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Un testigo del inicio de Ingeniería Química

Hace 55 años nació el ITESO. Y acompañando esos primeros pasos estuvo don José Luis Murguía González, quien formó parte del equipo que, encabezado por el padre Pérez Becerra, vio nacer la carrera de Ingeniería Química

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En la vida hay experiencias que, sin importar si son largas o cortas, dejan marcas que duran para siempre. Eso se puede decir de la relación de don José Luis Murguía (Guadalajara, 1923) con el ITESO: aunque fue de apenas unos años, la huella que dejó en ambos ha resistido el paso del tiempo. Y no es para menos: él fue testigo de los primeros pasos de esta universidad, que acaba de cumplir 55 años, pues formó parte de la primera plantilla de profesores de la carrera de Ingeniería Química.

La relación entre el ingeniero Murguía y el ITESO comenzó incluso antes de que éste se fundara, pues realizó sus estudios en el entonces Instituto San José, hoy conocido como Instituto de Ciencias. Desde entonces, cuenta, se sintió ligado a los jesuitas. Por eso aceptó la invitación del padre Ignacio Pérez Becerra para, al tiempo que estudiaba la carrera, dar clases en la naciente Universidad Autónoma de Guadalajara. Ahí ejerció la docencia gratis durante quince años —“para mí era importante porque me permitía prepararme y seguir actualizándome”, dice—, hasta que le llegó la invitación del padre Pérez Becerra para sumarse a un nuevo proyecto.

Y llegó al ITESO cuando sus oficinas estaban en la calle de Liceo. El inicio, recuerda, no fue fácil. Pero eran más las ganas de enseñar y se convirtió en maestro de Matemáticas, Cálculo y Química Orgánica. En su estudio, donde están los retratos de sus doce hijos —todos egresados del ITESO—, todavía reposa en el librero el volumen de Fieser y Fieser, que usaba en el aula. “Lo que a uno le gusta es lo que se enseña mejor”, afirma quien gustaba de dar clases de regularización en matemáticas a sus compañeros más atrasados.

A pesar de que disfrutaba mucho dar clases, llegó el momento de elegir. Y decidió ejercer. “Las clases me hacían descuidar mi vida profesional, que era la que me daba de comer, porque también en el
iteso daba clases sin cobrar”. Así, luego de cerca de 20 años en las aulas, dejó la docencia y dio continuidad a una trayectoria que había comenzado años atrás en la empresa Nacional Textil Manufacturera, con sede en El Salto, y que terminó en 2002, cuando cerraron Crazy Horse, una maquiladora que dirigía junto con uno de sus hijos.

Una de las cosas que más lo marcaron de su estancia con los jesuitas es que “todos los maestros buscaban el talento de cada uno, ver la parte humana de las cosas. Lo más importante era la formación como personas”. A la vuelta de los años, don José Luis Murguía dice sentir orgullo al ver que las dos universidades que ayudó a echar a andar “han crecido mucho y han formado tanta gente de bien”. m

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