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Arquitectura lunar

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Nuevas noticias: cuando el mundo cambió y sus sueños fueron muy distintos, todos los que se habían colocado en la Luna durante siglos y siglos se quedaron allá, varados, a la espera de la siguiente (los paranoicos dicen la primera) expedición humana al satélite de la Tierra. Y si bien se espera que tal expedición, cuando llegue, arrase con todo para poner en el territorio unas pocas cosas reales (los soñadores actuales, limitadísimos, piensan en minas y pistas de lanzamiento y talleres para unos cuantos esclavos y muchas máquinas), entretanto, aunque no sin inquietud, los abandonados, libres para actuar sin estorbos, se han construido una sociedad de lo más interesante: salvo unos cuantos que persiguen otras aspiraciones, todos son arquitectos. Seres intangibles, los arquitectos (como todos los selenitas), tienen por ello ocasión de vivir con muy poco. Los más espirituales se alimentan de los rayos de colores que el Sol deja caer desde sus bordes en los mediodías negros, y los menos de la comida imaginaria, que por supuesto abunda: la mayoría prefiere las cosechas de los plantíos de cristal y las carne de los bueyes de siete patas, también llamados cocoracalantambarios por provenir del Mar de la Tranquilidad (donde se habla la lengua fultrique), regados con vinos del Terminátor (1). En cuanto a sus aprendizajes, tienen a todos los maestros que pudieran desear, y entre ellos a Luciano de Samósata para las materias de canto y construcción y gobierno de navíos, Titania (la Reina de las Hadas) para la de física atómica y Savinien de Cyrano de Bergerac para las de esgrima, seducción y fundamentos de ingeniería. Estos estudios y los que los complementan parecen raros hasta que se ven los edificios que se pueden construir en la Luna, y en los que cualquier cosa puede lograrse, pues no están sujetos a las leyes de la naturaleza, no están limitados por ningún presupuesto y no necesitan, en realidad, de ningún tiempo ni equipos ni colaboradores para su construcción: basta que los arquitectos se planten en el terreno y se afiguren –así dicen– lo que quieren construir para que esté allí. ¡Ah, las torres que se elevan en espirales cambiantes o se disgregan en nubes luminosas; las catedrales de texto en las que cada ladrillo es una palabra que se dice a sí misma y en ocasiones se pone de acuerdo con otras para crear poemas y locuras; los multifamiliares con ruedas y alas y temperamentos diversos que se van a pasear del sitio de su construcción a todos los otros sitios, y se conocen, y se casan, y forman familias; los edificios en forma de cabeza humana, de recias narices septentrionales o sensuales labios del trópico, coronados por penachos y plumas de un millón de kilómetros, tan altos para ser mecidos por el viento solar…! Todos estos edificios, y miles de otros, son también imágenes que se deslizan, lentamente, a través del espacio hacia los sueños que se han quedado en la Tierra. Por un breve tiempo, estarán aquí, en nuestras tristes ciudades. (Luego quién sabe.) Al mismo tiempo, al lado oscuro de la luna todavía llegan, a veces, las curiosidades rancias de los últimos soñadores terrestres interesados en el satélite: se manifiestan como cuerpos sin personalidad, hechos más bien a la ligera, que a todas partes llevan cámaras de video y en cada edificio quieren ver (y documentar) la obra de los seres extraterrestres (2). Algunos arquitectos los embroman pero otros, con buen humor, les construyen: pirámides, palacios y “bases” (habitáculos con forma de caja, plataformas, torretas con cañones) más bien malhechas pero muy semejantes a las de las películas y los programas de televisión, que ellos graban complacidos y ante las que se retratan con grandes sonrisas o con la cara seria. m. Notas: 1. Los viñedos plantados justo en el terminátor, la línea divisoria donde se unen el lado iluminado y el lado oscuro de la Luna, dan uvas bicolores, y el vino que sale de ellas es también bicolor: un blanco casi puro y un púrpura casi negro se persiguen en las copas, sin mezclarse jamás. 2. Los más cínicos se reconocen porque se manifiestan en los llamados “medios cuerpos”, es decir, mitades izquierdas o derechas, superiores o inferiores de un cuerpo soñado, que se hacen tontas y dicen estar enteras. Todo el mundo comprende que sólo “medio están aquí” (así se dice) y su otra mitad se encuentra en algún sueño de fama o de dinero de los que prosperan en otras regiones.

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