montluc se organizaron y escribieron al ministro de Justicia, al alcalde de Lyon y al prefecto de la región Rhône-Alpes. Además se formó una comisión integrada por víctimas, arquitectos, autoridades y “personalidades conocidas y estimadas por la población” para imaginar cómo el memorial debería de presentarse al público, expresa Colette Grivaud, hija de un francés que a los 17 años se unió a La Resistencia en 1941, fue internado en Montluc en 1943 y después deportado al campo de concentración de Sachsenhausen (Alemania).

“Fue muy difícil convencer al Ministerio de la Defensa para que la Prisión no fuera demolida. Tuvimos que persuadir a las autoridades municipales para que exigieran a muchas instancias del gobierno nacional que la prisión se transformara en un memorial. Fue necesaria la voluntad de los gobernantes para que la prisión se convirtiera en un lugar para nunca olvidar las violaciones humanas ocurridas ahí y para que se reconociera ese daño que jamás se borrará de nuestras mentes”, señala Colette.

Subraya que los medios de comunicación hayan dado cobertura al tema, pues considera que sin las publicaciones en radio, televisión y prensa hubiera sido más complicado colocar la discusión en la opinión pública. “Fueron un bloque de presión importante. Explicaron por qué era necesario conservar el lugar a pesar de los intereses privados que estaban de por medio, con miras para construir una zona habitacional”.

Desde las Jornadas Europeas del Patrimonio en 2010, la Prisión de Montluc forma parte de la red de memoriales dedicados a los resistentes, compuesta por el Centro de historia de la resistencia y de la deportación de Lyon (inmueble donde antiguamente la Gestapo interrogaba a los resistentes detenidos, actualmente un museo renovado); la casa, ahora museo, de Jean Moulin, jefe del consejo nacional de La Resistencia, internado en Montluc y torturado por los nazis; el Museo de arte e historia del judaísmo; el Museo de la resistencia nacional; la Casa de Izieu, memorial en nombre de niños judíos exterminados en Francia, entre otros.

El gobierno de Francia, la Dirección de Relaciones Culturales de la Región Rhône-Alpes, la Oficina Nacional de Ancianos Combatientes y Víctimas de la Guerra (Onacvg) y los gobiernos del Departamento de Rhône y de la ciudad de Lyon, fueron las instancias que apoyaron el impulso y la insistencia de la Asociación de Sobrevivientes de Montluc para que se creara este memorial, considerado Patrimonio de la Nación. Actualmente el Ministerio de la Defensa de la República Francesa y  la Onacvg se encargan del mantenimiento y la valorización del inmueble.

66 años después de haber sido ocupada por la policía alemana nazi, la Prisión de Montluc es un memorial para preservar el recuerdo de las víctimas y dignificarlas. Desde septiembre de 2010 mantiene abiertas sus celdas para ser visitadas. Actualmente funciona como un museo con recorridos guiados para el público en general durante las tardes. Por las mañanas brinda actividades educativas a niños y jóvenes para profundizar el conocimiento sobre el contexto de la II Guerra Mundial, y la represión a los combatientes franceses, y así mantener viva le memoria de los reprimidos en el conflicto bélico.

 

Con la colaboración de Pierre Melk en la traducción

 

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