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Vida en línea: ¿proteger o vigilar?

¿En dónde termina el derecho de los padres a estar al pendiente de sus hijos y dónde empieza el de los niños y adolescentes a la privacidad? En un entorno, el de la vida en línea, que puede ser intimidante porque entraña peligros muy reales, el factor clave de la seguridad está en la comunicación y en el cultivo de la confianza recíproca

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Los riesgos que enfrentan los menores de edad cuando navegan son innegables. Ilustraciones: Jozz Ojeda
Los riesgos que enfrentan los menores de edad cuando navegan son innegables. Ilustraciones: Jozz Ojeda

Santiago aprovecha la red, sobre todo, para hacer tarea, ver alguna serie en Netflix o jugar Fortnite —un juego de acción, disparos y supervivencia de la empresa Epic Games, que ha enamorado a la Generación Z—. Cuando este niño de nueve años navega, Érika Magallón, su mamá, trata de mantenerse cerca y cerciorarse de que en realidad esté haciendo lo que había dicho. De esta manera, acompaña al pequeño y, de paso, supervisa que no aparezcan en sus búsquedas algunas páginas con información que no es conveniente para alguien de su edad.

“A nosotros, lo que nos sucedía mucho en internet era que nos metíamos a buscar con una palabra y nos salía demasiada información no solicitada, y eso es lo que a mí me daba mucho miedo: que ponga una palabra y le salgan cosas que nada que ver”, cuenta Magallón.

Para complementar sus esfuerzos, los de su esposo y los de los hermanos mayores de Santiago, han instalado en su celular un programa de control parental, aunque su forma de enfrentar la situación tiene que ver más con la comunicación con su hijo.

“Soy más de hablar que de actuar poniendo candaditos. No soy muy cibernética, más bien me apoyo en mis hijos grandes para lidiar con esas cuestiones; pero en realidad me gusta más hablar y no estar limitando”, dice.

Pero la de Érika no es una postura compartida por todos los padres.

Los riesgos a los que los menores de edad se enfrentan cuando navegan son innegables, y el temor de los padres ha dado lugar a una industria que parece boyante: la de las aplicaciones de vigilancia.

ciberseguridad infantil

Las soluciones de seguimiento de personas que permiten a un tercero localizar a alguien se introdujeron a finales de la década de los noventa. Pero los avances tecnológicos han permitido mejoras sustanciales en el rendimiento y el costo. También hay un número creciente de aplicaciones de ubicación de personas “que aprovechan la creciente base instalada de teléfonos inteligentes con gps”, explica un reporte de la empresa consultora BergInsight.

Según esta compañía, en 2016 se habrían superado los 70 millones de familias que usan este tipo de tecnología sólo en Europa y Estados Unidos, una cantidad que representa ingresos de alrededor de 190 millones de dólares.

Con una oferta de servicios diversa, sumadas, estas aplicaciones permiten interceptar mensajes y llamadas, acceder al historial de números marcados, sitios de internet visitados y correo electrónico, tener acceso a las fotografías, conocer la ubicación del celular en tiempo real, registrar todo lo que se teclea y hasta activar el micrófono o la cámara, para escuchar las conversaciones o ver lo que hace una persona.

“Hoy en día ya están disponibles aplicaciones para geolocalización, controlar el contenido que pueden ver en internet y en la televisión, aplicaciones con acceso al micrófono para escuchar el sonido de donde están o incluso registrar todo aquello que pasa en la pantalla del dispositivo mediante capturas de video”, reseña la compañía de ciberseguridad ESET en un artículo de 2018 publicado en su sitio de noticias y análisis welivesecurity.

“Las personas que desarrollan este tipo de aplicaciones lo hacen desde una perspectiva que va por la emoción del miedo de la persona a la que quieren controlar”, explica Sergio Ramírez Ulloa, presidente de la Academia de Tecnologías de la Información en la Universidad Tecnológica de Jalisco (UTJ)y profesor en el Departamento de Ingenierías en la Universidad del Valle de Atemajac (Univa).

Para Samuel Hernández Apodaca, profesor en la Univa, exdocente del ITESO y director de la revista de divulgación jurídica y de ciencias sociales Quaestionis, “hay una lucha por comprender qué es lo que está pasando con estas nuevas tecnologías de la información y la comunicación, pero, además, qué está pasando con estos nuevos gadgets o dispositivos móviles que aparecen en el mercado. Esto choca con la generación de los migrantes digitales, que intentan —en un afán heredado, por supuesto, por los baby
boomers
[personas nacidas entre 1946 y 1965]— tener el control de todo lo que pasa a su alrededor”, considera.

 

Riesgos innegables

En buena medida, en la actualidad el mundo de niños y adolescentes gira alrededor de un teléfono móvil que está conectado a la internet; a través de este dispositivo se dispone de acceso a contenido que no siempre tiene información de valor y que en muchos casos atenta contra su formación e integridad, advierte la Asociación Mexicana de Ciberseguridad.

Los riesgos son innegables. Por ejemplo, el ciberacoso, con acciones como publicar en la internet una imagen comprometedora, sitios o aplicaciones para votar a la persona más fea, crear un perfil falso donde se publique información íntima de la víctima, y dejar comentarios ofensivos en foros, páginas o redes sociales.

Pero también se deben incluir fenómenos como el grooming, que es el acoso sexual de un adulto a una niña o un niño a través de la internet; el sexting, la difusión de contenidos de tipo sexual producidos por el propio remitente; también el riesgo a la privacidad que implica prácticamente cualquier servicio en red, y las tecnoadicciones, una inclinación desmedida al uso de las tecnologías.

“El mundo de la internet es un mundo donde puede haber algo bueno y algo malo, y en la parte mala puede ser que haya personas malintencionadas que, incluso, puedan convencer, manipular a un niño de 10 o 12 años, que no tiene todavía la capacidad para entender e identificar que está en algún problema”, explica Ramírez Ulloa.

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Para dimensionar estos peligros basta una cifra: cerca de cuatro de cada 10 cibernautas mexicanos son menores de edad. Según la Asociación Mexicana de Internet, de los 82.7 millones de usuarios de la internet que había en el país en 2018, 14.5 millones tienen entre seis y 11 años, y otros 16.9 millones, entre 12 y 17 años.

“Por ejemplo, hoy, que está de moda Instagram, a los jóvenes les gusta compartir fotos, pero hay que preguntarse si realmente esa foto merece la pena compartirse”, cuestiona David Ramírez Plascencia, profesor del Sistema de Universidad Virtual de la Universidad de Guadalajara.

En este contexto, la orientación parental correcta es fundamental, agrega María Cristina Lima Ojeda, presidenta de la asociación civil Seguimiento y Detección de Intento Suicida y Abuso Sexual y doctora en Educación por el ITESO.

“Se ha observado desde hace tiempo que los mecanismos de revisión paterna de las redes de los hijos como una pauta de crianza sana, y como cuidado del menor, constituyen una estrategia que impide que el niño caiga en las redes de pederastia, que son tan poderosas”, explica la también profesora en el Departamento de Psicología de la Univa.

“Tenemos una sociedad hipersexuada, y en la que nos siguen vendiendo información hipersexuada, y lo que protege a los chavos es esto: que ellos decidan qué sí y qué no, y unos padres protectores que los acompañen”.

 

Chicos libres y responsables

Por un lado, está el bienestar de los hijos. Por el otro, el respeto a su privacidad. Precisamente, decidir entre dos aspectos positivos es lo que hace de éste un conflicto ético.

Como suele ocurrir en estos casos, no hay una respuesta única. Por ello, fue necesario que, más que una entrevista, se dialogara al respecto con Eneyda Suñer Rivas y Marcel Salles Mora, ambos profesores del Departamento de Formación Humana en el ITESO. Y, en el espíritu del tema, la plática se llevó a cabo a través de una aplicación de mensajería instantánea.

Lo primero que surge de la conversación es que hay que diferenciar el comportamiento de los padres de niños del de quienes cuidan de adolescentes.

“En niños, me parece importante usarlas en la medida en que las aplicaciones de seguimiento son un recurso de ayuda para los chicos y para que puedan sentirse seguros mientras van descubriendo la navegación. En cuanto a los adolescentes, la cosa cambia”, señala Salles Mora. “Controlar a un adolescente de ese modo es incluso ofensivo. Significa no depositar ninguna confianza en ellos”.

Pero, en ambos casos, coincidieron, hay que priorizar la comunicación.

“A cualquier edad se debe hablar, de acuerdo con la edad. No es ético instalar [una aplicación] sin previo aviso, porque entonces no estás educando, estás controlando. Y son cosas distintas”, considera Suñer Rivas.

“No se necesita decir qué cosa se instaló, sino que hay candados y que hay supervisión. A mayor edad, mayor capacidad de negociación de los hijos, y los acuerdos se deben respetar”.

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Además, lo verdaderamente importante es reflexionar acerca del tipo de hijos que se está criando y las herramientas con las que ellos enfrentarán la vida, dicen.

“Los hijos se van a equivocar, como todos lo hemos hecho. Pero si se habla, se puede aprender de ahí. Lo contrario es querer tenerlos en una caja de cristal y, cuando salgan al mundo real, no tendrán defensas propias”, advierte Suñer Rivas.

“Es como querer tenerlos encerrados porque la calle es insegura. Y los problemas pueden ser mayores si los chicos descubren que son espiados en detalle en una edad en la que están afirmando su independencia”.

Por su parte, Salles Mora destaca quelos chicos van madurando conforme logran mantener la confianza de sus padres y el respeto a los acuerdos a los que hayan llegado: “Aprender a ser libres es aprender a ser responsables. Y es un camino largo”.

“Entre más mayores sean los chicos, el grado de confianza y riesgo aumenta, pero soy de la opinión de que la única forma de madurar y crecer en la vivencia de libertad es dar ese paso”, dice. “Hay riesgos, sin duda. Pero, ¿de qué otro modo pondrían ambos pies en el mundo real y podrían adquirir las habilidades para moverse como adultos después?”.

 

Cuidar la confianza

Al final de la plática, ambos profesores coinciden en que los padres no deben dejar tantas responsabilidades a la tecnología. Y esta idea es retomada por Lima Ojeda, doctora en Educación por el iteso.

“El niño sí está al cuidado del papá, esto es un hecho: el niño necesita las pautas de crianza del papá”, dice. “El adulto se ha alejado del niño y del adolescente, y los ha dejado que se cuiden solos: niños pequeños están cuidando a niños más pequeños”.

Por otra parte, agrega la también profesora del Departamento de Psicología en la Univa, si un adolescente se entera de que este tipo de aplicaciones se instaló en su celular sin su conocimiento, la relación de confianza con sus padres se dañaría.

“Por más cuidado que yo quiera tener, hay un rompimiento del voto de confianza, dejaría de tenerme confianza”, explica. “Esta aplicación no se debería bajar, ni se debería permitir instalarla en un teléfono, si antes los padres no leyeron por lo menos ciertas cosas; esta aplicación podría bajarse siempre y cuando un padre y un hijo lean una hoja, unas señalizaciones con varios requerimientos o un reglamento, que diga: ‘Tiene usted que informarle a su hijo’”.

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Obligaciones legales

Pero ¿termina en algún momento el derecho de los padres a estar al pendiente de sus hijos? ¿Dónde empieza el de los niños y adolescentes a la privacidad?

Bueno, pues los padres no sólo tienen derecho a estar atentos a sus hijos, sino que tienen la obligación legal de velar por sus intereses, explica el doctor en Derecho Hernández Apodaca.

“Es importante saber qué es lo que ocurre, sobre todo porque particularmente nuestro estado es una de las entidades donde la pederastia, este delito que es terrible, ha sido un tema relevante”.

Con todo, Hernández Apodaca considera que, si un menor de edad quisiera demandar a sus padres por invadir su privacidad, es factible que algún juzgador acepte estudiar el tema.

“En el marco, primero, de la Constitución y, luego, en el marco de las leyes secundarias, creo que sí hay material para eso. El tema, desafortunadamente, o por fortuna, tiene que ver con el papel que desempeñan los juzgadores, es decir, si aceptan una hipótesis como tal para someterla a estudio”, indica.

“Creo que lo que tenemos no es suficiente, pero sirve para iniciar una polémica, es decir, este derecho a la intimidad o a la protección de tus datos puede ser la ‘caja de Pandora’ para poder debatir este tipo de temas”.

Con todo, es innegable que los legisladores tendrían que profundizar en el tema para proteger más el derecho de los hijos a la intimidad.

“El derecho es dinámico y tiene que adaptarse a las condiciones sociales, políticas, jurídicas y culturales que vivimos”, señala. “Hay un vacío legal tremendo: nada obliga a los padres a advertirles a los hijos que van a ser monitoreados, es decir, no hay un marco que proteja a los niños, a los adolescentes, de esta idea de intrusión, de parte de los padres o de los tutores, al monitorear qué es lo que están haciendo”.

Por su parte, el también abogado Ramírez Plascencia considera que el derecho a la privacidad es uno de los más relevantes en la actualidad.

“Porque anteriormente uno llegaba a su casa y ahí estaba la privacidad del hogar; pero ahora, con el ciberespacio, hay que pensar que la vida de un menor, totalmente o en gran parte, ya transcurre en la internet”, comenta. “Los menores gozan de un absoluto derecho a la privacidad, es una parte importante de la integridad de las personas”.

Aunque las limitaciones no son las mismas en el caso de un niño que en el de un adolescente, las aplicaciones de monitoreo sí podrían encontrar un obstáculo en las leyes mexicanas. “De entrada, diría que son anticonstitucionales, porque lo que hacen es estar violentando un derecho, que es el derecho a la privacidad”, explica Ramírez Plascencia.

Hernández Apodaca agrega que, más allá de que falta una legislación más clara al respecto, “es importante que los padres entiendan que hay una franja, que puede ser muy delgada, pero que tienen que respetar”.

No son las únicas discusiones legales que pueden surgir respecto al uso de tecnologías de este tipo. Por ejemplo, Kiddle se define (y varios sitios de consejos para padres lo recomiendan) como un motor de búsqueda seguro para niños.

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“Dado que los resultados de Kiddle son elegidos y revisados por nuestros editores o filtrados por la búsqueda segura de Google, sabes que obtienes resultados orientados para niños. En caso de que se presenten malas palabras en la búsqueda, nuestro robot guardián las bloqueará”, se lee en este sitio, que usa la tecnología del gigante tecnológico, pero no está afiliado a Google.

Si alguien busca la palabra sexo en Google, obtiene 571 millones de resultados. La misma búsqueda en Kiddle terminará con un mensaje de “Oops, try again!” (“¡Huy, inténtalo de nuevo!”). En Google, narcotráfico tiene 29 millones 400 mil respuestas; en Kiddle, ninguna.

Sin embargo, para una tarea, un estudiante puede requerir información sobre “Tlatelolco 68”, lo que en Google dará 974 mil resultados, mientras que el motor infantil sólo ofrecerá información de una escuela pública en Denver, Estados Unidos.

“Puede ser que en nuestro contexto nacional sea importante que los jóvenes sepan qué ocurrió el 2 octubre en Tlatelolco y no hay ningún problema, pero ponen esos filtros en función de los criterios de quien diseña los candados para este tipo de información, y sí corremos el riesgo, efectivamente, de vulnerar el derecho al acceso a la información de alguien que está haciendo un trabajo de investigación”, destaca Hernández Apodaca.

 

Hablar claro y de todo

Puede que las aplicaciones de este tipo no sean la única salida, sobre todo por sus implicaciones éticas  y jurídicas. Pero a los padres les quedan opciones muy valiosas: comunicación, acuerdos y búsqueda de equilibrios.

“No caer en la paranoia, no pensar que todo lo que pasa ahí es malo, pero tampoco dejar la rienda suelta”, dice Ramírez Plascencia, docente en materias que se ocupan de las nuevas tecnologías de la información y comunicación y de su relación con la sociedad.

“En el caso de niños que son muy pequeños, valorar cuándo es el momento en que deberían usar dispositivos móviles, y no utilizar estos dispositivos como una manera de suplir a los padres”.

Como en todos los temas, que los niños tengan la información adecuada los capacita para enfrentar problemas en el futuro, señala Ramírez Ulloa, de la Univa y la utj.

“Informar a un niño de todo lo que puede pasar y todo lo que le puede suceder por subir una foto, por compartir información personal, creo que es la mejor medida para evitar todo lo demás”, aconseja.

Mientras que, en el caso de los adolescentes, agrega la psicóloga y doctora en Educación Lima Ojeda, una de las tareas importantes que los padres tienen para propiciar su desarrollo es generar su independencia.

“Los papás sí pueden negociar con ellos, pero creo que se necesita un proceso de sensibilización en el que el adolescente —sin atemorizarlo, sino sólo sensibilizándolo— se dé cuenta de los problemas que hay: la trata de personas es una realidad, es una realidad que se los roban, es una realidad que dan packs [fotos o videos de una persona, que la exhiban desnuda o realizando prácticas sexuales]. No podemos negar esa realidad”, explica.

“No sólo es el uso del dispositivo: yo creo que necesitamos acompañarlo de un proceso de desarrollo de juicio crítico y de desarrollo de habilidades de autocuidado; entonces, el chavo mismo diría: ‘Oye, papá, por qué no metes [una aplicación] en este dispositivo y yo te voy a avisar cuando me meta, y si hay algo peligroso, tú me ayudas’”.

De hecho, este acompañamiento es el que prefiere Érika, la mamá de Santiago: “Me gusta más hablar de las situaciones antes de que se presenten; entonces, yo con Santiago hablo muy claro de lo que es la vida sexual que puede haber en la internet, de lo que le pueden mandar, de lo que él puede estar enviando sin querer”.

“No puede ser que nunca antes se haya hablado y, ya cuando son adolescentes, querer hablarlo todo”, concluye.  .

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