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Dos cuentos

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Órgano de St. James en Great Packington.
Órgano de St. James en Great Packington.

El órgano tubular Con el apresuramiento de la mudanza nadie se dio cuenta de que el órgano tubular estaba vivo. Y menos aún que luego de 300 años de existencia los pulmones de aquella construcción musical estaban por desfallecer. Los tosidos no podían escucharse aún cuando el niño de la casa, el único ejecutor del órgano, se equivocaba debido a su mal oído. La nana fue la primera en notar que la sangre manchaba las teclas y había manchas rojas, como murciélagos inertes, en la pared y en el techo. Acompañando la extraña enfermedad infantil vino un silencio extremo que preocupó a los padres y que los hizo convocar a doctores de la región. La madre, recordando que la música y la ejecución de la disciplina eran una medicina inmejorable, solía obligar al niño a pasar dos y hasta tres horas haciendo solfeo y practicando las notas de la partitura. A la ausencia de palabras le siguió el terror, gritos desmesurados con los que el niño despertaba en la noche en medio de pesadillas. Ante la debilidad del menor y su reposo por días, la sangre terminó por ausentarse y el episodio pasó a ser una anécdota más que los años y la memoria volvieron una cándida estampa familiar. “¿Recuerdas cuando la música te curó cuando eras niño?”, le decían hasta que cumplió 18 años y hubo que hacer las maletas para que se fuera a estudiar al extranjero. Como regalo de despedida, el joven invitó a los padres y a la anciana nana, así como al primer médico que lo atendió y que vivía a unas cuadras, a un recital de una sola pieza, la única que en su infancia había aprendido ante las amenazadoras disposiciones de la madre. Los primeros acordes, aunque inseguros, fueron recibidos con beneplácito. Entonces, el joven fue cambiando las notas, deteniéndose sin propósito en los sonidos más agudos para luego desplomarse, como una bandada de gaviotas abatida por un géiser, sobre los graves y sostenerlos sin misericordia. La nana, con su amor prestado de madre frustrada, volvió a ser la primera en notar la sangre. Al principio, fue una breve gota sobre la alfombra pero ante los embates enfurecidos del joven, a través de las bocas del órgano se desbordaron chorros espesos que reventaron sobre el techo. El joven, mientras tocaba, imaginó aquellos viejos pulmones expulsando el último aliento de vida. Se afanó en que las laringes se rasgaran, y cuando ejecutó la última nota pareció notar que la madera envejecía. El animal estaba muerto. Los padres, incrédulos ante aquel espectáculo ni siquiera parpadearon cuando su hijo se levantó despacio y anunció que antes de viajar tomaría un baño y se cambiaría de ropa. La sangre empezó a coagularse cuando una voz femenina, de la nana, o tal vez de la madre, cimbró la casa con un tremor de soprano herida. Manufactura del Cristal de la Granja Cuando llegó el día de la competencia final, y ante la presión inaudita por decidir cuál de los tres maestros extranjeros era el mejor y, en consecuencia, tendría el derecho de dirigir la fábrica de cristal, nadie se sorprendió cuando los artesanos franceses y alemanes empezaron a romper sus muestras. “Vea la solidez interna y la luz reflejada en el material, mi señor”, “Perciba el timbre que alcanza este cristal incluso cuando sus pedazos yacen en el suelo”. Incluso, el francés, con un fragmento de una vasija partida rasgó su ropa de un breve y contundente tajo para demostrar la dureza. La impresión era la de un cementerio de cristal con diminutas lápidas multicolores desplegándose por el taller ante los ojos del rey. El barullo pareció preceder al silencio que el movimiento del último artesano, el noruego, ejecutó sin asomo de duda. Sobre el fondo limpio y casi acuático de uno de los vasos, aún palpitando, se hallaba el dedo meñique del maestro. La sonrisa de aquel viejo era inmutable. Sin perder elegancia, procedió a explicar que, aun sin romperlo, el suyo era el cristal más limpio, ya que hacía ver la sangre a través de sus paredes como si estuviera bajo un microscopio; el más resistente, porque había soportado el golpe de una mano sobre su borde y su resistencia había separado limpiamente la articulación, y el más bello, porque su forma y brillo hacían que aun el dolor más espantoso fuera olvidado ante la promesa de que ahí, atajado por una mano mortal, se hallaba un pedazo del paraíso. La foto la tomamos del Flickr de la usuaria amandabhslater y muestra el órgano tubular de St. James de Great Packington, en Warwickshire, Inglaterra.

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