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Pablo d´Ors: Entre el silencio y la escritura

Sabedor de que en la vivencia de la espiritualidad “la pluralidad es una buena noticia”, el escritor y sacerdote español propone, como punto de partida de esa vivencia, la experiencia del silencio, de la escucha, particularmente en un tiempo como el que atravesamos, que ha vuelto cada vez más difícil el encuentro con lo real

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El sacerdote visitó el ITESO hace unos meses. Fotos: Roberto Ornelas
El sacerdote visitó el ITESO hace unos meses. Fotos: Roberto Ornelas

Por Bernardo García y Sergio Padilla

 El 21 de noviembre pasado, Pablo d´Ors visitó por segunda vez el ITESO. Lo había hecho ya en 2018, cuando, invitado por el Departamento de Formación Humana, dictó la conferencia “El arte de la meditación. La aventura del silencio interior”. Un año después, en 2019, el Centro de Promoción Cultural acogió de nuevo al fundador de la red de meditadores Amigos del Desierto para dialogar en torno a “La escritura como ejercicio espiritual”.

Pablo d´Ors nació en Madrid, en 1963. Estudió Filosofía y Teología en Nueva York, Praga, Viena y Roma, donde se doctoró con la dirección del monje benedictino Elmar Salmann. En 1991 fue ordenado sacerdote. Desde entonces conjuga una fuerte labor como transmisor e inspirador de la dimensión contemplativa de la vida cristiana —extendiendo el legado de su maestro Franz Jalics, SJ, en la tradición del hesicasmo, doctrina de los Padres y las Madres del Desierto— con una fecunda carrera literaria que suma ya 11 libros que el propio autor ha ido agrupando en trilogías: la trilogía de la ilusión, la del fracaso, la del silencio y la del entusiasmo. Sus libros han sido traducidos al alemán, al portugués, al italiano y al inglés.

Paseando por los jardines del ITESO, cada gesto de Pablo d´Ors refleja la tranquilidad de quien se ha sumergido en el silencio para encontrarse a sí mismo y disolverse en el misterio. Su mirada, sus pasos lentos, su sonrisa, hacen justicia a su magisterio del silencio y la quietud. En un cubículo, una hora antes de dictar su conferencia, conversamos con él. Al principio le llamamos “entrevista”; él propuso, mejor, que fuera un diálogo entre amigos.

Bernardo: Pablo, ¿quisieras compartir con nosotros algún recuerdo de tu infancia que haya marcado tu doble vocación: la de escritor y la de sacerdote?

De alguna manera siento que mi familia ha sido determinante en la fragua de la vocación artística, pero no así en la de la vocación religiosa y espiritual. Esta última brotó de otra cepa. Mi padre era un médico humanista, dibujante. Inculcó a todos sus hijos el gusto por el arte —somos una familia de siete hermanos—: hay una escultora, un ceramista, un músico, un director de teatro, un diseñador gráfico y yo, escritor. En casa había una biblioteca de más de cinco mil ejemplares. Mi abuelo, Eugenio d´Ors, era un filósofo de gran reputación, con la carreta paralela a la de Ortega y Gasset, y creo que eso ha sido determinante para el nacimiento de mi vocación de escritor. Yo empecé a escribir mis primeros poemas y cuentos como a los 14; a los 16 fue mi primer intento de novela, y esta vocación de escribir me ha acompañado desde mi adolescencia.

Bernardo:En cuanto al contexto político y social, ¿se podía vivir con libertad en esa España en la que te tocó nacer?

Yo me eduqué en la infancia con el franquismo y fue a partir de mi adolescencia cuando cayó el régimen y empezó un camino democrático. Había mucha gente que no podía expresarse con libertad. A mí eso me pilló muy de niño. Para mí no ha sido tan determinante el hecho de ser español en mi literatura; de hecho, salvo Entusiasmo, ninguna de mis novelas sucede en España. Creo que la literatura no tiene fronteras, al menos el escritor que yo soy no quiere escribir nada más para sus connacionales, sino para todo el mundo. Hay en el escritor, al menos el de novelas, una pretensión de universalidad muy clara. Yo bebo sobre todo de literatura germánica, porque me eduqué en un colegio alemán. Sostengo que escribir es insertarse en una tradición literaria. Bebo de Hermann Hesse, Stefan Zweig, Joseph Roth, Robert Musil. Ésa es mi tradición.

Pablo d'Ors

Sergio: En este contexto de una familia ilustrada, ¿por qué decidiste ser sacerdote?

Me enamoré de Jesucristo. Ésa es la respuesta más directa y más rotunda. La segunda respuesta es que tuve una experiencia espiritual muy intensa, donde lo vi con gran claridad. Yo siempre había sido una persona con un interés espiritual muy fuerte. Cuando tenía 14 o 15 años leí un libro sobre meditación, me rapé el pelo al cero y empecé a meditar sin saber cómo. Con 17 años, antes de marcharme a Estados Unidos, frecuenté algún grupo juvenil; para mí la cosa decisiva fue que, en torno a los 19, conocí a un sacerdote joven, que de alguna manera me deslumbró, y empecé a cultivar los momentos de oración. Y en uno de esos momentos me vino una experiencia, como decimos, “tumbativa”: de claridad de la presencia del Espíritu; salvando las distancias, me pasó lo mismo que a Carlos de Foucauld: que, para él, el descubrimiento de la fe fue tanto como el descubrimiento de su vocación. Comprendí entonces que yo no podía vivir sino para Dios.

Nunca he dudado de esta experiencia espiritual. He tenido conflictos y dificultades a la hora de vivirla, claro, pero siempre he pensado que en el sacerdocio yo podía desplegar lo que Dios quería de mí. Entré primero con los Misioneros Claretianos. Estuve con ellos 15 años y, más o menos hace unos veinte, en torno al año 2000, pasé al clero secular. Sin embargo, yo sigo sintiendo que mi espíritu es claretiano, que tiene que ver con el celo apostólico, con la transmisión, con el fuego de la Palabra. Mantengo esa formación. Lo que pasa es que la vida comunitaria, más o menos conventual, no iba mucho con mi carácter; yo soy más independiente. Dejé la congregación en un momento en que tenía muy claro que mi sacerdocio tenía que configurarse en diálogo con la cultura.

Fue a partir de allí que empecé con una gran voluntad de escribir, de tener una voz propia. De esto es de lo que voy a hablar en la conferencia: de la vocación a la palabra, que es la vocación a la expresión, pero también de la vocación a la experiencia, a la mística, a la interioridad: cómo se compatibilizan esas vocaciones, cómo se conjugan, hasta qué punto son dos vocaciones que piden poner toda la carne en el asador, o hasta qué punto es una misma vocación que tiene expresiones distintas… Ése ha sido el gran tema de mi vida, cómo conjugar mística y poética, o sacerdocio y escritura. Por eso mi tesis doctoral versó sobre “Teopoética”; era un primer intento de armonizar dos fuerzas: la del artista y la del monje.

Bernardo: ¿Y en algún momento pensaste que podrían ser dos vocaciones incompatibles? Ahora lo puedes vivir armónicamente, pero no sé si en otra etapa supuso para ti una confrontación interna.

Siempre ha supuesto una dificultad, incluso ahora. De alguna manera, los verdaderos conflictos no se resuelven nunca. Se trata de convivir serena y alegremente con ellos. Pero eso no significa que no tenga mis momentos de confrontación. Para mí, la solución está en no resolver el dilema, sino en disolverme en el dilema, que es distinto. Para eso solamente hay un camino, y es ser tú mismo. Porque nosotros lo que hacemos es identificarnos con un arquetipo —por ejemplo, ser sacerdote o filósofo—, pero más bien son los arquetipos los que tienen que adecuarse a nosotros. Se trata de comprender que los arquetipos están a tu servicio, no tú al servicio de ellos. El sacerdocio está a tu servicio, no tú al servicio del sacerdocio; decir esto es una bomba, porque hay arquetipos que están tan mitificados, que decir esto provocará expresiones como “¿Esta persona quién se ha creído que es?”. Y, sin embargo, creo que cada uno de nosotros estamos llamados a ser, en mi caso, por ejemplo, sacerdote a mi manera. Y eso es lo que hace rico un arquetipo: no lo convierte en una caja, en un compartimento estanco.

Claro que he tenido dificultades, pero nunca he pensado, de manera radical, ni en dejar el sacerdocio ni en dejar la escritura. Lo que sí he visto es cómo mi escritura se ha ido transformando, de manera cada vez más explícita, en escritura espiritual. Pero sí que echo de menos —lo confieso— poder seguir hablando de la oscuridad. Que el hecho de ser sacerdote no me haga hablar solamente sobre el bien, sino hacer justicia narrativa a la realidad. Y lo real es que hay oscuridad y hay luz; entre el cielo límpido y la noche oscura hay muchos puntos intermedios, y uno que para mí es el más maravilloso: la noche alumbrada por las estrellas, es decir, que el fondo es la noche, pero las estrellas pueden iluminarlo todo. 

Bernardo: Y pensando en tu vida cotidiana, ¿cómo, con una actividad pastoral tan intensa, con tantos viajes y conferencias, logras encontrar el tiempo para escribir? Por otro lado, a propósito de lo que dices de la luz y la oscuridad: es algo que se puede representar en una novela pero, ¿tú vives también en tu propia vida esa doble cara de la realidad?

Siempre he sido una persona muy disciplinada. Creo que la literatura es como un maratón; exige una preparación y un mantenimiento rigurosos. Un escritor no debe hacerse cargo simplemente de la explosión del volcán, sino de ordenar la lava. Alguien puede —perdón por la expresión— vomitar un montón de ideas. Pero luego tiene que ordenarlas y darles una forma más o menos legible y convincente. En la escritura hay dos fases: una de erupción y una arquitectónica, de composición, de ordenamiento. Para la etapa de ordenamiento, ciertamente necesito estar en mi casa, porque allí puedo extender mis papeles, y tengo mi estudio, mis libros, mis ritos; pero para la etapa eruptiva, puedo escribir en cualquier parte. Es verdad que ahora viajo mucho: prácticamente la mitad del año estoy, o bien impartiendo conferencias, o bien dando retiros y ejercicios contemplativos. Pero me organizo para tener etapas de retiro personal y escritura.

En cuanto a la segunda cuestión, por supuesto que yo sigo viviendo en mi vida el misterio de la luz y el misterio de la oscuridad. Es verdad que el misterio de la oscuridad lo vivo, en general, con menos drama. Además, voy a deciros que la iluminación —claro que no es bonito decir que estoy iluminado, porque eso suena muy presuntuoso—, la iluminación es luz sobre las sombras, es decir, que lo que se ve en primer lugar son tus propias sombras con más claridad. La gente piensa que el estado iluminado es un estado beatífico, pero no, es un estado donde ves, primeramente, tu propia incoherencia, tu propia fragilidad, tu propia mentira, tu propio engaño. Y cuando más o menos empieza uno a transitar esto, no digo a superarlo, pero sí a convivir con ello sin desgarrarse, entonces lo que te espera es la sombra de los otros; lo que se ve entonces es la sombra del mundo, que realmente no es del mundo, es tuya también, por eso la puedes ver.

Pablo d'Ors

Sergio: Imagino que es un éxodo para llegar a esa iluminación. Yo veo a un Pablo que ha pasado un proceso de liberación, de iluminación.

Yo me he liberado, sobre todo, de mí mismo. No digo que esté completamente liberado, pues sería tanto como considerar que ya habría acabado. Y no considero que mi itinerario haya terminado. Pero una cosa que digo en Biografía del silencio es que empecé a escribirla porque estaba demasiado preocupado por triunfar como escritor. El escritor tiene una voluntad de comunicación y, de alguna manera, ambición; yo de eso me he liberado en una medida muy grande, en el sentido de que el éxito comercial y el reconocimiento popular no me quitan el sueño; quiero decir que, si tengo reconocimiento, tampoco lo desdeño —me parece estupendo y lo recibo con alegría—, pero no busco exactamente eso; lo que busco es poder correr mi carrera lo mejor posible y en esa carrera ofrecer luz y fuerza a todas las personas posibles. Creo que lo que he sido es un buen discípulo, porque me he mantenido durante treinta años muy perseverante en la práctica de la escritura y en la práctica de la meditación. Éstas han sido mis dos disciplinas fundamentales, que son profundamente complementarias y afines.

Bernardo: Tu éxito editorial es innegable: tu Biografía del silencio va por la trigésima tercera edición. ¿Consideras que es riesgoso ese éxito, que puede obstaculizar tu camino espiritual?

Sí y no. Creo que el éxito es la perseverancia en el fracaso. Uno llega a tener un cierto éxito comercial —aunque a mí me interesa mucho más el existencial, es decir, ayudar a las personas— si se ha mantenido mucho tiempo fracasando; y ésa es la cara que no se suele ver, porque la gente ve el éxito, pero no el fracaso. Y el fracaso forma parte de nuestra vida mucho más que el éxito, al menos en la mía. Lo segundo es que el éxito no es uno de los nombres de Dios. El éxito es peligroso porque te puede hacer perder una virtud humana fundamental: la humildad. Humildad es querer seguir aprendiendo, no creer que ya lo sabes todo. Entonces, el éxito amenaza eso, porque un escritor siempre tiene que creerse bastante bueno —porque si no te lo crees tú, es imposible que lo crean los demás—, tener una buena autoimagen. Y la humildad no debe ser falsa.

Sergio: En alguna entrevista —de las tantas que hay en la red— te preguntan quién eres tú y te defines como sacerdote, escritor y profeta, y me parece que mucho de lo que estás hablando es parte de lo profético, es decir, alguien que ve otra realidad y la presenta, y a veces eso puede ser incómodo.

Esa definición de profeta yo sé que a mucha gente le molestó, lo cual me hace bastante feliz; no porque yo quiera molestar, sino porque, si de alguna manera algo de lo que dices inquieta, trastoca o incomoda, significa que ahí hay algo —sobre todo si no viene motivado solamente por el deseo de provocar, que, desde luego, no es el mío—. Un profeta es una persona que se encuentra con un mensaje y se encuentra con un pueblo. Y yo realmente había sido escritor, y no tenía un mensaje claro sino hasta que empecé con el tema de la meditación. Desde que he empezado a descubrir el poder de la meditación, sí que tengo un mensaje claro que transmitir. Y ese mensaje es muy sencillo, y es que la práctica del silenciamiento nos transforma. Es así de sencillo el mensaje, luego ya se puede adornar y explicar.

Me he encontrado con un mensaje que no me lo he buscado, sino que, de alguna manera, he sentido que me ha venido. Y luego con gente que realmente me pide escuchar esto y luego, aprender a hacerlo. Entonces, no he querido compararme con los grandes profetas, ni mucho menos. Además, creo que la gran literatura, sin querer decir que la mía lo sea, tiene un tono profético, de algo que la humanidad necesita escuchar.

Pero hoy respondería diferente a esa pregunta que me hicieron hace un año o dos. Hoy diría algo que seguramente escandalizaría todavía más a aquellos que se escandalizaron al oír que yo me definía como profeta: y es que hoy puedo decir que para mí no es esencial ni ser escritor ni ser sacerdote ni ser profeta ni ser nada en particular. Esto lo puedo decir hoy; hace un año o dos no podía decirlo porque no lo vivía así, porque hoy puedo hacer la experiencia de que todo eso son formas, para mí preciosas y muy ajustadas a la índole de mi experiencia, pero podrían no serlo, y yo seguiría siendo quien soy. Es decir, que las formas —la forma sacerdotal, la forma literaria— no agotan el fondo de la identidad, sino que lo expresan. Eso no significa que no ame la literatura, que no ame el sacerdocio… yo lo amo, pero podría prescindir de esto también. Es más, creo que caminamos hasta el fin despojándonos de todo, también de las cosas que más hemos amado.

Sergio: En ese mismo sentido, he leído cosas tuyas proféticas: como un artículo publicado en la revista Vida Nueva, titulado “¿Habrá en la Iglesia alguien que se atreva?”. En la parte final dices: “Detecto en mis contemporáneos no sólo un hambre de espiritualidad, sino un deseo de recuperar, de forma comprensible y actual, la tradición religiosa de la que provenimos. El cuidado del silencio, una sensibilidad que está creciendo…”. Y también, en tu novela Entusiasmo, el padre Faro —al que se reconoce como un profeta— había visto que todo, sin excepción, era una mentira, y se consagró en cuerpo y alma a desenmascararla y denunciarla, aunque al principio dice que hay que volver al Evangelio. Justamente, en tu novela dices cosas que muchos que estuvimos en el campo de la vida religiosa no nos atrevemos a decir. En este contexto, ¿cómo ves a la Iglesia en este momento? ¿Cuál es su situación y hacia dónde puede ir?

La Iglesia es heredera de un patrimonio espiritual extraordinario, que fundamentalmente es el Evangelio y todos los aledaños. Esto significa, en primera instancia, que tenemos como Iglesia una responsabilidad, porque hemos recibido un legado maravilloso, una potencia de humanización y de espiritualidad enormes. Pero lo segundo que diría es que, a pesar de todos los esfuerzos que se han hecho y que se siguen haciendo para difundir este patrimonio, pienso —vamos a decirlo así para no herir sensibilidades— que no se está haciendo del todo bien.

El problema pastoral siempre es la dialéctica Dios-mundo. Algunos lo resuelven en clave de alternativa: es decir, que nosotros, Iglesia, tenemos una alternativa que ofrecer al mundo porque el mundo está equivocado, está perdido. Sin embargo, otros lo resuelven distinto: lo resolvemos —o intentamos resolverlo— en clave de diálogo; no es que el mundo esté perdido, sino que la Iglesia tiene un patrimonio y conviene dialogar, para encontrarnos.

Para mí, el problema pastoral más importante es cómo anunciar a Jesucristo de forma que parezca y que sea nuevo; que no sea para defender a una institución, sino para alimentar el alma de las personas. El problema es que las instituciones nacen para difundir un carisma, pero enseguida derivan —como ya sabemos de sobra— en autojustificación de sí mismas. Y esto pasa con la Iglesia y pasa con cualquier organización, por pequeña que sea. Entonces, ¿cómo mantener el Espíritu libre para que pueda actuar? Creo que la renovación de la Iglesia pasa por la renovación de la espiritualidad. Y yo me he atrevido a decir más: hasta ahora hemos leído el cristianismo en clave de palabra, pero ¿qué pasaría si leyéramos el cristianismo en clave de silencio? Éstas no son palabras bonitas, sino que son propuestas muy concretas. ¿Qué quiere decir esto? En mi opinión, en Occidente, el punto de partida no debería ser Jesucristo, sino que Jesucristo debería ser el punto de llegada. Porque el punto de partida ya está tan viciado que asociamos a Jesucristo a una serie de modelos culturales que han tenido derivas no satisfactorias. Entonces, yo creo que el punto de partida hoy tiene que ser el silencio, es decir, la escucha. Y esa escucha, a muchos, les llevará a una confesionalidad explícita de Jesucristo —y estará muy bien—, y a otros no —y también estará bien—. Porque el asunto es que hemos de creernos que la pluralidad es una buena noticia; es decir, que el que haya diferentes maneras de entender y vivir el misterio, es una buena noticia. No se trata, pues, de llevar a nuestro redil a los demás… a no ser que entendamos que el redil es la vida. Evangelizar es llevar a los demás a la vida para que no estén en la muerte, llevarlos a estar despiertos para que no estén dormidos, eso sí, pero no una pertenencia institucional necesariamente. Este desligar la figura de Cristo de la pertenencia eclesial es un planteamiento pastoral muy grave, muy serio, porque realmente hasta hoy han ido profundamente hermanadas, y yo creo que pueden seguir yendo hermanadas en muchos sentidos, pero el problema es que ese hermanamiento ha hecho que Cristo deje de ser un patrimonio universal y se convierta en un club —el club de los católicos—, y esto ha sido una infidelidad muy grave, muy grave. Cristo no ha venido para formar un club. Entonces, ¿cómo lograr —respetando que ese club, dentro de toda su contradicción, es hermoso— lo realmente hermoso: que el patrimonio espiritual de Jesucristo sea para todos? Esto es un gran tema.

Pablo d'Ors

Sergio: De alguna manera, lo que Karl Rahner decía de que el cristianismo del siglo XXI será místico o no será, recuerda mucho lo que tú estás planteando. Él dice: “Para tener el valor de tener una relación inmediata con Dios y para tener el valor de aceptar esa manifestación silenciosa de Dios como el verdadero misterio de la propia existencia, se necesita evidentemente algo más que una toma de posesión racional ante el problema teórico de Dios”. Esa experiencia pasa por el silencio, no por lo doctrinal.

Sí, yo lo veo así. Pero eso supone también una conversión de nuestra manera de ser. Porque nosotros tenemos una manera de ser fundamentalmente mental. Entonces, nuestra aproximación a la religión, al Evangelio, es, aunque no lo queramos, fundamentalmente mental; es decir: lo queremos comprender. Pero plantear el cristianismo desde el silencio es cambiar la estructura cognitiva del occidental y decir: lo esencial no es comprender, sino contemplar, y eso es una gran revolución.

Sergio: Es volver a la actitud de María, que meditaba estas cosas en su corazón.

Ésta es la cuestión: el tema de fondo importante es que la posmodernidad se ha vivido como algo negativo, porque el despertar se ha vivido como una frustración: ¡qué pena que yo estaba en mi sueño tan bonito de que el mundo podía controlarse! Es entonces cuando surge —por decirlo con Kundera— la “risa de Dios”; es decir, Dios se ríe porque el hombre —¡pobrecillo!— pretendía comprender las cosas, pensaba que había una verdad absoluta. Entonces, la propuesta que yo hago es: no solamente mires a Dios, o mires al mundo con risa, sino mira tu propia risa, y ya verás cómo se congela en una mueca y a lo mejor hay que mirar el mundo de otra manera, hay que mirar ese despertar de otra manera, mantener la mirada y darnos cuenta de que hay mucho más. Yo creo que el ser humano debe volver al mundo clásico, donde la fascinación no era ni el ser humano ni Dios, sino el mundo; volver al punto de partida después de haber atravesado el teocentrismo y el antropocentrismo, para después volver a lo real; ni a la idea de Dios ni a la idea de hombre, sino a lo real. Y eso es un buen punto de partida para una nueva literatura espiritual.

Sergio: Es lo que yo encontré en tu libro El estupor y la maravilla, el hombre que se maravilla del vuelo de la mosca, del montón de polvo, de la escucha de los pasos en el museo; es este despertar de los sentidos.

Yo creo que hemos necesitado viajar por el exterior y conocer muchas cosas para darnos cuenta de que el viaje lo podemos hacer dentro —en ese sentido, El estupor y la maravilla es una especie de aperitivo o de prefacio a la Biografía del silencio—. La juventud se caracteriza porque busca lo extraordinario fuera de lo ordinario, mientras que la madurez es el movimiento contrario: busca lo extraordinario en lo ordinario, en lo cotidiano, y en ese sentido, mis libros son más para personas adultas, que están en este viaje de vuelta, que no para gente que esté de ida. .

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