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Prisión y espiritualidad

Sólo un hombre totalmente libre está capacitado para entregar todo lo que tiene, incluso su propia vida, desde el deseo de que esa entrega redunde en un bien, en vida para los demás.

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Prisión y libertad son dos palabras que se implican mutuamente. Podríamos decir que son antinomios, realidades opuestas y mutuamente excluyentes. Quien cae en la prisión pierde su libertad. El que es libre, no está restringido por la prisión. Pero una y otra condiciones no siempre son obvias. Parecería que hay personas muy libres porque se mueven a voluntad, toman decisiones movidas por sus deseos y hasta por el más pequeño de sus caprichos, no permiten que nada ni nadie les coarte su posibilidad de elección. Aparecen como “dueñas de sus vidas” y se perciben a sí mismas como libres. Sin embargo, al acercarnos a ver con mayor detalle su condición, descubrimos que en realidad son prisioneras de múltiples condicionamientos que les impiden encontrar la verdadera felicidad y la plenitud humana.

Especialmente significativos para entender esto son los diálogos de Jesús de Nazaret con las autoridades religiosas y civiles después de su captura en el huerto de Getsemaní. Podemos ver el relato con la mirada de la “lógica del mundo”, según la cual, mientras más poder y fuerza, más libertad se tiene. De esta manera, Caifás, Anás, Pilatos y las demás autoridades parecen alardear de su libertad y su poder frente a un Jesús preso y maltratado, “limitado” en su capacidad de decidir, de optar. Ellos se presentan y actúan como los grandes, mientras que Jesús, pobre idealista iluso, figura empequeñecido.

Pero si dejamos atrás las apariencias, captamos que la realidad es otra. Pilatos y los demás detentadores del poder no son más que servidores de sus pulsiones egocéntricas. Cuando Pilatos ve que liberar a quien reconoce inocente puede poner en riesgo su “carrera” política, deja a un lado su conciencia y opta en función de sus temores, presa de una inseguridad fundamental. El Evangelio de Juan lo presenta de manera excepcional. Ante el silencio de Jesús, Pilatos le advierte: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?”. Jesús lo vuelve a su realidad: “No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba” (Jn 19: 10-11), es decir: Te crees señor, pero eres un esclavo.

Ya anteriormente, Jesús había declarado que él daba su vida libremente, como la da el buen pastor por sus ovejas —“nadie me la quita; yo la doy voluntariamente” (Jn 10: 11-18) y, también, “nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15: 13)—. Sólo un hombre totalmente libre está capacitado para entregar todo lo que tiene, incluso su propia vida, desde el deseo de que esa entrega redunde en un bien, en vida para los demás. Ésa es la verdadera libertad, la que está basada en la generosidad y la gratuidad. Gratis sólo puede entregarse quien es radicalmente libre. Vista así, la dimensión de los actores del drama se invierte: Jesús cobra su verdadera proporción de grandeza y los que se creen grandes evidencian la pequeñez de su mezquindad.

Qué paradoja. Esa noche, el preso era y permaneció siendo el hombre más libre; mientras que sus captores prepotentes se consolidaron como esclavos de su egoísmo. m.

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