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"Pocos países tienen una historia tan profunda como la nuestra”: Enrique Florescano

Se promueven rutas turísticas, se editan libros, se apadrinan proyectos arquitectónicos, se desempolvan documentos históricos. ¿Qué sentido tiene conmemorar los 100 años del inicio de la Revolución? ¿Y los 200 de la Independencia? ¿Qué futuro tiene el nacionalismo en un mundo global, interconectado e interdependiente? ¿Hay algo que festejar? El historiador Enrique Florescano, brillante y prolífico, responde éstas y otras preguntas.

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A Enrique Florescano no se le puede clasificar fácilmente. No sólo ha sido un historiador brillante y productivo —ha publicado trece libros individuales sobre los precios del maíz en México en el siglo XVIII, las crisis agrícolas en el país, la memoria de los mayas, el origen del mito de Quetzalcóatl o la historia de las historias de la nación mexicana—, sino que también ha sido promotor de obras colectivas —ha coordinado más de quince libros sobre la sequía en México, los historiadores mexicanos en el siglo XX, los mitos mexicanos o la llamada historia reciente como México hoy—. Tampoco se puede decir que Florescano sólo sea un extraordinario profesor y funcionario del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), ni que haya sido el primer director de la revista Nexos, y director de colecciones históricas —como Biblioteca Mexicana, de 20 títulos sobre ciencias naturales, arte, cosmogonías indígenas, educación, literatura o antropología urbana, o Pasado y Presente, que ha publicado textos fundamentales para entender algunos de nuestros mitos, como el de la Virgen de Guadalupe o la Malinche.

La palabra “sólo” no es para Florescano. En cambio, una de sus acepciones —“único en su especie”— le queda muy bien: se puede decir que Enrique Florescano Mayet (Coscomatepec, Veracruz, 1937), es un historiador sin parangón.

Hace unas semanas estuvo en el ITESO para dictar una charla sobre las conmemoraciones del centenario y el bicentenario de los inicios de la Revolución y la Independencia.

Usted ha escrito libros, impartido cátedras, promovido investigaciones y dirigido revistas; ¿cómo define su propio trabajo?

Me siento muy afortunado porque pude elegir una carrera que me gustaba; esto ha sido una aventura que nunca terminará. La investigación histórica, sobre todo la historia de México, es de una riqueza verdaderamente singular; hay pocos países con una historia tan profunda, tan compleja, con tantas etapas como la nuestra: la Conquista, el Virreinato, la Independencia, la Reforma, el Porfiriato, la Revolución y el periodo posterior. Todo esto ha hecho un país extraordinariamente diverso, rico y al mismo tiempo fascinante.

En cada escalón de mi formación me tocaba la fortuna de encontrar a gente muy creativa, muy renovadora, y con un fuerte interés en la historia, pero distinto. En El Colegio de México, el doctor Silvio Zavala quería darle impulso a los estudios de historia económica y social que ya empezaban a arrancar como una punta de lanza en la historiografía mundial. Un buen día un profesor me dijo: “Éstos son los cien temas que vamos a desarrollar; entonces escoge”, y yo elegí el maíz, no sé exactamente por qué, pero me era muy atractivo por la influencia poderosísima del campesino. Otro buen día, revisando los archivos a los que me mandó el doctor Zavala, encontré uno fabuloso en el que estaban todos los precios diarios del maíz en México durante un siglo. Después tuve la fortuna de encontrar un libro que cambió todas las investigaciones de la historia económica mundial: se llama Fluctuaciones económicas e historia social, de Ernest Labrousse. Mi mente hizo corto circuito porque era el método para analizar lo que yo había encontrado —que eran precios— y entonces encontré el sentido de cómo las fluctuaciones económicas tenían un peso extraordinario en la vida social. Cuando llegué a París a estudiar el doctorado en la Sorbona, iba con mi serie de precios, que era la primera [serie] de un siglo que aparecía en el mundo occidental, de modo que fue un buen encuentro entre la teoría y los datos. Casaron perfecto. Yo estaba fascinado, entonces eso fue muy afortunado.

Usted no se ha limitado al estudio del siglo XVIII, ni a la historia económica, sino que ha abarcado hasta el presente y promovido el estudio de nuevos temas para la historiografía mexicana…

Fundamos nuevos seminarios sencillamente porque al regresar de Europa me había dado cuenta del gran cambio que estaba sufriendo la historiografía mundial y el atraso que teníamos en estos campos en México. En la Dirección de Estudios Históricos del INAH tuve el apoyo para meter a una nueva generación de investigadores jóvenes, como Enrique Krauze, Carlos Monsiváis, Héctor Aguilar Camín y José Emilio Pacheco. Con ellos fundamos un seminario de historia de las mentalidades.

Se abrió ese campo, pero también la historia urbana, historia de los empresarios, historia de la arquitectura y otros más. Abrimos varios seminarios muy innovadores que permitieron que nuevos jóvenes entraran al INAH y desarrollaran estos temas, pero después todo esto se estancó porque vinieron los sindicatos y las instituciones y, en lugar de que fuera un proceso de cambio y transformación, se fosilizó todo. Ahí también nació la idea de crear la revista Nexos: nos juntábamos los sábados a discutir los temas de interés nacional; invitamos a investigadores de la UNAM, de El Colegio de México y se escogía un tema que alguien presentaba y se hacía la discusión. Siempre saliendo nos íbamos a comer y se hacía una sobremesa muy cargada y por ahí salió el tema: “¿por qué no hacemos una revista que lleve estos temas con lenguaje periodístico a mucha más gente?”. Y le pusimos Nexos. Sociedad, ciencia y literatura; como era el nombre del seminario. Éramos en realidad la cauda del 68 —uno ahora lo ve con esa perspectiva—, la movilización mental que había dado el 68. Esa generación vio la necesidad de pasar al gran público los temas que eran muy especializados. Nexos fue la primera revista que divulgó temas de interés nacional con un lenguaje periodístico, no especializado. Les pedimos a los científicos, a los técnicos, a los sociólogos que se expresaran con un lenguaje cercano al público, y ése fue el éxito de la revista, que ahora ha sufrido grandes cambios de dirección, y todavía, afortunadamente, siguen siendo los criterios de publicación.

¿Qué sentido tiene conmemorar los 100 o 200 años del inicio de la Revolución y de la Independencia?

Éste es un tiempo muy importante para reflexionar sobre nuestros orígenes y nuestros movimientos fundadores. Todos los seres humanos estamos siempre volviendo al pasado para preguntarnos cómo fueron nuestros orígenes; cómo nos desarrollamos y por qué llegamos a ser lo que somos. Ahora se presenta un momento extraordinariamente importante; vamos a conmemorar los 200 años de independencia del país y 100 años del inicio de crear un Estado nacional inclusivo que se plasmó en la Carta Constitucional de 1917. Entonces, ¿por qué es importante? Bueno, sobre todo ahora que vemos todos los días sacudido el edificio del Estado, la integración de la sociedad y nublado el presente con más interrogantes que nunca. Es muy importante que los mexicanos, sobre todo las nuevas generaciones, revaloren el origen del proyecto político nacional. En 1810 se inicia un movimiento que pide la independencia del país y culmina en 1821. En 1824, al fracasar el imperio se crea la república, que ya contenía el pacto político que todavía nos une, con principios liberales, laico, como proyecto colectivo que agrupa a una diversidad de actores marcada por las diferencias étnicas, culturales, económicas, políticas, sociales. Toda esa diversidad se une alrededor de un proyecto colectivo político de crear una república liberal, sometida a las leyes, federal, con la participación de los ciudadanos, el respeto a la integridad.

Es importante que nuestros niños y jóvenes conozcan cómo nació ese proyecto; cómo de esa sociedad  trágicamente desintegrada surge un proyecto colectivo que acepta la diferencia, incluso la religiosa; se permite la libertad de culto, se acepta que todos los mexicanos puedan estar regidos por las mismas leyes. Luego, en 1910, estalla otra vez la guerra civil, y después de casi diez años de guerra firmamos un pacto que une por primera vez a los indígenas, campesinos, obreros, mujeres, comerciantes, empresarios, intelectuales, artistas. Se crea ese proyecto colectivo que en los años veinte–treinta se lanza, transforma radicalmente la realidad política de este país y la convierte en un proyecto lanzado hacia el futuro, centrado en la integridad de la nación y en la defensa del territorio.

¿Qué perspectiva tendría esta revaloración de nuestros orígenes en estos tiempos de globalización?

Ahora esta circunstancia es un fenómeno que llegó para quedarse. No hay regreso, no hay vuelta atrás; eso lo tenemos que aceptar. El nacionalismo, que fue un movimiento de cohesión e integración nacional, ya no puede ser adoptado como lo fue en los años cincuenta o setenta del siglo pasado. Tenemos que aceptar la globalidad y, dentro de esto, adaptar nuestro proyecto de Estado. Necesitamos fortalecer el Estado nacional, pero en una circunstancia global. Yo quería que la celebración del bicentenario nos sirviera también para repensar nuestra relación con América Latina, porque también tenemos que buscar nuestros lugares en este mundo global. Nuestro lugar es compartido con otros países con quienes tenemos similitud de lengua, de tradiciones comunes, de política. Si sumas, son más de 500 millones de personas que hablan español y que comparten una cultura que nos liga a todos. Esos 500 millones de habitantes son un núcleo social y político importantísimo. Entonces ligarnos otra vez, establecer los puntos de contacto que antes teníamos con América Latina y con el mundo ibérico y español. Esto es pensar a nuestra nación en el nuevo escenario de la globalización. m.

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