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Steve Jobs: Intrépido diseñador del futuro, empresario iluminado y cruel

Convertido en un santón de la cultura contemporánea por la belleza y la utilidad de los objetos que produce Apple —¿qué otra marca hace que la gente acampe afuera de una tienda en espera del lanzamiento de un nuevo producto?—, Steve Jobs es una figura contradictoria: perfeccionista y déspota, budista y desconsiderado, que revolucionó la cultura digital a costos personales y sociales muy altos.

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El 5 de octubre se cumple el primer año de la muerte de Steve Jobs, y esta distancia probablemente nos permita acercarnos un poco mejor a descifrar el impacto causado por quien ha sido considerado por muchos el primer gran genio de la era digital, así como su personalidad. Jobs era un hábil emprendedor, negociador sin escrúpulos y eficiente administrador que transformó la manera en que millones de personas en el mundo se comunican, se informan, se entretienen y —quizá más importante aún— se relacionan con la tecnología en sus vidas personales e íntimas. No hay duda de que Jobs fue un visionario y un revolucionario; sin embargo, el hecho de que haya sido comparado en numerosas ocasiones con Ford y Edison, o incluso con Newton y Einstein, ha sido motivo de intensos debates y ha provocado reacciones de asombro e ira entre muchos. Por mi parte, me inclino por comparar a Jobs con Gengis Khan, por su singular estilo administrativo y sus brillantes decisiones estratégicas, despiadadas y afortunadas en igual medida. La dureza de las críticas y la contundencia de algunas de sus decisiones (a veces impredecibles) a menudo causaban terror entre sus subalternos; pero a la vez era un hombre con una personalidad carismática capaz de despertar pasión en la gente, así como una lealtad cercana al culto. Pocos días después de la muerte del cofundador de Apple, aventuré un obituario en el que mencionaba sus incontables aportaciones, especialmente en lo referente al diseño industrial —muchas de ellas de sus subalternos sin darles el menor reconocimiento—, y en el que lo describía como un individuo complejo y contradictorio, como un jefe que rayaba en el despotismo e iba más allá de la intolerancia. La respuesta que obtuve fue contundente: fui acusado de ser ignorante, de jugar el juego monopolista de Apple y de no ser más que un fanboy de Jobs. Lo interesante es que a pocos de estos detractores les molestaba su forma de ejercer el poder o su aparente incapacidad de sentir empatía por otros seres humanos. Lo que les indignaba hasta la catatonia era su total desprecio y su antagonismo por los sistemas abiertos como Linux. En la comunidad del software libre, Jobs era visto como el enemigo. Y si bien sus críticos tenían algo de razón, su odio les impedía ver las lecciones que involuntariamente Jobs dejó en diversos campos, incluyendo el del software libre. Si algo deberían aprender de la experiencia de Jobs es que la gente adoptará el software que le resuelva sus necesidades inmediatas, no uno que involucre una misión o una militancia (aunque sea por una causa tan justa como el software abierto). Los furiosos arranques del programador y uno de los principales gurús del software libre, Richard Stallman, son sintomáticos: parecen a menudo rancias y lastimeras peroratas fundamentalistas, pues más que proponer alternativas viables para seducir o educar al usuario respecto a sus ideas, tienden a ser oleadas de resentimiento y descalificaciones esnobs, algo semejante a lo que hacía Jobs hasta que entendió que tenía que dejarse de quejas y comenzar a conquistar usuarios.

EFE

Ahora bien, es claro que el control compulsivo que impone Apple al consumidor es detestable. Apple no inventó el concepto de la obsolescencia programada, un régimen que se ha perfeccionado en distintas industrias desde hace décadas; sin embargo, la empresa de Jobs parece haberla llevado a sus últimas consecuencias al conducir y chantajear a sus consumidores para que reemplacen sus productos con una regularidad pasmosa, y al volver inútiles aquéllos que prolongan su existencia más allá de los caprichosos límites impuestos por las novedades.

 

De las estafas telefónicas a la computación personal

Cuando estaba en la preparatoria, Jobs tuvo la enorme fortuna de conocer a Stephen Wozniak, un ingeniero que era cinco años mayor que él y con quien tenía intereses comunes —incluida la obsesión por Bob Dylan—, pero que en muchos sentidos era su contraparte: Wozniak era genial, tímido, ingenuo y reservado, mientras que Jobs tenía un estilo manipulador y desafiante que el programador Bud Tribble bautizaría años después como “campo de distorsión de la realidad” (Reality Distorsion Field), una evocación irónica a un episodio de Star Trek con la que se refería a su perturbadora habilidad para hacer creer que era posible cualquier cosa que él dijera. “En su presencia la realidad es maleable”, dijo Tribble. No es que Jobs fuera exactamente un mentiroso, sino que sabía cómo hacer que otros compartieran su visión, por más delirante que fuera. “Uno terminaba haciendo lo imposible porque no se daba cuenta de que era imposible”, dijo la jefa de manufactura de Apple, Debi Coleman.

Jobs confesó que de no haber sido porque descubrió las matemáticas y la electrónica, muy probablemente hubiera terminado como criminal o estafador. La amistad entre Jobs y Wozniak dio un giro notable en 1971, cuando ambos leyeron un artículo de Ron Rosenbaum en la revista Esquire sobre el programador John Draper, quien había descubierto que el silbato que venía de regalo en el cereal Captain Crunch tenía una frecuencia de 2,600 Hertz, la misma que usaban los interruptores que autorizaban las llamadas internacionales de ATT. Emplear este conocimiento para llamar sin pagar pasó a llamarse phone phreaking. Jobs y Wozniak crearon una “caja azul”, pero usaron un generador digital de tonos para dar mayor precisión y calidad al sonido. Mientras para Wozniak se trató de un desafío tecnológico, para Jobs era una oportunidad comercial. Comenzaron a producir cajas azules y a venderlas a 150 dólares. Esta aventura comercial clandestina hizo posible que Jobs y Wozniak tuvieran la idea de crear Apple.

AFP

En 1975, tras la aparición de la Altair, la primera computadora personal, en la portada de la revista Popular Mechanics, numerosos entusiastas comenzaron a explorar las posibilidades que abría esa máquina tosca y rudimentaria. Bill Gates y Paul Allen emprendieron la escritura de una versión del lenguaje de cómputo basic. Jobs y Wozniak comenzaron a participar en un improvisado taller de cómputo que se organizaba en una cochera en Berkeley —el Homebrew Computer Club—, de Lee Felstein. En esa atmósfera de curiosidad y generosidad para la divulgación de la información (el lema del club era “Ayuda a los demás”), Wozniak tuvo la idea de cómo estructurar los elementos de la computadora que sería la Apple I. La principal motivación de quienes se reunían a comparar sus progresos informáticos era el ideal de que la computación pudiera ser una gran fuerza democratizadora que diera a los individuos el poder para liberarse y expresarse. A los pocos meses Jobs, Wozniak y un ingeniero de Atari, Ron Wayne, fundaron Apple con un capital aproximado de 1,300 dólares (la división de acciones y beneficios era 45%, 45% y 10%, respectivamente). Poco después Wayne tuvo miedo de que la aventura fuera un fracaso costoso y se retiró de la sociedad, renunciando a lo que hoy serían más de 2.6 mil millones de dólares.

Al poco tiempo comenzaron a vender el modelo Apple I a aficionados, ya que carecía de fuente de poder, monitor o teclado. En 1977, Jobs, Wozniak y un pequeño grupo de amigos y empleados construyeron su primera computadora personal viable e integrada: la legendaria Apple II, la obra maestra de Wozniak. No obstante, esta máquina requería más que la habilidad técnica de éste. Jobs supo que para que fuese exitosa debería liberarse de la típica apariencia de los kits electrónicos: debía ser autosuficiente, elegante, estar dirigida a un público amplio y poder competir contra otras computadoras que comenzaban a invadir el mercado, como la Commodore PET. Ahí fue donde las decisiones de Jobs comenzaron a brillar, tanto en lo referente a la gente a la que invitó a colaborar, como en la manera en que obtuvo el financiamiento y en sus exigencias en el diseño del producto. El escrupuloso cuidado de los detalles pasó a primer plano (la empresa Pantone tenía más de 2,000 tonos de gris, pero ninguno de ellos le gustó a Jobs para la caja de la Apple II) e impuso como la ideología dominante de Apple la noción de que la simplicidad era la más alta forma de sofisticación.

EFE

El fenómeno Apple

La computadora personal nació concebida como herramienta de liberación. Sin embargo, al poco tiempo Jobs perdió toda convicción con respecto a que su computadora fuera “libre” o gratuita; aunque no se entregó a la explotación sin control, ya que pensaba que una compañía no debía crearse con el objetivo de enriquecerse sino de hacer algo de lo que uno pudiera enorgullecerse y con lo que pudiera establecerse una empresa duradera, como le enseñó Mike Markkula, quien fue su verdadero tutor corporativo.

Apple II fue un producto genial que en gran medida definió lo que sería la computación personal. En 1977 se vendieron 2,700 máquinas y en 1981 se llegaron a vender 210 mil. Aun con su sentido de distorsión de la realidad, Jobs sabía que esa máquina era obra de Wozniak, por lo que comenzó a obsesionarse con desarrollar su propio proyecto: una computadora que fuera insanely great o delirantemente genial. Esto le significó numerosos fracasos, como el de la ambiciosa y mal concebida Apple III y el de la computadora a la que, paradójicamente, llamó Lisa (como la hija a la que se negó a reconocer). Su triunfo llegó de manera inesperada cuando se apoderó de un proyecto menor que conducía el notable ingeniero Jef Raskin: la computadora Macintosh, que Jobs transformó de una máquina limitada y modesta, en una poderosa y flexible plataforma de cómputo.

Hoy, que se ha cumplido el sueño de Bill Gates de poner una computadora en cada escritorio y se está cumpliendo la extraña utopía de que haya una en cada bolsillo, difícilmente podríamos creer que esta herramienta nos ha liberado, pero, sin duda, ha dado una dinámica sin precedente a nuestras vidas y ha creado un mundo nuevo en el que nos relacionamos de maneras insospechadas con la gente y las máquinas. Vivimos la comunicación, la información y el entretenimiento con una velocidad y una intensidad asombrosas. Gran parte de este legado tiene que ver con las decisiones de Jobs.

Latinstock

Contracultura

Jobs y otros innovadores de su generación tenían en común que eran herederos de la contracultura californiana de la década de los sesenta. En gran medida eran tecno-hippies que descubrieron aquel prodigioso catálogo contracultural publicado por Stewart Brand entre 1968 y 1972, The Whole Earth Catalogue, que reunía data e ideas acerca de productos y herramientas informativas que podían ser ordenadas directamente a los fabricantes y creadores. Este catálogo fue fundamental para desarrollar la actitud de “hágalo usted mismo” que propició innumerables invenciones que transformaron la cultura popular, así como el underground planetario, al dar poder para crear y usar herramientas e instrumentos para reinventar su mundo a cualquier persona. Así nació la actual cultura del hackeo.

Como otros pioneros de esa generación, Jobs creía que el LSD no era realmente una droga sino una herramienta para abrir las puertas de la percepción. La experimentación con esta sustancia fue una de las cosas más importantes en su vida; se hizo budista zen y los preceptos de esa cultura lo influenciaron durante toda su vida y determinaron en buena medida sus certezas estéticas. Pero si algo aprendió Jobs de su viaje a la India en busca de la iluminación, fue que ahí la gente utilizaba un talento que en Occidente era casi por completo ignorado: la intuición. Su amigo Daniel Kottke comentó que cuando Jobs comenzó a tomar en serio el budismo, “se volvió realmente solemne y arrogante, simplemente insoportable”.

En 1974, Jobs abandonó la universidad y consiguió trabajo en Atari, aunque debió ocupar el turno nocturno, porque nadie quería trabajar con un hippie apestoso, irrespetuoso y grosero como él. Desde entonces dejó claro que no formaba parte de la cultura corporativa: no se bañaba, siempre usaba pantalones de mezclilla y a menudo caminaba descalzo por los pasillos. Sin embargo, apreciaba su trabajo en Atari, ya que ahí conoció a algunos ingenieros brillantes y estaba fascinado por la simpleza de los juegos —como el famoso Pong— y por el hecho de que cualquiera pudiera entenderlos y jugarlos sin leer un manual.

 

AFP

Administrador impulsivo, certero y despiadado

Su influencia en el diseño de la identidad de Apple fue gigantesca, así como su certeza de la necesidad de reinventar nuestra relación con las tecnologías que nos rodean para hacerlas no sólo eficientes sino también agradables, amables e incluso sexys. De ahí que se convirtiera en un gurú del estilo de vida digital, en un severo juez, no únicamente de la funcionalidad de sus productos sino también de su apariencia y de su gusto. Nunca empleó grupos de enfoque para evaluar el impacto de sus productos (“El trabajo del consumidor no es saber lo que quiere”), y la guía creativa de la empresa en sus mejores años dependía siempre de su sensibilidad y su intuición.

Jobs registró 317 patentes: desde computadoras e iPhones hasta interfaces gráficas, monitores, clips y empaques. Sin embargo, no fue un inventor, ni un tecnólogo, y gran parte de esos productos fue ideada por sus empleados. Era un fabuloso analista de las aportaciones de otros, su talento radicaba en reconocer las ideas geniales y desechar las no tan excelentes. Uno de los momentos determinantes en su carrera fue cuando realizó un par de visitas a los laboratorios de Xerox PARC en 1979. Jobs y su equipo vieron cómo funcionaba Smalltalk, un lenguaje de programación orientada a objetos; entendieron su potencial para operar redes y quedaron deslumbrados por la interfaz gráfica, así como por un dispositivo primitivo semejante a un mouse. “Pude ver cómo estaba destinado a ser el futuro de la computación”, dijo Jobs después. Después de dos visitas, Jobs le dio a Xerox un millón de dólares en acciones, que se convirtieron en 17.6 millones en cuanto la compañía se volvió pública el 12 de diciembre de 1980. Se ha dicho hasta el cansancio que fue una ganga, el mayor saqueo corporativo de la industria, pero la realidad es que Xerox no sabía qué hacer con esos inventos.

 

Abandonado, especial y elegido

Siempre podremos tratar de excusar el carácter de Jobs si pensamos en la herida emocional que debió producirle enterarse muy joven de que su madre biológica, Joanne Schieble, lo dio en adopción al nacer. El padre de Joanne, moribundo, había amenazado con desheredarla si se casaba con su novio, Abdulfatah Jandali, un estudiante de doctorado en relaciones internacionales proveniente de una prominente familia siria. En 1955, un aborto parecía inconcebible, por lo que Joanne optó por dar a su hijo en adopción con la condición de que fuera entregado a una familia de profesionistas. Este deseo fue frustrado ya que la pareja que originalmente estaba interesada cambió de opinión y decidió adoptar una niña. Steve fue dado a una pareja que no había siquiera terminado la preparatoria —Paul Jobs, un veterano de la guerra y mecánico, y Clara, quien trabajó un tiempo como contadora—. Joanne tan sólo aceptó la adopción hasta que los Jobs firmaron un compromiso de ahorrar para pagar la educación universitaria del bebé. Joanne y Jandali se casaron y tuvieron una niña, quien se convirtió en la novelista Mona Simpson. El biógrafo de Jobs, Walter Isaacson, escribe: “Abandonado. Escogido. Especial. Esos conceptos se volvieron parte de la identidad de Jobs y de la manera en que se percibía a sí mismo”.

Cuando Steve cumplió 23 años, la edad que tenía Jandali cuando lo abandonó, él abandonó a su vez a Lisa, la hija que tuvo con Chrisann Brennan, convenciéndose a sí mismo durante muchos años de que él no era el padre, a pesar del resultado positivo de una prueba de ADN. Éste es el único error que Jobs reconoce. Para Brennan, Jobs era “un ser iluminado y cruel”. Algunos amigos y colegas de Jobs aseguran que el abandono era motivo de profundo dolor; él declaró que nunca fue así, que siempre se sintió elegido, que los Jobs eran sus auténticos padres, y que Joanne y Jandali no significaban para él más que un banco de óvulos y esperma.

AFP

Así como Jobs abandonó a su hija, también abandonó a muchos de sus amigos más cercanos, como a Daniel Kottke, quien fuera su mejor amigo en la universidad y a quien consideró su hermano espiritual. Jobs se negó a darle acciones de Apple a pesar de que había trabajado para él desde que hacían computadoras a mano en su cochera. El diálogo entre Jobs y el ingeniero Rod Holt, quien diseñó la fuente de poder que después fue copiada por toda la industria, se ha vuelto materia de leyenda. Holt le dijo: “Tenemos que hacer algo por tu amigo Daniel, vamos a darle algunas acciones. Lo que sea que tú le des, yo lo igualaré”, a lo que Jobs respondió: “Ok, yo le doy cero”. Tiempo después, Wozniak regaló buena parte de sus acciones a varios de los empleados que sentía que habían sido víctimas de la injusticia de Jobs, entre ellos Kottke. Jobs calificó la generosidad de Wozniak como una actitud infantil e ingenua. Isaacson propone que Jobs no era un hombre sin sentimientos sino que, por el contrario, tenía una muy fina sintonía que le permitía reconocer las fortalezas y vulnerabilidades psicológicas de los demás, por lo que era casi imposible engañarlo.

 

El dictador zen

A pesar de los sueños de Joanne, Steve Jobs no se tituló jamás. Pasó de la pobreza a la riqueza en lo que pareció un parpadeo, y si bien nunca fue ostentoso en sus gustos, en su apariencia personal o en la decoración de sus casas, estaba obsesionado con los objetos bien manufacturados, desde los cuchillos Henckel hasta los estéreos Bang & Olufsen. Nunca tuvo chofer ni guardias de seguridad personales, pero muy a menudo trataba con rudeza innecesaria a las meseras, al personal de servicio de los hoteles y a buena parte de las personas con las que entraba en contacto. El estilo desparpajado de Jobs iba de la mano de su estricto autoritarismo y su brutalidad para criticar a sus subalternos, competidores, colegas y hasta consumidores. Jobs era un apasionado que realmente creía en lo que hacía, una cualidad muy poco común en el mundo corporativo, lo que lo ha vuelto un icono al que desean emular muchos de los que ahora leen con devoción su biografía. Así como muchos lamentaban tener que tratar con Jobs e incluso sentían pavor de subir a un elevador con él por miedo a ser despedidos antes de que se volvieran a abrir las puertas, otros admiraban su enfoque y su temperamento, y veían en él al líder que los llevaría a “dejar su huella en el universo”.

Debido a su actitud desconsiderada, irresponsable e insultante, en septiembre de 1980 Jobs recibió un serio golpe de parte de la gente que entonces administraba la empresa. Le anunciaron que dejaría su puesto de vicepresidente de investigación y desarrollo para convertirse en director no ejecutivo de la junta, con lo cual seguía siendo el rostro público de la empresa pero sin poder operativo. En 1984 Apple contrató como director general a John Sculey, el expresidente de Pepsi, con la idea de incrementar el impacto en el mercado. Al poco tiempo Jobs entró en conflicto con Sculey y planeó eliminarlo. Durante un viaje de éste a China, Jobs trató de aprovechar su ausencia para reemplazarlo. Sculey descubrió el complot y regresó rápidamente a exigir a la junta que Jobs fuera despedido por su conducta. Jobs fue expulsado de la compañía que cofundó. Inmediatamente creó NeXT y tomó la determinación de destruir a Apple, un plan que no logró llevar a término, ya que en poco tiempo Apple comenzó a desplomarse y fue invitado a volver. A su regreso no sólo salvó a la empresa sino que la convirtió en una de las más ricas, poderosas e influyentes del planeta (y de la historia).

Salto mortal

Durante años Apple se dedicó a seguir el paso de Microsoft y parecía que estaba condenada a complacer a un público cuya prioridad era que todo debía ser compatible con Windows. Una de las grandes genialidades de Steve Jobs fue darse cuenta de que ése era el camino equivocado y un error estratégico, por lo que en 1997 decidió correr uno de los más grandes riesgos de su vida. Si quería salir de la sombra de Microsoft, no podía seguir aceptándolo como el estándar de oro; debía hacer que se le juzgara por las cosas que Apple hacía mejor que nadie.

Uno de los más recientes escándalos relacionados con Apple sucedió cuando se supo que los empleados de la empresa Foxconn, que manufactura los iPod, iPhone y Mac en China, vivían en condiciones de semiesclavitud, percibiendo sueldos ínfimos, sometidos a numerosos riesgos y castigos humillantes que, con escandalosa regularidad, los empujan al suicidio. Los empleados viven en dormitorios de la empresa en condiciones aterradoras de hacinamiento, hostigamiento y temor. Es inaceptable que semejante trato sea necesario para conseguir los altísimos estándares de calidad con que Jobs soñaba. Es trágico que una imaginación forjada en la contracultura y el zen no sólo haya tolerado sino provocado que miles de seres humanos padecieran estas condiciones para manufacturar juguetes electrónicos de lujo.

Jobs fue el Gengis Khan de Silicon Valley, un formidable conquistador que, como el líder mongol, creó un imponente imperio con millones de fervorosos seguidores (¿qué otra marca hace que la gente acampe afuera de las tiendas en espera del lanzamiento de un nuevo producto?). Gengis Khan fue un líder generoso y cruel que iba creando las reglas (de combate, organización, relaciones públicas) a medida que se apropiaba de las tierras, los bienes, animales, mujeres y cultura de otros pueblos. Jobs tenía la intuición de que las reglas no se aplicaban a él y de que en cierto modo estaba por encima tanto de las leyes de tránsito, de las normas de la civilidad, las reglas de la computación, del cine de animación digital, del mercado de la música, de la telefonía celular y de algunos de los dominios que reinventó retomando lo que otros habían creado y usándolo en su beneficio. Jobs no sólo transformó las vidas de miles de millones de personas al someternos al yugo de sus delirios y sus gustos, sino que también nos enseñó nuevos rituales tecnológicos que hemos aprendido, aceptado y asimilado con pocos reparos. No hace falta un “campo de distorsión” de la realidad para entender el enorme impacto de su influencia. m

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