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Sloane Crosley: La feliz perplejidad

Crosley es una joven escritora que ha debido sobrevivir como editora, luego como autora de éxito más o menos inesperado entendible gracias a su lucidez y su implacable sentido del humor

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En sus ensayos, Crosley explora su propia vida. Foto: Corbis
En sus ensayos, Crosley explora su propia vida. Foto: Corbis

La víspera de su cumpleaños número dieciséis, Sloane Crosley se puso a hurgar entre las joyas de su madre, un pasatiempo que solía practicar porque a esa edad, carente del entrenamiento que supuestamente una madre debe dar a su hija para que llegue a ser todo lo femenina que supuestamente se espera que sea, el conocimiento de las joyas era la única excepción. “No estaba preparada para cumplir dieciséis años. Mi madre no me había enseñado ninguna clase de habilidad femenina. No sabía vestirme bien, ni utilizar un rizador de pestañas, ni escribir con letra corrida (mientras que deberían crear una fuente como la caligrafía de mi madre). Al día de hoy no tengo ni idea de cómo se utiliza un delineador de ojos, pero estoy dispuesta a prescindir de todo lo que hay que afilar antes de aplicarlo a la cara. De lo único que entendía era de joyas”. Esa noche, además, buscaba qué ponerse al día siguiente: sospechaba que le habían preparado una fiesta sorpresa. De pronto encontró un anillo que no recordaba haber visto antes. Un anillo de compromiso. Y no era el anillo con el que sabía que su padre había pedido matrimonio. “¿Y esto?”, le preguntó a su mamá, que estaba al lado de ella quitándose el esmalte de las uñas. “Oh —le restó importancia con un ademán—. Me lo dio Richard”. “¿Quién demonios es Richard?”. “Mi primer marido”.

Dieciséis años completos pueden parecer demasiados si son el tiempo transcurrido en la ignorancia de que tu mamá estuvo casada antes, sobre todo si ese tiempo ha estado casada sin mayores problemas con tu papá, y si ambos son personas más o menos normales, por lo menos lo suficiente como para que no quepa la posibilidad de que hayan tenido una existencia antes de la tuya. Claro: todos podemos dar alguna noticia sorprendente de vez en cuando, pero ¿por qué esa madre nunca había considerado necesario informar a su hija de semejante pasado? “Yo era consciente de que mi madre tenía una vida antes de formar nuestra pequeña familia, y también una historia, pero nunca se habían puesto de manifiesto tan claramente. Era consciente de su pasado como lo somos del de los dinosaurios. Claro que existieron, pero nunca he imaginado uno vivo roncando suavemente en el dormitorio principal del fondo del pasillo”.

El episodio lo cuenta Crosley en Me dijeron que habría pastel, una reunión de ensayos hechos con una de las materias primas más ricas y fascinantes que la inteligencia literaria puede tener: la propia vida y el papel que han jugado en ella quienes han estado en nuestras inmediaciones. La familia, para empezar (en “El problema del poni”, la autora imagina lo que ocurriría el día que sus padres encontraran la colección de ponis de plástico que ha ido guardando en un cajón de la cocina: “Como la mayoría de los neoyorquinos, he pensado mucho y muy seriamente en cuál sería el estado de mi departamento si en el transcurso del día me matara. Imaginemos que me empujan a las vías del metro. O que vuelo accidentalmente por los aires…”). Los amigos, los amores, los colegas, el conjunto de los habitantes de una ciudad en la que, en el caso de Crosley, una joven escritora ha debido sobrevivir como editora, luego como autora de éxito más o menos inesperado, soltera a veces y a veces no tanto, atribulada por las perplejidades que dispensan incesantemente los demás, y ella misma, en un mundo que funciona básicamente para ser interrogado y quedar registrado en una prosa ensayística hilarante y reveladora de mucho de lo que significa vivir en este mundo tan extraño. “Había que hacer algo más: ir a la universidad, especializarse, conseguir un novio, un trabajo, una cicatriz interesante, una casa de ensueño, una postura bien fundamentada sobre la pena de muerte. De repente tenías más correspondencia, más llaves, más contraseñas, más artículos de tocador. Todo a cambio de menos elogios. A la gente le cuesta más aplaudirte cuando te haces mayor. La vida empieza con aplausos cada vez que haces caca y a partir de ahí va de capa caída”.

Ese libro, celebrado de inmediato, dejó claro que había surgido una autora inesperada, por su lucidez y por su implacable sentido del humor. Y, felizmente, prolífica: es una presencia habitual en las grandes revistas de la prensa estadunidense. También, como se lee en una entrevista reciente a raíz del lanzamiento de The Clasp, su primera novela, no es imposible que pronto su escritura se ponga al servicio de la televisión o del cine (su ilusión de escribir para hbo se explica al leer la serie de análisis que fue publicando sobre la serie Mad Men en The New York y Esquire). Sin falla, es una escritora divertidísima. m.

 

Para leer

:: Me dijeron que habría pastel (Circe, 2009)

:: sloanecrosley.com

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