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Nietos: los nuevos hijos

Las abuelas se han convertido en cuidadoras de sus nietos. En un estudio reciente se encontró que los abuelas tienen al menos tres tipos de responsabilidades con sus nietos pequeños: cuidados en casa; apoyo en la educación escolar y disciplina.

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El ritmo de vida actual ha derivado en que los abuelos vuelvan a ser padres. Foto: Lezumbalaberenjena
El ritmo de vida actual ha derivado en que los abuelos vuelvan a ser padres. Foto: Lezumbalaberenjena

Las repercusiones psicosociales, económicas y de salud que genera el fenómeno del envejecimiento en México difícilmente se pueden dimensionar con precisión. Sin embargo, es posible proyectar escenarios futuros, siguiendo, por un lado, la experiencia de otros países cuya población de ancianos es significativa, y, por otro, atendiendo los datos y las tendencias estadísticas actuales que hay en nuestro país sobre el fenómeno. Por ejemplo, se calcula que para el año 2050 uno de cada cuatro mexicanos será mayor de 60 años. Como se ha incrementado de manera significativa el promedio de vida —en 2010 se estimó un promedio de 76.6 años (74.2 en hombres y 79.1 en mujeres) y para el 2050 el promedio será de 81.3 años (79.0 hombres y 83.3 mujeres) (Zúñiga y García, 2008)—, la probabilidad de que México sea una nación de ancianos dentro de 40 años no está lejos de ser una realidad.

Una de las primeras repercusiones que se podrían inferir a partir de estos datos es que el aumento en la esperanza de vida amplia el período de tiempo de convivencia entre generaciones, es decir: actualmente pueden convivir hasta cuatro generaciones, lo cual tiene un impacto en las dinámicas que, aunadas a la incorporación de la mujer en el mercado laboral, modifican de manera significativa la estructura familiar.

Pero el fenómeno de envejecimiento no sólo impacta e involucra a los ancianos o personas llamadas de la tercera edad, sino a la población en general: niños, jóvenes y adultos. La razón: en una sociedad de ancianos, los cambios en la concepción de vida marcarán el rumbo de las relaciones sociales de ésta, por lo que habrá que estar preparados para semejante situación existencial. Por un lado, es importante hacer conciencia en los ancianos de que son ellos los principales actores de su calidad de vida; los adultos, por su parte, deberán hacer conciencia de planear su propio envejecimiento y no esperar llegar a los 60 años para hacerlo; por último, los jóvenes —quienes de alguna manera visualizan su propio envejecimiento a largo plazo— tienen que ir preparándose para esta etapa de la vida. Recuerdo una ocasión en que, en una conferencia sobre este tema, un adulto mayor comentó: “Si de joven me hubieran orientado sobre cómo quería que fuera mi vejez, no me encontraría en la situación en que ahora estoy, con problemas de salud que pude haber prevenido y con una situación económica precaria que me hace vivir al día”.

En México, el crecimiento de hogares se cuadruplicó en medio siglo, ya que pasó de 5.8 millones en 1950 a 22.3 millones en 2000. Además, la estructura de las unidades domésticas se diversificó: entre 1990 y 2000 hubo un descenso considerable en unidades nucleares (del 74.9 al 68.8 por ciento) y un incremento en unidades extensas (del 19.6 al 24.5 por ciento): esto significa que existe un desplazamiento paulatino de la familia extensa por la nuclear, es decir, la coexistencia de diferentes generaciones da por resultado un aumento en las familias multigeneracionales (Sieglin, 2005; Ham-Chande, 2003; Osuna, 2006). Por todo ello, para entender las nuevas dinámicas familiares habrá que considerar al menos tres aspectos: la estructura (nuclear, unipersonal, extensa, compuesta y dona), el ciclo doméstico (expansión, consolidación o equilibrio y dispersión) y el tipo de jefatura (masculina o femenina) (Enríquez y Aldrete, 2003).

Si consideramos los cambios en la estructura familiar, las preguntas que nos hacemos son: ¿qué pasa con la relación entre ancianos e hijos, ahora que el tiempo de convivencia es mayor? ¿Qué nuevas responsabilidades han surgido para los ancianos con respecto al cuidado de los nietos? Y ¿cuáles son las posibles consecuencias en un futuro cercano? En respuesta a estas preguntas presento algunas reflexiones basadas en trabajo de campo, principalmente con ancianos que viven en situación de pobreza —que, si bien tienen características particulares, considero que presentan muchas similitudes con otros niveles socioeconómicos.

Como ya se mencionó, el período de convivencia es mayor entre hijos y padres. Además, en muchos hogares, debido a las dificultades económicas, cohabitan en una misma casa hasta cuatro generaciones. En un estudio realizado por Pantoja (2010) en la ciudad de León, Guanajuato, con población en pobreza extrema, se encontró que en el 44 por ciento de los hogares cohabitan tres y cuatro generaciones, el 27 por ciento es bigeneracional y el 29 por ciento es unigeneracional. Las consecuencias más significativas de esto son los cambios de roles de sus miembros; por ejemplo, ahora los hijos cuidan a los padres (ancianos), los abuelos toman responsabilidades que no les corresponden con sus nietos pequeños cuando los padres trabajan, pero todos viven en el mismo hogar.

En México, como en la mayoría de los países, las abuelas han sido por tradición las responsables de la transmisión de valores sociales y emocionales. Sin embargo, en las últimas décadas este papel se ha modificado al asumir ellas la crianza y la educación de los nietos. La dedicación de las abuelas hacia los nietos ha pasado de ser voluntaria a convertirse en una obligación que les implica un esfuerzo físico, emocional y económico significativo (Mestre, 2012).

Hoyuelos (2004) menciona que un factor que une a los abuelos y a los nietos es la concepción del tiempo, ya que ambos viven el presente con intensidad y plenitud. Para los nietos, lo importante es tener a alguien que les dedique tiempo; los nietos, por su parte, ayudan a los abuelos a no anclarse en el pasado. Desde esta perspectiva, algunas de las funciones de los abuelos se podrían resumir en: cuidador, compañeros de juego, contador de cuentos, transmisor de valores morales, amortiguación de la relación entre padres e hijos, ayuda en momentos de crisis, modelos de envejecimiento, de ocupaciones y de muerte, entre otros.

Las abuelas se han convertido en cuidadoras de sus nietos. En un estudio reciente (Maldonado, en prensa) se encontró que los abuelas tienen al menos tres tipos de responsabilidades con sus nietos pequeños: a) cuidados en casa mientras los padres están trabajando (crianza); b) apoyo en la educación escolar, ya sea llevándolos a la escuela y/o ayudando con tareas, y c) disciplina, sobre todo cuando les faltan el respeto a sus padres. Es importante mencionar que los roles del abuelo están determinados por diversas variables, como la edad, el género, la clase social, la cultura y la proximidad residencial, entre otras. De manera general, se puede decir que el rol del abuelo está compuesto por diversos factores: actitudinal, conductual, emocional y simbólico (Pinazo, 1999, en Maldonado, en prensa).

Un aspecto relevante lo constituyen los roles de poder que se dan entre abuelos y padres en relación con los nietos. En muchos de estos hogares, el dueño de la casa es el (la) abuelo(a); de ahí que muchas veces la autoridad la ejerza el anciano (abuelo), no sólo con los hijos sino también con los nietos, lo cual va desdibujando la relación de autoridad entre el padre y el hijo (nieto), por lo que muchas veces los nietos reconocen como autoridad al abuelo, pero no a los padres. Esta actitud de poder se refleja en la siguiente viñeta, que forma parte de una serie de entrevistas realizadas a un grupo de abuelas: “[Hablándoles a las hijas casadas]: La responsabilidad no se me quita hasta que les eche el último puño de tierra; entonces sí digo: ‘Dios mío, te la entregué’; pero, por mientras, aunque estén viejitas, yo siempre tengo la responsabilidad de ustedes”.

El rol de los hijos hacia el padre o la madre ancianos se ha visto afectado, ya que, como se mencionó al principio, en el fenómeno del envejecimiento también está involucrada la transición epidemiológica que va a la par de la transición sociodemográfica, es decir: gracias a los avances de la medicina, la gente tiene un promedio de vida mayor, pero esto no necesariamente significa que se vaya a vivir más años con una buena calidad de vida. Debemos reconocer que, en los últimos años, a causa de los estilos de vida y a la alta demanda de actividades laborales y sociales, se han incrementado significativamente las enfermedades crónicas degenerativas. En la actualidad, las principales causas de morbilidad en ancianos son afecciones cardiovasculares, diabetes, neumonías y enfermedades cerebrovasculares; esto significa que el anciano puede vivir muchos años siendo dependiente físico y mental y necesitando de constantes cuidados.

En nuestro país, los cuidadores principales de un anciano con limitaciones físicas y mentales son los familiares, quienes adquieren el rol de cuidadores. Este rol generalmente lo ejercen las mujeres, en especial las hijas. La viñeta siguiente nos muestra el sentir de una anciana que manifiesta que con quién se cuenta es con la hija: “A ver con qué hija me arrimo, pero ésta es la mera buena, también tengo una nuera muy buena. [...] Cuando se tienen hijas, uno tiene de todo. Las hijas sirven muchísimo”.

Ser cuidador de un anciano que es dependiente físicamente resulta desgastante, pero lo es más todavía cuando las limitaciones del anciano son de tipo mental, como la demencia senil o el Alzheimer. El cuidador presenta síntomas depresivos, falta de sueño, conflictos frecuentes con la familia respecto a las decisiones que se toman acerca de la condición de enfermedad del anciano. Cuidar a un enfermo crónico pone en riesgo la estabilidad emocional del cuidador.

Un último factor que me parece que es importante tomar en cuenta es la situación económica que actualmente viven la mayoría de las familias mexicanas. Los datos de Coneval (2013) nos muestran que, en 2012, la población total de mexicanos fue de 117.3 millones de habitantes, y, de ese total, el 45.5 por ciento vive en pobreza moderada y el 9.8 por ciento en pobreza extrema, lo cual nos indica que más de la mitad de mexicanos viven bajo la línea de pobreza. En relación con los ancianos, se encontró que el 36.1 por ciento de los mayores de 65 años viven en pobreza moderada y el 9.7 por ciento en pobreza extrema. Esto repercute en la economía de las familias, ya que ahora los padres no sólo mantienen a sus hijos, sino también tienen que apoyar económicamente a sus padres en muchos casos.

Como se ha visto en otros países, no es difícil pensar que, en la medida en que las personas en edad de trabajar disminuyan respecto a las personas de más de 65 años, no sólo serán afectadas las finanzas públicas, sino también los niveles de vida. Por decir algo, en 2050, en Japón, habrá sólo 1.3 personas para sostener a una persona de más de 65 años; en Europa, dos; en Estados Unidos 2.9; en China hay actualmente 9.2 personas para sostener a los adultos mayores, y en 2050 habrá sólo 2.5. (Magnus, 2009: 72). Si somos conscientes de lo relevante de esta información, en México, habrá muy pocas personas que puedan ayudar económicamente a los jóvenes actuales cuando lleguen a ser ancianos; de ahí la importancia de pensar en cómo quieren llegar a ser ancianos y de empezar a trabajar en ello.

Ahora bien, hasta el momento se han abordado tres aspectos que son relevantes en las familias mexicanas: el abuelo como cuidador de los nietos, los padres como cuidadores de los abuelos, la economía y sus implicaciones. Faltaría por brindar algunas recomendaciones para lograr la mejor calidad de vida en la etapa de la ancianidad. Al inicio se mencionó que el anciano debe ser protagonista de su calidad de vida; pues bien, para esto se sugieren ciertas medidas:

  • Mantener una red de contactos sociales de apoyo emocional, lo cual ayuda a disminuir el estrés. Algunos autores mencionan que, para los ancianos que viven solos, es muy importante tener a la mano tres números telefónicos a los que puedan marcar en cualquier momento del día.
  • Participar, en la medida de lo posible, en ejercicios físicos. Es decir: en la medida de lo posible, evitar el sedentarismo, ya que éste acelera dramáticamente el deterioro físico.
  • Realizar actividades que estimulen la mente, como leer, armar rompecabezas, viajar. Recordando las palabras de una anciana: “Me puedo enfermar de lo que sea, pero lo que no me gustaría es llegar a no saber ni quién soy”.
  • Mantener una voz activa en el proceso de toma de decisiones. Se ha visto, por ejemplo, en los asilos, cuando el anciano pierde la facultad de decidir por sí mismo, su deterioro es vertiginoso.
  • En la medida de lo posible, tener una actividad productiva. Esto es importante principalmente para los hombres, ya que no es lo mismo envejecer como hombre que como mujer.

Finalmente, con respecto a los adultos y los jóvenes, es importante que no pierdan de vista que los estilos de vida actuales determinan nuestro propio envejecimiento, por lo que, si queremos una vejez activa y exitosa, tendremos que trabajar para ello ahora y no esperar. m

 

Bibliografía

—Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (2012): Medición de la pobreza en México y en las Entidades Federativas 2012 (goo.gl/nFjrIo).

—Enríquez, R., y Aldrete, P. (2003): “Espacios a media luz, redes de apoyo social y adultos mayores en contextos urbanos de pobreza extrema en México: un estudio de caso”. Ponencia presentada en el simposio “Viejos y Viejas. Participación, Ciudadanía e Inclusión Social”, 51º Congreso Internacional de Americanistas, Santiago de Chile, del 14 al 18 de julio de 2003.

—Ham-Chande, R. (2003): El envejecimiento en México: el siguiente reto de la transición demográfica. Colegio de la Frontera Norte, México.

—Hoyuelos, A. (2004): “Abuelos, abuelas, nietos y nietas. El punto de vista infantil”. En Indivisa, boletín de estudios e investigación del Centro Superior de Estudios Universitarios La Salle, 35-42.

—Maldonado (en prensa): “El rol de la abuela en el desarrollo de los nietos”.

—Mestre, J. (2012): Repercusión de la conciliación de la vida social y familiar en las abuelas cuidadoras en el siglo xxi,  panel 6: “Apoyo privados y públicos para la crianza saludable y para la atención idónea a las situaciones de dependencia. Los actores de las políticas sociales en contextos de transformación”. iii Congreso anual de la Red Española de Política Social (reps): goo.gl/VyrF9w

—Osuna, M. (2006): “Relaciones familiares en la vejez: vínculos de los abuelos y de las abuelas con sus nietos y nietas en la infancia”, en Revista Multidisciplinar de Gerontología, 16 (1), 16-25.

—Pantoja, J. (2010): Envejecer en la ciudad: pobreza, vulnerabilidad social y desigualdad de género en adultos mayores. Un estudio en la ciudad de León. Promoción de la Cultura y la Educación Superior del Bajío, A. C., Universidad Iberoamericana de Léon, León, Guanajuato.

—Sieglin, V. (2005): “Tensiones de las familias mexicanas y estrategias de intervención”. Ponencia presentada en el Seminario Internacional “Familias: Cambios y Estrategias”. Universidad Nacional, Bogotá, octubre de 2005.

—Zúñiga, E., y García, J. (2008). El envejecimiento demográfico en México. Principales tendencias y caracteristicas. Consejo Nacional de Población, 93-100.

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