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Dedicatorias

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La dedicatoria era breve, impersonal, seguida de la firma improbable: Lauro H. Batallón. Santiago sostuvo el ejemplar sobre su mano abierta, con el brazo extendido, alejándolo de su cuerpo. Parecía pesar las palabras de cada página, verificar el gramaje de las frases para detectar el eje de la trampa.

El autor no existía; o bien, había existido, pero en algún lugar de su imaginación. Aunque había escrito cada página, nunca se consideró autor de nada. De una bolsa de papel sacó el resto de sus compras: una docena de libros iguales. El olor a papel viejo, polvo y humedad lo rodeó como el aura de un difunto. Los ejemplares empastados en cartoné habían perdido el brillo en los anaqueles de la librería Serrera y Amador, acomodados sin orden entre bestsellers, noveletas románticas, manuales de cocina, tomos sueltos de enciclopedias, poemarios, novelas, diccionarios, biblias. Pero los ejemplares de La casa de las viudas imposibles lo seguían encantando con el enigma de la imposible reconstrucción de sus historias. ¿A quiénes había pertenecido? ¿Alguien los leyó? ¿Qué razones los habían llevado a deshacerse de ellos? ¿Por qué lo pusieron en manos del viejo Serrera, siempre más ocupado en atesorar papeles ancianos, amarillentos y quebradizos, que en poner algo de orden en su atestado local?

Mi primo Amador era el ordenado, decía el librero. El que quiera clasificaciones perfectas que vaya a la biblioteca. Aquel comentario, pensaba al mirar nuevamente la firma falsa, sugería el orden imperfecto que acumulaba orgánicamente los libros entre los estantes, hasta alcanzar una lógica imperceptible pero suficiente para sostener en pie aquella tumba.

En memoria de nuestro encuentro. Con mi estimación. Repasaba mecánicamente los trazos gruesos, el color encendido de las palabras, sin tomar en cuenta el mensaje, desplazando la línea de su mirada sobre lo que debía ser el vestigio de una trama que podía imaginar mas nunca conocer.

—Estuve a punto de ponerlas en los estantes. Tiene casi un año que no vienes —era un reproche sereno, sin recelo—. Pensé que ya no ibas a venir.

—No lo haría sin avisar, Serrera.

—Cómo no.

El viejo tenía olfato. Decían que vivía en la tienda, durmiendo por la noche sobre los libros, leyéndolos todos, cubriéndose del frío con las mismas hojas que servían de nido a ratones y alimañas. Incluso se decía que Serrera devoraba libros, y no sólo porque terminara varios al día, sino por que su dieta se componía únicamente de las páginas de su mercancía.

Un amanecer sobre las barricadas, decía uno de los lomos oscuros enterrados en los estantes de La Sulamita. Sin pensarlo, Santiago tomó el libro, lo pagó y salió a la calle. Lo protegió de la lluvia dentro de su saco hasta abordar un taxi que se detuvo sin que él lo llamara.

Examinó el libro mientras las calles se desplazaban. Los edificios parecían haber sido construidos bajo cascadas. Santiago sostenía el libro de cabeza, miraba las páginas invertidas como si quisiera alterarlas hasta inventar con ellas otro idioma.    
Por la mañana pasó por Serrera y Amador pero no había ningún libro de Batallón. Los dejó encargados con el más joven de los primos, que le separaba esos títulos apenas llegaran al establecimiento.

—¿Cómo va? —el taxista se refería a su lectura, Santiago alzó los hombros—. Se ve largo.

Santiago pensó en los mil novecientos noventa y nueve ejemplares que le faltaban por encontrar de Un amanecer... ¿Cómo se recupera un libro que nunca ha sido de uno?, pensó sin decir nada.

Entró a la librería-cafetería Luxemburgo, tomó un libro de la mesa de novedades y se presentó al encargado como el autor. Si no tenía ningún inconveniente, podría firmar ejemplares a quien quisiera.

En cuanto lo vio, el gerente en persona quiso anunciar por el altavoz la presencia de Alberto Matarredonda, autor de Los dioses no vagan por la tierra. El libro llevaba la fotografía del autor en la contraportada: boina, saco sport, pipa en la mano izquierda, anillo de piedra verde en la izquierda, una playa como fondo. Santiago se había teñido la barba para simular canas, había comprado unos anteojos redondos y hablaba con afectación. Todo el conjunto irradiaba impostura, pero nadie parecía notarlo o a nadie le interesaba.

—Maestro, gracias por su libro.

—Es la mejor novela que he leído.

—¿Está escribiendo algo ahora?

—Uno quisiera que el libro no se acabara nunca.

—Maestro.

Conclusión: nadie ha leído el libro. Era el debut narrativo del autor, así que era poco probable que nadie conociera dos líneas del trabajo de Matarredonda. La fila era larga. Las personas se amontonaban alrededor de la mesa, al conseguir el autógrafo permanecían a la expectativa, intercambiaban risas y trataban de ver por encima del hombro las dedicatorias ajenas. Cuando la última persona se marchó, el gerente invitó al Matarredonda apócrifo a tomar algo en la cafetería.

Ensayó unas cuantas palabras frente al espejo del baño; pasó una tarde inventando ademanes y gestos para que su actuación resultara un poco menos burda. Alegó la necesidad de hacer antes una visita al sanitario. Se lavó las manos y esperó cinco minutos más. Al salir, vio al gerente que lo esperaba a lo lejos, dándole la espalda. Apuró el paso hacia la salida y ya en la calle se echó a correr. Por la tarde abordaría el autobús hacia su ciudad. Mentalmente tachó otra librería a donde no regresaría nunca.

¿Te digo algo, Serrera? Yo escribí todos esos libros. Fui el negro literario de una editorial que cerró hace años, pero que publicó las obras completas de un fantasma. En una borrachera el editor y yo inventamos un autor con una biografía curtida por los viajes y el infortunio, pero salvada por la literatura. Pensábamos hacernos millonarios.

Santiago no dijo nada, sólo lo pensó. Revisó los dos ejemplares de La casa de las viudas imposibles y el ejemplar incompleto de Serpentario, la única novela policiaca de Batallón, mutilado de las últimas veinte páginas. En una época de su vida, cuando pasó los treinta años, quiso dedicarse a escribir, pero no estaba en sus pretensiones convertirse en un escritor. Con todo lo de vedette que tienen, exhibiéndose en lecturas públicas, peleando guerras sin sentido con críticos y colegas, paseándose en fiestas y cocteles, el asunto le causaba repulsión.

El trato fue entregar una novela por año. La última, Un amanecer..., la escribió a los treinta y seis. Se despidió y no volvió a toparse con Batallón hasta que entró por accidente al local de los dos primos y los encontró limpiando el polvo que parecía brotar de los libros. Hacía diez años Santiago entró a la librería de segunda mano buscando refugio de la lluvia, y encontró que la puerta de cristal daba hacia un pasado de ocultamientos y temores. Porque ésa había sido la razón de su desapego: estar expuesto, desnudo y confeso ante los demás. Lo que empezó como una broma, hacerse pasar por escritores desconocidos y ofrecer autógrafos, le reveló un día que aún ansiaba la fama que su heteronimia le había negado. Estampar nombres ajenos era mordisquear la superficie de una fruta que había despreciado tontamente hace tiempo.

—Son noventa pesos.

¿Cuál sería el precio original de los libros? ¿Cuánto dejaban de valer cada año?

—Te encargo si te llegan otros. Vuelvo en uno o dos meses.

—A ver si nos encuentras. Mi primo insiste en cerrar la librería. Dice que un día tanto papel viejo se nos va a caer encima.

Santiago escuchó a Serrera hablar de su socio como si no hubiera muerto hace años. Vio a través de los cristales de letras invertidas que la lluvia no tardaría en caer. Todo es precario, pensó, y salió sin decir nada. Quizá un muchacho le había dedicado a su enamorada la novela de Batallón por un simple juego. Quizá alguien más tuviera su misma necesidad embustera de saludar con libro ajeno. Seguro, no era el único escritor frustrado que pronto caminaría por aceras desiertas, bajo la lluvia. Miró hacia atrás. Las gotas empezaron a deslavar los trazos de las vidrieras de la librería. Le pareció que esas letras desvanecidas hacían justicia a un lugar donde no sólo se acumulaban libros usados, sino donde el pasado se volvía un nudo imposible de entender, un laberinto con demasiados callejones sin salida. m.

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