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Profesionales con hijos: ¿A ellas quién las ayuda?

Hace décadas que las mujeres salieron de casa para ir al trabajo, aunque la sociedad mexicana parece no haberse enterado. Presentamos las historias de Julieta y Gabriela, que muestran cómo en México las políticas públicas todavía suponen que en casa hay una mujer dedicada al hogar de tiempo completo.

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Para este reportaje, localizamos a familias en la red social Flickr y les solicitamos fotografías de sus hijos o de sus mamás en los centros de trabajo. Las imágenes que acompañan el artículo son cortesía de estas generosas personas alrededor del mundo. Invitamos a nuestros lectores a participar con sus propias fotos, en el grupo que abrimos en Flickr para este ejercicio.

Hasta hace un tiempo, los días de Julieta Esquivel comenzaban a las seis de la mañana. Se levantaba, despertaba a sus hijos, los arreglaba, dejaba al más pequeño en casa de su madre y al más grande lo llevaba a la escuela de camino a su trabajo. Era la responsable de una oficina en Guadalajara. Regresaba a casa a las siete de la noche. Entonces bañaba a los niños, les daba de cenar y los mandaba a dormir. Luego limpiaba y preparaba comida para el día siguiente. Su esposo compartía algunos gastos de la casa, pero no los quehaceres ni el cuidado de los hijos. Julieta estaba exhausta.

La historia de Julieta es la de millones de mujeres mexicanas que hacen malabares para conciliar su carrera profesional con su vida familiar y personal. Llevan en sus espaldas el peso de criar a los hijos, hacer las labores de la casa, desenvolverse profesionalmente y, si les sobra tiempo, crecer como personas. Si reciben ayuda, es de otras mujeres.

Sus dificultades se deben a que el modelo económico mundial —y por tanto las políticas públicas— se basan en el antiguo esquema de familia: hombre-proveedor, mujer-madre-ama de casa, hijo-dependiente.

La sociedad asume que la mujer está en casa al cuidado de la familia, o que, si sale a trabajar, sigue siendo responsable del bienestar físico y emocional de los miembros de la familia. “El fenómeno sucede en todos los países”, dice Guadalupe Ordaz Beltrán, miembro del la asociación civil Iniciativa Ciudadana y Desarrollo Social (Incide). Sin embargo, en algunos países es más evidente que los gobiernos no se han enterado de que desde los años setenta las mujeres aumentaron notablemente su nivel académico, se incorporaron de manera masiva al mercado de trabajo y se duplicó su carga de trabajo. El gobierno de México es uno de esos despistados.

La mamá ya no se queda en casa
Gabriela Ávila Medina es mercadóloga, tiene 39 años y dos hijos: Maximiliano, de nueve, y Sebastián, de ocho. Hace dos años Gaby pasó de ser ama de casa con la vida resuelta a mujer divorciada que cría sola a sus hijos. Trabaja en ventas de ocho a seis de la tarde. Pasa el día frente al volante yendo a citas de un  extremo a otro de la ciudad de México.

Gaby reconoce que a veces no se basta a sí misma: “Mis hijos no fueron hoy a clases porque tuve una cita en Toluca a las siete de la mañana, así que no podía llevarlos a las seis a la escuela. Se quedaron en la casa. ¿Sabes cómo me sentí todo el día?”.

Las políticas públicas de México —que se supone deben facilitar la vida a madres como Gabriela— se concentran en el sector educativo y el sector salud, explica Guadalupe Ordaz, quien también coordina el Observatorio de Familias y Políticas Públicas.

En términos escolares, México ofrece educación gratuita desde preescolar hasta universidad. Sin embargo,  los horarios de las escuelas están pensados para una familia con una mujer de tiempo completo en casa. De otra manera no se entiende por qué en las primarias los niños entran a las ocho de la mañana y salen a las doce y media: “Ese detalle, en apariencia menor, le puede complicar la vida a las familias enormemente. ¿Quién va a ir por ese niño? ¿Quién lo va a cuidar? ¿Quién lo va a acompañar en el proceso de tareas?”, se pregunta Guadalupe Ordaz.

Otro detalle que evidencia los retrasos en las políticas públicas son las juntas de padres de familia. “Las ponen a las nueve o diez de la mañana porque están pensadas para una mujer que no trabaja”, explica Ordaz. “Nunca contemplan que pueda ir el papá. Imagínate a un papá que llega al trabajo y le dice a su jefe: ‘Necesito un permiso para salir a las diez de la mañana porque voy a la junta de mi hijo’. Lo más seguro es que le pregunten si no puede ir la mamá”.

Pero ahora las mamás ya no se quedan en casa. Cuando Gabriela tiene una junta en la escuela de sus hijos, con frecuencia miente. Dice que va a una cita de trabajo. ¿La razón? “Una vez mi jefe me dijo: así sean tus hijos, primero es la cita”. Los hijos de Gabriela van a escuela particular y por tanto salen a las cuatro de la tarde, pero aun así debe pagarle a una persona para que los recoja y los lleve a casa de una amiga, donde comen y hacen la tarea. “Hace unos meses mi mejor amiga vio que ya no aguantaba, me dijo: ‘Te vas a morir’ y se ofreció a cuidármelos porque tiene dos muchachas que le ayudan. Si no fuera por las amigas…”, dice.

La directora de planeación del Instituto Nacional de la Mujeres (Inmujeres), Claudia Salas, afirma que, como Gabriela, “las mujeres operan una red social grandísima para cubrir las necesidades que el Estado tiene la obligación de cubrir”. “Si no fuera por el cuidado de los hijos por parte de las abuelas, la buena amiga o la vecina, México se paraliza”, asegura la funcionaria, y  ofrece un dato que sustenta su afirmación: “28 por ciento del Producto Interno Bruto lo constituye el uso de tiempo no tasado, no pagado, como el cuidado de los hijos o de enfermos”. Un trabajo que recae casi siempre en la mujer.

Apoyos en el sector salud, sólo para las mamás
En México, sólo los trabajadores con empleo formal pueden acceder al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). El problema, dice Guadalupe Ordaz, es que en México “sólo 45 por ciento de la población económicamente activa tiene un trabajo con un paquete amplio de prestaciones”. Y esto sucede incluso entre los profesionistas, que ahora trabajan por honorarios o sueldos asimilables. Ellos deben pagar de su bolsillo un médico particular, medicamentos y guardería.

Una mujer con seguro social, en cambio, tiene acceso al sistema materno-infantil. Puede hacer uso de la guardería desde los 43 días de nacido el bebé y hasta que cumpla los cuatro años; ahí desayuna y come. A los bebés se les da leche en biberones, así como estimulación temprana, iniciación a las letras y sesiones de motricidad. Por lo general, los horarios son de las siete de la mañana a las siete de la noche.

Esta prestación tiene el inconveniente de que es únicamente para mujeres que trabajan; no existe para hombres. Es decir, se trata de otra de esas políticas públicas bien intencionadas que en la práctica refuerzan una distribución tradicional de las responsabilidades: “Cuando no se permite a los hombres hacer uso de los beneficios asociados a las responsabilidades familiares, se está reforzando el papel doméstico femenino y la expectativa de que ellos no asuman el cuidado de la familia”, explica el documento “Trabajo y familia: Hacia nuevas formas de conciliación con corresponsabilidad social” (la liga lleva a un documento en PDF), redactado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

El rol del hombre se mantiene igual
En medio de su agotadora vida, Julieta regresó a casa una noche y se encontró con una sorpresa: la mitad de los muebles había desaparecido junto con la ropa de su marido: su esposo la acababa de abandonar. En una carta, él le explicó por qué: “No me limpias los zapatos y no me planchas la ropa”.

Esta historia no es la de una pareja de clase baja y con bajo grado de estudios. Los protagonistas se conocieron cuando estudiaban en la universidad. De alguna manera, la situación de Julieta, de 37 años, queda retratada en los datos recabados en toda América Latina por el documento de la OIT y el PNUD. En el informe se asegura que “los hombres no han asumido la parte de las tareas domésticas que les tocaría”.

De acuerdo con la OIT, en México, 85 por ciento del tiempo dedicado al trabajo doméstico es de las mujeres y 15 por ciento de los hombres. Ellas dedican 15 horas a la limpieza de la casa; ellos, cuatro. Cuando se trata de cuidar a los hijos, ellos llevan a cabo labores menos rutinarias, como jugar con los niños, en tanto que ellas se encargan de la alimentación y la higiene.

El estudio resume así la situación: los hombres jóvenes y educados “reconocen que el trabajo es un derecho de la mujer, que les abre posibilidades de mayor equidad entre los géneros. Sin embargo, frente a una situación crítica como la enfermedad de hijos/hijas o padres, no hay duda: son las mujeres quienes deben afrontar la situación”.

La comparación inevitable: Estados Unidos

La vida de Julieta ha cambiado radicalmente en los últimos meses por dos razones: decidió divorciarse y mudarse a Estados Unidos, donde nació, a pesar de que desde niña vivió en México. Con dos hijos, sin marido ni ayuda del gobierno, decidió probar suerte en su país natal. Y a dos semanas de haberse mudado, su vida es otra. “Por ahora tengo un trabajo de dos horas y media al día. Cuando mis hijos salen de la escuela, estoy libre para convivir con ellos y dedicarles tiempo de calidad”, dice Julieta.

En Estados Unidos trabaja en la misma escuela a la que asisten sus hijos. Gana poco más de 3 mil pesos, pero recibe ayuda extra por más de 15 mil pesos al mes (en México ganaba cerca de 12 mil pesos mensuales): vales con valor aproximado de 300 dólares mensuales que pueden canjearse en cualquier tienda, un bono en efectivo de 80 dólares por tener un hijo menor de cinco años, y otros 200 dólares por ser madre soltera. Además, tiene una tarjeta plástica con la que puede comprar comida hasta por 200 dólares, se le apoya con una parte de la renta y la luz, y con servicio médico gratuito para ella y sus hijos.

Lo mejor es la escuela: “Es pública, tienen clases extra desde las 14:30 a las 16:00 horas. Les dan el desayuno, la comida, los uniformes, los útiles y un snack; hay psicólogo, enfermera y maestros para niños especiales, sin costo extra para los padres”.

En Guadalajara, Julieta llevaba a uno de sus hijos a un preescolar particular: “Si quieres una escuela con horario que se adapte al trabajo y donde les den de comer hay que pagar inscripción (5 mil pesos), el derecho a pertenecer al colegio (5 mil pesos), mensualidad (3,800 pesos), uniformes (2,500 pesos) y útiles (1,800 pesos)”. En México, cuando los niños cumplen cuatro años “no hay apoyo de ningún tipo para las mamás que tienen que trabajar”.

España y Chile, sin llegar a ser el paraíso
Esther Ordax es periodista y dirige una pequeña empresa editorial en Madrid, España, su país natal. Tiene 35 años y un niño de tres. “Durante los tres primeros años recibí una ayuda de 100 euros al mes, como todo el mundo que tiene un hijo”, relata.

España —y Europa en general— tiene uno de los índices de natalidad más bajos del mundo, lo que explica su interés por promover la natalidad. El apoyo más común es el llamado “cheque-bebé”, el que recibió Esther, y que se entrega desde enero de 2003. Las comunidades autónomas dan apoyos al por mayor. En Islas Canarias se entregan 200 euros por el nacimiento del primer hijo y hasta 700 por el quinto. En Andalucía pagan 1,200 euros a los padres que hayan tenido gemelos, y en Cataluña las familias reciben 625 euros anuales por hijo, hasta que cumplen seis años. Si son familias monoparentales, la ayuda es de 730 euros.

Aun así, España es uno de los países que dan las ayudas más bajas de Europa. En Finlandia, el país más avanzado en la materia, existe la “asistencia diurna infantil”: todos los niños que aún no tienen edad para ir a la escuela van a una guardería municipal, o bien, los padres reciben un subsidio para contratar a alguien que los cuide o para quedarse en casa con ellos.

En la Unión Europea existe la reducción de la jornada laboral. Las madres y los padres pueden solicitar la reducción de la jornada laboral para poder cuidar a sus hijos menores de seis años, o a familiares que no pueden valerse por sí mismos. La jornada se puede reducir desde un tercio hasta la mitad, y el salario baja en la misma proporción.

Hay otros países cuya realidad es más cercana a la de México, como Chile. Carola Cruz vive en la capital, Santiago, tiene 32 años, un hijo de dos y trabaja en un banco como analista de riesgos de empresas: “En mi trabajo se logró por negociación colectiva que las mujeres con hijos puedan salir a las dos de la tarde hasta que los niños cumplen seis meses. Hace unos años el gobierno redujo la jornada laboral, así que en mi trabajo los viernes todos salimos a la dos de la tarde”.

Las empresas con más de 20 empleadas tienen la obligación de instalar una guardería o contratar los servicios de una para atender a los menores de hasta dos años de edad. El empleador está obligado a pagar el costo del transporte por llevar al menor a la guardería. La situación de Esther y Carola parece mejor que la de las mexicanas, aunque tampoco viven en el paraíso. Esther, por ejemplo, admite que el reparto de las labores domésticas es desigual con su pareja: “Un 80-20… ejem… el 80 para la fémina…”.

Carola sabe que por ahora no puede crecer profesionalmente: “Me gustaría tener otro puesto, pero implicaría estar más tiempo en el trabajo y no lo voy a hacer porque privilegio estar con el Benja [su hijo], verlo, educarlo, hacer las tareas más adelante”.

Es cierto, no están en el paraíso, pero los apoyos que ellas han tenido —y de los que no gozaron ni Julieta de Guadalajara, ni Gabriela de la ciudad de México— confirman que en sus países hay una conciencia más clara de que el cuidado de los hijos no es una obligación exclusiva de las mujeres. De acuerdo con la OIT, la sociedad debe interrogarse sobre la manera en que deben dividirse estas tareas entre las familias, el mercado y el Estado. En México, la discusión todavía no ha comenzado. m.

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