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Usos privados de la televisión

La televisión sirve al televidente para usos particulares o privados que usualmente no reconocen las teorías de comunicación, pero que son claves para para explicar el comportamiento de la audiencia individual y colectiva.

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La televisión es una fuente inagotable de estímulos placenteros y eso es lo que comúnmente se demanda de ella. Por eso es mucho más que un medio de comunicación y sus contenidos no pueden ser clasificados en una pobre taxonomía de informativos y de entretenimiento.

La televisión sirve al televidente para usos particulares o privados que usualmente no reconocen las teorías de comunicación, pero que son claves para para explicar el comportamiento de la audiencia individual y colectiva. Los siguientes son algunos:

Medio de relajación. Al entrar a casa, la rutina de ponerse cómodo es aflojar la ropa y los zapatos para quedar “en fachas”, lavarse las manos, sentarse o echarse de la manera más fodonga y ver la televisión. Ésta nos separa de la solemnidad o el protocolo de lo público y nos conduce al ámbito de lo privado.

Medio de acompañamiento. La televisión es un fiel paliativo para la soledad. Toda esa gente que aparece en ella, con sus voces, sus risas y lo que hace, humaniza vicariamente el silencio y la ausencia. Supera la función que solía cumplir la radio; podemos ver, cara a cara, a nuestros acompañantes, y verlos a los ojos es casi como conocernos y estar juntos. Es mejor ser acompañado por gente bonita, ni duda cabe, que por nuestra imaginación.

Medio para combatir el terror nocturno. Es más efectiva que rezar, no echa humo como las veladoras y es más segura. Garantiza ahuyentar a todo espanto mientras se encuentre encendida y se puede conciliar mejor el sueño que dejando la luz prendida.

Como medio sometido a la voluntad propia. El control remoto y su uso en zapping nos dota del primer robot de consumo masivo. Habla quedito, habla más alto. ¡Cállate! Cambia de colores, cambia de rostros… Un aparato que nos obedece con el mínimo esfuerzo de nuestra parte.

Reconociendo estos usos privados y varios más, las teorías de alienación pierden sentido, pues es el televidente el que satisface sus deseos como un soberano para el que el tema de la calidad de los contenidos está fuera de sus preocupaciones. La demanda determina la oferta: es el televidente con su control remoto el que le dice a productores y distribuidores lo que quiere. Por eso, el programa de poesía de Canal 22 tuvo durante todas sus transmisiones un raiting de cero, porque no era útil para algún uso privado de los televidentes (ni para conciliar el sueño).

La teleaudiencia es una tirana con cada vez más esclavos: cuanta más oferta televisiva obtiene el placer, quiere la mayor parte del tiempo. m

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