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Para subir al cielo

En estas épocas de chahuistles varios, se antoja quedarse a buen resguardo y fabricarse una docena de tacos y quesadillas que, aderezados con las sonrientes salsas del molcajete, hagan más llevadera esta paradisíaca existencia en la república de la tortilla.

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gibran julian, para subir al cielo, jaime lubin
gibran julian, para subir al cielo, jaime lubin

Dicen los jaraneros jarochos que para subir al cielo se necesita una escalera grande y otra chiquita.... A mí me gustan las escaleras grandes, como la que había en la casa de mi abuela y que me llevaba hasta la sala de pintar. Ahí había una mesa grande, un par de caballetes, un estrado, un biombo y algunas sábanas de colores que servían para acomodar el cielo, dibujarlo dos tardes por semana y para satisfacer mi curiosidad sobre los enigmas del cuerpo femenino.

En aquellos años cincuenta luminosos, vivía como cualquier chiquillo banquetero del centro de la ciudad de Guadalajara, a sólo unos pasos del Teatro Degollado y del Templo de San Agustín, en el barrio de San Francisco de Asís. En ese territorio del centro de los centros tapatíos, mis astucias daban cuenta de cualquier barda de azotea que se me atravesara en mi empresa de descubrir a las jocundas y morenas ninfas que por las tardes se bañaban a jicarazos en el patio de la tortillería.

En una expedición en particular me pareció fácil asomarme más de lo aconsejado y fui descubierto por las niñas húmedas que esa mañana me habían despachado un kilo de tortillas hechas a mano sobre un comal inmenso y colorado que, para fortuna de mis ojos infantiles, las obligaba a unos generosos y amplios escotes, por los que miraba nubes, lunas y planetas agitados.

Las recién descubiertas pusieron cara de azoro, pero no tanto; en sus miradas había una chispa que más tarde se reveló como la fuente de la luz universal. Me acusaron de metiche con mi abuela, que pronto me mandó llamar. Ya frente a ella, esperaba alguna reprimenda, pero a pesar de los negros presagios sólo encontré la confirmación de que la dulzura es el privilegio de los fuertes.

Se necesita una escalera grande...

Y todo por su majestad la tortilla... Mi abuela me dijo que el jueves próximo conocería a Chole, la modelo, para que aprendiera a contemplar la magnificencia de lo femenino. Con esa sorpresa supe también que la sala de pintar se transformaría en la cueva de mis realidades. Desde entonces, hace casi cincuenta años, cuando voy por las tortillas recuerdo a Chole en las clases de dibujo que me daba mi tío Raúl Anguiano, así como las pacientes recomendaciones de la morena con aroma de magnolia al ponerme al tanto del secreto de las quesadillas, los chilaquiles y los tacos. Que además de bellísima era una experimentada cocinera de la que aprendí que vale más un “nomás tantito” que un “ahorita vengo”.

En estas épocas de chahuistles varios, se antoja quedarse a buen resguardo y fabricarse una docena de tacos y quesadillas que, aderezados con las sonrientes salsas del molcajete, hagan más llevadera esta paradisíaca existencia en la república de la tortilla. Puede usted acompañar tales portentos con sus dibujos del natural frente a una modelo morena y con mirada de mar. El resto es naufragar sin remedio. Obre Dios. m.

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