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Viaje al interior de uno mismo

Toda escritura es un acto de ensimismamiento, desconocimiento y reconocimiento. Otras y otros se han sabido lenguaje, discurso y animalidad; cuerpo, cultura y descontrol emocional; sujeto legal, sujeto fiscal y sujeto electoral; memoria, circunstancias y dolor.

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Portada del libro «Pequeño mundo ilustrado»
Portada del libro «Pequeño mundo ilustrado»

Se me ocurre que tal vez todo impulso de escritura literaria sea en principio un llamado a atravesar el misterio de uno mismo. Para Pessoa, eso significó saberse nada y conocerse en multitud; para Dostoyevsky implicó abismarse en su conciencia y descubrirse horrible.

Toda escritura es un acto de ensimismamiento, desconocimiento y reconocimiento. Otras y otros se han sabido lenguaje, discurso y animalidad; cuerpo, cultura y descontrol emocional; sujeto legal, sujeto fiscal y sujeto electoral; memoria, circunstancias y dolor.

¿La gente se conoce o quiere dinero para grabar su película de 80 años de duración?

¿Actuamos en ella o la estamos mirando?

Ayer, cerca del final de un largometraje sueco, vi a un cincuentón acurrucarse en los brazos de su exesposa y confesarle que todavía no se conocía. La escena, además de aterrarme, me evocó un recuerdo fijado como sueño y como filme.

Tenía 16 años y, a juzgar por el aroma a viejo y a mar, estaba en el bar de un hotel en La Habana. Entre traguitos de ron advertí una presencia inquietante, mirándome al otro lado de la terraza. Su traje, su sombrero y su barba eran blancos, casi espectrales. Estaba solo en una mesa para diez personas. Yo pretendía no mirarlo de vuelta. Pasadas tres horas de lo mismo, como si no pudiera despertar del sueño, el tipo se acercó, me entregó un papel y se disolvió en la noche. Tardé en abrirlo por el miedo. Decía: “Nunca has viajado al interior de ti mismo. ¡Hazlo!”.

Lo conservé diez años. En el momento me pareció una provocación enternecedora, como si hubiera estado filmada por Tornatore; ahora, pasados mis 30, se materializa como una pesadilla vista por Lynch o una pregunta desenmascarada por Tarkovsky: si pudiera conocer mis verdaderos deseos, ¿podría vivir conmigo mismo?

A continuación, obvio algunos clásicos y recomiendo cinco libros que muestran cinco modos distintos de conocerse.

 

Ciento cincuenta cuentos cortos, Lydia Davis

Los cuentos de Davis son breves, pero su lectura es prolongada. O no. Lo ordinario se abre en abstracción y lo íntimo se cierne en laberinto. O quizá no. Sus finales son clásicos, en cuanto sorprenden, y renovadores, puesto que la sorpresa consiste en plantar una duda. O probablemente no. Aunque tal vez sí. Una duda expansiva. Lo cierto, aunque igual y no, es que la prosa de Davis condensa el monólogo interior y al hacerlo encapsula en amplitud la locura de pensarse en sociedad.

 

Los años falsos, Josefina Vicens

Uno se conoce en el otro. Por ejemplo, Vicens se descubre y nos hace reconocernos en un niño de 15 años cuyo padre, en el acto de morir, lo condena a convertirse en “el hombre del hogar”. Lo demás es fina urdimbre de psicología, filosofía y teoría de género, una historia de terror con doppelgängers, un deconstruir la masculinidad en modelos, prácticas sociales y lenguaje, familia, amistades y mundo.

 

Verano, J. M. Coetzee

Peor aún: uno también se conoce a través de los otros. El último panel del tríptico autobiográfico que también integran Infancia y Juventud lo pintan cinco personas próximas a Coetzee, en conversación con su biógrafo. ¿Acaso no es más fácil juzgar al otro que a uno mismo? ¿Y si entonces nos juzgamos desde el otro? Este entramado de perspectivas sugiere que ni siquiera podemos identificarnos con nosotros mismos. A los ojos del mundo, el sudafricano es un prodigioso novelista, pero desde la mirada de un viejo amor es sólo un tipo incorpóreo que nunca se permitió bailar.

 

Pequeño mundo ilustrado, María Negroni

Somos, además, nuestras fascinaciones, todo lo que nos llama o nos nombra, lo que nos hace y nos dice o nos posibilita decir. Este libro es un diccionario personalísimo, un catálogo heterotópico, una Wunderkammer cuyos aparadores exhiben maniquíes y enciclopedias, gólems y dioramas, a Kraftwerk y al Ciudadano Kane. El mundo nos define, cierto, pero nos queda la revancha de aporrear el diccionario, definir al mundo de vuelta con lo que resta de nuestros ojos y nuestras palabras, y al hacerlo, quizás, independizarnos tantito de nuestra propia condición.

 

El secreto y no, Claudio Magris

Guardar el secreto de uno mismo, a decir de este ensayo, duele y reconforta. Se me figura como anhelar el cofre del tesoro y quemar el mapa. Magris también entiende el secreto en relación con el poder y la individualidad, la verdad y el espíritu. Como los mejores ensayistas, se sirve de una inteligencia humilde que complejiza, esclarece y, en este caso, deja pensando que tal vez la belleza no radique en la verdad, sino en el secreto.

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