Volver al inicio

Turno noc turno

Maldito trabajo, piensa, y se reprocha no haber podido hacer nada para tener otra vida. Recuerda cómo odiaba a su madre por irse, como ahora hace ella, todas las noches. Por dejarla lidiando con un padre borracho y dos hermanos haraganes. Su madre desaparecía y entonces ella tenía que hacerse cargo de la casa. A pesar de su negativa, fue aprendiendo el oficio de su madre.

Enviar por e-mailEnviar por e-mail
Antetitulos: 

La jornada empieza, siempre, a las doce del día. Se levanta y mira su reflejo en el espejo. Ve, cansada, cómo las ojeras van ganando terreno. Entra a la regadera y permanece bajo el agua caliente. No se mueve. Los hombros se relajan. La ducha es breve: hay que hacer la comida e ir por los niños a la escuela. Odia el trabajo nocturno. Vivir en un duermevela sin descanso. Nunca duermo de corrido, dice mientras parte las verduras. Pero tampoco estoy del todo despierta, piensa cuando fríe los fideos. Deja la comida en la estufa (a fuego lento, ya se sabe) y va por los críos. Otra vez los mandaron a la dirección. Oye a lo lejos, como un ruido más, la perorata de la directora: “Los niños están insoportables, golpean a sus compañeros, maltratan el mobiliario de la escuela”. Asiente, autómata, cuando le dice que “la educación es algo que comienza en casa… la escuela es sólo un complemento… las maestras no pueden hacer todo el trabajo…” Un ruido encima de otro encima de otro encima de otro. Regresa a casa justo a tiempo para apagar la sopa. Deja los platos servidos y toma una siesta que se prolonga hasta media tarde. No duerme del todo: escucha a los niños mientras comen, grita desde su cuarto cuando éstos pelean, suplica que le bajen el volumen al televisor. Al fin se levanta para poner a los escuincles a hacer la tarea. Cabecea mientras uno hace las sumas (el chico) y el otro  repasa la Historia de México (el grande). Luego, mientras salen a jugar, aprovecha para hacer la limpieza de la casa. Lavar trastes y ropa. Planchar uniformes. Una rutina que se repite todos los días, mientras el reloj consume los minutos que se vuelven horas. Maldito trabajo, piensa, y se reprocha no haber podido hacer nada para tener otra vida. Recuerda cómo odiaba a su madre por irse, como ahora hace ella, todas las noches. Por dejarla lidiando con un padre borracho y dos hermanos haraganes. Su madre desaparecía y entonces ella tenía que hacerse cargo de la casa. A pesar de su negativa, fue aprendiendo el oficio de su madre. Esto sin importar que se repitiera hasta el cansancio que ella no andaría ese camino. Luego todo cambió. La madre murió y con ella desaparecieron, también, el padre alcohólico y los hermanos haraganes. De pronto se encontró sola y con dos hijos que nada tenían en común. Ni siquiera el padre. Y entonces, muy a su pesar, comenzó a andar los pasos de su madre: el trabajo nocturno, ese que tanto odiaba, se convirtió en método de supervivencia. Era lo único que sabía hacer. Se justifica con este último pensamiento mientras se pone el uniforme. Después no hay tiempo para pensar nada. Sus clientes, impacientes, aguardan su llegada: en el cuarto 1 hay una madre primeriza que de todo se queja y a la que hay que cambiar el suero y darle los analgésicos; en el 6, un anciano con la bolsa de la sonda está a punto de rebalsarse; en la planta alta, otra recién parida a la que hay que cambiarle venda, toalla sanitaria y suero. Las horas transcurren y se van en llevar medicamentos a las dos, tres y media, cinco y seis y media de la mañana (todos a cuartos diferentes). No hay tiempo para pensar, menos para dormir. Cuando no está llevando un medicamento, está tomando la presión o cambiando vendas o poniendo sueros o mareando el sueño mientras ve en el televisor cómo se reproducen las abejas africanas en el norte de México. El desfile de cuarto en cuarto se prolonga toda la noche. Los tobillos reclaman el vaivén, las rodillas crujen en las escaleras. El reflejo en el cristal de los cuneros (toda uniforme blanco y cofia en el cabello desaliñado) le regresa una imagen que, a pesar de su renuencia, le es demasiado familiar: cada noche se parece más a su madre. Termina su turno y parte a casa a tratar de dormir un poco. Porque, invariablemente, la jornada empieza, siempre, a las doce del día. m.

  • Más reciente
  • Más popular
Ilustración: Yazz
Te presentamos el número especial de MAGIS cuyos propósitos...
Jueves, Octubre 5, 2017 - 13:10
Salir a pasear en bicicleta. Eso es lo que María Salguero hace...
Lunes, Agosto 7, 2017 - 14:19
En los últimos tiempos, la economía digital se ha convertido en uno...
Martes, Agosto 1, 2017 - 00:30
Cada día miles de personas cruzan el país a bordo de «La Bestia». Fotos: Reuters
La fotografía que se proyecta en el auditorio D del ITESO muestra la...
Martes, Agosto 1, 2017 - 00:30

sígueme
  • RSS
  • Twitter
  • Facebook
  • Linkedin
  • Flickr
 

issuu.com

Publicidad

Web Diana Martin